“Del
Señor viene la misericordia,
la redención copiosa”
la redención copiosa”
“Lo esencial es invisible a los ojos,
dijo el zorro...”. Posiblemente todos hemos escuchado o leído alguna vez esta
frase de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, si no en el mismo libro, en
una postal, un cartel o en una presentación de las que se hicieron famosas en
la etapa anterior a las redes sociales. “No nos fijamos en lo que se ve, sino
en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”,
nos dice hoy la segunda lectura, en una llamada a no quedarnos en lo
superficial sino ir a lo profundo.
Regresamos al tiempo ordinario, después
de la Pascua y las fiestas posteriores, con esta invitación a mirar de nuevo
nuestra cotidianidad, la realidad más cercana, la vida de cada día y,
especialmente nuestra propia naturaleza, que, aunque mortal y por tanto débil,
es de Dios, llamada a ser, cada vez, más humana y más divina.
DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.
I
LECTURA
El
texto parece explicarnos que la existencia del mal, o la lucha entre el bien y
el mal, se origina en la decisión humana. Y, por supuesto, el ser humano vive
en tensión plena desde siempre, desde sus primeros días. Cada uno de nosotros
debe elegir en medio de esas tensiones. La narración del origen del pecado del
Génesis es el relato de nuestra propia historia diaria.
Lectura
del libro del Génesis 3, 9-15
Después de que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les
había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?».
«Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba
desnudo. Por eso me escondí».
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del
árbol que yo te prohibí?».
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él».
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él».
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?».
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».
Y el Señor Dios dijo a la serpiente:
«Por haber hecho esto,
«Por haber hecho esto,
maldita seas entre todos los animales domésticos
y entre todos los animales del campo.
Te arrastrarás sobre tu vientre,
Te arrastrarás sobre tu vientre,
y comerás polvo
todos los días de tu vida.
Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya.
El te aplastará la cabeza
y tú le acecharás el talón».
Palabra de Dios.
Salmo
129, 1-8
R.
En el Señor se encuentra la misericordia
Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.
Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.
Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora. R.
Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en Él se encuentra la
misericordia y la redención en abundancia:
Él redimirá a Israel
de todos sus pecados. R.
II
LECTURA
Creer
y hablar, para nuestra fe, son inseparables. No se puede hablar de lo que no se
cree, y no se puede creer sin sentir el impulso de predicar. El apóstol Pablo
nos transmite, además, su propia experiencia: creer y anunciar trae dolores,
persecuciones, incomprensiones y muchas dificultades.
Lectura
de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 4, 13-5, 1
Hermanos:
Teniendo ese mismo espíritu de fe, del que dice la Escritura: «Creí, y
por eso hablé», también nosotros creemos, y por lo tanto, hablamos. Y nosotros
sabemos que Aquél que resucitó al Señor Jesús nos resucitará con Él y nos
reunirá a su lado junto con ustedes.
Todo esto es por ustedes: para que al abundar la gracia, abunde también
el número de los que participan en la acción de gracias para gloria de Dios.
Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya
destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra
angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera
toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en
las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.
Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña -nuestra
morada terrenal- es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no
construida por el hombre, sino por Dios.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 12, 31b-32
Aleluia.
«Ahora
el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando Yo sea levantado en lo alto
sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», dice el
Señor. Aleluia.
EVANGELIO
Podemos
encontrar diversas explicaciones sobre qué es “el pecado contra el Espíritu
Santo”. Aquellos hermanos que no confían en que el Espíritu quiere recibirlos
en su amor, que no se consideran necesitados del perdón o piensan que cargan
con un pecado imperdonable, no pueden ser perdonados. No porque Dios no quiera,
sino porque ellos no se han podido abrir al amor que perdona.
Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san
Marcos 3, 20-35
Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera
podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo,
porque decían: «Es un exaltado».
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por
Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».
Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás
va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir.
Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se
dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha
llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y
saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.
Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y
cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu
Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo
esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo
mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron:
«Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y
dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo:
«Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese
es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Palabra del Señor.
MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.
Establezco hostilidades entre ti y la
mujer, entre tu estirpe y la suya
Seguro que hemos escuchado y analizado
este texto desde muy diferentes perspectivas. Por eso hoy podemos centramos en
dos concretas. La falta de responsabilidad de Adán y Eva y el poder que Dios
concede a la mujer en el relato.
Adán no es capaz de responder de forma
coherente al Creador. No se responsabiliza de sus actos: “la mujer...”. Eva no
se responsabiliza tampoco de lo que ha hecho: “la serpiente...”. Ninguno de los
dos es capaz de aceptar que se han equivocado, que no han obedecido y que han
metido la pata. Dios les dio solo un par de indicaciones sobre lo que podían y
no podían hacer y han hecho lo contrario. Pero en lugar de aceptar el error, se
muestran esquivos y echan la culpa a la otra. Es lo que ocurre cuando no nos
responsabilizamos, no damos respuesta coherente de lo que hemos hecho.
Dios no maldice al hombre y a la mujer,
sino a la serpiente. A ellos los castiga, pero dando poder a la mujer sobre el
reptil, sobre el mal. El Creador nos hace libres y responsables de nuestros
actos y de esta forma nos hace poderosos y poderosas. Si hubiera querido tener
a sus pies seres obedientes nos habría hecho autómatas, seres sin capacidad de
tomar decisiones. El texto del Génesis nos acerca hoy a lo más profundo de la
naturaleza del ser humano y, si no dejamos, nos enfrenta con nosotros mismos y,
cómo no, con la imagen de Dios en la que creemos y que nos va configurado como
personas.
El que blasfeme contra el Espíritu Santo
no tendrá perdón jamás
Volvemos a encontrarnos con el mal en el
texto del evangelio de hoy. Esta vez no en forma de serpiente sino “encarnado”
según sus enemigos, en el propio Jesús. Él les responde clara y directamente,
como siempre. “Imposible, mi familia es otra. No soy de los de Belcebú, como
vosotros”, les podía haber dicho... Pero intenta ser pedagógico, como siempre,
y les cuenta alguna pequeña parábola con una enseñanza interesante para todas
nosotras, las personas que decimos seguirle: todo se perdonará menos las
blasfemias “contra el Espíritu Santo”. No parece que en el texto queden muy
claras cuáles son estas, pero cerrarnos al Espíritu no parece que sea demasiado
positivo para quienes fuimos bautizados también en su nombre.
Hace pocas semanas celebramos la
presencia del Espíritu en medio de la Iglesia y poco después su ser Trinidad,
esa comunidad originaria de la que forma parte junto al Padre y el Hijo. Somos
comunidad de creyentes porque el Espíritu vive en medio de nosotros y es Él
quien nos habla de Misericordia.
Lo necesitamos para saber si estamos
actuando como nuestro Dios, Padre y Madre nos pide y para, en caso de no
hacerlo, ser responsables de nuestras actuaciones; nos hace falta el Espíritu
para saber qué cosas de las que nos rodean o hacemos son y vienen de Él; es
quien nos permite ir a lo profundo dejando a un lado lo superficial y en su
ausencia somos incapaces de esperar “en su palabra [...] más que el centinela a
la aurora”. Por eso, una vez que descubrimos al Espíritu presente en nuestras
propias vidas podemos cantar con el salmista: “Del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa”.
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