domingo, 7 de abril de 2019

DOMINGO 5º DE CUARESMA


“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra”

Este domingo es el domingo del desbroce, de barrer y limpiar el camino con ramas de brezo para que el Maestro entre en Jerusalén unos días después. Es el domingo de la novedad, donde quedan perfiladas las actitudes nuevas que se requieren para disponerse al ¡Hosanna! que ya se barrunta y que pronto se apagará con otras voces condenatorias.

Jesús es lo nuevo, su mensaje es la novedad -toda novedad tiene pronto su detractores, no gusta-. Él es “el nuevo” de esta historia salvífica.  Otros muchos antes que Él habían puesto su empeño en predicar al pueblo la salvación que viene de Dios: jueces, reyes, profetas, libros llenos de sabiduría… hasta que llegó Juan, el último. Pero solo Jesús supo lanzarse a lo que estaba por delante, no sin miedo ¡claro!; sabiendo de los cambios/giros que da el pueblo cuando lo azuzan.  El pueblo pasa de la alabanza y glorificación a la repulsa y condena con tremenda facilidad; depende del vocinglero de turno.

En una semana, se cambiarán las tornas. Jesús no se sorprendió cuando aquel cambio se produjo. Los que le escuchaban decir aquellas cosas que vemos en el este Evangelio, los que se sorprenden, los que lo ponen a prueba y lo acusan “sotto voce”, los que le admiran y quedan desconcertados por su actitud de respeto, acogida y perdón, los expectantes a su reacción rompedora ante aquel dilema malicioso de los muy fanáticos de siempre… fueron tan previsibles, tan humanos, que Jesús se limitó a escuchar y garabatear en el suelo, esperando las acusaciones y levantando la mirada entorno para decir su frase tan lapidaria como las piedras que ya tenían preparadas para arrojarlas sobre aquella mujer… El que esté limpio de culpa… Casi seguro que Jesús también buscaba con su mirada entre tierna y escudriñadora dónde estaba el hombre incitador  y no menos culpable, si es que lo había…

Por eso, su actitud del “anda, y en adelante no peques más” es uno de los últimos gestos de su mensaje salvífico: acoger, guardar silencio, no preguntar, -ni siquiera por el individuo que convirtió a aquella mujer en adúltera; ¿acaso era verdad o era una “fake news” de los viejos acusadores del lugar…?-, perdonar, perdonar siempre, porque de eso se trataba y se trata. Ante su actitud desconcertante, fueron escabulléndose… y solo quedaron en aquel escenario seco y pedregoso como los corazones de los acusadores, Jesús y la mujer. El evangelio no nos dice qué hicieron sus discípulos - ¿estaban presentes? ¿callaron por cobardía?, ¿se sentían también descubiertos?-; pero en esta mañana  de domingo sí nos pregunta de manera indirecta: ¿qué hubieras hecho tú?

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I Lectura

Si bien el profeta rememora la epopeya del Éxodo, eso no tiene comparación con algo nuevo que Dios hará en el presente. El gran signo de esta novedad será la fecundidad en medio del desierto. Todo esto nos incita a crecer en la esperanza, y a creer que no hay lugar en el cual Dios no pueda actuar y fecundar.

Lectura del libro de Isaías 43, 16-21

Así habla el Señor: el que abrió un camino a través del mar y un sendero entre las aguas impetuosas; el que hizo salir carros de guerra y caballos, todo un ejército de hombres aguerridos; ellos quedaron tendidos, no se levantarán, se extinguieron, se consumieron como una mecha. No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa. Me glorificarán las fieras salvajes, los chacales y los avestruces; porque haré brotar agua en el desierto y ríos en la estepa, para dar de beber a mi Pueblo, mi elegido, el pueblo que yo me formé para que pregonara mi alabanza.
Palabra de Dios.
Salmo 25, 1-6

R. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía que soñábamos: nuestra boca se llenó de risas y nuestros labios, de canciones. R.

Hasta los mismos paganos decían: “¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!”. ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros y estamos rebosantes de alegría! R.

¡Cambia, Señor, nuestra suerte como los torrentes del Négueb! Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre canciones. R.

El sembrador va llorando cuando esparce la semilla, pero vuelve cantando cuando trae las gavillas. R.

II LECTURA

Pablo nos presenta un serio programa de vida espiritual. La fe cristiana es un camino, en el cual no solo adherimos a la Palabra de Jesús sino que nos adherimos a él mismo, uniendo nuestra vida a su Pascua. El programa nos llama a vivir en la esperanza de compartir la vida eterna, no por nuestros méritos sino por su Gracia.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 3, 8-14

Hermanos: Todo me parece una desventaja comparado con el inapreciable conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, he sacrificado todas las cosas, a las que considero como desperdicio, con tal de ganar a Cristo y estar unido a él, no con mi propia justicia –la que procede de la Ley– sino con aquella que nace de la fe en Cristo, la que viene de Dios y se funda en la fe. Así podré conocerlo a él, conocer el poder de su resurrección y participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte, a fin de llegar, si es posible, a la resurrección de entre los muertos. Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección, pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pretendo haberlo alcanzado. Digo solamente esto: olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.

ACLAMACIÓN   Jl 2, 12-13

“Vuelvan a mí de todo corazón, porque soy bondadoso y compasivo”, dice el Señor.

EVANGELIO     

El autor del Evangelio se cuida mucho en mantener el anonimato de la mujer. Ella representa y simboliza a todas aquellas mujeres que son manipuladas y denigradas. A esta, de la cual sólo se dice que ha sido sorprendido en adulterio, sin especificar cómo, ni con quien, Jesús la recibe, la defiende y en lugar de exponer el pecado de ella, expone el de todos, para que todos reconozcan y reconozcamos nuestra condición de pecadores.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 8, 1-11

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y Tú, ¿qué dices?”. Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Nadie te ha condenado?”. Ella le respondió: “Nadie, Señor”. “Yo tampoco te condeno –le dijo Jesús–. Vete, no peques más en adelante”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

2º Isaías.

¿Qué tiene de malo ser 2º? Nada. Es necesario leer los textos pensando en los verbos/frases de acción que aquí se utilizan: abrió camino en el mar, caía para no levantarse, se apagaron como mecha. No recordar lo de antaño, no pensar en lo antiguo, realizar algo nuevo,  ya está brotando, abrir camino en el desierto, dar de beber al pueblo, proclamar mi alabanza… Sin verbo -sin el Verbo posterior- los nombres, el tuyo y el mío, quedan sin sustancia por muy sustantivos que sean. Texto del  2º Isaías. Texto que completa la liberación iniciada antaño. En medio de la crisis, Isaías adquiere un tono de esperanza para el pueblo. En medio de tanta incertidumbre, brotará la esperanza. En medio de tanto desconcierto, aunque cueste creerlo, tiene cabida la alabanza, la acción de gracias, la presencia de Dios… porque la confianza en Dios es así de productiva, de transformadora, pero requiere tiempo, paciencia, sabia espera. Dios es así, un poco antojadizo: se hace de rogar, pero hay que rogar…, porque sin ruego, sin oración… la sequedad del desierto (interior) avanza rápido. Y es que el Señor ha estado grande con nosotros y por eso estamos alegres, invita el salmo 125. Alegres, sí, pero no ciegos ante cuanto nos rodea.

Pablo

Es claro exponente de esta confianza esperanzada: se apoya en la fe en Cristo, en la justicia que viene de Dios, en la fuerza de la resurrección, en la comunión con Jesús y sus muchos padecimientos que se prolongan en el tiempo, en los hermano. Una “certeza” de que ha sido alcanzado por Cristo, no por mérito propio, sino porque le impele la fuerza de Dios a través de Cristo y por eso se lanza hacia adelante, confiado, olvidando lo pasado… que no fue poco. Casi seguro que Pablo conocía ese pensamiento conciso de Heráclito: “Si no se espera lo inesperado, lo inesperado no acontece”, aunque había en él urgencia por el inminente final de los tiempos. A veces, leyendo este texto de hoy  -que tiene sus dosis de humildad- y otros muchos textos suyos, pareciera que Pablo es un poco ególatra, un poco centro de aquel pequeño universo en que los seguidores nuevos del cristianismo tenían una cierta conciencia “ser los elegidos”. Lo que hace Pablo con los cristianos de Filipo es darles gracias por las atenciones inmerecidas y ponerlos un poco en guardia con los ataques que pudieran surgir ¡y surgieron! del entorno. Nada nuevo, si a nosotros nos escribiera ahora… porque la carta también es para nosotros.

Jesús 
Su actitud primera -lo había hecho antes muchas veces- fue retirarse a orar al monte.  Sin el soporte previo de la oración -que también es acción- los pasos siguientes no tendrían sentido.  Después ya se puso a enseñar y a oír acusaciones sin prueba alguna. Su acción fue escuchar primero, dejar un tiempo de reflexión, de cierta tensión expectante y actuar en consecuencia. ¿Qué escribió en el suelo? No lo sabemos. Da igual, Dejaba trascurrir un breve tiempo para ponerlos nerviosos. Dijo su sentencia: El que esté limpio que… todos se marcharon ¿avergonzados? Es probable. Nadie tiró ninguna piedra; era su corazón de piedra el que les impedía aceptar y comprender la misericordia de Jesús.

Él se incorporó. Son muchas las veces que en el Evangelio Jesús invita a “levantarse y andar”; Él mismo  “se levanta” en muchos momentos y pasa a la acción, no sin antes haber contemplado (con-el-templo; sin haber antes mirado atentamente y visto con el corazón y la mente más claros tras muchos ratos de oración). Seguro que  Jesús también ayudó a incorporarse a aquella mujer arrojada, arrebujada en su ropa, en su temor y su vergüenza, pero fueron sus palabras las que le  ayudaron a levantarse de la postración para siempre: “Anda, vete tranquila, y en adelante no peques más”. ¿Cabía mayor consuelo? No hubo reproches, ni envíos penitenciales o de limosna al templo ¡qué más hubieran querido los del templo: una mujer que vuelve arrepentida y con dádivas!; Ella sintió solo aceptación de su persona y el pronto regreso a casa donde le esperaban su marido y sus hijos…; es de suponer que si era llamada adúltera, es por estar casada. Porque la acusación, una vez más, había sido falsa. Como tantas.

Y entre la polvareda de su regreso a casa, se volvió a mirar a Jesús, vislumbrándolo, con los ojos cegados por el sol, mientras Él sonreía, viendo cómo ella trastabillaba en su apresurada carrera ganadora y liberadora.

ESTUDIO BÍBLICO.

El gozo en el Dios de la Misericordia

Antes de entrar en la gran semana de nuestra Redención, el quinto domingo de Cuaresma nos ofrece, en sus lecturas, esa dimensión inaudita e irrepetible de lo que es el proyecto de salvación sobre nosotros. Del libro de Isaías, de la carta a los Filipenses y del evangelio de Juan emanan los tonos más íntimos del proyecto de Dios que quiere renovar todas las cosas, que perdona hasta el fondo del ser sin otra contrapartida que la mejor disponibilidad humana.

I Lectura: Isaías (43,16-21): Memoria liberadora

I.1. El texto de Isaías recuerda el momento culminante de la actuación de Dios en el AT: la liberación de Egipto. Aquí, lo sabemos, el pueblo esclavo recibió su identidad en su libertad. Ese es el credo de su fe que se repite de generación en generación. No hay cosa más grande para el pueblo de Dios que recordar esa hazaña liberadora divina. Pues bien, eso se quedará en mantillas ante lo que Dios tiene que hacer por nosotros, por la humanidad, por la historia. Y el Dios que promete una cosa, la cumple. Será ese lenguaje simbólico de la liberación, del paso del mar, del agua y el maná en el desierto, el que se use para anunciar lo nuevo que hará con nosotros.

I.2. Hacer memoria del pasado es bueno, no para la nostalgia, sino precisamente para renovarse. Eso es lo que el Deuteroisaías propone. Las raíces están precisamente en el pasado y no se puede cortar la trama de la historia de un pueblo, de una religión que es en esencia liberadora. Un pueblo sin historia es un pueblo sin raíces; pero la memoria, para ser auténtica, debe hacerse y leerse en clave profética, no precisamente jurídica o nostálgica. Cuando los cristianos leemos la historia de Jesús y la intervención de Dios en su vida, y muy especialmente en su muerte, hacemos memoria profética que muestra que el Dios de Israel, el de Egipto, no se ha dormido, sino que siempre está dando vida donde los hombres sembramos esclavitud o tragedias.

II Lectura: Filipenses (3,8-14): La experiencia verdadera del Señor

II.1. Este es uno de los pasajes más íntimos y personales del apóstol Pablo, nos habla de lo que supone para él “haber conocido a Cristo”; por Él todo le parece pérdida, por Él todo lo que en este mundo es relumbrón, le parece una nadería. Lo curioso es que un capítulo tan decisivo como éste de Filipenses se presta a unas ciertas dudas de autenticidad: ¿es de Pablo? ¿no es, más bien, otra carta distinta de lo que venimos leyendo en continuidad desde Flp 1,1-3,1a? Yo me inclino, claramente, por una carta distinta de  la que se puede leer hasta 3,1a.. Desde luego, el cambio de tono que se produce en 3,1b no es justificable con el tono entrañable de todo el texto anterior de la carta. Pero de ahí a pensar que Pablo no está hablando con estas palabras, las de la lectura de hoy, a mi entender, no se justificaría. Es un retrato muy personal, muy decisivo, de sus opciones, de su conversión, de cómo dejó de ser un fanático de la ley para ser un “enamorado” de Cristo, de su pasión y su resurrección. No tenemos una descripción de lo que Pablo sintió en su alma al “convertirse” y muchos autores nos dice que ésta es la mejor estampa de lo que el apóstol sintió en su alma al pasar del judaísmo al cristianismo.

II.2. Conocer a Cristo, su evangelio, vivir en el horizonte de la fe pascual  es haber encontrado el sentido de su vida y de la felicidad por la que luchó en el judaísmo. Ahora, dice Pablo, todo es distinto: no tiene que aparentar, ni justificarse a sí mismo, ni intentar ser el primero o el mejor... eso no vale para nada. Eso era lo que vivía antes de su conversión llegando, incluso, a perseguir a los cristianos por tratar de ser el primero de los judíos, como buen discípulo rabínico. Haber “conocido” a Cristo es haber experimentado la fuerza del amor de Dios. No olvidemos que conocer, aquí, no tiene el sentido de “gnosis” o conocimiento intelectual, sino el sentido bíblico de yd‘ y el daat Elohim de los profetas (Os 4,1.6; 5,4; 8,2 ; Jr 2,8; 4,22; 9,2.5 en oráculos de amenaza o bien de salvación: Os 2,22; Jr 31,34 o Is 28,8) experiencia de Dios, de lo santo; o la misma experiencia del amor entre hombre y mujer). Ahora ha sentido la verdadera liberación de todo lo que mata y esclaviza en este mundo.

Evangelio: Juan (8,1-11): El Dios de la dignidad de los pequeños
III.1. El pasaje de la mujer adúltera (muy probablemente un texto de Lucas que en el trasiego de la transmisión de los textos pasó al de Juan), es una pieza maestra de la vida; es una lección que nos revela de nuevo  por qué Pablo hablaba así al haber conocido al Señor. Porque, aunque el Apóstol se refería al Señor resucitado, en ese Señor estaba bien presente este Jesús de Nazaret del pasaje evangélico. El libro del Levítico dice: si adultera un hombre con la mujer de su prójimo, hombre y mujer adúlteros serán castigados con la muerte (Lv 20,10); y el Deuteronomio, por su parte, exige: los llevaréis a los dos a las puertas de la ciudad y los lapidaréis hasta matarlos (Dt 22,24). Estas eran las penas establecidas por la Ley. No tendríamos que dudar de que Dios esto no lo ha exigido nunca, sino que la cultura de la época impuso estos castigos como exigencias morales. Jesús no puede estar de acuerdo con ello: ni con las leyes de lapidación y muerte, ni con la ignominia de que solamente el ser más débil tenga que pagar públicamente. La lectura “profética” que Jesús hace de la ley pone en evidencia una religión y una moral sin corazón y sin entrañas. No mandó Jesús buscar al “compañero” para que juntos pagaran. Lo que indigna a Jesús es la “dureza” de corazón de los fuertes oculta en el puritanismo de aplicar una ley tan injusta como inhumana.

III.2. Vemos a una mujer indefensa enfrentada sola a la ignominia de la mentira y de la falsedad. ¿Dónde estaba su compañero de pecado? ¿Solamente los débiles -en este caso la mujer- son los culpables? Para los que hacen las leyes y las manipulan sí, pero para Dios, y así lo entiende Jesús, no es cuestión de buscar culpables, sino de rehacer la vida, de encontrar salida hacia la liberación y la gracia. Los poderosos de este mundo, en vez de curar y salvar, se ocupan de condenar y castigar. Pero el Dios de Jesús siente un verdadero gozo cuando puede ejercer su misericordia. Porque la justicia de Dios, muy distinta de la ley, se realiza en la misericordia y en el amor consumado. Es ahí donde Dios se siente justo con sus hijos. Presentimos que en la conciencia más personal de Jesús se siente en ese momento, sin decirlo, como el que tiene que aplicar la voluntad divina. Lo han obligado a ello los poderosos, como en Lc 15,1 le obligaron a justificar por qué comía con publicanos y pecadores. Jesús persona su pecado (¡que nadie se escandalice de su permisividad!), pero de qué distinta forma afronta la situación y el pecado mismo.

III.3. Jesús escucha atento las acusaciones de aquellos que habían encontrado a la mujer perdiendo su dignidad con un cualquiera (probablemente estaba entre los acusadores, pero él era hombre y parece que tenía derecho a acusar), y lo que se le ocurre es precisamente devolvérsela para siempre. Eso es lo que hace Dios constantemente con sus hijos. Así se explica, pues, aquello que decía el libro Isaías de que todo quedará pequeño con lo que Dios ofrecerá a los hombres. Son estas pequeñas cosas las que dejan en mantillas las actuaciones del pasado, aunque sea la liberación de Egipto. Porque el Dios de la liberación de Egipto tiene que ser eternamente liberador para cada uno desde su situación personal. Eso es lo que sucede en el caso concreto con la mujer del pasaje evangélico de hoy. De nada le valía a ella que se hablara del Dios liberador de Egipto, si los escribas, los responsables, la dejaban sola para siempre. Jesús, pues, es el mejor intérprete del Dios de la liberación que se apiada y escucha los clamores y penas de los que sufren todo el peso de una sociedad y una religión sin misericordia.

III.4. ¿Qué significa “el que esté libre de pecado tire la primera piedra”? ¿Por qué reacciona Jesús así? No podemos imaginar que los que llevan a la mujer son todos malos o incluso adúlteros. ¡No es eso! Pero sí pecadores de una u otra forma. Entonces, si todos somos pecadores, ¿por qué nos somos más humanos al juzgar a los demás? No es una cuestión de que hay pecados y pecados. Esto es verdad. Pero por muy simple que sea nuestro pecado todos queremos perdón y misericordia. Los grandes pecados también piden misericordia, y desde luego, ningún pecado ante Dios  exige la muerte. Por tanto deberíamos hacer una lectura humana y teológica. Toda religión que exige la pena de muerte ante los pecados… deja de ser verdadera religión  porque Dios no quiere la muerte del pecador. Esto debería ya ser una conquista absoluta de la humanidad.




domingo, 31 de marzo de 2019

DOMINGO 4º DE CUARESMA

“Este hijo mío estaba perdido 
y lo hemos encontrado” 
Ya próxima la Pascua, las lecturas de este cuarto domingo de cuaresma acentúan la idea del retorno, siempre acompañado de conversión, que consiste en la renovación del corazón para vivir con más entusiasmo la fe.

Tras un largo y fatigoso caminar por el desierto, el pueblo elegido  llega desde la dura esclavitud de Egipto al umbral de la tierra prometida, para iniciar una historia nueva.

La parábola del hijo pródigo describe el viaje de cada persona, también del discípulo de Cristo, desde la lejanía del pecado o, simplemente, desde la apatía y la rutina para gozar del encuentro  con el Padre. Este retorno se realiza transitando el camino que el mismo Padre ha abierto a la humanidad, Cristo Jesús. Es un camino amplio, abierto a todos. Por ese camino, que es el mismo Cristo, va el hijo pródigo que, reconociendo sus malos pasos, decide levantarse y volver. En este hijo está representado el género humano; en él estamos todos.

Mientras hacemos nuestro camino cuaresmal, la liturgia de la Iglesia nos ofrece esta hermosa parábola del hijo pródigo para que podamos gustar  con  agradecido corazón la grandeza de la misericordia de Dios hacia la humanidad y, por tanto, hacia cada uno de nosotros. Un mensaje especialmente cercano al corazón de Jesús quien, con gran fuerza, desea dejarlo patente  ante quienes le criticaban entonces y a  sus equivalentes de todos los tiempos.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

1 Lectura    Jos 4, 19; 5, 10-12

El maná caía ante el pueblo, como un don, cuando el pueblo no podía trabajar, ni sembrar, ni cosechar. El maná era la comida de la transición, porque el proyecto era que el pueblo comiera del fruto de su trabajo. Una vez que esto ocurrió, ya no se necesitó más el regalo. Por eso esta primera comida está asociada a la fiesta, a la Pascua, a la liberación. Hay fiesta cuando todo el pueblo come del fruto de su trabajo.

Lectura del libro de Josué.

Después de atravesar el Jordán, los israelitas entraron en la tierra prometida el día diez del primer mes, y acamparon en Guilgal. El catorce de ese mes, por la tarde, celebraron la Pascua en la llanura de Jericó. Al día siguiente de la Pascua, comieron de los productos del país -pan sin levadura y granos tostados- ese mismo día. El maná dejó de caer al día siguiente, cuando comieron los productos del país. Ya no hubo más maná para los israelitas, y aquel año comieron los frutos de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.
Salmo 33, 2-7

R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor.

Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios. Mi alma se gloría en el Señor: que lo oigan los humildes y se alegren. R.

Glorifiquen conmigo al Señor, alabemos su Nombre todos juntos. Busqué al Señor: Él me respondió y me libró de todos mis temores. R.

Miren hacia él y quedarán resplandecientes, y sus rostros no se avergonzarán. Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.


2ª Lectura    2Cor 5, 17-21

Las palabras de Pablo invitan a la reconciliación. Y debemos considerarlas como una exhortación que abarca a toda la vida y a cada actividad. Somos ministros de la reconciliación no solo “con Dios”, sino entre los hermanos y hermanas.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto.

Hermanos: El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente. Y todo esto procede de Dios, que nos reconcilió con él por intermedio de Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque es Dios el que estaba en Cristo, reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de la reconciliación. Nosotros somos, entonces, embajadores de Cristo, y es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. Por eso, les suplicamos en nombre de Cristo: déjense reconciliar con Dios. A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él.
Palabra de Dios
ACLAMACIÓN  Lc 15, 18

“Iré a la casa de mi padre y le diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti”.

EVANGELIO    

ÌEvangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 15, 1-3. 11-32

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte de herencia que me corresponde’. Y el padre les repartió sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida inmoral. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy aquí muriéndome de hambre!’. Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. El hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los sirvientes, le preguntó qué significaba eso. Él le respondió: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque lo ha recobrado sano y salvo’. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. Pero el padre le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.


ESTUDIO BÍBLICO.
La primera lectura pretende recordar un hecho bien determinado de la historia primitiva del pueblo de Israel cuando se celebró la Pascua, fiesta de la liberación, en Guilgal. Es la primera Pascua en la tierra prometida, para señalar que desde ahora se terminan los dones extraordinarios del desierto, como el maná, porque el pueblo no puede vivir exclusivamente de cosas extraordinarias, sino que tiene que vivir su fe en Dios, en Yahvé, desde la experiencia de cada día, de la lucha de cada día, del trabajo de cada día. La confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que debemos acostumbrarnos a ver la mano de Dios en todos los momentos de nuestra vida.

Si la primera Pascua, la del Éxodo (Ex 12), es la de la liberación, esta Pascua en Guilgal es un memorial de acción de gracias porque ha terminado el tiempo del desierto, de la esclavitud. Es muy probable que el autor deuteronomista, redactor de los libros históricos, quiera hacer presente que la tierra es también un don de la Pascua de la liberación. Es una fiesta de unidad, de alegría: Dios ha cumplido su promesa. Un día escuchó el lamento del pueblo y hoy el pueblo debe hacerle una fiesta porque es un Dios consecuente. Es probable que la historicidad de este relato deje muchos cabos sueltos, pero no importa.

II Lectura: 2ª Corintios (5,17-21): La salvación como reconciliación
II.1. La lectura pone como tema dominante la reconciliación a lo que Pablo dedica toda su vida apostólica, toda su pasión por Cristo. Eso es lo que él ha querido trasmitir a su comunidad frente a algunos adversarios que lo ponen en duda. El evangelio de Cristo, para Pablo, se centra precisamente en la reconciliación de todos los hombres con Dios; por ello da Cristo su vida y eso es lo que los cristianos celebramos en las Pascua, a la que nos prepara este tiempo de Cuaresma. La Pascua de Cristo abre, pues, una nueva era: la era de la reconciliación.

II.2. La teología de la reconciliación ha dado mucho que hablar y se presta a muchas lecturas según el mundo religioso de la época y de la sociedad de esclavos y libres de entonces. Pablo, sin duda, ha teologizado estas fórmulas y le ha dado su sentido. El tema lo remata maravillosamente Pablo con una fórmula tradicional sobre la muerte redentora de Cristo (v.21). De alguna manera, Pablo piensa que está en sus manos el misterio de la reconciliación de Dios con los hombres. El sabe que esto viene de Dios (v.19) y sabe que ello ha sido posible mediante la muerte de Jesús (v. 21). Pero la reconciliación por la muerte no es una necesidad que tenga Dios de la misma muerte, sino porque así lo han querido los hombres en el rechazo de Cristo. La pregunta es ¿cómo reconciliarse con Dios? Aceptando el mensaje de la salvación que Pablo está encargado de proclamar en el mundo. Este mensaje es el evangelio, y el evangelio está centrado en la muerte y resurrección de Jesús.

Evangelio: Lucas (15,1-3. 11-32): El Dios, Padre, pródigo de sus hijos
III.1. En este domingo nos encontramos en el corazón de la Cuaresma, y de alguna manera, en el corazón del evangelio de Lucas, que es la lectura determinante del Ciclo C del año litúrgico. En el corazón, porque Lc 15, siempre se ha considerado el centro de esta obra, más por lo que dice y enseña en su catequesis, que porque corresponda exactamente a ese momento de la narración sobre Jesús. La otras lecturas de hoy simplemente acompañan a la grandeza y radicalidad de lo que hoy se nos comunica en el evangelio. Por eso, el misterio de la reconciliación, diríamos que se expresa maravillosamente en el evangelio de este día: Lc 15,11-32. Esta es una de las piezas maestra de la literatura narrativa del Nuevo Testamento, y una maravillosa historia de amor de padre frente a egoísmos y rencores de hijos. Jesús, ante las acusaciones de los que le reprochan que le da oportunidades a los publicanos y pecadores, cosa que no entra en los cálculos de las tradiciones más exigentes del judaísmo, contesta con esta parábola para dejar bien claro que eso es lo que quiere Dios y eso es lo que hace Dios por medio de él.

III.2. Se podrían escribir páginas enteras de la narración, de su intriga asombrosa, de los “tempi” narrativos, de su desenlace. Se podría recurrir a hermenéuticas sofisticadas de las formas en las que esto se ha logrado. Del lenguaje y el arte de la misma intriga divina. De hecho hay libros maravillosos que pueden servir no solamente para preparar el texto a nivel literario, exegético, teológico y espiritual (cf v.g. F. CONTRERAS MOLINA, Un padre tenía dos hijos, Estella, Verbo Divino, 1999). Hay textos clásicos de escritores y predicadores que dan en la tecla verdadera de la armonía y la polifonía del texto bíblico. La hermenéutica podría decirnos que no es un texto sagrado, sino de simple humanidad. Pero no es verdad que en boca de Jesús no sea precisamente sagrado: es describir lo divino por lo humano.

III.3. Es toda una justificación y una defensa incuestionable de Dios, de Dios como Padre. Por eso no es, propiamente hablando, la parábola del hijo pródigo, del hijo que vuelve, del hijo que se arrepiente, aunque esto es muy importante en la narración y en su profundidad simbólica. Es la parábola del Padre, de Dios, que nunca abandona a sus hijos, que nunca los olvida. De ahí que algunos autores, con razón, han señalado que deberíamos comenzar a entender la parábola fijándonos en el hijo mayor; el que no quiere entrar a la fiesta que da el padre por haber encontrado a su hijo. Él, que siempre se ha quedado con el padre en la casa, tiene unos derechos legales que nadie le niega, pero le falta la capacidad del padre para tener la alegría de ver que su hermano ha vuelto. No tiene mentalidad de hijo, de hermano; es alguien que está centrado en sí mismo, sólo en él, en su mundo, en su salvación.

III.4. El hijo mayor, en el fondo, no quiere que su padre sea padre, sino juez inmisericorde. Porque esto es lo importante de la parábola, por encima de cualquier otra cosa: que se ha organizado una fiesta por un hermano perdido, y no está dispuesto a participar en ella. Jesús está hablando de Dios y es la forma de contestarle a los escribas y fariseos que se escandalizan de dar oportunidades a los perdidos: el Dios que él trae es el de la parábola; el que viendo de lejos que su hijo vuelve, sale a su encuentro para hacerle menos penosa y más humana su conversión, su vuelta, su cambio de mentalidad y de rumbo. Esta es su significación última y definitiva. ¿Estaríamos nosotros dispuestos a entrar a esa fiesta de la alegría? ¿Queremos para los otros el mismo Dios que queremos para nosotros? (Fray Miguel de Burgos Núñez, O.P..




domingo, 24 de marzo de 2019

DOMINGO 3º DE CUARESMA




“El Señor es compasivo y misericordioso”

La segunda parte de la Cuaresma (domingos tercero, cuarto y quinto) cada uno de los Ciclos tiene un tono propio marcado por los Evangelios que se leen en ellos: el Ciclo A tiene un tono Bautismal (se inicia un proceso catecumenal que culmina con el bautismo en la noche de Pascua),  el Ciclo B incide más en el camino de la Cruz, y  el actual Ciclo C insiste en la necesidad de la conversión y por eso en los próximos domingos –el hijo pródigo y la adúltera- nos presentarán, desde distintas perspectivas, la misericordia de Dios y también la nuestra.

Las lecturas de este tercer domingo pate del éxodo realizado por el Dios que libera por mediación de Moisés (Ex 3,1-8ª.13-15) y este acontecimiento hace que la asamblea proclame con el salmo: “El Señor es compasivo y misericordioso” (Smo.102, 1b-4.6-8.11) San Pablo, en la segunda lectura, hace una explicación en tono espiritual de la primera lectura: “la vida cristiana es como un éxodo conducido por Cristo”. Por este motivo el Evangelio de Lucas (el evangelista de este Ciclo) nos hace una llamada urgente a la CONVERSIÓN.

La Cuaresma viene a ser como un signo sacramental de esta conversión. Es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, poniendo en práctica las clásicas armas que nuestra madre la Iglesia pone a nuestra disposición: el ayuno (encuentro con nosotros mismos), la oración (encuentro con Dios) y la limosna (encuentro con nuestros hermanos).


DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.
I LECTURA

El relato nos muestra un profundo encuentro con Dios de parte de Moisés. Un encuentro que lo lleva a dialogar, y a entrar dentro de sí mismo; que lo induce a encontrar su identidad y su misión y las dificultades que tendrá en esta aventura. Ya dejará de pastorear rebaños, para conducir a un pueblo hacia la libertad.

Lectura del libro del Éxodo 3, 1-8a. 10 13-15

Moisés, que apacentaba las ovejas de su suegro Jetró, el sacerdote de Madián, llevó una vez el rebaño más allá del desierto y llegó a la montaña de Dios, al Horeb. Allí se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía de en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse, Moisés pensó: “Voy a observar este grandioso espectáculo. ¿Por qué será que la zarza no se consume?”. Cuando el Señor vio que él se apartaba del camino para mirar, lo llamó desde la zarza, diciendo: “¡Moisés, Moisés!”. “Aquí estoy”, respondió él. Entonces Dios le dijo: “No te acerques hasta aquí. Quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa”. Luego siguió diciendo: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Moisés se cubrió el rostro porque tuvo miedo de ver a Dios. El Señor dijo: “Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel. Ahora ve, yo te envío al Faraón para que saques de Egipto a mi pueblo, a los israelitas”. Moisés dijo a Dios: “Si me presento ante los israelitas y les digo que el Dios de sus padres me envió a ellos, me preguntarán cuál es su nombre. Y entonces, ¿qué les responderé?”. Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy”. Luego añadió: “Tú hablarás así a los israelitas: ‘Yo soy’ me envió a ustedes”. Y continuó diciendo a Moisés: “Tú hablarás así a los israelitas: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, es el que me envía. Este es mi nombre para siempre, y así será invocado en todos los tiempos futuros”.
Palabra de Dios.
Salmo 102, 1-4. 6-8. 11

R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga a su santo Nombre; bendice al Señor, alma mía, y nunca olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y sana todas tus dolencias; rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura. R.

El Señor hace obras de justicia y otorga el derecho a los oprimidos; él mostró sus caminos a Moisés y sus proezas al pueblo de Israel. R.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; cuanto se alza el cielo sobre la tierra, así de inmenso es su amor por los que lo temen. R.

II LECTURA

San Pablo nos alerta, nos advierte, que por el simple hecho de participar y pertenecer a Cristo no tenemos asegurado nada. Todo dependerá del cuidado y responsabilidad con que vivamos nuestra fe. Y ahí está la gran síntesis: “vivir la fe”. No se trata de creer sino de vivir lo que se cree.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 1-6. 10-12

Hermanos: No deben ignorar que todos nuestros padres fueron guiados por la nube y todos atravesaron el mar; y para todos, la marcha bajo la nube y el paso del mar, fue un bautismo que los unió a Moisés. También todos comieron la misma comida y bebieron la misma bebida espiritual. En efecto, bebían el agua de una roca espiritual que los acompañaba, y esa roca era Cristo. A pesar de esto, muy pocos de ellos fueron agradables a Dios, porque sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Todo esto aconteció simbólicamente para ejemplo nuestro, a fin de que no nos dejemos arrastrar por los malos deseos, como lo hicieron nuestros padres. No nos rebelemos contra Dios, como algunos de ellos, por lo cual murieron víctimas del Ángel exterminador. Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirva de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!
Palabra de Dios.

Aclamación  Mt 4, 17

“Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca”, dice el Señor.

EVANGELIO

 “Los hechos dolorosos, tanto si son perpetrados por personas que pueden ser señaladas como culpables, como los que suceden por accidente o por causas naturales, no son castigos enviados por Dios como castigos por los pecados. Pero pueden servir como una advertencia de modo que todos saquen la conclusión de que si esto le sucedió a los que no tenían culpa, mucho peor será la suerte del que se empecina en el mal y no se convierte. ¡Por tanto, mientras estén a tiempo, que cambien de vida!

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 13, 1-9

En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: “¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera”. Les dijo también esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?’. Pero él respondió: ‘Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás’”.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Alguien ha dicho que la conversión es “ponerse de cara a Dios” para ver reflejada nuestra realidad de pecado y poder corregir el camino equivocado. Pero lo primero que necesitamos es saber quién es y cómo es el Dios en el que creemos. Este deseo de conocer de verdad a Dios nos viene dado  a través de lo que Dios ha manifestado al hombre a lo largo de la historia del Pueblo de Israel y a través de lo que Jesús nos reveló sobre su Padre Dios.

Antiguo éxodo

Hoy la primera lectura  nos cuenta cómo Dios se revela a Moisés y a través de él al pueblo judío, como “Yo soy el que Soy” y llegada la plenitud de los tiempos se nos revelará en Jesús como el Emmanuel “Dios con nosotros”. Este es un Dios que: “Ve, oye, escucha, conoce los sufrimientos de su pueblo”. No es un Dios lejano: “he bajado a librarlo, a sacarlo de esta tierra” Es el Dios que libera y ofrece un camino de verdadera libertad para vivir en otra tierra donde puedes ser tú mismo sin ningún signo de esclavitud.

Nuevo éxodo

Ese Dios que es “compasivo y misericordioso” es el que nos acompaña en este nuevo éxodo de la vida de todo cristiano y que San Pablo nos invita a caminar por ese camino que nos ayuda a encontrarnos con nosotros mimos (ayuno) para encontrarnos de verdad con Dios (oración) y con los hermanos (limosna), y nos conduce a la verdadera tierra que “mana leche y miel”, signos de la auténtica libertad que Dios quiere para nosotros.

Acontecimientos negativos

Jesús en los versículos del evangelio que leemos hoy nos indica por donde tiene que ir la fuerza de la conversión en nuestros días. Parte de unos acontecimientos que también se pueden dar entre nosotros en la actualidad. En nuestra sociedad española estamos viviendo acontecimientos muy duros para la verdadera convivencia serena y capaz de construir un mundo más pacífico y justo. La comunidad cristiana en esta Cuaresma del 2019,  tendríamos que dejarnos  iluminar por lo que hoy leemos en este fragmento del evangelio de Lucas.  A Jesús se le acercan “algunos” que le cuentan dos hechos ocurridos (la matanza que Pilato  realizó de algunos galileos que se habían sublevado , y la muerte de otros como consecuencia del derrumbe de la torre de Siloé). Jesús trata de hacerles comprender que estos acontecimientos no es ningún castigo de Dios y de  lo que se trata es hacer posible un cambio de actitud. Hay que saber hacer una lectura creyente de todo acontecimiento. Conviene preguntarse: ¿Qué nos quiere decir Dios con lo que acontece?. Resulta dura la expresión de Jesús: “si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. El intenta conseguir que  el auditorio  reaccione y se de cuenta que lo básico en el seguimiento es la conversión personal. Queda claro que no hay, netamente, buenos y malos; todos estamos necesitados de conversión; nadie puede decir que está libre de culpa.

Parábola de la higuera

La parábola de la higuera que no produce fruto, que Lucas narra a continuación, es para que todos los que lo oyen se la apliquen a sí mismos. La maldad no está solo en otros, sino también en uno mismo. Es importante darnos cuenta de la paciencia que Dios tiene con cada uno de nosotros. El Señor que es ”compasivo y misericordioso” se deja llevar de este sentimiento ante los que no dan fruto, ante los que damos una imagen de torpeza y lejanía de los designios de Dios.

El Señor sigue “bajando a liberar a su pueblo” y la Iglesia nos ofrece este “día de la salvación”. Aprovechemos estas circunstancias para convertirnos y dar frutos de buenas obras. Convertirse es dejarse llevar por Otro, hablar en su Nombre, continuar su Buena Noticia, dar la vida como El.

Está claro que el Dios revelado por Jesús no es vengativo, justiciero, castigador, sino todo lo contrario: es un Dios que nos ama, nos comprende, nos disculpa, nos perdona. Hace caso al viñador que le ruega: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”.

Que la Palabra de Dios que hemos proclamado y la celebración de la Eucaristía nos den la fuerza necesaria para dar frutos de verdadera conversión.


ESTUDIO BÍBLICO.

Merece la pena convertirse al Dios de la salvación

I Lectura: Éxodo (3,1-15): Yahvé, el Dios que da su nombre al hombre

I.1. La lectura de Éxodo nos introduce en uno de los momentos más significativos de la historia del pueblo de Israel: la revelación de Dios a Moisés, para que éste comunicara al pueblo su decisión y su proyecto liberador. Es un episodio determinativo de ese pueblo, que ha definido siempre su vida en razón de su fe en el Dios, Yahvé, que lo sacó de la esclavitud de Egipto y le dio una tierra para que pudiera vivir en libertad. También es un episodio que, en el conjunto de las experiencias religiosas de la humanidad, marca un hito decisivo y original. Este capítulo, pues, prepara la gran narración de la liberación de Egipto, que es el momento culminante de las relaciones de Dios, Yahvé, con Moisés y con su pueblo.

I.2. El Dios, Yahvé -nombre misterioso, que puede tener muchos significados-, no se revela para dar a conocer un nombre extraño e impenetrable, sino porque ha escuchado el clamor de un pueblo en esclavitud y quiere comprometerse con los pueblos que viven esa opresión. Egipto, entonces, era una potencia impresionante, y sus dioses, los más magníficos del mundo. Sabemos que en el trasfondo de esta narración, que corresponde a la llamada tradición elohista, se apunta a la magia de conocer el nombre de la divinidad, que en las religiones ancestrales tenía un significado especial; quien conocía el nombre de la divinidad lo atrapaba de alguna manera. Podíamos señalar que en nuestro texto el nombre de Yahvé (el famoso tetagramaton divino, compuesto de cuatro letras yhwh, impronunciable para los judíos) tiene una raíz verbal, es decir, dinámica. No es, pues, una definición. Pero en Dios quien dice su nombre, quien se revela, quien descubre el misterio. No es un Dios egoísta de su nombre o de su esencia, al menos aquí. Es un Dios que se da: es el que hace existir, el que crea, el que desvela el misterio… pero eso no significa que ese Dios pueda ser manipulado por el hombre a su antojo. Ahora lo dice para poder conducir a Moisés desde la zarza ardiendo hasta la esclavitud de Egipto para liberar.

I.3. Por tanto el Dios, Yahvé, es un Dios que se da nombre a sí mismo, no lo ha descubierto el hombre escrito en un templo (y eso que los especialistas piensan que podía ser un dios local de Madián). No es ahora el momento de explicar en sus pormenores el origen del yahvismo como religión. En realidad es el que hace venir a la existencia lo que no existe; es quien da libertad a quien no la tiene; es quien libera de la esclavitud; es un Dios que se compromete en la historia, con los hombres y con los pueblos de la historia. Esta es la fuerza de la lectura de este domingo de Cuaresma. En las narraciones de la liberación de Egipto, y una de ellas es nuestra lectura, Israel nos trasmite una teología bien determinada: la experiencia que su Dios, Yahvé, se manifiesta como un Dios que no solo salva de las amenazas de los enemigos, sino que también viene en ayuda de las cosas más elementales de la vida: libertad, pan, paz y justicia. Por eso Israel aprenderá en esta teología a identificar el “pan de la vida” con el “pan de la salvación”. Todo eso es lo que significa esta revelación de Yahvé a Moisés.

II Lectura: I Corintios (10,1-12): El pasado se revive, se actualiza

II.1. Pablo, que había comenzado una polémica sobre la carne sacrificada a los ídolos (1Cor 8,1), comienza aquí (1Cor 10,1) un nuevo período de reflexión para llevar a sus últimas consecuencias cómo tienen que comportarse frente a la idolatría. Para ello se ha valido de un proceso exegético, que se llama midrash, una actualización de un texto del AT, en este caso la epopeya del éxodo; en realidad son varios textos los que Pablo comenta y actualiza (Ex 13,20-22; Ex 14,19; Sal 104,39). Entiende que todo aquello fue un “bautismo” para renacer como pueblo en la libertad que Dios le ofrecía. Pero no todos los vivieron así, sino que murmuraron contra Moisés y contra Dios. El desierto era duro, es verdad; pero la libertad siempre debe tener un precio.

II.2. Todo eso era un anticipo, un “tipos” para lo que ahora deben vivir los cristianos. Ahora Pablo intenta sacar las consecuencias parenéticas para la comunidad de Corinto que de nuevo, como el pueblo en desierto, no está lejos de ciertas actitudes idolátricas. La tipología es un ejemplo para que aprendamos, quiere decir Pablo, porque algunos pueden ir a banquetes paganos y comer de algo que se ha consagrado a los ídolos. Esta es una tentación constante en todos los procesos religiosos. Una lectura actual ya no podría referirse a un problema de carnes y participaciones en banquetes sagrados, sino en otros banquetes de poder y de gloria que pueden robar la identidad cristiana.

Evangelio: Lucas (13,1-9): Vivir con sentido siempre

III.1. El evangelio de Lucas viene hoy a hacer una llamada a la fidelidad de ese Dios salvador de la historia, que se ha jugado todo su prestigio y toda su divinidad con el pueblo. Se narran dos episodios de acontecimientos que ocurrieron, muy probablemente en tiempos de Jesús: unos galileos que el Prefecto romano mandó masacrar mientras ofrecían un sacrificio. Algunos apuntan a la sospecha de tipo político que tenían que ver con el terrorismo zelote, pero no es fácilmente aceptable esta tesis. Sí es importante el dato de que ocurrió mientras ofrecían un sacrificio, un acto religioso. No sabemos a qué se refiere, aunque tenemos noticias de que Pilato (por Flavio Josefo especialmente), responsable directo de la crucifixión de Jesús, fue uno de los políticos más perversos y venales de la administración romana. El otro episodio es mucho más normal, un accidente de trabajo, de tantos como ocurren en la vida, en el trabajo  y ante los que uno se pregunta por qué.

III.2. ¿Qué pueden significar estos episodios narrados por Lucas? ¿Tiene que ver algo Dios en estos? ¡Desde luego que no! Eso es lo primero que debemos inferir en la lectura del texto ¿Por qué, pues, son narrados? Pues sencillamente para poner de manifiesto que  Dios no es venal como Poncio Pilato y no tiene nada que ver con el accidente de la torre de Siloé del muro que rodeaba la ciudad de Jerusalén; esas cosas pasan en la vida. Eso nos descubre que somos lábiles y que no podemos vivir nuestra vida sin sentido. Todo el conjunto del evangelio de hoy va en esa dirección de una llamada a la conversión y a contar con Dios en nuestra vida. Jesús no ve en los samaritanos sacrificados, ni en los obreros de la torre maldad alguna para ser castigados por ello. No es el anuncio del Dios juez el que aquí aparece. Jesús habla de los “signos” de terror de la vida. Es una lectura realista de lo que ocurre y de lo que siempre ocurrirá, unas veces por la maldad humana y otras porque no podemos dominar la naturaleza. Pero ¿acaso esto no nos debe hacer pensar que debemos estar preparados siempre? ¿Para qué? No diríamos que para morir (aunque pueda parecer que ese es el sentido del texto), sino para vivir con dignidad, con sabiduría, con fe y esperanza. Y si llega la muerte, no nos ha de afanar con las manos vacías.

III.3. El tercer momento de la lectura evangélica se centra en una especie de parábola sobre la higuera plantada en una viña que, al cabo de tres años, no da fruto y se la quiere arrancar. La parábola de la higuera estéril es de la tradición (cf Mc 11, 12-14.20-26; Mt 21,18-22). Es curioso y original que Lucas se haya decidido por unirla a esos episodios anteriores. ¿Por qué? Para dar a entender que nuestra vida es como un tiempo que Dios permite (el dueño de la higuera) hasta el momento final de nuestra vida. Los Santos Padres entendieron que Jesús era el agricultor que pide al dueño un tiempo para ver si es posible que la higuera saque higos de sus entrañas. Sabemos que la higuera era símbolo de Israel en el AT, concretamente en los profetas. Por tanto resuena aquí, de alguna manera, la interpelación profética a la conversión. Nuestro evangelista le da mucha importancia en su obra al “hoy” y al “ahora” de la salvación. Por eso ese tiempo concedido a la higuera… es para un hoy y un ahora de salvación y de gracia.

III.4. Las conexiones de estos episodios se establecen en razón de la necesidad de estar siempre en actitud de responsabilidad y preparados para cambiar de vida, para arrepentirse; unas veces porque los hombres perversos aniquilan y otras porque ocurren catástrofes. Jesús, con sus palabras, exculpa a los que han sufrido la maldad de Pilato o la mala suerte del accidente, en el sentido de que no son responsables individualmente de lo que ha sucedido. Esto era importante entonces, donde todo se explicaba en razón de conexiones entre responsabilidad personal y castigo. No, los galileos o los trabajadores de la torre de Siloé no eran peor o más responsables que los que no les sucedió nada. Por el contrario, todos debemos estar siempre en actitud de conversión, porque Dios siempre ofrece oportunidades, como es el caso de la parábola de la higuera estéril. Siempre, con el Dios de la salvación, tenemos oportunidad de convertirnos y de buscar el bien. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).