domingo, 8 de junio de 2014

PENTECOSTÉS


“Como el Padre me envió, así los envío yo...”

El hombre actual se perfila como ciudadano del mundo; el nacimiento de un espíritu universal es signo de nuestro tiempo. Las regiones, las fronteras nacionales van quedando relegadas para dar paso al acercamiento de los diversos pueblos. El proceso es costoso, si bien lleva gran velocidad y con cambios muy rápidos, profundos y amplios. En el orden humano, natural y de la convivencia, aparecen graves tensiones porque la capacidad de adaptación es más lenta, y además hay fuerzas adversas que empujan al poderío, el dominio y la violencia. Además. el hombre, sobrenaturalizado, hijo adoptivo del Dios- ha de armonizar las fuerzas de naturaleza y gracia para caminar hacia la plenitud de su vida definitiva.

Dios-Amor, está presente en cada persona porque su amor se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que hemos recibido a través de Jesús-Salvador Dios y hombre verdadero, entregado por nosotros y resucitado por el Espíritu. El Espíritu que creó el mundo, lo sostiene por su fuerza sin fatiga, y será quien conduzca al hombre a su plenitud, realizando la nueva creación universal. Pentecostés es la fiesta del Espíritu, de la unidad en cada persona (en desarrollo pleno) y en la humanidad entera redimida por el Amor.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA

I LECTURA   

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

“Todos los presentes quedaron llenos del Espíritu Santo”. No hay excepciones, no hay privilegios, no hay marginales. Porque el Espíritu Santo viene a unir, a re-unir, y a pesar de tantas diferencias, nos enseña que podemos ser una comunidad.

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.
Palabra de Dios.

Salmo 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

R. Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! ¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡La tierra está llena de tus criaturas! R.

Si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra. R.

¡Gloria al Señor para siempre, alégrese el Señor por sus obras! Que mi canto le sea agradable, y yo me alegraré en el Señor. R.

II LECTURA   

El compromiso personal con la comunidad no es más importante ni más trascendente que el que tiene nuestro hermano, por más que seamos el pastor, tengamos un ministerio a cargo o estemos expuestos al público. Tampoco es menor nuestro compromiso en las cosas más sencillas o que pasan inadvertidas. Cuando reconocemos que lo que hacemos ayuda al crecimiento de muchos, no nos sentimos superiores ni menores que el resto.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 12, 3b-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo. Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
Palabra de Dios.

SECUENCIA    

Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres. Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto. Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles. Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente. Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas. Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos. Concede a tus fieles, que confían en ti, tus siete dones sagrados. Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría.

EVANGELIO     

El Espíritu es viento, es soplo, es el aire que respiramos para poder vivir. Por eso, al dejar entrar al Espíritu, dejamos entrar la vida misma de Dios en nosotros. Y esa vida que recibimos nos hace movilizar el entorno, nos hace creativos y más comprometidos con los proyectos que celebran la vida.


Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA

I.- Los textos del domingo.

a.- San Lucas no ofrece una crónica de sucesos sino que nos induce a descubrir la revelación teológica del misterio de Pentecostés: Con la fuerza del Espíritu aparece un lenguaje nuevo donde para hablar de Dios no hay que usar idénticos vocablos sino participar en el mismo amor al prójimo, como mandato del Señor.

b.- San Pablo utiliza con plena validez el ejemplo del organismo humano: Multitud de órganos, cada cual con sus funciones se mantienen coordinados y subordinados por la vida que les inunda desde el origen, para cubrir las necesidades personales. Si falta el alma brota la descomposición y corrupción cadavérica. Así es también en el cuerpo místico de Cristo.

El mismo Espíritu, que reinó al comienzo... es quien instaurará en el mundo el perdón y la paz, con la mediación del mismo ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. El Espíritu hace que todos formemos una unidad mayor y más fuerte aún que la expresada por las energías biológicas, con tal de que la libertad actúe correctamente. En cada uno, y en cada tiempo, se manifiesta el Espíritu para el bien común.

c.- San Juan recoge el saludo del resucitado por dos veces: En la primera reciben la confirmación de la experiencia pascual, y rompe la decepción y el miedo que les embargaba; en la segunda les envía con su fuerza a mostrar al mundo la salvación de Dios. No basta creer el hecho de la resurrección; es necesario experimentar su presencia novedosa, a través de la cual la comunidad cristiana encuentra en Cristo su centro y fuerza evangelizadora.

II. Una realidad viva.

a.- Personal. Tratemos ante todo de descubrir y vivir que la realidad de Pentecostés es algo de orden personal, individual, que cada cual tiene que incorporar ahora a su vida, desde su condición particular. Los primeros cristianos tuvieron serias dificultades para aceptar que lo que vivían era voluntad de Dios; se convencieron -por la fe- de la cercanía de Jesucristo resucitado, vivo y tan eficaz como la realidad física humana anterior.

b.- Imprescindible. El Espíritu Santo es una realidad tan importante en nuestra vida espiritual, que sin ella ni siquiera podemos decir: “Jesús es el Señor”. A su lado, con la misma confianza y serenidad, afirmaremos que la acción del Espíritu no puede faltarnos en ningún momento, porque tenemos como fundamento de nuestro propio ser al Dios-Espíritu, aunque con demasiada facilidad no seamos conscientes de ello: Es Dios que se da, para que podamos existir y persistir. “En Él vivimos, nos movemos y existimos”.

c.- Sobre-natural. La persona es el sujeto de la inhabitación Trinitaria, en cada uno de los cristianos. En ello consiste la filiación divina, de manera gratuita a través de la mediación del Hijo, Jesús el Cristo. Desde dentro, en nuestra propia esencia radica la sobrenaturaleza, y desde allí mueve las diferentes facultades para verificar sus propios actos de una manera ordenada y habitual. También a la fe pertenece la colaboración necesaria de la libertad humana para mantener el orden y la fidelidad a los planes divinos.

III. El Espíritu nos hace libres.

a.- Fuerza interior. El Espíritu tiene la misión de hacernos libres, superando cualquier tipo de esclavitud alienante. Es la energía para luchar contra las fuerzas disgregadoras del yo-humano: “demonios”, pecado, egoísmos, vanidades, miedos y tantos otros movimientos que oscurecen la razón llevándole a tomar como bueno aquello que no lo es. Dios actúa siembre desde dentro y en ningún caso violenta ni el ser ni la libertad humana.

b.- Fuerza unitiva. En Pentecostés las personas de diversa lengua, raza y nación, libres y esclavos fueron capaces de entenderse... Nosotros también lo seremos, en cuanto que hemos sido bautizados en el mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Cierto es que quedará a nuestro cargo descubrir sutilmente los campos de combate del desorden, para reforzar con la oración la fortaleza de nuestra fidelidad cotidiana.

c.- Fuerza evangelizadora. Dios-Amor presente en nosotros es la base de la unión con él y la fuerza expansiva para anunciarlo a los demás. No es un descubrimiento intelectual o meramente racional, sino afectivo, existencial, de unidad con Dios por amor gratuito. La fe es insuficiente desde lo cognitivo si no se acompaña de la adhesión voluntaria a sus contenidos transformantes de la vida. Hemos de fiarnos del Señor, y hacer lo que nos manda.

Tal experiencia nos ha de motivar a orar en todo tiempo para descubrir la alegría que encierra el hecho de compartir con los demás el tesoro escondido en nuestro corazón, y así celebrar el mandamiento del Señor: Amaos unos a otros como yo os he amado. Recibid el Espíritu Santo; perdonaos mutuamente. Paz a vosotros. Permaneced en mi amor.



ESTUDIO BÍBLICO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre,
don en tus dones espléndido,
luz que penetra las almas,

La grandeza de este domingo de Pentecostés (cincuenta días después de la Pascua) resalta en la liturgia de hoy como la manifestación extraordinaria de una Alianza Nueva, que ya no está en una ley escrita, muerta, sino en la vida nueva, que le llega a la Iglesia por el soplo del Espíritu del Resucitado. Así fue en los primeros tiempos entre los discípulos de Jesús. Después de un tiempo pascual prolongado, se vieron envueltos en una fuerza irresistible, maravillosa, que les llevó con alas nuevas a proclamar el mensaje de salvación y a afrontar todas las dificultades que eso suponía dentro del mundo judío y de las instituciones que no posibilitaban un camino profético.

Iª Lectura: (Hch 2,1-11): La salvación que llega por el Espíritu

I.1. Este es un relato germinal, decisivo y programático propio de Lucas, como en el de la presencia de Jesús en Nazaret (Lc 4,1ss). Lucas nos quiere dar a entender que no se puede ser espectadores neutrales o marginales a la experiencia del Espíritu. Porque ésta es como un fenómeno absurdo o irracional hasta que no se entra dentro de la lógica de la acción gratuita y poderosa de Dios que transforma al hombre desde dentro y lo hace capaz de relaciones nuevas con los otros hombres. Y así, para expresar esta realidad de la acción libre y renovadora de Dios, la tradición cristiana tenía a disposición el lenguaje y los símbolos religiosos de los relatos bíblicos donde Dios interviene en la historia humana. La manifestación clásica de Dios en la historia de fe de Israel, es la liberación del Exodo, que culmina en el Sinaí con la constitución del pueblo de Dios sobre el fundamento del don de la Alianza.

I.2. Pentecostés era una fiesta judía, en realidad la "Fiesta de las Semanas" o "Hag Shabu'ot" o de las primicias de la recolección. El nombre de Pentecostés se traduce por "quincuagésimo," (cf Hch 2,1; 20,16; 1Cor 16,8). La fiesta se describe en Ex 23,16 como "la fiesta de la cosecha," y en Ex 34,22 como "el día de las primicias o los primeros frutos" (Num 28,26). Son siete semanas completas desde la pascua, cuarenta y nueve días, y en el quincuagésimo día es la fiesta (Hag Shabu´ot). La manera en que ésta se guarda se describe en Lev 23,15-19; Num 28,27-29. Además de los sacrificios prescritos para la ocasión, en cada uno está el traerle al Señor el "tributo de su libre ofrenda" (Dt 16,9-11). Es verdad que no existe unanimidad entre los investigadores sobre el sentido propio de la fiesta, al menos en el tiempo en que se redacta este capítulo. Las antiguas versiones litúrgicas, los "targumin" y los comentarios rabínicos señalaban estos aspectos teológicos en el sentido de poner de manifiesto la acogida del don de la Ley en el Sinaí, como condición de vida para la comunidad renovada y santa. Y después del año 70 d. C., prevaleció en la liturgia el cómputo farisaico que fijaba la celebración de Pentecostés 50 días después de la Pascua. En ese caso, una tradición anterior a Lucas, muy probablemente, habría cristianizado el calendario litúrgico judío.

I.3. Pero ese es el trasfondo solamente, de la misma manera que lo es, también sin duda, el episodio de la Torre de Babel, en el relato de Gn 11,1-9. Y sin duda, tiene una importancia sustancial, ya que Lucas no se queda solamente en los episodios exclusivamente israelitas. Algo muy parecido podemos ver en la Genealogía de Lc 3,1ss en que se remonta hasta Adán, más allá de Abrahán y Moisés, para mostrar que si bien la Iglesia es el nuevo Israel, es mucho más que eso; es el comienzo escatológico a partir del cuál la humanidad entera encontrará, finalmente, toda posibilidad de salvación.

I.4. Por eso mismo, no es una Ley nueva lo que se recibe en el día de Pentecostés, sino el don del Espíritu de Dios o del Espíritu del Señor. Es un cambio sustancial y decisivo y un don incomparable. El nuevo Israel y la nueva humanidad, pues, serán conducidos, no por un Ley que ya ha mostrado todas sus limitaciones en el viejo Israel, sino por el mismo Espíritu de Dios. Es el Espíritu el único que hace posible que todos los hombres, no sólo los israelitas, entren a formar parte del nuevo pueblo. Por eso, en el caso de la familia de Cornelio (Hch 10) - que se ha considerado como un segundo Pentecostés entre los paganos-, veremos al Espíritu adelantarse a la misma decisión de Pedro y de los que le acompañan, quien todavía no habían podido liberarse de sus concepciones judías y nacionalistas

I.5. Lo que Lucas quiere subrayar, pues, es la universalidad que caracteriza el tiempo del Espíritu y la habilitación profética del nuevo pueblo de Dios. Así se explica la intencionalidad -sin duda del redactor-, de transformar el relato primitivo de un milagro de "glosolalia", en un milagro de profecía, en cuanto todos los oyentes, de toda la humanidad representada en Jerusalén, entienden hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El don del Espíritu, en Pentecostés, es un fenómeno profético por el que todos escuchan cómo se interpreta al alcance de todos la "acción salvífica de Dios"; no es un fenómeno de idiomas, sino que esto acontece en el corazón de los hombres.

I.6. El relato de Pentecostés que hoy leemos en la Iª Lectura es un conjunto que abarca muchas experiencias a la vez, no solamente de un día. Esta fiesta de la Iglesia, que nace en las Pascua de su Señor, es como su bautismo de fuego. Porque ¿de qué vale ser bautizados si no se confiesa ante el mundo en nombre de quién hemos sido bautizados y el sentido de nuestra vida? Por eso, el día de la fiesta del Pentecostés, en que se celebraba la fiesta del don de la ley en el Sinaí como don de la Alianza de Dios con su pueblo, se nos describe que en el seno de la comunidad de los discípulos del Señor se operó un cambio definitivo por medio del Espíritu.

I.7. De esa manera se quiere significar que desde ahora Dios conducirá a su pueblo, un pueblo nuevo, la Iglesia, por medio del Espíritu y ya no por la ley. Desde esa perspectiva se le quiere dar una nueva identidad profética a ese pueblo, que dejará de ser nacionalista, cerrado, exclusivista. La Iglesia debe estar abierta a todos los hombres, a todas las razas y culturas, porque nadie puede estar excluido de la salvación de Dios. De ahí que se quiera significar todo ello con el don de lenguas, o mejor, con que todos los hombres entiendan ese proyecto salvífico de Dios en su propia lengua y en su propia cultura. Esto es lo que pone fin al episodio desconcertante de la torre de Babel en que cada hombre y cada grupo se fue por su sitio para independizarse de Dios. Eso es lo que lleva a cabo el Espíritu Santo: la unificación de la humanidad en un mismo proyecto salvífico divino.

IIª Lectura (1Cor 12,3-7.12-13): La comunión en el Espíritu

II.1. En la IIª Lectura del día, Pablo presenta a esta comunidad la unidad de la misma por medio del Espíritu. En realidad esta sección responde a un problema surgido en las comunidades de Corinto, en las que algunos que recibían dones o carismas extraordinarios, competían entre ellos sobre cuáles era los más importantes. Pablo va a dedicarle una reflexión prolongada (cc. 12-14), pero poniendo todo bajo el criterio de la caridad (c. 13).

II.2. La diversidad de gracias y dones comunitarios no deben romper la unidad de la comunidad, porque todos necesitamos tener algo fundamental, sin la cual no se es nada: el Espíritu del Señor Jesús para confesar nuestra fe; sin el Espíritu no somos cristianos, aunque creamos tener gracias extraordinarias y hablemos lenguas que nadie entiende.

II.3. Los dones espirituales, los carismas, no son algo solamente estético, pero bien es verdad que si no se viven con la fuerza y el calor del Espíritu no llevarán a la comunión. Y una comunidad sin unidad de comunión, es una comunidad sin el Espíritu del Señor.

Evangelio (Jn 20,19-23) : La paz y el gozo, frutos del Espíritu

III.1. El evangelio de hoy, Juan (20,19-23), nos viene a decir que desde el mismo día en que Jesús es resucitó de entre los muertos, su comunicación con los discípulos se realizó por medio del Espíritu. El Espíritu que «insufló» en ellos les otorgaba discernimiento, alegría y poder para perdonar los pecados a todos los hombres. El saludo de la paz, shalom, se repite en el relato por dos veces para confirmar algo que va mucho más allá del saludo cotidiano en el mundo bíblico y entre los judíos. Es el saludo de parte de Dios y es el saludo para preparar los que les va a otorgar a los suyos: la fuerza del Espíritu Santo. De esa manera la unión entre Jesús resucitado y el Espíritu Santo es indiscutible. Será, pues, el mismo Espíritu, es que les garantice el acontecimiento de la resurrección. Pero también el de la misión.


III.2. Pentecostés es la representación decisiva y programática de cómo la Iglesia, nacida de la Pascua, tiene que abrirse a todos los hombres. Esta es una afirmación que debemos sopesarla con el mismo cuidado con el que San Juan nos presenta la vida de Jesús de una forma original y distinta. Pero las afirmaciones teológicas no están desprovistas de realidad y no son menos radicales. La verdad es que el Espíritu del Señor estuvo presente en toda la Pascua y fue el auténtico artífice de la iglesia primitiva desde el primer día en que Jesús yo no estaba con ellos.



domingo, 1 de junio de 2014

ASCENSIÓN DEL SEÑOR


“No les toca a ustedes conocer los tiempos y las fechas”

Jesús, el Señor, resucitado, viviente, se alza hacia el cielo. Una nube le cubre. ¿Nos abandonó? ¿Va a quedar fija nuestra mirada hacia ese cielo que huye? ¿Volverá? Buen momento para calibrar la firmeza de nuestra confianza.

Aguardemos su venida, sin tiempo, sin fecha. Aguardemos, manos a la obra. Cada vez que defendemos la dignidad de un ser humano, cada vez que ponemos en pie a alguien, que no dejamos que caiga nadie en la cuneta de la vida, cada vez que compartimos el pan, cada vez que vemos en el pobre el rostro de Cristo… Cada vez, estamos diciendo que Él vuelve. ¡Ven Señor Jesús!

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Después de la resurrección, los discípulos esperan un cambio, una especie de transformación en el mundo. Y la respuesta de Jesús parece no responder a estas expectativas. Es como si “pateara” el problema hacia “más allá”. Pero sabemos que el Reino de Dios ya está con nosotros, y se manifiesta de un modo a veces imperceptible. Y por eso hay que seguir esperando, porque el momento de la instauración definitiva y universal del Reino sin dudas llegará.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido. Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que Yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Él les respondió: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”.
Palabra de Dios.

Salmo 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

Aplaudan, todos los pueblos, aclamen al Señor con gritos de alegría; porque el Señor, el Altísimo, es temible, es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones, asciende al sonido de trompetas. Canten, canten a nuestro Dios, canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra, cántenle un hermoso himno. El Señor reina sobre las naciones, el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

II LECTURA

No conocemos a Jesús con los ojos del cuerpo. No lo vemos, no lo tocamos, ni lo oímos con nuestros propios oídos. El conocimiento que tenemos de él se apoya en la fe. Por eso es fundamental que pidamos que él mismo nos ayude y nos enseñe a conocerlo.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Éste es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de Aquél que llena completamente todas las cosas.
Palabra de Dios.

EVANGELIO

“Cristo se ha quedado con nosotros. Así como la cabeza es vida del cuerpo y del pie, aunque el pie tenga su planta en el suelo, es la misma vida de la cabeza. Y esto debe llenarnos de alegría cuando la cabeza nuestra ha subido a los cielos, nosotros, sus pies que todavía peregrinamos en la tierra, sentimos que Cristo está presente.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20

Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA

Le vemos elevándose hacia el cielo, sobre la nube, ¿será que nos abandona? Menudo enigma. ¿Qué guarda ese Jesús de nuestros desvelos?

Ese Jesús a quien seguimos, al que abandonamos, huyendo, cuando acabó colgado de una cruz... Ese Jesús que confesamos, hace unos días, en una noche mágica… Ese Jesús, vive. No busquemos entre los muertos a quien vive.

Han pasado cuarenta días. Todo un trecho. Las cosas requieren su pausa, no nos caen encima, así, sin más. Necesitamos la obra del tiempo. Un tiempo para madurar. Un tiempo para aprestarnos a la gran tarea, ser testigos de lo insólito: nuestra certeza de que el Crucificado vive y ha sido glorificado.

No es sencillo percibir lo hondo. Somos torpes, cierto. También es cierto que esa verdad última escapa a nuestra capacidad porque está más allá de cualquier posibilidad nuestra. Calma. No nos inquietemos. El Espíritu viene en nuestra ayuda. Él nos encamina hacia la verdad, tan entera como esquiva. Su aliento alimenta nuestra mirada y nuestro coraje.

La verdad de Jesús, que pasó haciendo el bien, su vida, su palabra, sus signos liberadores, confirmada de lleno y sin fisura por el Padre. ¿Qué otra cosa nos dice nuestra fe en su exaltación gloriosa? ¿Qué grita esa voz inaudible sino que Jesús, el Señor, a la derecha del padre, tiene el poder de liberarnos a todos, a cada uno, uno por uno? Un abrazo universal. Nada de límites. Nada de fronteras. Nada de muros. No hay rincón que no recoja la savia de vida que Jesús, el Señor, da. Da. Sin más.

No corramos. Paremos un instante. ¿Confiamos de verdad en la esperanza a que hemos sido llamados?

No pensemos, sin embargo, que hemos logrado la meta. Estamos en la puerta de salida. ¿Nos quedaremos fascinados mirando al cielo? No. Nunca. Caminemos a Jerusalén. Pongámonos manos a la obra. Emprendamos cada día el camino, empeñados en la lenta tarea, siempre recomenzada, de la evangelización.

Y, en medio de incertidumbres, de oscuridad, del sentimiento de la inutilidad de nuestra tarea, de fracasos, caídas y debilidades nunca superadas, confiemos, no perdamos la confianza en Aquél que dijo que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Guardemos siempre ese hilo de confianza. Nuestro bien más preciado.

El mismo que nos ha dejado, volverá. ¡Ven, Señor Jesús!


ESTUDIO BÍBLICO

Como ya no se celebra la Ascensión del Señor en el «jueves» precedente a este domingo, su liturgia se traslada a lo que debería ser el VII Domingo de Pascua. Los textos de este día, pues, están determinados por esta fiesta del Señor.

Iª Lectura (Hch 1,1-11): “Seréis mis testigos”

I.1. Solamente Lucas es verdaderamente “ascensionista”. Decimos eso porque es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla o relata este “misterio” cristológico en todo el Nuevo Testamento. Y sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11). En realidad no son opuestos los discursos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga «cuarenta días» en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua.

I.2. Esto último es lo más determinante, ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la «exaltación» de Jesús a la derecha de Dios. ¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. Lo de los cuarenta días es especialmente bíblico: el número recuerda y apunta a los cuarenta años que Israel caminó en el desierto bajo la pedagogía divina Dios (Dt 8,2-6); los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18); los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de su vida pública (Lc 4,1-2). «Cuarenta» indica el tiempo de la prueba y de la enseñanza necesaria. En la tradición de los rabinos el número «cuarenta» también tenía, en línea con la tradición bíblica, un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. En los Hechos, es un tiempo “pascual” extraordinario para consolidar la fe de los discípulos.

I.3. Y ese tiempo Pascual extraordinario -nos quiere decir Lucas-, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu, porque les espera una gran tarea en todo el mundo, “hasta los confines de la tierra”. La pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apunta a que la Resurrección de Jesús, al contrario que otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo. Esa es la razón de que haya prolongado su presencia “especial” durante “cuarenta días” entre los suyos, insistiendo en iluminarlos acerca del Reino de Dios que fue el tema de su mensaje y la causa de su vida hasta la muerte.

I.4. Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de las Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Y deben entrar, porque son enviados por el Resucitado. Ya ha pasado el tiempo de la prueba. Ya han podido experimentar que el Maestro está vivo, aunque haya sido crucificado. Su mensaje del Reino no puede quedar en el olvido. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

I.5.La “Ascensión”, como se indica en Mc 16,19 (tomado sin duda de la tradición lucana) es ser elevado al cielo y sentarse a la derecha de Dios, es decir, la total exaltación y glorificación de Jesús. Pero eso es lo que sucede, sin duda, en la resurrección. Por lo mismo, no es un misterio soteriológico nuevo con respecto a la humanidad de Jesús, sino una afirmación cristológica que marca el destino final del profeta de Galilea. No obstante, debemos señalar que en el relato de los Hechos viene a significar un momento decisivo que pone fin al período pascual. Asimismo, Lucas lo ha presentado como misterio pedagógico para hacer ver a los discípulos que ha llegado su hora de anunciar al mundo la salvación de Dios. E incluso tiene el sentido de purificación definitiva de una ideología nacionalista del mesianismo de Jesús y del papel de Israel. Todos los hombres han de ser llamados a la salvación de Dios. Porque Jesús, el Señor exaltado, ya ha cumplido en la historia su tarea.

IIª Lectura (Efesios 1,17-23): Plegaria de iluminación

II.1. La IIª Lectura del día nos ofrece una alabanza o acción de gracias y una petición importante que el autor -presuntamente Pablo, aunque bien puede ser uno de sus discípulos-, pide para la comunidad: el conocimiento, como una especie de carisma. Se trata de un conocimiento de experiencia. De esta manera el conocimiento que se pide para la comunidad otorga una sabiduría como don incesante. No es un conocimiento de cosas, sino es una experiencia de fe y de amor.

II.2. Esta lectura se ha escogido para la liturgia de las Ascensión, porque en esta acción de gracias se pide el Espíritu, que es la promesa que Jesús hizo a los suyos. Se especifica que es el Espíritu de sabiduría, don de Dios; y de revelación, porque la sabiduría no es un saber humano, sino una experiencia divina.

II.3. Y también ha sido escogido, sin duda, porque aquí se menciona la Ascensión en las palabras “lo ha hecho sentar a su derecha en los cielos”. Esto viene a continuación de la afirmación sobre la resurrección. Estar sentado a la derecha de Dios es una expresión simbólica para poner de manifiesto “el señorío” de Jesús. Porque estando a su derecha, pues, participa del señorío divino.

II.4. Y finalmente, se debe tener en cuenta que esta acción de gracias a Dios por lo que ha hecho en Jesús, es una llamada, a su vez, a la esperanza de los cristianos. Porque eso que ha acontecido en Jesús lo viviremos un día nosotros.

III. Evangelio (Mt 28,16-20): Yo estaré con vosotros siempre

III.1. El evangelio de este día es el final del evangelio de Mateo y se quiere poner de manifiesto lo que Lucas ya nos ha expresado con la presentación de la «Ascensión»: es el momento de los discípulos, de sus seguidores, que tienen que llevar el evangelio allí donde Jesús no pudo ir: a todo el mundo. Desde lo alto de un monte, con todo el simbolismo que esto tiene en la Biblia, Jesús les otorga a los suyos un poder comunicador de salvación y de gracia.

III.2. El bautismo en su nombre, será por otra parte, el sacramento de iniciación de los que quieran llevar una vida nueva en este mundo. Mateo ya había elegido un monte para la enseñanza de Jesús que ha pasado a la historia como el «sermón de la montaña» (Mt 5-7). Con ello se quería ir más allá del monte Sinaí y de la ley del Antiguo Testamento, la ley del la Alianza. Para culminar la teología de una Alianza nueva dada en una enseñanza nueva, ahora Mateo, en Galilea, nos presenta al Resucitado corroborando, con un nuevo poder, lo que ya les había trasmitido en el sermón de la montaña.


III.3. Mas no podemos menos de resaltar que a la promesa de hacer discípulos en todo el mundo (aquí el evangelio de Mateo se hace absolutamente universalista), corresponde la promesa del mismo Jesús de estar con los suyos siempre. Muchos autores resaltan con razón que aquí se retoma el significado de “Emmanuel” (Dios con nosotros) como cumplimiento de la profecía de Is 7 y del anuncio a José (Mt. 1,23). Como el nombre que recibió fue Jesús, no concretamente “Emmanuel”, y Jesús significa “Dios salva”, quiere decir que la promesa se cumple porque la salvación de Dios con la humanidad no tendrá límites. Y esto, prometido al final, como Señor resucitado que tiene todo el poder, en el “monte”, es de una importancia teológica irrepetible.


domingo, 25 de mayo de 2014

DOMINGO 6° DE PASCUA



“Si me aman, guardarán mis mandamientos”

Las palabras de Jesucristo señalan el camino de la vida cristiana. Hemos celebrado el Triduo Pascual –– pasión, muerte y resurrección de Jesús –– y nos encontramos en la etapa que da sentido a todo lo anterior. En efecto, la resurrección de Jesús ilumina su pasión y su muerte, transformándolas en un evento que la razón humana no conseguirá explicar jamás. Así es como la resurrección de Jesús ilumina también toda la vida cristiana y la vida humana en general, donde experimentamos situaciones verdaderamente dramáticas, sin sentido para la comprensión humana y que requieren una visión de fe.

Ahora bien, la resurrección de Jesús es cuestión de amor, como lo han sido su pasión y su muerte. Es el amor –– Dios es amor –– la realidad que está al principio de la historia de la salvación, quien la guía y la lleva a su plenitud. Por eso puede decirnos Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Esta misma realidad la formula el Señor en el Evangelio con otra expresión: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama”. Los cristianos tenemos que ver todas las cosas con ojos de amor, es decir, con los ojos del corazón (cf. Ef 1,18).

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA

I LECTURA

“También la primera misión de Pablo y de Bernabé se caracteriza por una ceremonia análoga: ‘Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron’. Estamos aquí ante un rito litúrgico de verdadera investidura misionera, celebrada por los responsables y representantes de la comunidad”

Lectura de los Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días: Felipe descendió a una ciudad de Samaria y allí predicaba a Cristo. Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe. Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron sanos. Y fue grande la alegría de aquella ciudad. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.
Palabra de Dios.

Salmo 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

R. ¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra! ¡Canten la gloria de su nombre! Tribútenle una alabanza gloriosa, digan al Señor: “¡Qué admirables son tus obras!” R.

Toda la tierra se postra ante ti, y canta en tu honor, en honor de tu nombre. Vengan a ver las obras del Señor, las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

Él convirtió el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Por eso, alegrémonos en él, que gobierna eternamente con su fuerza. R.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar, yo les contaré lo que hizo por mí: Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración ni apartó de mí su misericordia. R.

II LECTURA

Pedro nos invita a dar testimonio con la palabra, capacitados en el conocimiento de lo que creemos, entrando en discusión y diálogo pacífico. Pero también nos llama a dar testimonio con la vida misma, aceptando las adversidades a las que nos puede llevar nuestra confesión de fe.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos: Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán todos aquellos que difaman el buen comportamiento que ustedes tienen en Cristo, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal. Cristo padeció una vez por los pecados –el Justo por los injustos– para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios.
Palabra de Dios.

EVANGELIO    

¡Qué hermoso consuelo! ¡Es Jesús quien reza por nosotros! Él pide que recibamos al Espíritu, y de esta manera, descansaremos en su misma oración.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 15-21

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA

 “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

El hecho de la resurrección de Jesucristo orienta hacia una realidad nueva, en la que podemos ver la acción del Espíritu Santo, tal como aparece en las tres lecturas. La vida según el Espíritu es la que corresponde a cuantos hemos sido bautizados y hemos sido incorporados a Jesucristo. Fue el Espíritu “quien devolvió a la vida” a Jesús, resucitándolo de entre los muertos (primera lectura); es “el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios” quien nos comunica su energía, pues habita en nosotros (segunda lectura); este mismo Espíritu lo llama Jesús “Espíritu de la verdad” y “otro defensor” que está siempre con nosotros (Evangelio).

“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

La verdadera predicación de la Palabra de Dios, es decir, de Jesucristo, es causa de alegría, porque su fuerza sana y cura las enfermedades, el pecado, liberando de la esclavitud de los espíritus inmundos.

Pedro y Juan “oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo”. Ahora bien, una vez recibido el Espíritu Santo, hemos de dejarnos conducir por él, superando la tendencia natural a echar mano de nuestro “yo”. No es nuestro “yo” el que cuenta, sino Jesús, que dejó dicho con toda claridad: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6). Después de que Jesucristo nos haya mostrado el camino, después de saber en qué consiste la verdad y después de haber sido introducidos en una vida nueva, ahora nos corresponde, con humildad, dejarnos guiar por el Espíritu de Jesús, cosa nada fácil para nuestra arrogancia humana.

“Como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”

Gracias a la obra de Jesucristo, la vida nueva merecida mediante su resurrección, de la que participamos a través del Bautismo, hemos de “glorificar a Cristo Señor” desde lo profundo de nuestro corazón, tomando cada vez más conciencia del don recibido, que es lo que nos permite “dar razón de nuestra esperanza”, y saber hacerlo con estilo, con elegancia, no imponiendo sino proponiendo, tal como hizo el mismo Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Entrar en esta dimensión y avanzar por ella solo es posible contando con el Espíritu. ¡Qué hermoso si fuéramos bien conscientes de la obra que Dios hace en nosotros “derramando su amor en nuestros corazones, con el Espíritu Santo, que ya nos ha dado”! (Rm 5,5). Jesús poseía el Espíritu, y así “fue devuelto a la vida” (segunda lectura).

“El Espíritu de la verdad vive con vosotros y está en vosotros”

La clave de nuestra vida está en Jesucristo, en su palabra, en su promesa. Refiriéndose al Espíritu Santo, al que llama “Espíritu de la verdad” y “otro consolador”, el Señor indica un neto contraste respecto del Espíritu Santo: “el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”. Podríamos añadir, que ni siquiera le interesa, porque conocer al Espíritu y dejarse guiar por él significa hacer morir nuestro “yo”, que está en total contraste con las pretensiones humanas de prevalecer sobre las demás personas, interesados solamente de nuestras cosas. El mundo, pues, no hace nada por conocer al Espíritu, y continúa su camino, tal como podemos verificar continuamente en la sociedad global.

Por el contrario, los discípulos de Jesucristo estamos llamados, tenemos la obligación de dejarnos guiar por el Espíritu, porque el Espíritu “vive con nosotros” y “está en nosotros”. Se trata, pues, de una forma de vida totalmente dinámica, expresando una identidad de personas, nuestra persona con el Espíritu. Esta identidad de persona con el Espíritu es una realidad inefable, sublime. Por eso Jesús insiste en este hecho tratando de hacer comprender a sus discípulos la identidad que existe entre él y el Padre: “Sabréis que yo estoy “en” mi Padre”, añadiendo a continuación: “y vosotros “en” mí y yo “en” vosotros”.

La Biblia de la Conferencia Episcopal Española traduce de otra manera: en vez de la preposición “en”, que hemos usado, prefiere la preposición “con”, que no expresa la misma intensidad de lo que significan las palabras de Jesús, que no solo está “con” nosotros, sino que vive “en” nosotros. Fácil evocar las palabras de san Pablo a propósito de su relación personal con Jesucristo: “No soy yo el que vive, es Cristo el que vive “en” mí” (Gal 2,20).

Necesitamos entrar en esta dimensión personal con Dios-Trinidad para que nuestra vida no sea simplemente una “imitación” sino más bien una vida vivida en plenitud, tal como quiere el mismo Señor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10). La vida es un principio “interior”, íntimo, profundo. Esto es precisamente lo que podemos decir del Espíritu Santo, que no solo está “con” nosotros sino que vive “en” nosotros, moviéndonos desde dentro.

Ahora bien, todo este proceso hemos de considerarlo en su raíz más profunda, que es el amor de Dios. Jesucristo nos enseña con total claridad: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”; “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.


ESTUDIO BÍBLICO

Iª Lectura: (Hechos 8,5-8.14-17): La palabra de Dios nos abre al Espíritu

I.1. Este texto nos muestra un paso más de la comunidad cristiana primitiva. La crisis originada en la comunidad de Jerusalén a causa de los «helenistas», que tenían una mentalidad más abierta y más atenta a lo que había significado el mensaje del evangelio y de la Pascua, dispersó a estos cristianos fuera de la ciudad santa. Y esto va a ser semilla misionera y decisiva para que el «camino», otro de los nombres con que se conocía a los seguidores de Jesús, rompiera las barreras del judaísmo. Del relato, para la lectura de este domingo, se excluye el caso de Simón el Mago que quería hacer lo que Felipe, o comprarlo si era necesario -de donde procede el nombre de “simonía”-, por querer procurarse bienes espirituales por medio del dinero.

I.2. El programa que el autor (Lucas) ya diseñó en Hch 1,8 debe ir cumpliéndose con precisión. Pero es el Espíritu quien lleva estas iniciativas, quien se adelanta a los mismos apóstoles. Porque la Iglesia, sin Espíritu del Señor, no estaría abierta a nuevos modos y territorios de evangelización y presencia. El Espíritu es quien otorga siempre a la comunidad cristiana la libertad y el valor necesarios. En la lectura de hoy vemos a Felipe, uno de los siete elegidos y, probablemente, el líder sucesor de Esteban, que se llega hasta el territorio maldito de los samaritanos. El odio entre judíos y samaritanos ya aparece en el evangelio (Lc 9,52ss; Jn 4). Este era un paso muy importante porque se les consideraba como unos paganos. Esta era una apuesta decisiva, a la vez que un compromiso conducido por el Espíritu de Pentecostés, para cuya fiesta nos preparamos. Los samaritanos acogieron la palabra de Dios, nos dice Lucas en este relato, y enviaron a Pedro y a Juan para que pudieran atender y confirmar en la fe a esta nueva comunidad que se había abierto a la fuerza de la palabra salvadora.

I.3. Por eso, conviene resaltar que no son los “doce”, los discípulos de Jesús y los testigos “directos” de la Resurrección, los que llevan a cabo esta iniciativa eclesial. Felipe el helenista es el que se atreve a cumplir esa promesa del resucitado de Hch 1,8 (aunque cuenta mucho la persecución en Jerusalén contra ellos). Lo que hace es lo que mismo que hacía Jesús (cf. Lc 7,21; 8,2; 9,1). Resaltemos, pues, las iniciativas de los de segunda fila que tienen la misma importancia o más, ya que llevan la predicación, la palabra de Dios, a “lugares de frontera”. En Lucas la “palabra de Dios” es verdadera protagonista, junto con el Espíritu, de la segunda parte de su obra.

I.4. En un segundo momento, Pedro y Juan tienen que asumir la realidad de que los samaritanos, a donde ellos nos se atrevían a ir, han acogido la predicación evangélica. Esto contrasta con la escena del evangelio (Lc 9,51-56) en que Jesús y los suyos, pasando por territorio samaritano al ir a Jerusalén, y no siendo acogidos, Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, pidieron un castigo apocalíptico para aquel lugar maldito. Pero Jesús esta actitud de venganza rotundamente. Para Lucas esa era como la primera semilla, que ahora viene a crecer por medio de una nueva predicación. Y Juan, el hijo del Zebedeo, es protagonista en este momento.

I.5. El relato, pues, debe ser leído e interpretado en el sentido de que de los que no se esperan respuesta, son capaces de acoger el mensaje de la salvación con más solicitud y entusiasmo que los predestinados religiosamente para ello. La llegada de Pedro y Juan no debe ser captada en el sentido de ir a imponer su autoridad apostólica o jerárquica, sino, por el contrario, a poner de manifiesto por su parte y por la parte de la Iglesia madre de Jerusalén, el misterio de “comunión” que los herejes samaritanos (concepción del judaísmo ortodoxo) son capaces de dar.

I.6. Por eso este es un segundo “pentecostés”, que aquí acontece por la imposición de las manos de los apóstoles. Y es que en la Iglesia primitiva se dieron diferente momentos de “pentecostés” como presencia del Espíritu de Jesús resucitado.

IIª Lectura (Iª Pedro 3,15-18): Dar razón de nuestra esperanza

II.1. Nuestro texto nos proporciona una tesis teológica que debe ser determinante para los seguidores de Jesús: que debemos estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza. Los primeros cristianos tuvieron que explicar muchas a veces, a quien se lo pedía, los motivos de su fe y de su esperanza. Eran tiempos de persecución. Hoy vivimos la fe menos ambiciosamente, pero no podemos ocultar la luz debajo de nada.

II.2. Ser cristiano, ser seguidor de Jesús, nos otorga su Espíritu y estamos convocados como entonces a dar testimonio. Hoy no hay persecuciones como entonces, pero el mundo tiene otros valores y reducimos nuestro testimonio a ciertas manifestaciones cultuales. Mas la fe cristiana no es para el culto, sino que debe dar sentido a la vida entera. ¿Por qué creemos, por qué esperamos, por qué amamos y perdonamos? No podemos ocultar nuestra verdad, sino que debemos comunicarla, incluso aunque tengamos que sufrir adversidad o incomprensión.

II.3. No se trata de hacer una defensa apologética de nuestra esperanza, pero sí es necesario vivir con esperanza: la esperanza en Cristo, en un mundo de paz y de concordia; en un mundo que tiene, además, un futuro más allá de esta historia, porque Jesús, el Señor, ha ganado para todos ese mundo nuevo.

Evangelio de Juan (14,15-21): El Espíritu, nuestro “Defensor”

III.1. El evangelio de Juan prosigue con su discurso de revelación de la última cena. Se hace una conexión entre amor y mandamientos. Si amamos a Jesús estamos llamados a amarnos los unos a los otros, porque en la teología de Juan ese es el mandamiento nuevo y único que nos ha dejado para que tengamos nuestra identidad en el mundo. ¿Era eso nuevo? Era nuevo en la forma en que lo entendió Jesús: incluso hay que amar a los que nos odian; así seremos sus discípulos.

III.2. Para llevar adelante este mandamiento Jesús pedirá un «defensor», un ayudador: el Espíritu. Se nos vuelve a poner en línea abierta con la fiesta de Pentecostés que celebraremos tras dos domingos. El Espíritu de la verdad, no de una verdad abstracta, sino de la verdad más grande, de una verdad que el «mundo» odia, porque el mundo en San Juan es el misterio de la mentira, del odio, de las tinieblas. Probablemente se detecta aquí un dualismo un poco exagerado, pero es verdad que el mundo de la mentira existe y nos rodea frecuentemente.

III.3. Jesús promete no dejarnos huérfanos: El Espíritu es más fuerte que el mundo, como el amor y la verdad son más fuertes que el mundo, aunque nos parezca lo contrario. Si queremos vivir otra vida verdadera debemos fiarnos de Jesús que, desde el regazo de Dios como Padre, no se ha instalado allí, sino que enviándonos un Defensor nos conduce al mundo de la verdad, de la luz, del amor que reina en el seno de Dios.

III.4. El evangelio nos habla del “Paráclito” que Jesús promete a los suyos. El término griego parákletos (que significa “llamado”, del verbo griego kaleo, “llamar, interceder por”) tiene su origen en el mundo jurídico y designa a alguien que es llamado como defensor en un tribunal, un abogado en definitiva. Se sabe que los discípulos han de afrontar en el mundo una lucha. El autor del evangelio ya lo está viendo con sus ojos y por eso construye este discurso sobre el “Paráclito” que “estará con vosotros para siempre” (Jn 14,16). Es el Espíritu de la “Verdad”, que es una de las formas en que Jesús se ha presentado en este evangelio (14,6), un tema dominante de la catequesis joánica. Por lo mismo, el Espíritu vendrá a hacer lo que hacía Jesús mientras estaba con ellos.

III.5. ¿Qué sentido tiene todo este discurso? Pues que aunque falte Jesús, no nos faltará su Espíritu. Es una presencia nueva de Jesús, una presencia que viene después de la Resurrección y que no podemos dudar que existe y existirá. Y aunque no esté definida esa personalidad del Espíritu, como habrá de hacerse en la teología posterior, debemos estar abiertos a esta promesa de comunión y de vida. En este mundo nuestro de disputas interminables y de intereses muy humanos, tener un abogado “defensor” es como una necesidad para no estar desamparados. Los cristianos, por lo mismo, tienen el suyo y pueden apoyarse en él, porque es un “abogado de la verdad que libera” nuestras conciencias.