domingo, 19 de junio de 2016

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO


«Ustedes, ¿quién dicen que soy?»

El Tiempo Ordinario es una invitación permanente a volver a asumir la pregunta por Jesús de Nazaret como base esencial para su seguimiento. Este Domingo XIIº, particularmente, quiere centrar la atención en Aquél que es capaz de atraer nuestra mirada (cf. Zac 12,10) y revestirnos de sí mismo para asumir su seguimiento como una vocación filial a la libertad (cf. Ga 3,26-29). La pregunta por la persona de Jesús, su identidad, sus exigencias, necesitan de una respuesta real, ya que de la calidad de la respuesta dependerá la calidad del seguimiento.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA

I LECTURA

El pecado del pueblo es un gran dolor tanto para Dios, como para el mismo pueblo. Por este motivo, llorarán como si estuvieran de luto, porque la oscuridad caerá sobre todos ellos. Y como el pueblo no puede ver su propio pecado, será la luz misma de Dios la que lo hará visible.

Lectura de la profecía de Zacarías 12, 10-11; 13, 1

Así habla el Señor: Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de súplica; y ellos mirarán hacia mí. En cuanto al que ellos traspasaron, se lamentarán por él como por un hijo único y lo llorarán amargamente como se llora al primogénito. Aquel día, habrá un gran lamento en Jerusalén, como el lamento de Hadad Rimón, en la llanura de Meguido. Aquel día, habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, a fin de lavar el pecado y la impureza.
Palabra de Dios.

Salmo 62, 2-6. 8-9

R. Mi alma tiene sed de ti, Señor, Dios mío.

Señor, tú eres mi Dios, yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua. R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario para ver tu poder y tu gloria. Porque tu amor vale más que la vida, mis labios te alabarán. R.

Así te bendeciré mientras viva y alzaré mis manos en tu Nombre. Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso, y mi boca te alabará con júbilo en los labios. R.

Veo que has sido mi ayuda y soy feliz a la sombra de tus alas. Mi alma está unida a ti, tu mano me sostiene. R.

II LECTURA

El bautismo nos incorpora a Cristo y hace que superemos todas las diferencias culturales y sociales. Todos, sin importar de dónde provengamos, tenemos las mismas oportunidades porque todos somos hijos de Dios.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 3, 26-29

Hermanos: Todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, porque habiendo sido bautizados en Cristo, han quedado revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús. Y si pertenecen a Cristo, entonces son descendientes de Abraham, herederos en virtud de la promesa.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 10, 27
Aleluya. “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

¿Quién es Jesús? Desde nuestra propia experiencia, surge la respuesta. A pesar de la diversidad de respuestas, todas deben coincidir con la misma confesión: es el Mesías, que atravesará el dolor y la muerte y resucitará. Sobre esta fe se construye toda la doctrina cristiana.


Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 9, 18-24

Un día en que Jesús oraba a solas y sus discípulos estaban con él, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?”. Ellos le respondieron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”. “Pero ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy yo?”. Pedro, tomando la palabra, respondió: “Tú eres el Mesías de Dios”. Y él les ordenó terminantemente que no lo anunciaran a nadie, diciéndoles: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho, ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte y resucitar al tercer día”. Después dijo a todos: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la salvará”.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS

Asumir la pregunta

No hay seguimiento posible de Jesucristo sin antes afrontar la pregunta sobre su identidad. El paso del nivel formal al nivel existencial de la pregunta está marcado por la experiencia del encuentro y de la intimidad con Él. Evadir esta pregunta y sus consecuencias podría convertir a una persona en un fundamentalista o un fanático.

Jesús mismo, en un contexto de oración e intimidad con los suyos, dirige la pregunta sobre su identidad. La experiencia de Jesús que tienen “la gente” y “los discípulos” se revelan en dos niveles de respuesta: uno formal y otro existencial.

El nivel formal representa las expectativas de quienes esperan un mesías que solucione las problemáticas sociales, religiosas y políticas de Israel. En este sentido, podría pensarse que el pueblo esperaba un mesías “práctico y eficaz”. Sin embargo, aunque este aspecto es importante, no es suficiente para dar consistencia a una confesión de fe.

El nivel existencial, de profundidad, que Jesús busca en los suyos, nace de la revelación y se traduce, en labios de Pedro, en una confesión en el misterio personal del Hijo como Mesías. La revelación necesita de un espacio de intimidad que permita acoger el misterio con el corazón y la inteligencia.

Asumir la respuesta

El acento de la confesión mesiánica está puesto en el conocimiento interpersonal y el vínculo de amistad de Jesús con los suyos como fundamento de su acción evangelizadora como Mesías.

La revelación de la identidad filial y mesiánica de Jesús, lejos de perfilar un ministerio triunfalista, invita a considerar el horizonte kenótico del mismo. Para Jesús, ser mesías no conlleva ni el reconocimiento ni la aceptación por parte de los estamentos religiosos y cultuales de su tiempo.

Este anticipo del talante kenótico de su horizonte ministerial deberá ayudar a ahondar en los suyos las motivaciones más profundas de su seguimiento. No se trata de seguir a un líder carismático ni a un profeta triunfante, sino a un Hombre que será abrazado por el misterio del sufrimiento y de la pascua.

 Asumir el seguimiento

Todo verdadero seguimiento de Jesús implica no sólo haber asumido la pregunta sino también las consecuencias de la respuesta. Todo horizonte existencial se amplía cuando se clarifica la identidad y las exigencias de Quien se sigue.

Para los suyos, el seguimiento implica la renuncia y la cruz. Renuncia, en primer lugar, a todas aquellas realidades que se oponen al camino trazado por el Maestro, es decir, a la autorreferencialidad y al exitismo. En segundo lugar, renuncia a toda forma de mesianismo abstracto que no pueda abrazar radicalmente lo humano.

La cruz implica desposesión de toda seguridad, pero también conlleva una actitud de abandono radical en las manos de Aquel que nos ha llamado a seguirlo. “La cruz de cada día” no presenta nada extraordinario. Habla de aquellas realidades simples y cotidianas que revelan el misterio del dolor y el sufrimiento humano. Pero también puede ser un camino de liberación pascual cuando el ser humano, como Jesús, es abrazado por ella.


ESTUDIO BÍBLICO

Iª. Lectura (Zac 12, 10-11;13,1): Mirarán al que "traspasaron"

El texto de la primera lectura del día pertenece al conjunto de Za 9-14, el Deutero-Zacarías, como se conoce en el ambiente de los estudios proféticos, porque denota un contexto distinto de Za 1-8. Estamos, pues, ante una época diferente, de especial preocupación por el mesianismo; quizás ante la crisis del imperio helenista que hace reflexionar a un hombre incorporado a una corriente profética como es la del libro de Zacarías. La lectura de hoy forma parte de una serie de oráculos sobre Jerusalén, una Jerusalén signo de contradicción. Tiene unos tonos apocalípticos indiscutibles. Pero en este oráculo, la figura es "el que traspasaron". ¿De quién se trata? Si hacemos una lectura como la de Jn 19,37, se ajustaría a Jesús crucificado de cuyo costado manaron sangre y agua: una vida nueva y un espíritu nuevo, como el mismo texto de Zacarías apunta, a su manera, sobre la casa de David y sobre la misma Jerusalén.

Bien es verdad que en el texto hebreo se dice "al que traspasaron", aunque las traducciones griega y latina (LXX y la Neovulgata) señalan "al que insultaron" (Quem confixerunt); quizás porque entendieron que los paganos que conquistaron Jerusalén "insultaron" a su Dios. No obstante, debemos mantener el misterioso "traspasaron" del texto hebreo. En la lectura teológica del judaísmo oficial, los oráculos proféticos que hablaban del sufrimiento, como Is 53, no se consideraron mesiánicos porque no podían aceptar que el Mesías sufriera. Fue el cristianismo primitivo el que aceptó su valor  mesiánico y redentor. El espíritu de gracia y de súplica sobre los habitantes de Jerusalén, para contemplar al que "traspasaron", para purificarse, es un reto que sigue ahí sobre esa ciudad milenaria, simbólica, religiosa y teologal.

Los cristianos sabemos quién fue traspasado en Jerusalén para traer al mundo entero la paz y la fraternidad. Pero Jerusalén no es todavía la ciudad de la paz, porque no está "traspasada" por el perdón y la gracia. Por el contrario, es ciudad discutida, centro religioso del monoteísmo, pero muy lejos de estar traspasada por el amor y la justicia. El oráculo sigue siendo un reto ecuménico también para judíos, cristianos y musulmanes..., pues sólo en el Dios vivo y verdadero es posible sentirse habitantes de una Jerusalén nueva "traspasada" por la fraternidad. El Dios monoteísta de judíos, cristianos y musulmanes, sigue "traspasado" por la violencia y más aún si esa violencia la justifican algunos desde la religión.

II.ª. Lectura (Gálatas 3,26-28): "Los bautizados os habéis revestido de Cristo"

¿Qué significa revestirse de Cristo? En el texto, primeramente, significa liberarse de la esclavitud de la ley, de la pertenencia nacionalista o religiosa a un pueblo, a una raza, a un "estatus" social. Significa que todo hombre puede ser hijo de Abraham, pertenecer a Dios y ser salvado por Él. Este texto es una opción teológica sin precedentes, con todas sus consecuencias. La alternativa que Pablo plantea al judaísmo, y a los que aún siendo cristianos quieren mantener el "exclusivismo" del judaísmo, salta por los aires. La religión puede ser usada para muchas cosas que no son precisamente consecuentes con el proyecto de salvación de Dios. El bautismo, en nombre de Cristo, es un bautizarse en su vida, en su compromiso, en sus experiencias de perdón y misericordia.

Todo esto significa, pues, según Gal 3,28, que todo hombre o mujer, esclavo o libre, creyente o ateo, tienen una dignidad inigualable en Cristo. Es uno de los textos cuyas consecuencias todavía no se han dejado sentir radicalmente en la Iglesia y en la sociedad. Cristo ha hecho posible lo imposible: todos sois hijos de Dios en Cristo Jesús mediante la fe. Si Pablo interpretó en su momento el acontecimiento cristiano, expresado bajo la imagen del bautismo, como una ruptura con los esquemas sociales y religiosos del judaísmo, ahora debemos expresarlo y vivirlo así en la Iglesia que es una "comunión" y está guiada por el Espíritu. Todo lo que sea perder de vista este misterio de comunión, para privilegiar el aspecto de la Iglesia institución, es cortar las raíces por donde se alimenta ese misterio de liberación y de gracia.

Evangelio (Lucas 9,18-24): Perder, en el cristianismo, es vivir

La escena de la confesión mesiánica, en Lucas, es semejante a los otros evangelios, pero con matices propios de este evangelista. Jesús está en oración, está viviendo una experiencia muy personal, muy humana, está preguntándose por su vida, por su misión, por lo que hace en este mundo. La oración, en Lucas, siempre subraya momentos importantes. La confesión de Pedro de que Jesús es el Mesías tiene su correctivo en la escena del "traspasado" del texto de Zacarías. Un Mesías que ha de sufrir ¿puede ser el Mesías? Oficialmente no. Y es que Jesús no se presenta con los papeles en regla para el judaísmo oficial. Y quiere sacar a sus discípulos de cierto equívocos: No basta simplemente la confesión mesiánica y religiosa, porque ello puede quedar en un simple nacionalismo.

La vida de Jesús es una vida profética y, como  tal, no concuerda con la ley y la tradición. Ni su Dios, ni su predicación, ni sus ideas son oficiales. La oración le enseña otra cosa, otra forma de ser Mesías: está dispuesto a perderlo todo. Jesús es un hombre de opciones fuertes y sus seguidores deben saberlo: en la vida del Reino, perder es ganar. El mundo social se construye de otra manera y los verbos "subir" y "ganar" se convierten en la garantía de haber logrado el "estatus" necesario. En la construcción del Reino los verbos que debemos tener muy presente son "bajar" y "perder". El mesianismo de Jesús que la comunidad reconoció después de la resurrección ya no era nacionalista, sino profético y por eso cabía la renuncia, el sufrimiento y la muerte.


El mesianismo de Jesús encuentra su "estatus" en los marginados, los pecadores, los débiles, los que no tienen derechos... y que con toda seguridad no son los mejores; pero para ellos, antes que para nadie, el evangelio es anuncio de liberación y de salvación. Los buenos de verdad se alegrarán de ello, porque es como un acto de justicia divina. Aunque de esta propuesta salvadora de Jesús nadie, absolutamente nadie, queda excluido. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 12 de junio de 2016

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO


Tus pecados están perdonados

Nuestras acciones deben estar motivadas por el amor, no por cumplimientos que no nos tocan el corazón. Nuestra vida se medirá por el amor que pongamos en ella. Solo desde la apertura al otro, desde el agradecimiento y desde la gratuidad y desde el servicio podemos empezar a construir el Reino.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA

I LECTURA

La misión de Natán era denunciar el pecado. De este modo, le ofrece a David la posibilidad del arrepentimiento. Reconocer el pecado es el inicio del camino hacia el perdón.

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 7-10. 13

El profeta Natán dijo a David: “Así habla el Señor, el Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel y te libré de las manos de Saúl; te entregué la casa de tu señor y puse a sus mujeres en tus brazos; te di la casa de Israel y de Judá, y por si esto fuera poco, añadiría otro tanto y aún más. ¿Por qué entonces has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que es malo a sus ojos? ¡Tú has matado al filo de la espada a Urías, el hitita! Has tomado por esposa a su mujer, y a él lo has hecho morir bajo la espada de los amonitas. Por eso, la espada nunca más se apartará de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado por esposa a la mujer de Urías, el hitita”. David dijo a Natán: “¡He pecado contra el Señor!”. Natán le respondió: “El Señor, por su parte, ha borrado tu pecado: no morirás”.
Palabra de Dios.

Salmo 31, 1-2. 5. 7. 11

R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta! ¡Feliz el hombre a quien el Señor no le tiene en cuenta las culpas, y en cuyo espíritu no hay doblez! R.

Pero yo reconocí mi pecado, no te escondí mi culpa, pensando: “Confesaré mis faltas al Señor”. ¡Y tú perdonaste mi culpa y mi pecado! R.

Tú eres mi refugio, tú me libras de los peligros y me colmas con la alegría de la salvación. ¡Alégrense en el Señor, regocíjense los justos! ¡Canten jubilosos los rectos de corazón! R.

II LECTURA

San Pablo era fariseo y conocía bien los alcances de la Ley. Al conocer a Cristo, todo eso quedó en segundo plano. Es Cristo, con el Espíritu, el que le da vida nueva desde su interior. La Ley, que es externa al hombre, no puede animar nuestro ser.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 2, 16. 19-21

Hermanos: Como sabemos que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe en Jesucristo, hemos creído en él, para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la Ley: en efecto, nadie será justificado en virtud de las obras de la Ley. Pero en virtud de la Ley, he muerto a la Ley, a fin de vivir para Dios. Yo estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. Yo no anulo la gracia de Dios: si la justicia viene de la Ley, Cristo ha muerto inútilmente.
Palabra de Dios.

ALELUYA        1Jn 4, 10
Aleluya. Dios nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados. Aleluya.

EVANGELIO

Hay mucho amor en esta mujer, que besa, unge, llora... Y hay mucho amor en Jesús, que recibe, contempla y perdona. Él no niega que ella es pecadora, pero puede ir más allá de eso. El pecado queda atrás, pues el amor lo supera. Esta mujer, que ha entrado llorando, ahora puede salir de aquella casa en paz.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 7, 36—8, 3

Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!”. Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte”. “Di, Maestro”, respondió él. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?”. Simón contestó: “Pienso que aquél a quien perdonó más”. Jesús le dijo: “Has juzgado bien”. Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor”. Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”. Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?”. Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS

En la primera lectura del Segundo libro de Samuel, el mensaje de Dios a través del profeta Natán al rey David, es atemporal. Es una llamada a vivir desde el agradecimiento. Sólo aquel que verdaderamente valora lo que tiene es agradecido de verdad. El agradecimiento nos saca de nosotros mismos y nos lleva al otro, nos ensancha el corazón el sabernos queridos y bendecidos.

La falta de agradecimiento, nos centra en nosotros mismos, nos vuelve egoístas y en el fondo genera exigencias que desembocan en envidias, celos, insatisfacción,… donde todos nuestros deseos se expresan de una manera negativa y donde la debilidad humana y el deseo de tener más y más sin mirar el precio y las maneras como conseguirlos nos convierte en esclavos modernos de nuestros deseos muchas veces incontrolables y egoístas.

Afortunadamente nunca debemos perder de vista que no dependemos solo de nuestras fuerzas y de que Él nos sostiene y nos alienta. Nos ayuda a ser capaces de reconocer nuestras limitaciones. Solo reconociendo nuestra finitud seremos capaces de ensanchar nuestros horizontes y llegar a ser más felices. Nunca podemos olvidar de que el mayor de deseo de Dios para con nosotros no es que seamos buenos, que también, el deseo profundo de Dios es que seamos felices, y solo desde el desprendimiento y la consciencia de las propias limitaciones podemos sentirnos plenamente amados y perdonados podemos ser plenamente felices.

Dios en el AT, al contrario de lo que pudiera parecer, no es un castigador vengativo, sino un educador. Intenta enseñarnos que nuestras acciones tienen consecuencias. Esa enseñanza es especialmente valiosa en nuestra sociedad, que muchas veces disocia las acciones y sus consecuencias, generando la falsa apariencia de que nuestros actos no generan consecuencias. Esa falta de conexión es una falsedad que nos sirve para evitar tener mala conciencia, o para pacificar escrúpulos. El mal que viene después del pecado no es un castigo divino, sino la circunstancia de nuestros propios actos. El dolor que causamos en las personas que queremos, la soledad, la falta de profundidad en las relaciones, la destrucción del medio ambiente, son consecuencias directas de nuestras acciones. Nuestra libertad tiene límites, mejor dicho un único límite – no hacer al otro lo que tú no desees que el otro te lo haga a ti.

De esto también nos habla el salmo, quien pide perdón a Dios lo recibe y sentir ese amor infinito de Dios padre y madre.

En la segunda lectura de San Pablo a los Gálatas, habla sobre la ley y la justificación. Les pone su ejemplo personal. Según la ley judía San Pablo estaba condenado, pero no a los ojos de Dios. La ley divina, la lógica divina, no tiene nada que ver con la ley humana y su aplicación. Si vivimos, por Cristo vivimos. Si vivimos como cristianos y seguimos el ejemplo de Jesús, Cristo vive en nosotros. Muchas veces nos preocupamos como vivir dentro de una sociedad secularizada, donde muchas leyes van incluso contra la fe cristiana, pero Jesús nos enseñó que incluso en los tiempos difíciles se puede vivir dentro de esta sociedad diciendo: “den al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios”. Mt 22, 15-21

Y lo que Dios nos pide, su mandamiento principal, su lógica es la lógica del amor.

El Evangelio insiste en el mismo mensaje en el que vienen incidiendo todas las lecturas, esta vez la enseñanza viene de manos de una mujer pecadora. Una mujer que tenía mucho de que arrepentirse, pero que también tuvo la capacidad de postrarse, llorar, cuidar, y amar. Jesús no sigue nuestra lógica, que a veces no es capaz de reconocer los gestos o el valor de las pequeñas cosas, Jesús.

El ve lo que nosotros no vemos, mira nuestro interior, nuestros pensamientos, deseos, sentimientos. Esta mujer es el ejemplo de una persona rechazada y condenada según la ley que marca la sociedad de su época, pero perdonada y aceptada según la lógica de Dios, porque tenía el corazón lleno amor.

Nuestras acciones deben estar motivadas por el amor, no por cumplimientos que no nos tocan el corazón. Nuestra vida se medirá por el amor que pongamos en ella. Solo desde la apertura al otro, desde el agradecimiento y desde la gratuidad y desde el servicio podemos empezar a construir el Reino.

Puede que no podamos hacer grandes cosas, pero si podemos hacer pequeñas cosas con mucho amor (Teresa de Calcuta).


ESTUDIO BÍBLICO

Dios hace que la religión tenga vida

Iª Lectura: 1Samuel (12,7-10.13): Dios perdona… a quien confiesa su culpa

I.1. El profeta Natán no fue, desde luego, el "profeta de bolsillo" del rey David, a pesar de famoso oráculo de 2Sam 7 que tánto tiene que ver con el establecimiento de la monarquía davídica en Judá, y con la teología del mesianismo posterior. Es verdad que los reyes dispusieron a su antojo de "profetas", que en realidad no eran profetas. Los autores o el autor "deuteronomista" (los libros de Josué, Jueces, Samuel y Reyes) que tiene muy en cuenta la sabida de David al trono judío no podía pasar por alto que el rey pudiera disponer a su antojo de la vida de nadie. Este es el caso de Urías, puesto en primera fila en la batalla para que muriera en la guerra, un hitita, para llevarse consigo a Betsabé su esposa (la que sería la madre de Salomón su sucesor). El relato que se nos propone, pues, tiene toda la carga profética y moral de condenar los crímenes del rey David, el prototipo, el modelo para los judíos. Pues ahí tenemos al profeta de Dios que no esconde la palabra y el juicio contra los crímenes del rey poderoso. David no era un santo y la subida al trono fue una verdadera tragedia para sus contrincantes, como la misma familia de Saúl (el primer rey del pueblo elegido, contra la misma voluntad de Samuel, otro profeta).

I.2. Es verdad que la pretensión del relato tiene un doble objetivo: mostrar la fuerza persuasiva de la palabra profética, como palabra que viene de Dios, que no se vende, que es juicio de condena y salvación según las circunstancias. Natán tendrá que ver con la situación política del reinado davídico, pero no a costa de silenciar el juicio contra el rey que actúa injustamente. Es un rasgo bien definido del verdadero profeta que tiene conciencia de que la palabra viene de Dios, dura y exigente en muchos casos, como fuego ardiente… Esta es su seguridad frente a reyes y poderosos. Y así ocurre fehacientemente en el caso de Natán y David. Es probable que Natán tuviera ciertas predilecciones por David y que influyera en un momento determinado por Salomón como sucesor de su padre… pero no hasta el punto de poder vender ante él la palabra de Dios.

I.3. Pero también tiene, el relato, un tono moralizante necesario: quien se arrepiente, aunque sus crímenes sean grandes, encontrará el perdón. Porque sea el rey de "dos reinos" y haya conquistado todo "un mundo" para él y para los suyos, no le está permitido ir contra Dios y contra sus súbitos. Estos tienen de parte al profeta, es decir a Dios mismo, pues el profeta es el único que pone enfrente a Dios y al rey. Es lo primero y decisivo en esta escena de tipo religioso, entre el profeta y el rey como individuo. Después tendrá consecuencias en la historia misma de la familia de David, en la rebelión de sus hijos, en los intereses políticos de la misma Betsabé para que Salomón sea preferido sobre otros. Es verdad que esto no se contempla aquí, sino la necesidad de reconocer la culpa y arrepentirse ante Dios, que es lo que busca el profeta. El profeta ha conseguido lo que quería, no precisamente humillar en nombre de Dios, sino que se imponga la justicia, el derecho de Dios y de los hombres. Arrepentido… el rey, el hombre, es perdonado.

IIª Lectura: Gálatas (2,16.19-21): En Cristo he encontrado al Dios vivo y verdadero

II.1. El texto de la carta a los Gálatas es una de las maravillas teológicas del apóstol en la defensa que hace del evangelio al que dedica su vida. Cristo crucificado se revela en su vida como la fuerza de Dios y desde entonces prefiere vivir crucificado, siendo un maldito como tal, que vivir agarrado a la ley, que le aleja de la gracia. En estos versos está recogida la "tesis" que se defiende con todas sus fuerzas en esta carta de Pablo. Son los versos que concluyen el c. 2, después de toda una serie de datos biográficos imprescindibles; su oposición a los judaizantes que llegaron a Antioquía en nombre de Santiago y de enfrentarse al mismo Pedro por tal de no perder la libertad que los cristianos han conquistado en Cristo Jesús.

II.2. La dialéctica entre vivir en Dios y vivir en la Ley es descomunal. Se trata, muy probablemente, de una de las expresiones más fuertes y logradas de Pablo. Antes, cuando vivía según la Ley, pensaba que vivía en Dios y con Dios; vivía en la Alianza y en la fidelidad de un buen judío. Ahora todo ha cambiado al descubrir a Cristo, el Hijo crucificado. Ahora es cuando se ha encontrado verdaderamente con Dios. ¿Es esta una ruptura? Sí, es una ruptura definitiva. La cuestión no está, pues, en aceptar o no aceptar la Ley, sino en este planteamiento cristológico. Si los oponentes hubieran podido pedir una fórmula de compromiso o conciliación, Pablo por el contrario, plantea las cosas como alternativa y contraposición. Se debe de elegir, pues, entre la Ley o Cristo. Y está claro cómo se expresa Pablo: solamente es posible elegir a Cristo, es decir, crucificarse con él, como exigencia radical del evangelio.

II.3. La cuestión se centra en el hecho de que compara lo que es vivir según la Ley, y lo que es vivir crucificado con Cristo. Y la conclusión es nítida: prefiere estar crucificado con Cristo, a vivir según la Ley. Viviendo en la Ley él sabe que no le espera más que la muerte espiritual sin sentido. Por el contrario, viviendo crucificado le espera una vida verdadera. Viviendo según la Ley no es posible, para Pablo, encontrarse con el Dios vivo y verdadero, con el Dios salvador. Viviendo «crucificado» uno se encuentra con el Dios vivo y verdadero, el Dios salvador y liberador, porque Dios se ha revelado realmente en la vida del crucificado. ¿Por qué? nos preguntamos todavía. La respuesta está en Gal 2,20, porque es en la cruz donde el Hijo le ha mostrado su amor y su entrega. Y si el Hijo es la revelación de Dios, entonces es en la cruz donde el Dios real se entrega a todos los hombres, independientemente de su raza y religión.

III. Evangelio: Lucas (7,36-8,3): Jesús, profeta del perdón y la misericordia

III.1. Esta escena, una de las más hermosas y significativas del evangelio de Lucas ha sido muy valorada, reinventada varias veces, evocada en la poesía, la pintura y el drama. La verdad es que estamos ante un "capolavoro" del arte narrativo. En el marco de una comida a la que es invitado Jesús, se enfrentan un fariseo (en realidad muchos fariseos) y una mujer pecadora. Es el fariseo el que hace pública esa maldad. Esta pecadora anónima (no identificada, de ninguna manera, con María Magdalena, aunque de ella se nos hable a continuación) parece que sea una prostituta. Es lo que exige el guión moralista y así se ha tratado casi siempre el pecado de ésta; parece que es lo que pega. Pero en verdad no tiene por qué estar marcada con esa indignidad que afecta tan marginalmente a la mujer. Y si en realidad lo fuera, ¡mejor!, porque de esa manera Jesús se cubre de gloria profética. Jesús desde luego, no es un invitado de piedra, aunque se trata de un enfrentamiento, entre un hombre y una mujer; un puritano, uno que tiene conciencia de que no se contamina como el profeta que se deja secar los pies por una mujer pecadora. Enfrente, o mejor, postrada, esa mujer sin nombre (el hombre curiosamente tiene nombre, Simón, y con ello dignidad social y religiosa). Ya esto es significativo.

III.2. Está claro que el fariseo pretende desacreditar a su invitado, quizás porque su invitación obedecía más bien a cierta buena fama de profeta de la que Jesús gozaba en Galilea entre la gente. No interviene, en primera instancia, porque todo va saliendo según ciertas previsiones; todo esto vale para dejar en evidencia al profeta. Parece que aquí, en el marco de una comida, y con testigos presenciales, todo eso va a acabar. Ya sabemos que Jesús tiene fama de comedor y ser amigo de publicanos y pecadores; se ha afirmado un momento antes (Lc 7,34). Pero Jesús no se dirige primeramente a la mujer, sino a Simón, con esa breve parábola de los dos deudores con deudas desproporcionadas. La enseñanza es meridiana: a quien más se le perdona más agradece. Los gestos de la mujer pueden ser todo lo ambiguos que queramos, pero no para Jesús, ni para el fariseo, que representa todo un mundo religioso y una mentalidad. Para los rabinos de la época… ¡no digamos!

III.3. Jesús, este Jesús de Lucas, que se nos presenta tan cercano a la mujer, a los débiles, tan abierto a la misericordia… después de haber dejado bien claro en la parábola hasta dónde quiere llegar, se pone de parte de la mujer. Lo que le reprocha a Simón, lo pone a cuenta de la mujer, de la pecadora, ¡algo inaudito! En realidad, la narración parece insinuar que Jesús no ha sido invitado con buenas intenciones a casa del fariseo. Al final son dos mundos los que se enfrentan: el de los fariseos y el de Jesús. Y quien dictamina este enfrentamiento, la juez, es una mujer pecadora. No ha sido tratado Jesús con dignidad por parte de los fariseos, de hombres. Y resulta que esta mujer viene a restituir toda la dignidad para este profeta amigo de publicanos y pecadores. Parece como si la mujer si hubiera enterado que Jesús no ha sido tratado con toda la dignidad que merece y ella viene a suplirlo. Es verdad que se trata de una pecadora en toda regla (por lo que sea, ¡es igual!), porque Jesús le perdona sus pecados y por ello explota el auditorio de hombres y de fariseos: ¡solamente Dios puede perdonar pecados!

III.4. El fariseo, los fariseos, los puritanos, no se sienten perdonados… porque no sienten necesidad y no pueden agradecer. La mujer sí siente la necesidad de comprensión, de perdón, de misericordia y, consiguientemente, ama mucho. Debemos resaltar la fuerza del v. 47, incluso en una buena traducción: no es su amor lo que provoca el perdón, sino el perdón de Jesús lo que le lleva a amar con toda el alma y todo el corazón. Ella ha pedido comprensión, perdón, misericordia… y se le ha concedido. Ella lo necesitaba y ha llevado a cabo todo aquello que le acercaba a quien consideraba que se lo podía ofrecer de parte de Dios. Los "fariseos" (no solamente Simón, aunque éste los representa) no se acercan a Jesús, no le ofrecen ni siquiera la hospitalidad dignificadora, sino una hospitalidad para ser cazado y ser juzgado. El profeta, amigo de publicanos y pecadores, de la mujer y de gente sencilla y necesitada, ha salido ileso… pero no sin escándalo de los que no se sienten pecadores. Y no saben que esa dignidad estirada y legal… puede ser también pecado. Y podrían tener el mismo perdón como la mujer. Pero eso sería rebajarse a una moral débil que no pueden soportar. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).



domingo, 5 de junio de 2016

DOMINGO 10º TIEMPO ORDINARIO CICLO C


“Dios ha visitado a su pueblo”

La Palabra de Dios de este décimo domingo actualiza lo que tantas veces proclamó Jesús: que el Reino de Dios anunciado por los profetas estaba ya presente, en su persona, en su predicación, con sus obras y milagros. Haciendo el bien. Por eso, podrá decir a los enviados por el Bautista que querían saber quién era él: “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los cojos andan, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la buena nueva” (Lc 7, 22). El profeta Elías adelantó ya los tiempos mesiánicos resucitando al hijo de la viuda de Sarepta , como testimonio de la misericordia del Dios del profeta (primera lectura); Jesús resucita a la viuda de Naím (tercera lectura) y Saulo, convirtiéndose del judaísmo a la fe en Jesús se incorpora a su vida de resucitado (segunda lectura). Con Jesús la bondad misericordiosa de Dios llega a todos .

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

La presencia de un profeta, “hombre de Dios”, siempre es cuestionadora para las personas de su entorno. El profeta está allí para hacer presente a Dios con palabras y gestos. Esos vínculos, donde sopla el Espíritu, llevan a reconocer al Dios de la vida.

Lectura del primer libro de los Reyes 17, 17-24

En aquellos días, cayó enfermo el hijo de la viuda que había socorrido al profeta Elías, y su enfermedad se agravó tanto que no quedó en él aliento de vida. Entonces la mujer dijo a Elías: “¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¡Has venido a mi casa para recordar mi culpa y hacer morir a mi hijo!”. “Dame a tu hijo”, respondió Elías. Luego lo tomó del regazo de su madre, lo subió a la habitación alta donde se alojaba y lo acostó sobre su lecho. E invocó al Señor, diciendo: “Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me ha dado albergue la vas a afligir, haciendo morir a su hijo?”. Después se tendió tres veces sobre el niño, invocó al Señor y dijo: “¡Señor, Dios mío, que vuelva la vida a este niño!”. El Señor escuchó el clamor de Elías: el aliento vital volvió al niño, y éste revivió. Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación alta de la casa y se lo entregó a su madre. Luego dijo: “Mira, tu hijo vive”. La mujer dijo entonces a Elías: “Ahora sí reconozco que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor está verdaderamente en tu boca”.
Palabra de Dios.

Salmo 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

R. Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste.

Yo te glorifico, Señor, porque tú me libraste y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí. Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir, cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.

Canten al Señor, sus fieles; den gracias a su santo Nombre, porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida: si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. R.

“Escucha, Señor, ten piedad de mí; ven a ayudarme, Señor”. Tú convertiste mi lamento en júbilo: ¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.

II LECTURA

San Pablo es testigo del modo en que la misericordia de Dios actuó en su vida. Cristo produjo en él un cambio irrefrenable, que lo convirtió en apóstol. Todo lo que él había sido hasta ese momento, fue reencausado hacia una nueva dirección: hacer conocer a Jesucristo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 1, 11-19

Quiero que sepan, hermanos, que la Buena Noticia que les prediqué no es cosa de los hombres, porque yo no la recibí ni aprendí de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo. Seguramente ustedes oyeron hablar de mi conducta anterior en el Judaísmo: cómo perseguía con furor a la Iglesia de Dios y la arrasaba, y cómo aventajaba en el Judaísmo a muchos compatriotas de mi edad, en mi exceso de celo por las tradiciones paternas. Pero cuando Dios, que me eligió desde el vientre de mi madre y me llamó por medio de su gracia, se complació en revelarme a su Hijo, para que yo lo anunciara entre los paganos, de inmediato, sin consultar a ningún hombre y sin subir a Jerusalén para ver a los que eran Apóstoles antes que yo, me fui a Arabia y después regresé a Damasco. Tres años más tarde, fui desde allí a Jerusalén para visitar a Pedro, y estuve con él quince días. No vi a ningún otro Apóstol, sino solamente a Santiago, el hermano del Señor.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Lc 7, 16

Aleluya. Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo. Aleluya.

EVANGELIO

El signo de vida de este joven fue ponerse a hablar. Y así, con la palabra, recompuso la relación con su madre. Jesús transforma nuestra mudez en comunicación, nuestra postración en postura erguida, nuestras muertes en vida. Que nuestra profecía hoy sea comunicación de vida para todos los jóvenes que no encuentren palabras para sostener su existencia.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 7, 11-17

Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: “No llores”. Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: “Joven, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: “Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo”. El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Dios ha visitado a su pueblo

El milagro que ha hecho Jesús, ante sus discípulos, el gentío que va con ellos, y la multitud que acompañaba el féretro, es un signo clamoroso del reinado de Dios, que devuelve la vida a un joven, pero que llega también para una mujer viuda, desvalida, que había perdido su última esperanza. Nada hay imposible para Dios, pues tiene poder sobre la misma muerte. Jesús manifiesta el poder y la misericordia de Dios resucitando al hijo de la viuda, y lo hace por su propio poder: “Muchacho, a ti te lo digo, levántate”; y a la madre desconsolada devolviéndole la esperanza: devuelto su hijo a la vida, “se lo entregó a su madre.

Ni se queda ahí el efecto de la acción milagrosa de Jesús. “Todos, sobrecogidos, daban a gloria a Dios: un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. Los milagros del Evangelio no son nunca reclamos publicitarios, nunca los hace como exhibición. Exige la fe en los interesados, buena voluntad y deseos de encontrar a Dios. Esta finalidad de hacer nacer o aumentar la fe, es el telón de fondo la actividad prodigiosa de Jesús. Con sus milagros quiere eliminar las miserias de los hombres devolviéndoles la salud, la vida, pero también y sobre todo quería darles a entender que había venido a traerles la salvación. Su finalidad no era suprimir la muerte, sino vencerla. El mensaje de Cristo es anunciar una vida sin fin. En Jesús Dios ha visitado y redimido a su pueblo. Es lo que sintieron los que presenciaron la acción milagrosa que a todos exaltó y llevó a proclamar que Dios estaba con ellos.

Se dignó revelar a su Hijo en mi, dice Pablo, para que yo lo anunciara a los gentiles (Testimonio de Pablo a los Gálatas).

La aparición de Cristo a Pablo, sobre el camino de Damasco, implica su conversión, la vida de Jesús resucitado sale a su encuentro. Pablo queda transformado radicalmente y comienza una nueva vida, no como la del hijo de la viuda de Naím ni la de Lázaro a quien Jesús devolvió la vida. No se trata de la recuperación de un muerto, sino de la total transformación en Dios. No es una vuelta a la vida terrena, sino de pasar la vida bienaventurada al lado de Dios, a una vida transformada que sobrepasa todos los esquemas humanos: la vida nueva en Jesús resucitado.

Ese es el Evangelio que Pablo ha recibido del mismo Cristo, con el encargo de anunciarlo a los gentiles, a los de lejos. Los muertos resucitan y la experiencia de la Resurrección de Cristo es para Pablo garantía de nuestra resurrección. Cristo ha resucitado de entre los muertos, “como primicias de los que duermen” y por eso nosotros resucitaremos con él.

Nosotros somos también, como Pablo, de los que creen sin haber visto.

El encuentro de Pablo con Jesús resucitado en el camino de Damasco tiene lugar en nosotros en el momento del bautismo que nos hace vivir una “vida nueva”, aquí y ahora en nuestro mundo, y nos da la seguridad de que “el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales” (Rom 8, 11).

Desde la dicha de creer en Jesús resucitado sin haberlo visto (Jn 19,29), llevemos a los que no creen ni esperan un poco de luz, de vida nueva, de amor, solidaridad y comprensión. Como Jesús, permanezcamos siempre cerca de los que sufren y sienten dolor, de los pobres y de los abandonados.


ESTUDIO BÍBLICO

I.a Lectura (1 Reyes 17,17-24): La fuerza de Dios que da vida

No hay mucho que decir de este relato sobre Elías y la viuda de Sarepta de Sidón, ya que se escoge en la liturgia de hoy para acompañar al texto del evangelio, puesto que muchos autores han visto una serie de conexiones o modelos. En realidad es muy distinta la semiótica en que uno y otro se enmarcan. Elías está en territorio pagano, ayuda a una mujer pagana, como lo pone Lucas de manifiesto en el relato de la escena de Nazaret de Jesús (Le 4,14ss). Elías ya había ayudado a la viuda a matar el hambre para que no faltara la harina en la orza. Pero es claro que el relato quiere ir a más: la harina asegura no morir de hambre, pero la muerte siempre está al acecho... y la muerte es peor que el hambre para la mujer que se queda desamparada.

Todos los gestos taumatúrgicos de Elías de dar calor y vida al joven con su cuerpo podrían ser mirados como actos de "reanimación", de choque, como se suele hacer con aquellos que han perdido el conocimiento o han dejado de respirar. Pero el relato no quiere quedarse en lo que solamente serían "primeros auxilios", sino que busca algo más. El profeta pide la ayuda de Dios para que el alma, mejor, el soplo vital (nefesh), vuelva a él. La antropología bíblica no contempla separación de alma y cuerpo en la muerte, sino que falta ese soplo vital que Elías, el profeta de Dios, el anunciador de Dios, quiere trasmitir al joven. Es como si se quisiera enseñar que Elías se desprende de algo tan esencial a su misión profética, de esa fuerza divina que le abrasaba, para trasmitirla al moribundo. Y esa era, sin duda, la fuerza de Dios que es quien da vida a los muertos.

II.a Lectura (Gálatas 1,11-19): Pablo no inventa el evangelio

Pablo, en su carta a los Gálatas defenderá "su evangelio", el evangelio o buena noticia de la gracia, con todo su empeño. El problema se había presentado en la comunidad que había fundado porque amos intrusos querían imponer otro evangelio, el de la ley, del que él había desertado desde su fariseísmo el día que "se encontró" con el Señor Jesús, en una experiencia de "revelación", de misericordia. El venía de ser perseguidor de ese evangelio, o de aquellos que lo anunciaban y de pronto se encuentra con las manos vacías... pero Cristo le hizo ver y experimentar el evangelio de la gracia con todas sus consecuencias. El texto autobiográfico que hoy leemos quiere poner todo esto de manifiesto. El evangelio no le llega por una "enseñanza" de otros. Es verdad que la retórica afirmación de Pablo no excluye que él fuera informado de muchas cosas por los Apóstoles, pero en lo que se refiere a la "esencia" del evangelio de la gracia, de la libertad, a la verdad del mismo, eso le viene por "inspiración", por revelación como le gusta decir. La afirmación es todo lo retórica que queramos, pero incuestionable.

Sea o no, lo que sigue, un relato autobiográfico o más bien una argumentación autobiográfica, lo cierto es que él nos define algunas cosas que confirman su existencia: su vida en el judaísmo estaba fundamentalmente en contra de este evangelio que ahora anuncia con toda el alma; su persecución a la "iglesia", es decir, a los cristianos, tampoco se puede negar y, por lo mismo, su conversión es algo que solamente puede entenderse como una gracia de Dios. Nada tenía a favor, a no ser que Dios mismo cambiara el horizonte de su vida y le descubriera que había nacido para otra cosa que para ser un buen judío o un perfecto fariseo. Estaba llamado a ser apóstol del evangelio de la gracia, como Jeremías, desde el vientre de su madre, había sido llamado a ser profeta. Pablo se expresa en los mismos términos y usa esos simbolismos que muestran el destino o la "llamada" de Dios. Puede que el Pablo que nos habla aquí sea mirado por algunos como muy personalista; sin duda que lo es, pues ni siquiera ha confrontado este evangelio con los otros apóstoles. Pero se trata precisamente de poner los puntos sobre la íes desde el momento en que algunos que han llegado a Galacia le niegan el pan y la sal de ser apóstol y de anunciar la verdad del evangelio. Dirá más adelante: no hay otro evangelio.

Evangelio (Lucas 7,11-17): La muerte llorada, la muerte vencida

El relato de la "resurrección" o mejor, de la "vuelta a esta vida" del hijo de la viuda de Naín tiene una peculiaridades que llaman la atención. Su tono bíblico, sus efectos deben resaltarse por encima de cualquier otra lectura. Es una aldea que sale únicamente aquí en toda la biblia. El entierro del joven y su cortejo no tiene parangón, ya que la madre, viuda por más señas, es la estampa más dramática que podíamos imaginar. No era frecuente que la mujeres formaran parte del cortejo judío... por tanto es importante el encuentro entre Jesús y la madre viuda. Es, además, elocuente que Jesús se compadezca de esta situación y para ello se usa el verbo "conmoverse" (splagchnizomai) que encontramos en el relato del Samaritano (Lc 10,33), siendo también la expresión para el padre de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,20). Jesús se acercó y tocó el féretro ¿era necesario? Se ha visto aquí un signo de cómo Jesús no teme quedar impuro por tocar a un muerto (aunque sea el féretro). Pero es su palabra lo que hace que el joven se levante. Y es especialmente significativo cómo el joven "comenzó a hablar" y Jesús se lo entregó a la madre. La semiótica, es decir, los signos y símbolos del relato tienen su fuerza y su sentido. Jesús le entrega a aquella viuda todo lo que ella tenía para vivir, su hijo, que podría ganar el pan de nuevo para los dos.

Desde esta lectura semiótica, podríamos entender que aquí no sea exclusivo el sentido del milagro, del prodigio, o que el título de "profeta" con que se aclama a Jesús al final se entienda solamente como un taumaturgo, al estilo de Apolonio de Tiana y otros "taumaturgos" de la época. Jesús es profeta de la muerte y de la vida. De la muerte porque la afronta con la fuerza de quien está seguro, cree, que debe ser vencida por la vida. Es una manera, una lección de aproximarse a la muerte sin el espanto y el miedo con que muchas veces se afronta. Es verdad que el relato presenta a Jesús en su humanidad; "se conmueve" ante el dolor de una madre, porque la muerte se debe llorar; pero también se debe asumir y se debe resucitar'. Pero en realidad el profeta de Galilea todavía no puede "resucitar" a alguien en el pleno sentido de la palabra. Lo que hace es "devolver a esta madre su hijo, su apoyo... porque no tiene otra cosa". Esto es todo un símbolo de la misma humanidad del reino... pero hubo otros muchos muertos que Jesús no devolvió a la vida y a los que "devolvió", según los relatos de milagros, les esperaba de nuevo la muerte. La aclamación de la gente: "Dios ha visitado a su pueblo" es muy bíblica (cf Le 1,68.78; Hch 15,14; o Ex 32,34; Sal17,3; ls 10,12; Jr 9,24; Zac 10,3) y se usa para hablar' de una acción salvadora y liberadora de Dios. Eso es lo que se quería mostrar especialmente, más que un simple poder taumatúrgico.

Teológicamente hablando, cuando la catequesis nos solicita hablar de la "resurrección", no podernos caer en el equívoco de presentar la resurrección del hijo de la viuda de Naín o la de Lázaro, como si estuviéramos hablando de la resurrección de Jesús y de todos los muertos. No es posible, aunque el término para hablar de cómo el muchacho se "levantó" (egeiró), ponerse en pie, sea el mismo que se usa para hablar de la resurrección de Jesús en las experiencias pascuales (Le 24,6.34). No obstante, debernos tener muy presente que la resurrección de Jesús es mucho más que la mera reanimación de un cadáver (a lo que con frecuencia se la reduce en el imaginario popular y en ciertas teología): existe una disparidad absoluta entre la resurrección de Jesús y la resurrección de Lázaro o la del hijo de la viuda de Naín, aunque tantas veces se hayan identificado agrupándolas bajo la categoría, puramente apologética, de milagro. En realidad, Lázaro o el de Naín, al revivir; retornan hacia el pasado de la vida terrena, hacia la existencia cotidiana, mientras que la resurrección de Jesús significa el avance absoluto hacia el futuro sin retorno, hacia Dios Padre como meta última a la vez que origen primero de su caminar histórico. Se trata, pues, de dinamismos contrapuestos. De Lázaro o del Naín podemos decir que reviven o son "reanimados"; de Jesús hay que decir mucho más: es "consumado" (cf. Jn 19,30), ya que por su muerte y su resurrección alcanza la meta suprema de la plenitud y la consumación total. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).