domingo, 8 de abril de 2018

DOMINGO 2º DE PASCUA DÍA DE LA MISERICORDIA


“¡Dichosos los que no han visto y han creído!”

Este segundo domingo de Pascua, o también llamado Domingo de la Divina Misericordia, nos muestra el amor de Dios en la misma incredulidad de Tomás. Su falta de fe, genera el encuentro personal con Jesús resucitado, a quien reconoce por la señal de los clavos en las manos y el costado atravesado por la lanza al ser crucificado y termina proclamándolo como: ¡Señor mío y Dios mío! La incredulidad de Tomás nos hace tomar conciencia de que, sin un encuentro personal con Jesús resucitado, nuestra fe no se sostiene. Que el creyente se constituye como tal, a partir de la vivencia interior de experimentarlo vivo en uno mismo. Jesús sigue “resucitando”, haciéndose presente, más allá de permanecer cerradas las puertas de muchos hombres y mujeres a la fe. No hay muro que no pueda atravesar la misericordia de Dios en su empeño porque la humanidad entera experimente ya en este mundo la presencia de Jesús resucitado en sus vidas.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

 “Para llegar a ser discípulo de Jesús es necesario renunciar a todo lo que se posee y la forma de hacerlo es poniendo todo lo propio a disposición de los hermanos necesitados. A los que poseen muchos bienes, pero los comparten, Lucas nunca los llama ‘ricos’. Los ricos son los que no comparten, y merecen la reprobación, porque no siguen el mandato de Jesús y el ejemplo de las primeras comunidades”.

Lectura de los Hechos de los apóstoles 4, 32-35

La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos. Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima. Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades.
Palabra de Dios.

Salmo 117, 2-4. 16-18. 22-24

R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor!

Que lo diga el pueblo de Israel: ¡Es eterno su amor! Que lo diga la familia de Aarón: ¡Es eterno su amor! Que lo digan los que temen al Señor: ¡Es eterno su amor! R.

“La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas”. No, no moriré: Viviré para publicar lo que hizo el Señor. El Señor me castigó duramente, pero no me entregó a la muerte. R.

La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. Este es el día que hizo el Señor: Alegrémonos y regocijémonos en él. R.

II LECTURA

El amor a Dios y el amor al hermano no pueden disociarse, son inseparables. Porque considerar a Dios como Padre, es también considerar al otro como hermano. Todos hemos nacido del mismo Padre, todos tenemos el mismo origen, todos venimos al mundo por la misma voluntad de Dios.

Lectura de la primera carta de san Juan 5, 1-6

Queridos hermanos: El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga, porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 20, 29

Aleluya. “Ahora crees, Tomás, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Jesús entrega dos veces la paz a sus discípulos en este relato. Hoy también nosotros podemos pedirle al Señor que nos llene de su paz, luego de dejarlo entrar a nuestros corazones, que quizás tengan las puertas cerradas como la sala en la que están estos hombres.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”. Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Terminada la octava de pascua, la Palabra de Dios de este domingo gira en torno a la centralidad de la fe en Jesús resucitado, como núcleo del kerigma cristiano que debemos anunciar al mundo: ¡El crucificado ha resucitado! El creyente, no es propiamente quien convivió directamente con Jesús. No pocos de sus conciudadanos lo vieron caminar por sus ciudades, anunciar la Buena Nueva del Reino, curar enfermos, y, sin embargo, no se convirtieron en creyentes. El creyente se constituye como tal cuando se da el encuentro personal, íntimo, profundo, con el Jesús que se nos revela resucitado. La incredulidad de Tomás se convierte en una bendición para nosotros que no vimos a Jesús con nuestros propios ojos, hace unos 2000 años, cuando predicó en Galilea y murió crucificado en Jerusalén. Creemos sin haberlo visto, humanamente hablando, pero sí, habiéndolo experimentado resucitado y vivo en nuestras vidas, tantos siglos después. Esto es lo que nos hace receptores de la alabanza del Jesús resucitado: ¡Dichos los que no han visto y han creído!

Las dudas de Tomás son las dudas de todos. La razón no lo alcanza a entender el misterio que supone el hecho en sí de la resurrección de Jesús. Se siente desbordada. Impotente. La fe no se impone por la fuerza. Menos aún, requiere de una cruzada contra el mundo para que sea aceptado el mensaje de que Jesús venció la muerte. La fe surge como don del Señor resucitado, fruto del encuentro personal con Él. Donde Dios toma la iniciativa y el hombre responde libremente. Sin esta experiencia de encuentro personal con el Jesús resucitado la fe no nace. Antes que un conjunto de verdades, es una experiencia interior, un encuentro vivo, un don que se acoge libremente y transforma la existencia. Don pascual del Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones. El punto de arranque de la vida cristiana. Al que debemos volver permanentemente para renovar nuestras vidas como creyentes.

Sí que la fe en Jesús resucitado nos exigirá, como respuesta e imperativo interior del Espíritu en nosotros, a que demos testimonio de esta experiencia pascual ante los demás. Que la anunciemos, con nuestra predicación y estilo de vida evangélica. Que superemos todos los miedos interiores que nos paralizan. Gracias al testimonio de quienes convivieron con Jesús y, especialmente, lo vieron resucitado, los que pudieron identificar al crucificado por sus llagas y heridas con el resucitado glorioso y vencedor de la muerte, podemos hoy identificar nuestra propia experiencia de fe con la de los primeros cristianos. Posiblemente, no todo el mundo creerá en la veracidad de la experiencia personal del Jesús resucitado vivo en nosotros. Ni en la Palabra misma de Dios que lo atestigua. Dudarán de que Jesús haya resucitado verdaderamente. Incluso, nosotros como creyentes, no pocas veces nos invaden todo tipo de dudas de fe. Todos nos debemos acoger a la Divina Misericordia de Dios y pedir humildemente el don de la fe. Y, al reencontrarnos nuevamente con Él, responder como Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! E invitar a todo el mundo al encuentro personal con Jesús resucitado, como inicio de una vida nueva, renovada, iluminada por la luz pascual.

Fe y amor van juntos.  El creyente es aquel cuya fe le permite, además, contemplar al Señor resucitado en todo crucificado. En el prójimo y en sí mismo. El resucitado no es un “espíritu desencarnado”, sino alguien real y concreto, con sus llagas y padecimientos. El creyente lo puede “tocar” en los enfermos, los marginados, los que padecen soledad, violencia y todo tipo de afrenta a su dignidad. También “`palparlo” compartiendo sus propias heridas, su enfermedad o sufrimientos, despertando esperanza en su vida y dándole paz y consuelo en el dolor. Experimentarlo vivo, como Alguien que asume su causa y le da esperanza pascual.

La autenticidad de la fe en Jesús resucitado lleva al creyente a compartir, no sólo su “bien espiritual” –su fe–, sino también los bienes materiales y privilegios de que dispone en su vida, por ejemplo, sociales, económicos, sanitarios, educativos, jurídicos, con los necesitados de todo tipo: emigrantes, refugiados, personas sin techo, sin trabajo, sin cobertura social, sin acceso a derechos humanos básicos, con otras creencias o ideologías, alejados de la Iglesia... No se puede creer y no amar. Vivir la fe sin romper los muros que nos separan, no anhelar que lleguemos a tener la humanidad entera “un solo corazón y una sola alma”. Para el creyente, el prójimo es un hermano o una hermana que, aunque no comparta su misma fe, lo considera igual en dignidad, hijo e hija de Dios, hermano y hermana en Cristo.

La presencia de Jesús resucitado en medio de la comunidad da paz y quita miedos. La victoria de Jesús sobre el pecado y la muerte, es la victoria de Dios sobre el poder que impide la vida total y plena a la humanidad. Como creyentes no podemos seguir encerrados en un mundo de miedos, paralizados, desanimados, con sentimientos de fracaso. Nuestra esperanza no está puesta en si nuestros templos están llenos o vacíos de fieles, sino en el poder de la resurrección de Jesús sobre el pecado y la muerte. Por Él tenemos asegurada la victoria final: de que un mundo diferente es posible como don del resucitado. Él es quien garantiza que el bien vencerá al mal. Que la humanidad entera gozará de los bienes del resucitado. La esperanza que alienta al creyente en su vida de testigo del resucitado.

ESTUDIO BÍBLICO.

I Lectura: Hechos (4,23-35): La Resurrección crea comunión de vida

I.1. La primera lectura está tomada de Hechos 4,23-35 que es uno de los famosos sumarios, es decir, una síntesis muy intencionada de la vida de la comunidad que el autor de los Hechos, Lucas, ofrece de vez en cuando en los primeros capítulos de su narración (ver también Hch 2,42-47;5,12-16). ¿Qué pretende? Ofrecer un ideal de la vida de la comunidad primitiva para proponerlo a su comunidad (quizá en Corinto, quizá en Éfeso) como modelo de la verdadera Iglesia de Jesucristo que nace de la Resurrección y del Espíritu.

1.2. Tener una sola alma y un sólo corazón, compartir todas las cosas para que no hubiera pobres en la comunidad es, sin duda, el reto de la Iglesia. ¿Es el idealismo de la comunidad de bienes? Algunos así lo han visto. Pero debemos considerar que se trata, más bien, de un desafío impresionante y, posiblemente, una crítica para el mal uso y el abuso de la propiedad privada que tanto se defiende en nuestro mundo como signo de libertad. Es una lección que se debe sacar como praxis de lo que significa para nuestro mundo la resurrección de Jesús. Eso, además, es lo que libera a los apóstoles para dedicarse a proclamar la Palabra de Dios como anuncio de Jesucristo resucitado.

1.3. En este sumario, el testimonio de los apóstoles sobre la resurrección está, justamente, en el centro del texto, como cortando la pequeña narración de la comunidad de bienes y de la comunión en el pensamiento y en el alma. Eso significa que la resurrección era lo que impulsaba esos valores fundamentales de la identidad de la comunidad cristiana primitiva.

II Lectura: 1ª Carta de San Juan (5,1-6): El amor vence al mundo

II.1. En la segunda lectura se plantea el tema de la fe como fuerza para cumplir los mandamientos y como impulso para vencer al mundo, es decir, su ignominia. Creer que Jesús es el Cristo no es algo que se pueda «saber» por aprendizaje, de memoria o por inteligencia. El autor nos está hablando de la fe como experiencia, y por ello, el creer es dejarse guiar por Jesucristo, que ha resucitado; dejarse llevar hacia un modo nuevo de vida, distinta de la que ofrece el mundo. Por eso se subraya el cumplir los mandamientos de Jesús.

II.2. Pero se ha de tener muy en cuenta que no se trata de una propuesta simplemente moralizante que se resuelve en los mandamientos. ¿Por qué? Porque el mandamiento principal del Jesús joánico es el amor; el amor, como Él nos ha amado. Esta es la victoria de la resurrección y la forma de poner de manifiesto de una vez por todas que la muerte es transformada en vida verdadera. El amor, pues, no es solamente el mandamiento principal del cristianismo, sino el corazón mismo que mueve las relaciones entre Dios y los hombres y entre los hombres entre sí.

III Lectura (Jn 20,19-31): ¡Señor mío! La resurrección se cree, no se prueba

III.1. El texto es muy sencillo, tiene dos partes (vv. 19-23 y vv. 26-27) unidas por la explicación de los vv. 24-25 sobre la ausencia de Tomás. Las dos partes inician con la misma indicación sobre los discípulos reunidos y en ambas Jesús se presenta con el saludo de la paz (vv. 19.26). Las apariciones, pues, son un encuentro nuevo de Jesús resucitado que no podemos entender como una vuelta a esta vida. Los signos de las puertas cerradas por miedo a los judíos y cómo Jesús las atraviesa, "dan que pensar", como dice Ricoeur, en todo un mundo de oposición entre Jesús y los suyos, entre la religión judía y la nueva religión de la vida por parte de Dios. La “verdad” del texto que se nos propone, no es una verdad objetivable, empírica o física, como muchas veces se propone en una hermenéutica apologética de la realidad de la resurrección. Vivimos en un mundo cultural distinto, y aunque la fe es la misma, la interpretación debe proponerse con más creatividad.

III.2. El "soplo" sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas que nos hablan de la nueva creación, de la vida nueva, por medio del Espíritu. Se ha pensado en Gn 2,7 o en Ez 37. El espíritu del Señor Resucitado inicia un mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. El Israel viejo, al que temen los discípulos, está fuera de donde se reúnen los discípulos (si bien éstos tienen las puertas cerradas). Será el Espíritu del resucitado el que rompa esas barreras y abra esas puertas para la misión. En Juan, "Pentecostés" es una consecuencia inmediata de la resurrección del Señor. Esto, teológicamente, es muy coherente y determinante.

III.3. La figura de Tomás es solamente una actitud de "anti-resurrección"; nos quiere presentar las dificultades a que nuestra fe está expuesta; es como quien quiere probar la realidad de la resurrección como si se tratara de una vuelta a esta vida. Tomás, uno de los Doce, debe enfrentarse con el misterio de la resurrección de Jesús desde sus seguridades humanas y desde su soledad, porque no estaba con los discípulos en aquel momento en que Jesús, después de la resurrección, se les hizo presente, para mostrarse como el Viviente. Este es un dato que no es nada secundario a la hora de poder comprender el sentido de lo que se nos quiere poner de manifiesto en esta escena: la fe, vivida desde el personalismo, está expuesta a mayores dificultades. Desde ahí no hay camino alguno para ver que Dios resucita y salva.

III.4. Tomás no se fía de la palabra de sus hermanos; quiere creer desde él mismo, desde sus posibilidades, desde su misma debilidad. En definitiva, se está exponiendo a un camino arduo. Pero Dios no va a fallar ahora tampoco. Jesucristo, el resucitado, va a «mostrarse» (es una forma de hablar que encierra mucha simbología; concretamente podemos hablar de la simbología del "encuentro") como Tomás quiere, como muchos queremos que Dios se nos muestre. Pero así no se "encontrará" con el Señor. Esa no es forma de "ver" nada, ni entender nada, ni creer nada.

III.5. Tomás, pues, debe comenzar de nuevo: no podrá tocar con sus manos las heridas de las manos del Resucitado, de sus pies y de su costado, porque éste, no es una *imagen+, sino la realidad pura de quien tiene la vida verdadera. Y es ante esa experiencia de una vida distinta, pero verdadera, cuando Tomás se siente llamado a creer como sus hermanos, como todos los hombres. Diciendo «Señor mío y Dios mío», es aceptar que la fe deja de ser puro personalismo para ser comunión que se enraíce en la confianza comunitaria, y experimentar que el Dios de Jesús es un Dios de vida y no de muerte. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).



domingo, 1 de abril de 2018

PASCUA DE RESURRECCIÓN


 

“Sea nuestra alegría y nuestro gozo”

En este día feliz de la Pascua, los cristianos estamos de fiesta porque –como afirmaba Odo Casel, liturgista alemán –“la  Pascua es la fiesta de las fiestas, la fiesta más grande”.  La resurrección del Señor ocurre en “la hora” esperada, temida y ansiada por Jesús, es el acontecimiento liberador, cuando el grano de trigo evangélico, renacido de la muerte y sepultura, da fruto abundante y se convierte en el pan vivo de la comunidad. Toda la vida de Jesús –tejida de gestos salvadores- culmina plenamente en esta “hora” decisiva. Por eso, estamos de fiesta. Y sólo por eso nos felicitamos la Pascua.

Pero, en este día de fiesta, sabemos de parientes, amigos y vecinos, de compañeros y compañeras de trabajo, que no vendrán al “banquete de los muchos invitados” (Lc 14, 15-24) para celebrar la Vida; cuyo saludo pascual será más rutinario y fingido que una expresión sentida, nacida de una personal convicción de fe. Tal vez, algunos de ellos o ellas nos digan, desconsolados “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.

Será un buen gesto pascual que, con temple de testigo del Resucitado, la comunidad que celebra la pascua “salga a las plazas y a las calles de la ciudad” (Lc 14, 21) para invitar a todos al banquete pascual del Reino.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Lo que vamos a escuchar recibe el nombre de kerygma. Esta palabra griega significa proclamación. Lo que hace Pedro es proclamar, en voz alta, los puntos fundamentales de nuestra fe: Jesús, su historia, su vida, su Pascua y la salvación que nos ha regalado. Leamos muy atentamente el kerygma, y pidamos a Dios poder vivir y anunciar lo mismo que vivió y anunció la Iglesia durante más de veinte siglos.

Lectura de los Hechos de los apóstoles 10, 34. 37-43

Pedro, tomando la palabra, dijo: “Ustedes ya saben qué ha ocurrido en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicaba Juan: cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo, llenándolo de poder. Él pasó haciendo el bien y sanando a todos los que habían caído en poder del demonio, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en el país de los judíos y en Jerusalén. Y ellos lo mataron, suspendiéndolo de un patíbulo. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió que se manifestara, no a todo el pueblo, sino a testigos elegidos de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él, después de su resurrección. Y nos envió a predicar al pueblo, y a atestiguar que él fue constituido por Dios Juez de vivos y muertos. Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre”.
Palabra de Dios.

Salmo 117, 1-2. 16-17. 22-23

R. Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en él.

¡Den gracias al Señor, porque es bueno, porque es eterno su amor! Que lo diga el pueblo de Israel: ¡Es eterno su amor! R.

La mano del Señor es sublime, la mano del Señor hace proezas. No, no moriré: viviré para publicar lo que hizo el Señor. R.

La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto ha sido hecho por el Señor y es admirable a nuestros ojos. R.

II LECTURA

La resurrección debe llevarnos a vivir de un modo nuevo. Ya no podemos volver atrás, sumergidos en el pecado. Cristo nos ha salvado y, por lo tanto, dejemos que su Espíritu nos impulse y nos enseñe a dejar aquello que nos impide vivir como cristianos.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Colosasl 3, 1-4

Hermanos: Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra. Porque ustedes están muertos, y su vida está desde ahora oculta con Cristo en Dios. Cuando se manifieste Cristo, que es la vida de ustedes, entonces ustedes también aparecerán con él, llenos de gloria.
Palabra de Dios.
SECUENCIA    

Cristianos, ofrezcamos al Cordero pascual nuestro sacrificio de alabanza.
El Cordero ha redimido a las ovejas:
Cristo, el inocente, reconcilió a los pecadores con el Padre.
La muerte y la vida se enfrentaron en un duelo admirable:
el Rey de la vida estuvo muerto, y ahora vive.
Dinos, María Magdalena, ¿qué viste en el camino?
He visto el sepulcro del Cristo viviente y la gloria del Señor resucitado.
He visto a los ángeles, testigos del milagro,
he visto el sudario y las vestiduras.
Ha resucitado Cristo, mi esperanza,
y precederá a los discípulos en Galilea.
Sabemos que Cristo resucitó realmente;
tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros.

ALELUYA        1Cor 5, 7-8

Aleluya. Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Celebremos, entonces, nuestra Pascua. Aleluya.

EVANGELIO

El primer día de la semana es también el primer día de la salvación. Hoy comienza un tiempo nuevo, no solo para el calendario “del mundo”, sino también para cada uno de nosotros. Hoy Pedro y el discípulo amado corren a “ver qué es lo que pasa”, se encuentran con el sepulcro vacío y su corazón les grita que Jesús ha dejado la muerte. Hoy también nosotros, renunciando a la muerte, asumimos la vida de resucitados, una vida nueva, la misma vida de Cristo.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: Él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

María Magdalena, la amiga de Jesús, se llevó una amarga sorpresa. Cuando de madrugada, todavía estaba oscuro, fue al sepulcro de Jesús, vio abierta la puerta del sepulcro, que estaba vacío. De vuelta a casa, así se lo dijo a Pedro y a Juan: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Los tres corrieron hacia el sepulcro para verificar el hecho.

Efectivamente, el cuerpo del Señor no estaba; era un sepulcro vacío. ¿Lo habrán robado? ¿Qué ha pasado? El mismo Juan atestigua que “él vio y creyó”, y aclara “todavía no habían comprendido que, según la escritura, Él debía resucitar de entre los muertos”.

Muchas gentes sufren hoy la aflicción de María porque no estaba el Señor y por  no saber dónde  lo habían puesto para abrazarle de nuevo, aunque estuviera muerto. Sólo el discípulo querido de Jesús “vio y creyó” que había resucitado. A los discípulos les llevó tiempo reconocer al Señor resucitado. Jesús, a menudo, les reprendió su incredulidad.

Esta es hoy la situación:

Gentes convencidas de que “Dios ha muerto” y nada les preocupa dónde esté su sepulcro.
Otras que por el contrario, -al hilo de la reflexión de Unamuno acerca del sepulcro de Don Quijote, el Caballero de la Locura - tratan con muchas y estudiadas razones la guardia y custodia del sepulcro. Lo guardan –dice D. Miguel- para que el caballero no resucite. Lo prefieren muerto.
Muchos hombres y mujeres que, como los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35), se sienten frustrados y desilusionados por la aparente debilidad y ausencia de Dios, pero finalmente, pasado el rato, le reconocen en su corazón y en la fracción del pan.
Algunos, en su débil confianza, necesitan, como Tomás, meter sus dedos en las llagas del Resucitado. Pero, a la postre, sin tocarle siquiera, sólo al verle, exclaman: “Señor mío y Dios mío”.
Otros muchos, multitudes, –hombres y mujeres- son felices porque han creído en él sin haberle visto.
¿Qué hacer para reconocer al Resucitado y ser sus testigos?

Escuchar, en clima de silencio y de sencilla plegaria, como María Magdalena, que el Señor nos llame por nuestro propio nombre, identificándonos como amigos (Jn 20, 11-18).
Escuchar –como hicimos anoche en la Vigilia- los anuncios de los profetas que nos hablan del Mesías que vendrá, de su muerte y resurrección. Esta fue la pedagogía de Jesús con sus discípulos.
Reconocerlo con el talante de “la gente sencilla” y no con el temple de ”los sabios y entendidos” porque es a ella a quien el Padre se da a conocer (Lc 10, 21-24). Los sencillos, los pequeños, son quienes mejor nos hablan del Resucitado.
Fiarnos de quienes han visto al Resucitado y han comido y bebido con él sin desconfiar de ellos (Lc 24, 22-24) y menos aún de la comunidad como Tomás (Jn 20, 24-25).
Que al felicitar la Pascua en este domingo lo hagamos con la convicción y persuasión del testigo del Resucitado.

ESTUDIO BÍBLICO.

Misa del día

Hoy la Iglesia celebra el día más grande de la historia, porque con la resurrección de Jesús se abre una nueva historia, una nueva esperanza para todos los hombres. Si bien es verdad que la muerte de Jesús es el comienzo, porque su muerte es redentora, la resurrección muestra lo que el Calvario significa; así, la Pascua cristiana adelanta nuestro destino. De la misma manera, nuestra muerte también es el comienzo de algo nuevo, que se revela en nuestra propia resurrección.

1ª Lectura (Hch 10,34.37-42): La historia de Jesús se resuelve en la resurrección
I.1. La 1ª Lectura de este día corresponde al discurso de Pedro ante la familia de Cornelio (Hch 10,34.37-42), una familia pagana ("temerosos de Dios", simpatizantes del judaísmo, pero no "prosélitos", porque no llegaban a aceptar la circuncisión) que, con su conversión, viene a ser el primer eslabón de una apertura decisiva en el proyecto universal de salvación de todos los hombres. Este relato es conocido en el libro de los Hechos como el "Pentecostés pagano", a diferencia de lo que se relata en Hch 2, que está centrado en los judíos de todo el mundo de entonces.

I.2. Pedro ha debido pasar por una experiencia traumática en Joppe para comer algo impuro que se le muestra en una visión (Hch 10,1-33) tal como lo ha entendido Lucas. Veamos que la iniciativa en todo este relato es "divina", del Espíritu, que es el que conduce verdaderamente a la comunidad de Jesús resucitado.

I.3. El apóstol Pedro vive todavía de su judaísmo, de su mundo, de su ortodoxia, y debe ir a una casa de paganos con objeto de anunciar la salvación de Dios. En realidad es el Espíritu el que lo lleva, el que se adelanta a Pedro y a sus decisiones; se trata del Espíritu del Resucitado que va más allá de toda ortodoxia religiosa. Con este relato, pues, se quiere poner de manifiesto la necesidad que tienen los discípulos judeo-cristianos palestinos de romper con tradiciones que les ataban al judaísmo, de tal manera que no podían asumir la libertad nueva de su fe, como sucedió con los *helenistas+. Lo que se había anunciado en Pentecostés (Hch 2) se debía poner en práctica.

I.4. Con este discurso se pretende exponer ante esta familia pagana, simpatizante de la religiosidad judía, la novedad del camino que los cristianos han emprendido después de la resurrección.

I.5. El texto de la lectura es, primeramente, una recapitulación de la vida de Jesús y de la primitiva comunidad con Él, a través de lo que se expone en el Evangelio y en los Hechos. La predicación en Galilea y en Jerusalén, la muerte y la resurrección, así como las experiencias pascuales en las que los discípulos *conviven+ con él, en referencia explícita a las eucaristías de la primitiva comunidad. Porque es en la experiencia de la Eucaristía donde los discípulos han podido experimentar la fuerza de la Resurrección del Crucificado.

I.6. Es un discurso de tipo kerygmático, que tiene su eje en el anuncio pascual: muerte y resurrección del Señor.

2ª Lectura: (Col 3,1-4): Nuestra vida está en la vida de Cristo
II.1. Colosenses 3,1-4, es un texto bautismal sin duda. Quiere decir que ha nacido en o para la liturgia bautismal, que tenía su momento cenital en la noche pascual, cuando los primeros catecúmenos recibían su bautismo en nombre de Cristo, aunque todavía no estuviera muy desarrollada esta liturgia.

II.2. El texto saca las consecuencias que para los cristianos tiene el creer y aceptar el misterio pascual: pasar de la muerte a la vida; del mundo de abajo al mundo de arriba. Por el bautismo, pues, nos incorporamos a la vida de Cristo y estamos en la estela de su futuro.

II.3. Pero no es futuro solamente. El bautismo nos ha introducido ya en la resurrección. Se usa un verbo compuesto de gran expresividad en las teología paulina "syn-ergeirô"= "resucitar con". Es decir, la resurrección de Jesús está operante ya en los cristianos y como tal deben de vivir, lo que se confirma con los versos siguientes de 3,5ss. Es muy importante subrayar que los acontecimientos escatológicos de nuestra fe, el principal la resurrección como vida nueva, debe adelantarse en nuestra vida histórica. Debemos vivir como resucitados en medio de las miserias de este mundo.

II.4. El autor de Colosenses, consideramos que un discípulo muy cercano a Pablo, aunque no es determinante este asunto, ha escogido un texto bautismal que en cierta manera expresa la mística del bautismo cristiano que encontramos en Rom 6,4-8. En nuestro texto de Colosenses se pone más explícitamente de manifiesto que en Romanos, que por el bautismo se adelanta la fuerza de la resurrección a la vida cristiana y no es algo solamente para el final de los tiempos.

II.5. Esto es muy importante resaltarlo en la lectura que hagamos, ya que creer en la resurrección no supone una actitud estética que contemplamos pasivamente. Si bien es verdad que ello no nos excusa de amar y transformar la historia, debemos saber que nuestro futuro no está en consumirnos en la debilidad de lo histórico y de lo que nos ata a este mundo. Nuestra esperanza apunta más alto, hacia la vida de Dios, que es el único que puede hacernos eternos.

III. Evangelio (Jn 20,1-9): El amor vence a la muerte: la experiencia del discípulo verdadero

III.1. El texto de Juan 20,1-9, que todos los años se proclama en este día de la Pascua, nos propone acompañar a María Magdalena al sepulcro, que es todo un símbolo de la muerte y de su silencio humano; nos insinúa el asombro y la perplejidad de que el Señor no está en el sepulcro; no puede estar allí quien ha entregado la vida para siempre. En el sepulcro no hay vida, y Él se había presentado como la resurrección y la vida (Jn 11,25). María Magdalena descubre la resurrección, pero no la puede interpretar todavía. En Juan esto es caprichoso, por el simbolismo de ofrecer una primacía al *discípulo amado+ y a Pedro. Pero no olvidemos que ella recibirá en el mismo texto de Jn 20,11ss una misión extraordinaria, aunque pasando por un proceso de no “ver” ya a Jesús resucitado como el Jesús que había conocido, sino “reconociéndolo” de otra manera más íntima y personal. Pero esta mujer, desde luego, es testigo de la resurrección.

III.2. La figura simbólica y fascinante del *discípulo amado+, es verdaderamente clave en la teología del cuarto evangelio. Éste corre con Pedro, corre incluso más que éste, tras recibir la noticia de la resurrección. Es, ante todo, "discípulo", y por eso es conveniente no identificarlo, sin más, con un personaje histórico concreto, como suele hacerse; él espera hasta que el desconcierto de Pedro pasa y, desde la intimidad que ha conseguido con el Señor por medio de la fe, nos hace comprender que la resurrección es como el infinito; que las vendas que ceñían a Jesús ya no lo pueden atar a este mundo, a esta historia. Que su presencia entre nosotros debe ser de otra manera absolutamente distinta y renovada.

III.3. La fe en la resurrección, es verdad, nos propone una calidad de vida, que nada tiene que ver con la búsqueda que se hace entre nosotros con propuestas de tipo social y económico. Se trata de una calidad teológicamente íntima que nos lleva más allá de toda miseria y de toda muerte absurda. La muerte no debería ser absurda, pero si lo es para alguien, entonces se nos propone, desde la fe más profunda, que Dios nos ha destinado a vivir con El. Rechazar esta dinámica de resurrección sería como negarse a vivir para siempre. No solamente sería rechazar el misterio del Dios que nos dio la vida, sino del Dios que ha de mejorar su creación en una vida nueva para cada uno de nosotros.

III.4. Por eso, creer en la resurrección, es creer en el Dios de la vida. Y no solamente eso, es creer también en nosotros mismos y en la verdadera posibilidad que tenemos de ser algo en Dios. Porque aquí, no hemos sido todavía nada, mejor, casi nada, para lo que nos espera más allá de este mundo. No es posible engañarse: aquí nadie puede realizarse plenamente en ninguna dimensión de la nuestra propia existencia. Más allá está la vida verdadera; la resurrección de Jesús es la primicia de que en la muerte se nace ya para siempre. No es una fantasía de nostalgias irrealizadas. El deseo ardiente del corazón de vivir y vivir siempre tiene en la resurrección de Jesús la respuesta adecuada por parte de Dios. La muerte ha sido vencida, está consumada, ha sido transformada en vida por medio del Dios que Jesús defendió hasta la muerte. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).

domingo, 25 de marzo de 2018

DOMINGO DE RAMOS

CONMEMORACIÓN DE LA ENTRADA 
DE JESÚS EN JERUSALÈN

“Verdaderamente este era Hijo de Dios”

Con el Domingo de Ramos, transcurridos los cuarenta días de la Cuaresma, alcanzamos, junto a Jesús, la ciudad de Jerusalén, meta del itinerario de su ministerio público y lugar de su manifestación como Hijo de Dios y Mesías. En Jerusalén, en la Pascua, se inicia la aventura cristiana.

El Domingo de Ramos, pues, nos introduce en el corazón del misterio pascual que, durante la Semana Santa, vamos a revivir y actualizar. En este sentido, el Domingo de Ramos es el pórtico pedagógico que nos adentra en lo que somos y creemos.

Esta pedagogía es consecuente: la tristeza y el gozo, la muerte y la vida, se dibujan ya en los textos que van a ser proclamados. La Pascua está ahí haciendo notar su fuerza y su sentido. Por un lado, el evangelio de la fiesta del día nos traslada a la entrada triunfal de Jesús en la ciudad santa. Allí es recibido con gritos de júbilo como el que viene en el nombre del Señor a traer el Reino. Por otro, los textos de la liturgia de la palabra evocan la muerte; principalmente el relato de la Pasión de Marcos. En la dinámica de este claroscuro que recorre la vida del Nazareno, y que alcanza su culmen al final de la misma, se juega el ser o no ser cristiano. El Domingo de Ramos, por tanto, no solo introduce, sino que anticipa lo que se va a celebrar después paso a paso. Este es gran su valor pedagógico. Desde él se ha de celebrar y vivir. La celebración de hoy continuará en el Triduo pascual.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.
PROCESIÓN
El ingreso a Jerusalén es, a todas luces, provocativo. Ingresar sobre un burrito es hacer presente la profecía de Zacarías, que anunciaba que el rey de Israel ingresaría sobre una cría de asna. Pero no solo eso: el pueblo también se hace eco de esta actitud y grita: “¡Hossana!”, que podría traducirse como “¡Alabado sea Dios!”. Pero cuando esto se une al otro grito: “¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David!”, todo hace pensar que por fin el Rey de Israel ha llegado para reclamar su trono. Jesús viene para poner en claro que su dominio abarca todo, a todo el ser humano, que, si bien su reino “no es de este mundo”, busca que Dios fecunde el mundo con su gracia. Jesús no busca un poder “interno”, “superficial” e “individual”, sino un poder que se expresa en todo momento, en todos los lugares, como un poder de servicio, de denuncia de injusticias y de entrega al hermano.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 11, 1-10

Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: “¿Qué están haciendo?”, respondan: “El Señor lo necesita y lo va a devolver en seguida”. Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: “¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno?”. Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó. Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”.
Palabra del Señor.

Después del Evangelio, si se cree oportuno, puede hacerse una breve homilía. Luego el sacerdote, el diácono o un ministro laico invita a comenzar la procesión con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos: Imitemos a la muchedumbre que aclamó a Jesús, y caminemos cantando y glorificando a Dios, unidos por el vínculo de la paz.

Y comienza la procesión hacia la iglesia en la que se celebrará la misa.



MISA

I LECTURA

Abrir los oídos al Señor implica también abrir los labios y divulgar lo que Dios anuncia. Eso seguramente atrae los ultrajes que denuncia el profeta.

Lectura del libro de Isaías 50, 4-7

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado.
Palabra de Dios.

Salmo 21, 8-9. 17-20. 23-24

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: “Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto”. R.

Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; taladran mis manos y mis pies. Yo puedo contar todos mis huesos. R.

Se reparten entre sí mi ropa y sortean mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos, te alabaré en medio de la asamblea: “Alábenlo, los que temen al Señor; glorifíquenlo, descendientes de Jacob; témanlo, descendientes de Israel”. R.

II LECTURA

Jesús se hizo como nosotros, estuvo entre nosotros y sigue estando resucitado en medio de su pueblo. Su “descenso” no le quitó dignidad, sino que nos dejó un camino para que lo siguiéramos: la entrega al servicio de nuestros hermanos, incluso hasta la muerte.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 2, 6-11

Jesucristo, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre: “Jesucristo es el Señor”.
Palabra de Dios.
ACLAMACIÓN       Flp 2, 8-9

Cristo se humilló por nosotros hasta aceptar por obediencia la muerte, y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.


LECTURA DE LA PASIÓN

Evangelio     Mc 14, 1—15, 47,  / más breve: Mc 15, 1-39

 “Si en muchos aspectos hemos de ‘volver a las fuentes’ para ser la Iglesia fiel a Jesús y su Evangelio, urge volver a celebrar la auténtica Semana Santa. Y así ‘pasar’ una semana al año concentrados en el acontecimiento mayor que ha acontecido en la historia de la humanidad: un hombre murió por el bien de toda la humanidad entera. Y ese hombre es el Hijo de Dios. Es el Hombre-Dios. Es Jesucristo, el Señor de la Iglesia y de la Historia. Es el Salvador enviado por el Padre Dios no para condenar al mundo sino para salvarlo (Juan 3, 16). Es Jesús nacido en Belén de María –Madre-Virgen– para entregarse a la muerte y muerte de cruz… para la felicidad y liberación integral de cada persona que viene a este mundo”).

+ Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos.

Buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte

C. Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían:

S. “No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo”.

Ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura

C. Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco lleno de un valioso perfume de nardo puro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí:

S. “¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres”.

C. Y la criticaban. Pero Jesús dijo:

+. “Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una buena obra conmigo. A los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden hacerles el bien cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo”.

Prometieron a Judas Iscariote darle dinero

C. Judas Iscariote, uno de los Doce, fue a ver a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús. Al oírlo, ellos se alegraron y prometieron darle dinero. Y Judas buscaba una ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?

C. El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús:

S. “¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?”.

c. Él envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:

+. “Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: “¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?”. Él les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario”.

C. Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.

Uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo

C. Al atardecer, Jesús llegó con los Doce. Y mientras estaban comiendo, dijo:

+. “Les aseguro que uno de ustedes me entregará, uno que come conmigo”.

C. Ellos se entristecieron y comenzaron a preguntarle, uno tras otro:

S. “¿Seré yo?”.

C. Él les respondió:

+. “Es uno de los Doce, uno que se sirve de la misma fuente que yo. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!”.

Esto es mi Cuerpo. Esta es mi Sangre, la Sangre de la alianza

C. Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

+. “Tomen, esto es mi Cuerpo”.

C. Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo:

+. “Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios”.

Antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces

C. Después del canto de los Salmos, salieron hacia el monte de los Olivos. Y Jesús les dijo:

+. “Todos ustedes se van a escandalizar, porque dice la Escritura: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’. Pero después que yo resucite, iré antes que ustedes a Galilea”.

C. Pedro le dijo:

+. “Aunque todos se escandalicen, yo no me escandalizaré”.

C. Jesús le respondió:

+. “Te aseguro que hoy, esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me habrás negado tres veces”.

C. Pero él insistía:

+. “Aunque tenga que morir contigo, jamás te negaré”.

C. Y todos decían lo mismo.

Comenzó a sentir temor y a angustiarse

C. Llegaron a una propiedad llamada Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos:

+. “Quédense aquí, mientras yo voy a orar”.

C. Después llevó con él a Pedro, Santiago y Juan, y comenzó a sentir temor y a angustiarse. Entonces les dijo:

+. “Mi alma siente una tristeza de muerte. Quédense aquí velando”.

C. Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, de ser posible, no tuviera que pasar por esa hora. Y decía:

+. “Abbá –Padre– todo te es posible: aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

C. Después volvió y encontró a sus discípulos dormidos. Y Jesús dijo a Pedro:

+. “Simón, ¿duermes? ¿No has podido quedarte despierto ni siquiera una hora? Permanezcan despiertos y oren para no caer en la tentación, porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil”.

C. Luego se alejó nuevamente y oró, repitiendo las mismas palabras. Al regresar, los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño, y no sabían qué responderle. Volvió por tercera vez y les dijo:

+. “Ahora pueden dormir y descansar. Esto se acabó. Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense! ¡Vamos! Ya se acerca el que me va a entregar”.

Deténganlo y llévenlo bien custodiado

C. Jesús estaba hablando todavía, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, acompañado de un grupo con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos. El traidor les había dado esta señal:

S. “Es aquel a quien voy a besar. Deténganlo y llévenlo bien custodiado”.

C. Apenas llegó, se le acercó y le dijo:

S. “Maestro”.

C. Y lo besó. Los otros se abalanzaron sobre él y lo arrestaron. Uno de los que estaban allí sacó la espada e hirió al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja. Jesús les dijo:

+. “Como si fuera un bandido, han salido a arrestarme con espadas y palos. Todos los días estaba entre ustedes enseñando en el Templo y no me arrestaron. Pero esto sucede para que se cumplan las Escrituras”.

C. Entonces todos lo abandonaron y huyeron. Lo seguía un joven, envuelto solamente con una sábana, y lo sujetaron; pero él, dejando la sábana, se escapó desnudo.

¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?

C. Llevaron a Jesús ante el Sumo Sacerdote, y allí se reunieron todos los sumos sacerdotes, los ancianos y los escribas. Pedro lo había seguido de lejos hasta el interior del palacio del Sumo Sacerdote y estaba sentado con los servidores, calentándose junto al fuego. Los sumos sacerdotes y todo el Sanedrín buscaban un testimonio contra Jesús, para poder condenarlo a muerte, pero no lo encontraban. Porque se presentaron muchos con falsas acusaciones contra él, pero sus testimonios no concordaban. Algunos declaraban falsamente contra Jesús:

S. “Nosotros lo hemos oído decir: ‘Yo destruiré este Templo hecho por la mano del hombre, y en tres días volveré a construir otro que no será hecho por la mano del hombre’”.

C. Pero tampoco en esto concordaban sus declaraciones. El Sumo Sacerdote, poniéndose de pie ante la asamblea, interrogó a Jesús:

S. “¿No respondes nada a lo que estos atestiguan contra ti?”.

C. Él permanecía en silencio y no respondía nada. El Sumo Sacerdote lo interrogó nuevamente:

S. “¿Eres el Mesías, el Hijo del Dios bendito?”.

C. Jesús respondió:

+. “Sí, yo lo soy: y ustedes verán ‘al Hijo del hombre sentarse a la derecha del Todopoderoso y venir entre las nubes del cielo’”.

C. Entonces el Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y exclamó:

S. “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes acaban de oír la blasfemia. ¿Qué les parece?”.

C. Y todos sentenciaron que merecía la muerte. Después algunos comenzaron a escupirlo y, tapándole el rostro, lo golpeaban, mientras le decían:

S. “¡Profetiza!”.

C. Y también los servidores le daban bofetadas.

Se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando

C. Mientras Pedro estaba abajo, en el patio, llegó una de las sirvientas del Sumo Sacerdote y, al ver a Pedro junto al fuego, lo miró fijamente y le dijo:

S. “Tú también estabas con Jesús, el Nazareno”.

C. Él lo negó, diciendo:

S. “No sé nada; no entiendo de qué estás hablando”.

C. Luego salió al vestíbulo y en ese momento cantó el gallo. La sirvienta, al verlo, volvió a decir a los presentes:

S. “Este es uno de ellos”.

C. Pero él lo negó nuevamente. Un poco más tarde, los que estaban allí dijeron a Pedro:

S. “Seguro que eres uno de ellos, porque tú también eres galileo”.

C. Entonces él se puso a maldecir y a jurar que no conocía a ese hombre del que estaban hablando. En seguida cantó el gallo por segunda vez. Pedro recordó las palabras que Jesús le había dicho: “Antes que cante el gallo por segunda vez, tú me habrás negado tres veces”. Y se puso a llorar.

[Inicia la lectura breve.]

¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?

C. En cuanto amaneció, los sumos sacerdotes se reunieron en Consejo con los ancianos, los escribas y todo el Sanedrín. Y después de atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Este lo interrogó:

S. “¿Eres tú el rey de los judíos?”.

C. Jesús le respondió:

+. “Tú lo dices”.

C. Los sumos sacerdotes multiplicaban las acusaciones contra él. Pilato lo interrogó nuevamente:

S. “¿No respondes nada? ¡Mira de todo lo que te acusan!”.
C. Pero Jesús ya no respondió a nada más, y esto dejó muy admirado a Pilato. En cada Fiesta, Pilato ponía en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había en la cárcel uno llamado Barrabás, arrestado con otros revoltosos que habían cometido un homicidio durante la sedición. La multitud subió y comenzó a pedir el indulto acostumbrado. Pilato les dijo:

S. “¿Quieren que les ponga en libertad al rey de los judíos?”.

C. Él sabía, en efecto, que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la multitud a pedir la libertad de Barrabás. Pilato continuó diciendo:

S. “¿Qué quieren que haga, entonces, con el que ustedes llaman rey de los judíos?”.

C. Ellos gritaron de nuevo:

S. “¡Crucifícalo!”.

C. Pilato les dijo:

S. “¿Qué mal ha hecho?”.

C. Pero ellos gritaban cada vez más fuerte:

S. “¡Crucifícalo!”.

C. Pilato, para contentar a la multitud, les puso en libertad a Barrabás; y a Jesús, después de haberlo hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado.

Hicieron una corona de espinas y se la colocaron

C. Los soldados lo llevaron dentro del palacio, al pretorio, y convocaron a toda la guardia. Lo vistieron con un manto de púrpura, hicieron una corona de espinas y se la colocaron. Y comenzaron a saludarlo:

S. “¡Salud, rey de los judíos!”.

C. Y le golpeaban la cabeza con una caña, le escupían y, doblando la rodilla, le rendían homenaje. Después de haberse burlado de él, le quitaron el manto de púrpura y le pusieron de nuevo sus vestiduras. Luego lo hicieron salir para crucificarlo.

Condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota y lo crucificaron

C. Como pasaba por allí Simón de Cirene, padre de Alejandro y de Rufo, que regresaba del campo, lo obligaron a llevar la cruz de Jesús. Y condujeron a Jesús a un lugar llamado Gólgota, que significa: “lugar del Cráneo”. Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó. Después lo crucificaron. Los soldados “se repartieron sus vestiduras, sorteándolas” para ver qué le tocaba a cada uno. Ya mediaba la mañana cuando lo crucificaron. La inscripción que indicaba la causa de su condena decía: “El rey de los judíos”. Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y el otro a su izquierda.

Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo

C. Los que pasaban lo insultaban, movían la cabeza y decían:

S. “¡Eh, tú, que destruyes el Templo y en tres días lo vuelves a edificar, sálvate a ti mismo y baja de la cruz!”.

C. De la misma manera, los sumos sacerdotes y los escribas se burlaban y decían entre sí:
S. “¡Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo! Es el Mesías, el rey de Israel, ¡que baje ahora de la cruz, para que veamos y creamos!”.

C. También lo insultaban los que habían sido crucificados con él.

Jesús dando un gran grito, expiró

C. Al mediodía, se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde; y a esa hora, Jesús exclamó en alta voz:

+. “Eloi, Eloi, lemá sabactaní”.

C. Que significa:

+. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

C. Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron:

S. “Está llamando a Elías”.

C. Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña le dio de beber, diciendo:

S. “Vamos a ver si Elías viene a bajarlo”.

C. Entonces Jesús, dando un gran grito, expiró.

(Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.)

C. El velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo. Al verlo expirar así, el centurión que estaba frente a él, exclamó:

S. “¡Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!”.
(Culmina la lectura breve).

C. Había también allí algunas mujeres que miraban de lejos. Entre ellas estaban María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé, que seguían a Jesús y lo habían servido cuando estaba en Galilea; y muchas otras que habían subido con él a Jerusalén.

José hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro

C. Era día de Preparación, es decir, vísperas de sábado. Por eso, al atardecer, José de Arimatea –miembro notable del Sanedrín, que también esperaba el Reino de Dios– tuvo la audacia de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se asombró de que ya hubiera muerto; hizo llamar al centurión y le preguntó si hacía mucho que había muerto. Informado por el centurión, entregó el cadáver a José. Este compró una sábana, bajó el cuerpo de Jesús, lo envolvió en ella y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca. Después hizo rodar una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, miraban dónde lo habían puesto.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

El Domingo de Ramos es un día en el que la predicación no ha de ser muy extensa. La liturgia solemne y la lectura de la Pasión recomiendan moderación en el uso de la palabra en el momento de la homilía.

Se puede indicar que toda la Cuaresma ha sido un acompañar a Jesús camino de su Pascua, que es la cuna en la que hemos sido engendrados como hijos de Dios y discípulos. Este camino culmina en Jerusalén. La Palabra de Dios nos invita a llegar con Jesús hasta el final de ese camino, que también es el nuestro. Ello supone entrar en Jerusalén y encontrar allí, con toda su intensidad, el claroscuro (la Pascua) que atraviesa y define la vida del Maestro y que en la Cuaresma se ha ido haciendo presente cada domingo:

1) el desierto (la tentación),

2) la montaña (la luz),

3) el Templo que será destruido y reconstruido en tres días,

4) el amor de Dios Padre que entrega al Hijo para salvar al mundo y

5) el grano de trigo que si no muere queda infecundo y no da fruto.

El paso del gozo del recibimiento al Nazareno por parte de la ciudad de Jerusalén al grito “crucifícale”, narrado por las lecturas de este Domingo, perfila con toda su hondura salvífica el gran misterio de la Pascua que vamos a celebrar: el itinerario que conduce a la vida es la entrega por amor (la cruz); un amor más fuerte que la muerte; un amor que salva.

Se pueden ofrecer como reflexión pinceladas entresacadas del texto de la Pasión de Marcos. Un texto dramático que invita a que entremos a él, a sentirnos implicados y concernidos. Un texto siempre actual. Por ejemplo:

1) llama la atención la cantidad de personajes que aparecen a lo largo del relato; ese elenco tan variado invita a reconocernos en alguno de ellos, en alguna de sus actitudes;

2) los discípulos no aguantan junto a Jesús, ni en la oración del huerto (se duermen), ni en el momento de su prendimiento (huyen);

3) Jesús siempre reconcilia, une, crea comunión; incluso, entre los que son enemigos: las autoridades judías y Pilatos (que no se llevan bien) se ponen de acuerdo a propósito del destino de Jesús; los que son enemigos se unen gracias a él;

4) Es interesante que Jesús, a lo largo del relato, va hablando cada vez menos; al final solo habla con su Padre; ante el Sumo y Sacerdote y Pilato guarda silencio; no responde a sus preguntas; es como si no reconociera su autoridad en relación a su doctrina o su persona;

5) es un pagano, el centurión, el que hace la confesión de fe Pascual más nítida de entre todos los personajes del relato (“Verdaderamente este era Hijo de Dios”);

6) Las mujeres observan dónde colocan el cuerpo de Jesús tras su muerte. Ellas serán las primeras que testifiquen su resurrección.



ESTUDIO BÌBLICO.

La Pasión según san Marcos: Teofanía divina

Hoy comienza la gran semana litúrgica que nos conduce a la Pascua, la muerte y resurrección del Señor, centro de nuestra fe cristiana. La Semana Santa, pues, es un tiempo de profundas vivencias religiosas; el misterio del Dios «entregado por nosotros» y la fuerza de su resurrección, como se expresaba San Pablo, nos convocan ante la Cruz que es el triunfo del amor sobre el odio, la esperanza frente a toda desesperación.

El evangelio de la entrada en Jerusalén, con la procesión de la comunidad y los ramos, debe servir para inaugurar la gran semana del cristianismo. Toda la “tradición” y hermosura de los ramos y palmas, no obstante, nos invita a introducirnos en aquella experiencia de ir a Jerusalén que el profeta de Galilea no podía eludir. Jesús, sin duda, ya sabía lo que le esperaba: el juicio, la condena y la muerte. Todo eso se ha representado y se representa estéticamente muchas veces, pero en torno a aquella Pascua del año 30 no había nada teatral, sino la dura realidad de “alguien” que sabe lo que quiere. Jesús no se deja ilusionar por los gritos de “Hosanna”, porque no se sentía Mesías, y menos como algunos lo interpretaron. Estas aclamaciones justificarían más su juicio y su condena ante los poderosos que estaban esperando que llegara el profeta de Galilea a Jerusalén. Y llegó…

Iª Lectura: Isaías (50,4-7): El siervo de Yavé

La lectura primera es uno de los cantos del siervo de Yahvé, el tercero. ¿Cuál es su mensaje?: nos abre a la ignominia de este mundo violento, cruel, frente a la fuerza de la mansedumbre del discípulo, del siervo de Dios, porque en su «pasión» Dios siempre estará con él. Es una lectura muy adecuada de preparación a la proclamación de la pasión del domingo de Ramos, ya que fueron los primeros cristianos los que descubrieron en estos cantos que el Mesías habría de sufrir si quería que su propuesta de salvación tuviera fuerza.

II Lectura: Filipenses: (2,6-11): El Himno de Jesús

El himno de la carta a los Filipenses, segunda lectura de la liturgia de la Palabra, pone de manifiesto la fuerza de la fe con que los primeros cristianos cantaban en la liturgia y que Pablo recoge para las generaciones futuras como evangelio vivo del proceso de Dios, de Cristo, el Hijo. El que quiso compartir con nosotros la vida; es más, que quiso llegar más allá de nuestra propia debilidad, hasta la debilidad de la muerte en cruz (añadiría Pablo), que es la muerte más escandalosa de la historia de la humanidad, para que quedara patente que nuestro Dios, al acompañarnos, no lo hace estéticamente, sino radicalmente. No es hoy el día de profundizar en este texto inaudito de Pablo. La Pasión de Marcos debe servir de referencia de cómo el Hijo llegó hasta el final: la muerte en la cruz.

Evangelio: Marcos (14-15): Pasión según San Marcos

III.1. Hoy la lectura de la Pasión según san Marcos debe ser valorada en su justa medida. La lectura, en sí, debe ser “evangelio” mismo y nosotros, como las primeras comunidades para las que se escribió, debemos poner los cinco sentidos y personalizarla. La pasión según San Marcos es el relato más primitivo que tenemos de los evangelios, aunque no quiere decir que antes no hubiera otras tradiciones de las que él se ha valido. Debemos saber que no podemos explicar el texto de la Pasión en una “homilía”, sino que debemos invitar a todos para que cada uno se sienta protagonista de este hermoso relato y considere dónde podía estar él presente, en qué personaje, cómo hubiera actuado en ese caso. Precisamente porque es un relato que ha nacido, casi con toda seguridad, para la liturgia, es la liturgia el momento adecuado para experimentar su fuerza teológica y espiritual

III.2. No es, pues, el momento de entrar en profundidades históricas y exegéticas sobre este relato, sobre el que se podían decir muchas cosas. Desde el primer momento, en los vv. 1-2 nos vamos a encontrar con los personajes protagonistas. El marco es las fiestas de Pascua que se estaban preparando en Jerusalén (faltaban dos días) y los sumos sacerdotes no querían que Jesús muriera durante la “fiesta”, tenía que ser antes; el relato, no obstante, arreglará las cosas para que todo ocurra en la gran fiesta de la Pascua de los judíos ¡nada más y nada menos! Los responsables, dice el texto, “buscaban cómo arrestar a Jesús para darle muerte!. Era lo lógico, porque era un profeta que iba muy por libre. Era un profeta que estaba en las manos de Dios. Esto era lo que no soportaban.

III.3. Pero si queremos organizar nuestra preparación, tanto a nivel personal como catequético y pastoral para una lectura previa, pausada y reflexiva del relato de la Pasión de Marcos, aquí van algunas pautas que pueden resultar “orientativas”:

Mc estructura el relato de la pasión y muerte de Jesús con un tríptico introductorio (14,1-11), seguido de dos relatos en para­lelo, situados el mismo día (14,12), que le sirven para mostrar la misma realidad bajo dos aspectos diferentes. En el primer relato (14,12-26) se expone en clave teológica la voluntariedad y el sen­tido de la entrega de Jesús (eucaristía); en el segundo (14,17-15,47) describe su entrega en forma narrativa.

El tríptico introductorio está enmarcado por la decisión de los dirigentes de dar muerte a Jesús (14,1-2) y la traición de Judas (14,10-11); en medio se encuentra la escena de la unción en Betania (14,3-9). Esta última presenta las dos actitudes dentro de la comunidad de Jesús ante su muerte inminente. La primera, reflejada en la mujer que unge la cabeza de Jesús, corresponde a la de los verdaderos seguidores, a los que están dispuestos, como Jesús, a entregarse por entero a los demás, a aceptar como rey a Jesús crucificado; la segunda, representada por los que protestan de la acción de la mujer, corresponde a los que ven en la muerte sólo un fracaso, a lo que están dispuestos a dar co­sas, pero no su persona, a los que no comprenden que la verda­dera ayuda a los pobres está en la entrega por ellos hasta el fin.

El primer relato de la pasión (14,12-26), en clave teológica, forma también un tríptico, enmarcado por la preparación de la última cena (14,12-16) y la eucaristía (14,22-26); en el centro, la denuncia del traidor (14,17-21), en contraste con la figura de la mujer que unge la cabeza de Jesús (14,3-9). Este primer relato expresa la voluntariedad de la entrega y muerte de Jesús. Al ofrecer a los discípulos «su cuerpo» (= su persona), los invita a tomarlo a él y a su actividad como norma de vida; él mismo les dará la fuerza suficiente para ello (pan/alimento). Al darles a beber «su sangre», expresión de su entrega total, los invita a com­prometerse, como él, en la salvación y liberación de los hombres, sin regateos y sin miedo a la muerte. El relato termina encaminándose todos hacia el Monte de los Olivos, símbolo del estado glorioso (cfr. 11,1; 13,3) que constituye la meta de Jesús y de to­dos cuantos lo sigan en el compromiso.

El segundo relato de la pasión (14,27-15,47), en forma narrativa, se compone de un tríptico inicial (14,27-52) y tres secciones: el juicio ante el Consejo Judío (14,53-72), el juicio ante Pilato (15,1-21), y la ejecución de la sentencia (15,22-47).

El tríptico inicial consta: a) 14,27-31: predicción de la huida de los discípulos y anuncio de la negación de Pedro, b) 14,32-42: llegada a Getsemaní; oración de Jesús e insolidaridad y distanciamiento de los dis­cípulos; Jesús desea un final diferente, pero acepta desde el prin­cipio lo que el Padre decida; el Padre no puede impedir su final porque su amor al hombre no fuerza la libertad humana, c) 14,43-50: prendimiento de Jesús y defección de todos los discípulos; hay un intento de defender a Jesús con la violencia, que él rechaza tajantemente; la detención de Jesús muestra la mala conciencia de las autoridades judías, que no se han atrevido a apresarlo en público. El tríptico termina con un colofón (14,51-52), mediante el cual, en el momento de comenzar la pasión, Mc señala simbólicamente su desenlace; el joven, en paralelo con el que aparece en el sepulcro (16,5), es figura de Jesús mismo: hecho prisionero, deja en manos de sus enemigos su vida mortal («la sábana», cfr. 15,46), pero sigue vivo y libre («huyó desnudo»).

La primera sección (14,50-72) describe el juicio de Jesús ante el Consejo judío y consta de las siguientes partes:

14,53: Reunión del Consejo, autoridad suprema del pueblo.
14,54: Pedro sigue «de lejos» a Jesús, mostrando así su adhesión a él, pero no la disposición a hacer suyo el destino de Jesús.
4,55-64: Juicio de Jesús; búsqueda inútil de una acusación que justifique la condena a muerte preconcebida; silencio de Jesús ante la mala fe; pregunta decisiva del sumo sacerdote, formulada en correspondencia al título del Evangelio (cfr. 1,1: Mesías, Hijo de Dios); Jesús declara ser ese Mesías, afirma su realeza y condición divina y anuncia una venida gloriosa suya que sus jueces van a presenciar, en ella quedará patente que Dios está con Jesús y en contra de la institución que ellos representan; Jesús es acusado de blasfemia y unánimemente condenado a muerte.
14,65: Jesús objeto de burla; se desata el odio contra él, se ridiculiza su calidad de profeta y la profecía que acaba de pronunciar.
14,66-72: Triple negación de Pedro.

La segunda sección (15,1-21) describe el juicio de Jesús ante Pilato y consta de las siguientes partes:

15,1: Entrega de Jesús al poder pagano.
15,2-5: Interrogatorio de Pilato.
15,6-15: Entre Barrabás, un asesino conocido, y Jesús, la multitud, manipulada por sus dirigentes, pide la condena a muerte de Jesús; debilidad de Pilato que traiciona su propia convicción y acaba condenando a Jesús a la cruz.
15,16-20: La burla de los soldados.
15,21: Simón de Cirene, figura del seguidor de Jesús que ejerce la misión universal, es obligado a cargar con la cruz, cumpliendo así la condición del seguimiento (cfr. 8,34).

La tercera sección (15,22-47) describe la crucifixión, muerte y sepultura de Jesús, y consta de las siguientes partes:

15,22-24: Crucifixión; Jesús rechaza el vino drogado; da su vida voluntariamente y con plena conciencia; reparto de sus vestidos.
15,25-32: Las burlas al rey de los judíos; los transeúntes, sumos sacerdotes y compañeros de suplicio se burlan de la realeza de Jesús.
15,33-41: Muerte de Jesús; su grito expresa su confianza plena de Dios en medio de su fracaso; los presentes interpretan mal su grito y uno de ellos le ofrece vinagre, expresión del odio; al morir deja patente al amor de Dios por el hombre («el velo del santuario se rasgó»); el centurión, representante del mundo pagano descubre a Dios en Jesús muerto en la cruz; las mujeres miran «desde lejos» (cfr. 14,54), sin identificarse, por falta de comprensión, con la muerte de Jesús.
15,42-47: Sepultura de Jesús; la losa que tapa su sepulcro aparentemente acaba con la esperanza que había suscitado su persona.
III.4. El recorrido por los relatos de la pasión del Señor, que Marcos ha preparado con tres anuncios a través de su marcha hacia Jerusalén (8,31; 9,31; 10,33-34), no debería sorprender a sus discípulos, pero, sin embargo, les desconcertará de tal modo, que abandonarán a Jesús, lo negarán, como en el caso de Pedro, y marcharán Galilea. Parece como si la última cena con los suyos no hubiera sido más que un encuentro al que estaban acostumbrados, cuando en ella Jesús les ha adelantado su entrega más radical. A la hora de la verdad, en el Calvario, no estarán a su derecha los hijos del Zebedeo, como arrogantemente le habían pedido al maestro camino de Jerusalén (10,35-40), sino dos malhechores. Esto obliga a Marcos a que el reconocimiento de quién es Jesús, en el momento de su muerte, lo pronuncie un pagano, un ateo, el centurión del pelotón romano de ejecución, quien proclama: «verdaderamente este hombre era el hijo de Dios» (15,39). Como vemos, el relato no queda solamente en lo litúrgico, sino que lo teológica es de mucha más envergadura. ¿Nos hubiéramos nosotros quedado allí, junto al Calvario, o nos habríamos marchado también huyendo a nuestra Galilea?

III.5. Todos los aspectos de la lectura de la pasión en Marcos, entre otros muchos posibles, muestran esa teología de gran alcance cristiano, semejante a aquella que encontramos en Pablo, en la carta a los Corintios: «su fuerza se revela en la debilidad». Es lo que se ha llamado, con gran acierto, la sabiduría de la cruz, que es una sabiduría distinta a la que buscaban los griegos y los judíos. El Dios de la cruz, que es el que Marcos quiere presentarnos, no es Dios por ser poderoso, sino por ser débil y crucificado. Es evidente que este es un Dios que escandaliza; por ello se ha permitido que sea un pagano quien al final de la pasión, en el fracaso aparente de la muerte, se atreva a confesar al crucificado como Hijo de Dios. Sin duda que el relato de la pasión de Marcos busca su punto más alto en la muerte de Jesús como una «teofanía», en cuanto revela el poder de Dios que se manifiesta en la debilidad. Marcos pone de manifiesto, pues, que la lógica de Dios es muy distinta de la lógica humana. Pero es innegable que, desde la cruz, el Hijo de Dios confunde la sabiduría humana, la vanagloria, el poderío desbordante, porque frente a tanta miseria, Dios no puede ser un triunfador, sino un apasionado por el misterio de la muerte de Jesús que ha vivido para darnos la libertad. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).