domingo, 8 de mayo de 2016

ASCENSIÓN DEL SEÑOR


El Señor asciende entre aclamaciones.

Nos detenemos hoy en esta segunda dimensión del acontecimiento de la Pascua.

Misterio indivisible, que para la utilidad de los bautizados, es presentado litúrgicamente en tres momentos, de modo que pueda ahondarse más, en lo que nos señalaba la oración colecta del primer domingo de cuaresma: avanzar en la inteligencia del Misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud.

Dos cosas son importantes para la apreciación de la realidad: la mirada global y luego detallar los contenidos de la globalidad. Pues si esto conviene hacerlo en orden al conocimiento natural de las cosas, considero que es tanto más necesaria su aplicación al Misterio de Cristo, para que la vida de cada bautizado se vea impregnada de la vida que deriva de este Acontecimiento.

La Ascensión se corresponde con la inmediata glorificación del Crucificado. Su Resurrección deviene en glorificación. Y este Acontecimiento se adentra en la realidad de la Humanidad sumida en grandes contradicciones para posibilitar que, mediante la acogida del Resucitado, pueda levantar la mirada y descubrir una realidad diferente. Su misma existencia impulsada por la obra de la Redención a manifestar esta fuerza que todo lo transforma.

Se trata de hacer visible, por la vida de cada bautizado, que El sigue actuando en su Comunidad y que esta se encuentra abierta para acoger a todos en la plena comunión de vida con Jesucristo.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

La partida de Jesús no significa ausencia, tampoco lejanía. Se trata de un modo nuevo de presencia. Jesús ya no se muestra, pero está más presente. Hoy lo encontramos en las comunidades, la Palabra, los sacramentos y la vida y en cada hijo e hija de Dios.

Lectura de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los apóstoles que había elegido. Después de su pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa –les dijo– que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Él les respondió: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Dicho esto, los apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”.
Palabra de Dios.

Salmo 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

Aplaudan, todos los pueblos, aclamen al Señor con gritos de alegría; porque el Señor, el Altísimo, es temible, es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones, asciende al sonido de trompetas. Canten, canten a nuestro Dios, canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra, cántenle un hermoso himno. El Señor reina sobre las naciones; el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

II LECTURA

Este pasaje es un himno que nos remite a Dios, quien ha dispuesto todas las cosas bajo el dominio de Cristo. Cristo es también nuestra cabeza y, por lo tanto, quien nos inspira y guía en este tiempo, hasta llegar un día, y para siempre, a su casa.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 17-23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Éste es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo principado, potestad, poder y dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo y la plenitud de aquel que llena completamente todas las cosas.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Mt 28, 19a-20b

Aleluya. “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Sin dudas, la palabra de Jesús ha llegado al corazón de estos hombres porque, a pesar de que el Señor se ha separado de ellos, estos regresan a Jerusalén con alegría. Es que, desde ese mismo instante, al escuchar a Jesús resucitado, se han “llenado” de él y, por consiguiente, ya no hay lugar para la angustia.

Ë Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 24, 46-53

Jesús dijo a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”. Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS

La Comunidad en esta celebración ha repetido, como respuesta de aclamación, en el salmo, lo que resume su fe en el Resucitado: ha vencido a la muerte y a toda forma de esclavitud y sube al Padre suyo y Padre nuestro, al Dios suyo y Dios nuestro, como se contiene en el mensaje que ha de llevar la Magdalena a los discípulos en la mañana de la Pascua. La aclamación la provoca esta verdad que El nos da a conocer y que nos llena de esperanza. Las aclamaciones y los sonidos de las trompetas son la expresión del júbilo que manifiesta el Pueblo que acoge a quien le trae la salvación.

Teófilo es el destinatario de esta catequesis elaborada por Lucas en las dos partes de la misma.

Por eso comienza recordando lo contenido en su evangelio. Dos temas importantes conviene destacar: en primer lugar la misión que se encomienda al grupo y a toda la Comunidad, en la que todos sus integrantes han de ser conscientes de ella “ser testigos”. Radica en esto lo más importante. El bautizado es en sí mismo la prueba de lo que el Resucitado ha llevado a cabo. No es algo para contar, sino para manifestar. Por eso habla de testigo. No hay que andar preocupados por lo que tenemos que decir, sino por “cómo tenemos que vivir”. Esta forma de vida revela la reconciliación universal que ha llevado a cabo mediante el acontecimiento Pascual. En segundo lugar: no conviene quedarse pasivos, mirando al cielo. De ese sentido estático de la vida cristiana nos saca el dinamismo del Espíritu. Pues así como impulsó a Jesús no impulsa a nosotros. Es tiempo de compromiso con el mundo en que vivimos.

La carta a los Efesios es una síntesis del Misterio unitario que celebramos.

La mirada contemplativa sobre el mismo nos lleva a experimentar la novedad de vida que se ha iniciado y la urgencia que el mismo amor de Cristo manifiesta para que cada uno asuma la responsabilidad de comunicar lo contemplado y hacerlo de forma creíble. No se trata de contar solamente, sino de abrir las puertas a todos para que lo que Jesús ha llevado a cabo por todos, alcance sin dilación a toda la Humanidad. Esta acogida no deberá tener límites ni condiciones previas. El anuncio tenemos que hacerlo a todos en forma inteligible, sin anclarnos en el pasado, sino al hilo de la realidad actual.

La tarea queda señalada por Lucas en la conclusión de su Evangelio

El acontecimiento Pascual ha dado comienzo a tiempos nuevos, a nuevas realidades que vienen a ser una bendición para todos los Pueblos. Jesús les recuerda a sus discípulos el sentido de su vida y misión, al tiempo que los compromete para que vivan y actúen en sintonía con El, realizando la misma obra. Para ello una promesa se les hace: será revestido de la fuerza de lo alto, es decir, el Espíritu Santo vendrá a ser el alma de la Comunidad y quien lleve al conocimiento de la Verdad plena. Necesitamos ser conscientes de que teniendo toda la Verdad no conocemos todo lo que en ella se contiene. Por ello, asumir que estamos en un proceso de instrucción interior, de experiencia progresiva en la que el Espíritu nos va recordando y llevando a la plenitud del conocimiento de todo lo que en Jesús se nos ha revelado. De esta experiencia deberá brotar el testimonio que la Comunidad y cada bautizado en ella tiene que ofrecer al mundo contemporáneo.


ESTUDIO BÍBLICO

"Serán mis testigos hasta los confines de la tierra"

 Iª Lectura (Hch 1,1-11): “Serán mis testigos”

I.1. Solamente Lucas es verdaderamente “ascensionista”. Decimos eso porque es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla o relata este “misterio” cristológico en todo el Nuevo Testamento. Y sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11). En realidad no son opuestos los discursos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga «cuarenta días» en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua.

I.2. Esto último es lo más determinante, ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la «exaltación» de Jesús a la derecha de Dios. ¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. Lo de los cuarenta días es especialmente bíblico: el número recuerda y apunta a los cuarenta años que Israel caminó en el desierto bajo la pedagogía divina Dios (Dt 8,2-6); los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí para recibir la Ley de parte de Dios (Ex 24,18); los cuarenta días de Jesús en el desierto antes de su vida pública (Lc 4,1-2). «Cuarenta» indica el tiempo de la prueba y de la enseñanza necesaria. En la tradición de los rabinos el número «cuarenta» también tenía, en línea con la tradición bíblica, un valor simbólico para indicar un período de aprendizaje completo y normativo. En los Hechos, es un tiempo “pascual” extraordinario para consolidar la fe de los discípulos.

I.3. Y ese tiempo Pascual extraordinario -nos quiere decir Lucas-, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu, porque les espera una gran tarea en todo el mundo, “hasta los confines de la tierra”. La pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apunta a que la Resurrección de Jesús, al contrario que otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo. Esa es la razón de que haya prolongado su presencia “especial” durante “cuarenta días” entre los suyos, insistiendo en iluminarlos acerca del Reino de Dios que fue el tema de su mensaje y la causa de su vida hasta la muerte.

I.4. Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de las Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Y deben entrar, porque son enviados por el Resucitado. Ya ha pasado el tiempo de la prueba. Ya han podido experimentar que el Maestro está vivo, aunque haya sido crucificado. Su mensaje del Reino no puede quedar en el olvido. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

I.5.La “Ascensión”, como se indica en Mc 16,19 (tomado sin duda de la tradición lucana) es ser elevado al cielo y sentarse a la derecha de Dios, es decir, la total exaltación y glorificación de Jesús. Pero eso es lo que sucede, sin duda, en la resurrección. Por lo mismo, no es un misterio soteriológico nuevo con respecto a la humanidad de Jesús, sino una afirmación cristológica que marca el destino final del profeta de Galilea. No obstante, debemos señalar que en el relato de los Hechos viene a significar un momento decisivo que pone fin al período pascual. Asimismo, Lucas lo ha presentado como misterio pedagógico para hacer ver a los discípulos que ha llegado su hora de anunciar al mundo la salvación de Dios. E incluso tiene el sentido de purificación definitiva de una ideología nacionalista del mesianismo de Jesús y del papel de Israel. Todos los hombres han de ser llamados a la salvación de Dios. Por que Jesús, el Señor exaltado, ya ha cumplido en la historia su tarea.

IIª Lectura: Efesios 1,17-23: A la derecha de Dios

Se nos muestra una plegaria de intercesión (vv. 17-19); la confesión cristológica (vv. 20-22) y un apunte eclesiológico (v. 23). Debemos resaltar de este texto de Efesios la intervención de Dios en Cristo para poner todo bajo sus pies. Para ello lo ha debido “sentar a su derecha en el cielo”. Es la expresión bíblica que apunta justamente a la exaltación como resultado de la Ascensión. Es una fórmula que se inspira, sin duda, en el Sal 110,1 como “entronización” y que apunta a que desde ese momento Cristo ya tiene el mismo poder soteriológico o salvador de Dios, incluso siendo hombre. Sería otros de los aspectos teológicos de lo que puede significar la Ascensión.

Evangelio: Lucas (24,46-53): Resurrección-Exaltación

Como ya no se celebra la Ascensión del Señor en el “jueves” precedente a este domingo, su liturgia se traslada a lo que debería ser el VII Domingo de Pascua. Los textos de este día, pues, están determinados por esta fiesta del Señor. Es Lucas, tanto en el Evangelio como en los Hechos de los Apóstoles, el único autor que habla de este misterio en todo el Nuevo Testamento. Sin embargo, las diferencias sobre el particular de ciertos aspectos y símbolos en el mismo evangelista sorprenden a quien se detiene un momento a contrastar el final del evangelio (Lc 24,46-53) y el comienzo de los Hechos (1,1-11), que son las lecturas fundamentales de la fiesta de este día. En realidad, los discursos no son opuestos, pero resalta, en concreto, que la Ascensión se posponga “cuarenta días”, en los Hechos de los Apóstoles, mientras que en el Evangelio todo parece suceder en el mismo día de la Pascua. Esto último es lo más determinante ya que la Ascensión no implica un grado más o un misterio distinto de la Pascua. Es lo mismo que la Resurrección, si ésta se concibe como la “exaltación” de Jesús a la derecha de Dios.

Debemos reconocer que no es fácil el uso de los textos de hoy y el significado de los mismos para la predicación actual.

¿Qué es lo que pretende Lucas? Simplemente establecer un período determinado, simbólico, de cuarenta días (no contables en espacio y en tiempo), en que lo determinante es lo que se refiere a hablarles del Reino de Dios y a prepararlos para la venida del Espíritu Santo. En ese sentido, en lo esencial, las dos lecturas que se hacen hoy del acontecimiento coinciden: Jesús instruye a sus discípulos de nuevo, confirmándolos en su fe todavía frágil, demasiado tradicional respecto al proyecto salvífico de Dios, para estar alerta. El tiempo Pascual extraordinario, nos quiere decir Lucas, está tocando a su fin y el Resucitado no puede estar llevándolos de la mano como hasta ahora. Deben abrirse al Espíritu porque les espera una gran tarea en todo el mundo, hasta los confines de la tierra.

Es verdad que en los primeros siglos de la Iglesia (quizás hasta el s. V) no se puso mucho énfasis en esta distinción entre Resurrección y Ascensión. Es a partir de ese s. V, con el apoyo de la narración lucana, cuando se hace un uso litúrgico y catequético en clave que llega a ser narración histórica. ¿Por qué? Consideramos que depende mucho de la concepción antropológica de la resurrección. En algunos ámbitos teológicos la resurrección de Jesús se concibió como “una vuelta a la vida”, a esta vida, para que sus discípulos pudieran verificar que había resucitado. Quedaba, pues, el segundo paso: la ruptura con este mundo y con esta historia de una forma definitiva. Apoyándose en la narración de Lucas, se vio en la Ascensión la definitiva “subida”: la exaltación a la gloria de Dios. Pero eso no es muy coherente, ya que la exaltación acontece en la misma resurrección.

Todo lo que se refiere a la Ascensión del Señor se evoca en el relato de los Hechos, que es el más vivo, con un simple verbo en pasiva: «fue elevado», sin decirnos nada en lo que respecta a la clase de prodigio. En Lc 24,31 se dice que «se les hizo invisible». Todo ello apunta a una terminología sagrada de la época, para describir la intervención de Dios por encima de todas las cosas. Ya se ha dicho que la Ascensión no añade nada nuevo con respecto a la Pascua, a la Resurrección. En todo caso, la pedagogía lucana, para las necesidades de su comunidad, apuntan a que la Resurrección de Jesús, al contrario que la de otras personas, no supone un romper con la tierra, con la historia, con todo lo que ha sido el compromiso de Jesús con los suyos y con todo el mundo.

A pesar de que este misterio se comunica por una serie de códigos bíblicos que nos hablan de la presencia misteriosa de Dios (en la nube, como revelación de su gloria, en la que entra Jesús por la Resurrección o la Ascensión), el tiempo Pascual ha sido necesario para que los discípulos rompan con todos los miedos para salir al mundo a evangelizar. Pero en todo caso, hay una promesa muy importante: recibirán la fuerza de lo alto, el Espíritu Santo, que les acompañará siempre. Lucas, pues, usa el misterio de la Ascensión para llamar la atención sobre la necesidad de que los discípulos entren en acción. Hasta ahora todo lo ha hecho Jesús y Dios con él; pero ha llegado el momento de una ruptura necesaria para la Iglesia en que tiene que salir de sí misma, de la pasividad gloriosa de la Pascua, para afrontar la tarea de la evangelización.

¿Podemos seguir manteniendo este tipo de lectura? ¿Es correcta? Creo que el NT nos permite otras claves. El mismo Lucas ha usado los “cuarenta días” en sentido pedagógico.

1) Entendemos, en primer lugar, que “cuarenta días” no es un tiempo real, espacio-temporal, sino teológico. Es un tiempo de espera y esperanza para que la comunidad viva intensamente el acontecimiento de la resurrección y se prepare para anunciar al mundo entero el mensaje de Jesús (Hch 1,8). Lucas ha buscado, pues, ese “tiempo pedagógico” que ponga de manifiesto algo importante en el seno de la comunidad: la resurrección de Jesús no es algo que afecta a Él exclusivamente, sino que tiene otra dimensión: la de la comunidad. También la comunidad de los seguidores de Jesús tienen que “resucitar” de sus miedos, de sus ideas poco acertadas sobre Jesús y sobre su mensaje. Jesús fue resucitado por Dios, pero también Jesús resucitado quiere hacerse presente desde esa nueva vida en su comunidad. La “Ascensión” era el momento adecuado para “dejar” a la comunidad resucitada ya, y en manos del Espíritu que debe llevarla hasta el final.


2) Por otra parte, en segundo lugar, como muchos autores han puesto de manifiesto, se debe contemplar la respuesta de lo que significan esos “cuarenta días” para subsanar un problema que tuvo la comunidad cristiana primitiva con respecto a la Parusía o la vuelta de Jesús e inaugurar el “final de los tiempos”. Se produjo en los primeros años cierta decepción cristiana porque la Parusía, la vuelta de Jesús, no acontecía y el fin del mundo no llegaba. Lucas entiende que el fin del mundo no tenía por qué llegar, ya que era necesaria la acción de la Iglesia para comunicar el mensaje de salvación a todos los hombres. Es lo que se conoce como la “descatologización” de la teología lucana. Es decir: no debemos estar preocupados por la Parusía, por el fin del mundo, sino por transformar esta historia por medio de la Palabra y el Espíritu de Jesús. De esa manera se explica el reproche a los discípulos de estar mirando al cielo… pensando en su vuelta, cuando hay que mirar a la tierra, a los hombres, para llenar este mundo de vida.

domingo, 1 de mayo de 2016

DOMINGO 6º DE PASCUA


“El Espíritu Santo les enseñará todo”

 “Sólo Dios basta”, viene a concluir el célebre poema de Santa Teresa, en buena conformidad con las lecturas de la liturgia de hoy. Pero, ¿acaso podía ser de otra manera? El mismo pensamiento humano, por su sola luz, ya había alcanzado a identificar la máxima simplicidad con la expresión de lo más verdadero y auténtico. Y, como bien atina la expresión popular, el bosque no nos deja ver los árboles. ¿Qué árboles componen este bosque, que el bosque no nos deja ver?

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

“Sin dudas que el Espíritu anima la comunidad cristiana, porque desde una perspectiva meramente humana ésta estaba destinada a la fragmentación y anarquía. Por eso cada grupo decidió enfrentar la situación sin miedo y con ánimo de buscar el mejor modo de conciliar las distintas ideas y praxis evangelizadoras con el proyecto de Cristo”.

Lectura de los Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29

Algunas personas venidas de Judea enseñaban a los hermanos que si no se hacían circuncidar según el rito establecido por Moisés, no podían salvarse. A raíz de esto, se produjo una agitación: Pablo y Bernabé discutieron vivamente con ellos, y por fin, se decidió que ambos, junto con algunos otros, subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los Apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles, los presbíteros y la Iglesia entera, decidieron elegir a algunos de ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, hombres eminentes entre los hermanos, y les encomendaron llevar la siguiente carta: “Los apóstoles y los presbíteros saludamos fraternalmente a los hermanos de origen pagano, que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia. Habiéndonos enterado de que algunos de los nuestros, sin mandato de nuestra parte, han sembrado entre ustedes la inquietud y provocado el desconcierto, hemos decidido de común acuerdo elegir a unos delegados y enviárselos junto con nuestros queridos Bernabé y Pablo, los cuales han consagrado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso les enviamos a Judas y a Silas, quienes les transmitirán de viva voz este mismo mensaje. El Espíritu Santo, y nosotros mismos, hemos decidido no imponerles ninguna carga más que las indispensables, a saber: que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos, de la sangre, de la carne de animales muertos sin desangrar y de las uniones ilegales. Harán bien en cumplir todo esto. Adiós”.
Palabra de Dios.
Sal 66, 2-3. 5-6. 8

R. A Dios den gracias los pueblos, alaben los pueblos a Dios.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros, para que en la tierra se reconozca su dominio, y su victoria entre las naciones. R.

Que todos los pueblos te den gracias. Que canten de alegría las naciones, porque gobiernas a los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor, que todos los pueblos te den gracias! Que Dios nos bendiga, y lo teman todos los confines de la tierra. R.

II LECTURA

Este pasaje nos presenta un futuro que ya es también presente: Dios es el Santuario, eternamente. Desde este presente, celebramos al Señor en cada momento de nuestra vida, en todo lugar, mirando con ojos de fe y esperanza.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 10-14. 22-23

El ángel me llevó en espíritu a una montaña de enorme altura, y me mostró la Ciudad santa, Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios. La gloria de Dios estaba en ella y resplandecía como la más preciosa de las perlas, como una piedra de jaspe cristalino. Estaba rodeada por una muralla de gran altura que tenía doce puertas: sobre ellas había doce ángeles y estaban escritos los nombres de las doce tribus de Israel. Tres puertas miraban al este, otras tres al norte, tres al sur, y tres al oeste. La muralla de la Ciudad se asentaba sobre doce cimientos, y cada uno de ellos tenía el nombre de uno de los doce Apóstoles del Cordero. No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 14, 23

Aleluya. “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará e iremos a él”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Hay una innegable relación entre “guardar la Palabra” de Jesús, amar a Jesús y vivir una paz diferente a la que da el mundo. Es que la paz verdadera nace y se vive desde una profunda comunión con Jesús.

Ë Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 23-29

Durante la última cena, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho. Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman! Me han oído decir: ‘Me voy y volveré a ustedes’. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS

Este tiempo de Pascua nos evoca siempre el comienzo de la historia de las comunidades cristianas primitivas, sus primeros pasos, sus primeros balbuceos. No en vano, la Iglesia – afirmamos – nace de la experiencia de la Resurrección. Esta evocación viene corroborada por la liturgia que ofrece a nuestra consideración los relatos de los Hechos de los Apóstoles.

Una cuestión fundamental que se nos suscita en relación a estos comienzos es el tránsito entre las pequeñas comunidades campesinas surgidas en torno a Jesús – siempre en el contexto judeo-palestino – y las nuevas iglesias que se van formando por todo el imperio romano y que terminarán por convertirse en religión oficial del mismo. ¿Cómo explicar que aquel movimiento tan exiguo y tan provinciano, radicado en una región marginal del imperio encontrara aceptación entre gentes y lugares dispares y se multiplicase incesantemente?

Es la obra del Espíritu – afirmamos – sin la cual, nada puede florecer ni mantenerse. Y bien cierto es. Pero el Espíritu asiste - no reemplaza – las opciones del hombre y de la historia. Los estudiosos de la historia primitiva del cristianismo han identificado en la simplicidad de la propuesta cristiana una razón crucial para su aceptación y difusión por las grandes ciudades del imperio. En un auténtico mercado de religiones y filosofías que competían entre sí para conseguir adeptos, con sus fracasadas ofertas de bienestar y salvación, el modesto cristianismo se abre paso. Frente a la multitud de religiones tradicionales, con sus templos, sacerdotes, estatuas, y demás gravosas instituciones socio-religiosas, siempre unidas al poder; frente a la nueva pléyade de religiones mistéricas y sus ritos exóticos sólo aptos para iniciados; frente a las filosofías que ofrecían sabidurías de vida sólo asumibles para los que podían permitirse el lujo de vivir meditando; el cristianismo naciente se destaca por ofrecer una propuesta alcanzable y abierta a todos, fundamentada en la simplicidad de una mínima doctrina: la de la encarnación, muerte y resurrección del Dios-Hombre – el Kerigma – como propuesta de sentido para todo hombre; la unión a su muerte y resurrección por el rito sencillo del bautismo; y en la simplicidad de una praxis vital consistente, concentrada en el amor fraterno, también ritualizada en la práctica de la fracción del pan. “Hemos decidido, [pues], el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables”.

Hoy, nuestro mundo global se parece mucho a ese mercado de las religiones del Imperio Romano… Aquel cristianismo incipiente ¿no tiene nada que enseñarnos hoy?

Una segunda cuestión crucial relacionada es cómo asegurar la fidelidad de todas estas nuevas comunidades dispersas por el Imperio Romano al proyecto originario de Jesús; cómo garantizar el que se mantenga en su pureza originaria.

Es la obra del Espíritu –afirmamos de nuevo –, que garantiza esa fidelidad; y, sin duda, de nuevo, decimos bien: “el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será quien os vaya recordando todo lo que os he dicho”. Pero, de nuevo, hemos de atender a la historia en la que el Espíritu despliega su acción. El cristianismo, en aquellos tiempos era un cristianismo en formación: estaba por hacer; pero, recuerda el poeta, “no hay camino; se hace camino al andar”. Y el Espíritu ha lanzado a la Iglesia al camino, al camino que ha de hacer en su caminar, tarea que no debía ser fácil, en vista de la pluralidad de gentes – con sus antecedentes, situaciones y culturas varias. Mucha fe había que tener en ese Espíritu que había de guiar tal proceso, pues “Él será quien os lo enseñe todo”. Mucha fe había que tener en ese Espíritu para pensar que el camino llegaría a buen puerto.

Pero, ¡más fe había de tener el mismo Espíritu en los hombres, a quienes lanzó al camino, a quienes lanzó a construir su Camino en medio de la historia! ¡Más fe hubo de tener el Espíritu al dejar en manos de los hombres la obra encomendada a Jesucristo! ¡Más fe ha tenido el Espíritu en nosotros al depositar en nuestras manos la Palabra del Padre! ¡Más fe ha tenido el Espíritu al encomendarnos la paz de Dios al mundo!

El Camino no se ha concluido, porque su fin no es concluirse sino seguir ofreciendo a los hombres de toda época una senda de fe y esperanza fundada en Jesucristo. Hoy como entonces, el mundo no es uniforme, las circunstancias son plurales y diversas, pero el camino ha de servir a todos; o tal vez, hemos de asumir, fiándonos del Espíritu, nuestro guía, que no hay un solo camino, sino diversos que el mismo Espíritu se encargará de hacer llegar a buen puerto, siendo que el Espíritu “nos ha enseñado” que “lo indispensable” en ese camino es el hombre mismo, en quien Dios ha depositado su Espíritu.

Cuando descubramos, precisamente, que el hombre es lo importante del camino, entonces nuestro camino habrá llegado a puerto, pues “el Padre y el Hijo han venido al hombre y han hecho morada en él”. Cuando eso suceda, ya no será necesario ningún camino, ninguna religión, ningún templo,… “Santuario no vi ninguno, porque su santuario es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero”.


ESTUDIO BÍBLICO

El don ilimitado de la gracia de Dios

Iª Lectura (Hechos 15,1-1.22-29): El "espíritu" del "Concilio" de Jerusalén

I.1. Hoy leemos uno de los episodios más conocidos y de los más importantes del libro de los Hechos de los Apóstoles: el Concilio de Jerusalén, que viene provocado por la libertad con que actuó en la misión evangelizadora la comunidad de Antioquía de Siria, donde trabajaban apostólicamente Pablo y Bernabé. Rompiendo los tabúes de un judeo-cristianismo todavía demasiado judío y menos cristiano –el de Jerusalén-, en cuanto a su identidad, se admitían a los paganos sin necesidad de que antes tuvieran que circuncidarse. Eso escandalizaba, porque se pensaba que para ser cristiano, primeramente se debía ser judío, admitir la ley de Moisés y otras muchas más tradiciones inherentes a ese modo de vida. ¿Dónde quedaba, pues, lo que Jesucristo había hecho por los hombres? ¿De qué valdría la muerte y la resurrección de Jesús? En definitiva, la cuestión era dónde estaba la posibilidad de la salvación, en la ley, o en Cristo.

I.2. Pablo, desde el principio (cf Gal 1-2), se va a oponer a esta distinción tan incoherente y no menos injusta desde todos los puntos de vista, deshaciendo con su teología de la gracia y de la fe en Cristo toda ventaja fundamental respecto de la salvación y la reconciliación del hombre con Dios. Pablo quiere decir que todos partimos de cero, que no cuenta ya ser de origen judío o ser pagano; es decir, de ser "justo" según la ley, o lo que es lo mismo, por herencia, por tradición; y ser pagano, por consiguiente pecador, expuesto a la ira de Dios, porque lo diga una “dogmática” inmemorial. Ante Dios, ante Cristo, estamos todos en igualdad de condiciones. Lo único que existe es una diferencia cultural, pero eso no es ninguna ventaja ante el Dios de la misericordia y de la gracia; eso no es una prerrogativa de salvación. En realidad, Pablo, en este texto de Hch 15, no habla, lo hace Pedro en su lugar inspirado (no olvidemos que es Lucas su autor) en el texto de Gal 2,15-21. Lucas, en la famosa decisión de no imponer “cargas” a los paganos, le apoya en el papel del Espíritu.

I.3. No obstante, la decisión estaba tomada: no es necesaria la Ley para la salvación. No hay que obligar a los paganos a someterse a la circuncisión, sino a abrirse a la gracia de Dios. Esta es la gran lucha por la libertad cristiana que comienza ya en los primeros años de la Iglesia. De esta manera, Pablo está rompiendo seguridades, fronteras, ilusiones elitistas de un pueblo que considera que la salvación les pertenece a ellos y a los que ellos den acceso a la "situación de ley". El texto de hoy solamente es un resumen y nos da la conclusión más importante. Y desde luego, nadie debe ser acusado de “antisemitismo” por este motivo. Es verdad que los que prefieran estar con la Ley… lo hacen desde su libertad y desde su fidelidad. Pero no se debe olvidar que Jesús y Pablo estuvieron sometidos a la Ley y decidieron abandonar ese camino. El cristianismo encontró su identidad abandonando la Ley (la Torah judía) por un Cristo crucificado y resucitado. Eso es irrenunciable, no es antisemitismo. ¡Y no debe existir antisemitismo nunca!

IIª Lectura: Apocalipsis (21,10-23): Lo nuevo en las manos de Dios

II.1. Se continúa la esplendorosa visión del domingo anterior sobre la nueva Jerusalén. Es una nueva Jerusalén, sin templo, porque el templo es el mismo Señor, presencia viva de amor y fidelidad. Es la utopía de la felicidad que todos los hombres buscan, pero presentada desde la visión cristiana del mundo y de la historia. Es una afirmación con todos los ingredientes simbólicos necesarios, pero eso no quiere decir que no será una realidad absoluta; porque Dios, el Dios de Jesucristo, es el futuro del hombre.

II.2. Hablar del futuro, sin recurrir al pasado y al presente, sería perder el sentido de la historia. Y la humanidad tiene historia, pero será transformada. Incluso Dios, en cuanto vivido y experimentado, está encarnado en esa historia humana. Aunque lo importante de esta visión es poner de manifiesto que todo será como Dios ha previsto, y no como sucedía en la historia donde, por respetar la libertad humana, los hombres han querido manipular hasta lo más santo y sagrado. La nueva Jerusalén es una forma simbólica de hablar de un futuro que estará plenamente en las manos de Dios.

III. Evangelio: Juan (14,23-29): El amor debe transformar el mundo

III.1. Estamos, de nuevo, en el discurso de despedida de la última cena del Señor con los suyos. Se profundiza en que la palabra de Jesús es la palabra del Padre. Pero se quiere poner de manifiesto que cuando él no esté entre los suyos, esa palabra no se agotará, sino que el Espíritu Santo completará todo aquello que sea necesario para la vida de la comunidad. Según Juan, Jesús se despide en el tono de la fidelidad y con el don de la paz. En todo caso, es patente que esta lectura nos va preparando a la fiesta de Pentecostés.

III.2. Esta parte del discurso de despedida está provocada por una pregunta “retórica” de Judas (no el Iscariote) de por qué se revela Jesús a los suyos y no al mundo. El círculo joánico es muy particular en la teología del NT. Esa oposición entre los de Jesús y el mundo viene a ser, a veces, demasiado radical. En realidad, Jesús nunca estableció esa separación tan determinante. No obstante es significativa la fuerza del amor a su palabra, a su mensaje. El mundo, en Juan, es el mundo que no ama. Puede que algunos no estén de acuerdo con esta manera de plantear las cosas. Pero sí es verdad que amar el mensaje, la palabra de Jesús, no queda solamente en una cuestión ideológica.

III.3. Sin embargo, debemos hoy hacer una interpretación que debe ir más allá del círculo joánico en que nació este discurso. La propuesta es sencilla: quien ama está cumpliendo la voluntad de Dios, del Padre. Por tanto, quien ama en el mundo, sin ser del “círculo” de Jesús, también estaría integrado en este proceso de transformación “trinitaria” que se nos propone en el discurso joánico. Esta es una de las ventajas de que el Espíritu esté por encima de los círculos, de las instituciones, de las iglesias y de las teologías oficiales. El mundo, es verdad, necesita el amor que Jesús propone para que Dios “haga morada” en él. Y donde hay amor verdadero, allí está Dios, como podrá inferirse de la reflexión que el mismo círculo joánico ofrecerá en 1Jn 4. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 24 de abril de 2016

DOMINGO 5º DE PASCUA


“Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros.
Así como yo los he amado.”

En este V domingo de Pascua, cercano ya a la despedida del Señor en su ascensión a los cielos, resuena el mandato de hacer discípulos suyos llevando su mensaje a todas las gentes. Por eso las lecturas del día de hoy nos hablan de la expansión misionera de la iglesia, en este caso de las pequeñas comunidades cristianas fundadas por el apóstol Pablo y sus compañeros en su misión de anunciar la buena noticia de Jesús. Es importante señalar que la novedad del mandato del Señor consistía en amar como él nos amó, en el servicio y la entrega, sin límites ni condiciones, esta señal es la que trasforma al mundo haciéndolo olvidar el llanto, el dolor y el pesimismo. Por eso, una vez más, en la celebración de la Pascua, recordamos la clave de esta trasformación encomendada a los cristianos de todos los tiempos.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Pablo sostiene, cuida, anima y organiza a las comunidades que él había fundado. Es un pastor que interviene con su vida y no con discursos, desde el compromiso y no desde fuera de la problemática de las comunidades. Por donde lo veamos, él es un ejemplo de pastor.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27

Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios. En cada comunidad, establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir. A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.
Palabra de Dios.

Sal 144, 8-13a

R. Bendeciré tu Nombre eternamente, Dios mío, el único Rey.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien la gloria de tu reino y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza y el glorioso esplendor de tu reino: tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. R.

II LECTURA

Todo el relato nos anima, nos estimula a esperar una realidad muy diferente de la que vivimos. En esta el dolor no reinará más, y Dios mismo, con su ternura y paternidad, limpiará nuestros ojos inundados por el llanto. Es como si el mismo Dios nos dijera: “Ya está, ya pasó, ya estás conmigo, no tengas más miedo”.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: “Esta es la carpa de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó”. Y el que estaba sentado en el trono dijo: “Yo hago nuevas todas las cosas”.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 13, 34

Aleluya. “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros, como yo los he amado”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

 “¿Pero acaso este mandamiento no se encontraba ya en la ley antigua, en la que estaba escrito: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’? ¿Por qué lo llama entonces nuevo el Señor, si está tan claro que era antiguo? ¿No será que es nuevo porque nos viste del hombre nuevo después de despojarnos del antiguo? Porque no es cualquier amor el que renueva al que oye, o mejor al que obedece, sino aquel a cuyo propósito añadió el Señor, para distinguirlo del amor puramente carnal: ‘como yo los he amado’” (San Agustín, Sobre el evangelio de san Juan, tratado 65, 1-3).

Ë Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 31-33a. 34-35

Durante la Última Cena, después que Judas salió, Jesús dijo: “Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Pablo y Bernabé animaban a los discípulos, exhortándoles a perseverar en la fe diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.

La liturgia del día de hoy nos ofrece una ocasión para reflexionar sobre nuestra responsabilidad como seguidores de Jesús llevando a todas las gentes el mensaje cristiano. Estamos ya muy cercanos a la festividad de la Ascensión del Señor a los cielos, momento en que Jesús promete a sus discípulos la fuerza del espíritu para ser sus testigos hasta el fin del mundo. Ahora, en los Hechos de los Apóstoles el autor nos relata el primer viaje misionero de Pablo y Bernabé a la región de Cilicia, lejos ya del ámbito familiar de los apóstoles, salen ya de la ciudad santa Jerusalén, con todos sus recuerdos y tradiciones. En este relato vamos a encontrar una serie de detalles muy importantes para conocer la implicación de la joven iglesia de Antioquía y de su expansión misionera a través de estos dos hermanos que llevan a otras comunidades la buena noticia de Jesús. El Texto nos hace notar que éstos no hablan por su cuenta, sino que se sienten respaldados por una comunidad que vive la necesidad de comunicar su fe, por eso a su regreso, dan cuenta a la Comunidad de sus trabajos, y comparten sus alegrías y dificultades, dando gracias a Dios reconociendo su ayuda en la misión realizada.

Como vemos se trata de un relato que recoge por primera vez en la historia de la iglesia estos datos importantísimos para comprender la vitalidad de una comunidad que se siente responsable del mandato cristiano, que tiene a su vez una dimensión eclesial en la implantación de reino de Dios. Posteriormente, como nos relatan los Hechos de los Apóstoles, habrá también una referencia comunitaria al hablar del viaje de estos discípulos a Jerusalén donde darán cuenta a los hermanos en la fe para sentar las bases de sus enseñanzas en comunión con Pedro y los demás apóstoles, testigos de la predicación de Jesús. Es una muestra de la dinámica de la Iglesia naciente que empieza a caminar y nos enseña a vivir, hasta nuestros días, en la unidad de la responsabilidad compartida en la fe. Es curioso ver que por primera vez en esta región de Antioquia se llamó a los seguidores de Jesús cristianos, un dato importante recogido por Lucas para ver el alcance de este título tan usado hasta hoy.

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado.

Siguen las lecturas de hoy dándonos una visión integral que completa la imagen de la Iglesia. Estamos ante uno de los textos más significativos del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, en el que Juan con su visión profética desde su retiro en la isla de Patmos, con un lenguaje especial, cargado de imágenes simbólicas, a veces enigmáticas y siempre brillantes, nos describe las características de la Iglesia completando el concepto de la misma. Su enfoque es muy distinto del relato anterior es un relato teológico, profético, escrito muchos años después de los primitivos relatos de los Hechos de los Apóstoles que comentamos, ya cuando el cristianismo está prácticamente implantado en el mundo conocido.

Lo interesante de este documento es el presentarnos a la Iglesia después del triunfo del Resucitado, señalando que estamos ante algo nuevo que cambia las connotaciones negativas de este mundo, como son la muerte, el dolor o el llanto, todo esto ha pasado. La Iglesia, que es la comunidad de los seguidores de Jesús, es desde ahora la Ciudad Santa, la Nueva Jerusalén, que desciende del cielo como una novia que se adorna para su esposo. Pero la novedad tiene un contenido más profundo, no es una visión triunfalista o una promesa para un futuro, que podíamos llamar escatológico, sino que es “el Reino” que ya ha comenzado, que está aquí, porque la tierra nueva sigue siendo la nuestra, con sus cruces diversas, pero es desde ahora la morada de Dios con los hombres, un Dios que sigue cumpliendo su promesa y acampa entre nosotros, que somos su pueblo, y que por eso se compromete con nosotros y que… “enjugará las lágrimas de sus ojos”. Es un mundo nuevo que ya ha comenzado aunque no ha llegado todavía a su plenitud.

Hay que resaltar que este es el contenido de nuestra fe, fundamentada en el anuncio de la buena noticia de Jesús, que empezó en Galilea llamando a la conversión, que consistía en el encuentro con Dios dentro de nosotros mismos, porque el Reino no iba a venir con espectacularidad, sino que ya había comenzado y estaba ahí, esperándonos. Esta es la novedad, el cristiano ya no busca un Dios que está en un más allá, remoto y a la vez desconocido, una búsqueda que conduce a la angustia. No. Dios está aquí.
Os doy un mandamiento nuevo

Finalmente la enseñanza de las lecturas del día de hoy, (nos encargan también ser...) termina con el encargo de ser testigos de la cercanía de Dios recordándonos, una vez más, el mandato del amor recogido en el discurso de Jesús en su última cena, tal como lo relata el evangelista Juan. Aquí también podemos ver “la novedad”. Es cierto que el amor a Dios y al prójimo ya estaba en la Ley de Moisés, en este sentido no era un novedad, lo nuevo es amar al estilo de Jesús. Esta es “la señal” para ser conocidos como testigos suyos, creíbles, si nos amamos unos a otros con todas las consecuencias, como lo hizo el Maestro, hasta dar la vida por los amigos si fuera necesario. Esta es la consecuencia y la novedad de la Pascua.

Una vez más recogemos el llamamiento del Papa Francisco que en las diversas solemnidades de la Pascua ha llamado a los cristianos para que se sientan testigos de la resurrección del Señor Jesús y se empeñen en la construcción de un mundo más justo y más humano haciendo frente a las lacras que actualmente parecen estar más presentes en nuestra sociedad.


ESTUDIO BÍBLICO.

Resurrección es amarse como hermanos

Iª Lectura: Hechos (14,21-27): La Iglesia, comunión de comunidades

I.1. Esta es la descripción del primer viaje apostólico en que Lucas ha resumido la actividad misionera de la comunidad de Antioquía, y de Pablo más concretamente. Durante este primer viaje apostólico se nos presenta a Pablo y a Bernabé trabajando denodadamente por hacer presente el Reino de Dios en ciudades importantes de Cilicia, y de la provincia romana de la Capadocia, al sur de Turquía. En realidad deberíamos tener muy presente los cc. 13-14 de los Hechos, que forman una unidad particular de esta misión tan concreta. Son dignos de destacar los elementos y perfiles de esta tarea, que implica a todos los cristianos, que por el hecho de serlo, están llamados a la misión evangelizadora. Resalta el coraje para anunciar la palabra de Dios y el exhortar a perseverar en la fe. Todo se ha preparado con cuidado, la comunidad ha participado en la elección y, por lo mismo, es la comunidad la que está implicada en esta evangelización en el mundo pagano. Está a punto de terminar el primer viaje apostólico con el que Lucas ha querido resumir una primera etapa de la comunidad primitiva.

I.2. Jerusalén, de alguna manera, había quedado a la espera de este primer ciclo en que ya los primeros paganos se adhieren a la nueva fe. Y es la comunidad de Antioquía, donde los discípulos reciben un nombre nuevo, el de cristianos, la que se ha empeñado, con acierto profético, en abrirse a todo el mundo, a todos los hombres, como Jesús les había pedido a los apóstoles (Hch 1,8). La iniciativa, pues, la lleva la comunidad de Antioquía de Siria, no la de Jerusalén. Pero en definitiva es la “comunidad cristiana” quien está en el tajo de la misión. Ya sabemos que algunos de Jerusalén, ni siquiera veían con buenos ojos estas iniciativas, porque parecían demasiado arriesgadas.

I.3. No obstante, no se debe olvidar el gran protagonista de todo esto: el Espíritu, que se encarga de abrir caminos. Por eso, si no es Jerusalén y los Doce, será Antioquía y los nuevos “apóstoles” quienes cumplirán las palabras del “resucitado”: ¿por qué? porque el mensaje no puede encadenarse al miedo de algunos. En esas ciudades evangelizadas, algunos judíos y sinagogas no aceptarán a éstos con su doctrina, porque todavía pensaban que eran judíos. Pero ni siquiera en la comunidad cristiana de Jerusalén, por parte de algunos, se aprobarán estas iniciativas. Es más, al final de este “viaje” habrá que “sentarse” a hablar y discernir qué es lo que Dios quiere de los suyos. La asamblea de Jerusalén está esperando (Hch 15).

IIª Lectura : Apocalipsis (21,1-5): En Dios, todo será nuevo

II.1. Esta es una lectura grandiosa, porque es una lectura típica de este género literario. Leemos, pues, un texto que tiene todas las connotaciones de la ideología apocalíptica. Tiene toda la poesía de lo utópico y de lo maravilloso. En realidad es algo idílico, no puede ser de otra manera para el “vidente” de Patmos, como para todos los videntes del mundo. Jerusalén, lugar de la presencia de Dios para la religión judía alcanza aquí el cenit de lo que ni siquiera David había soñado cuando conquistó la ciudad a los jebuseos. Todo pasará, hasta lo más sagrado. Porque se anuncia una ciudad nueva, un tabernáculo nuevo, en definitiva una “presencia” nueva de Dios con la humanidad.

II.2. Un cielo nuevo y una tierra nueva, de la que desciende una nueva Jerusalén, que representa la ciudad de la paz y la justicia, de la felicidad, en la línea de muchos profetas del Antiguo Testamento. Se nos quiere presentar a la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios, en la figura de la esposa amada, ya no amenazada por guerras y hambre. Es el idilio de lo que Pablo y Bernabé recomendaban: hay que pasar mucho para llegar al Reino de Dios. Dios hará nueva todas las cosas, pero sin que sea necesario dramatizar todo los momentos de nuestra vida. Es verdad que para ser felices es necesario renuncias y luchas. El evangelio nos dará la clave.

III. Evangelio: (13,31-35): La batalla del amor

III.1. Estamos, en el evangelio de Juan en la última cena de Jesús. Ese es el marco de este discurso de despedida, testamento de Jesús a los suyos. La última cena de Jesús con sus discípulos quedaría grabada en sus mentes y en su corazón. El redactor del evangelio de Juan sabe que aquella noche fue especialmente creativa para Jesús, no tanto para los discípulos, que solamente la pudiera recordar y recrear a partir de la resurrección. Juan es el evangelista que más profundamente ha tratado ese momento, a pesar de que no haya descrito la institución de la eucaristía. Ha preferido otros signos y otras palabras, puesto que ya se conocían las palabras eucarísticas por los otros evangelistas. Precisamente las del evangelio de hoy son determinantes. Se sabe que para Juan la hora de la muerte de Jesús es la hora de la glorificación, por eso no están presentes los indicios de tragedia.

III.2. La salida de Judas del cenáculo (v.30) desencadena la “glorificación” en palabras del Jesús joánico. ¡No!, no es tragedia todo lo que se va a desencadenar, sino el prodigio del amor consumado con que todo había comenzado (Jn 13,1). Jesús había venido para amar y este amor se hace más intenso frente al poder de este mundo y al poder del mal. En realidad esta no puede ser más que una lectura “glorificada” de la pasión y la entrega de Jesús. Y no puede hacerse otro tipo de lectura de lo que hizo Jesús y las razones por las que lo hizo. Por ello, ensañarse en la pasión y la crueldad del su sufrimiento no hubiera llevado a ninguna parte. El evangelista entiende que esto lo hizo el Hijo del hombre, Jesús, por amor y así debe ser vivido por sus discípulos.

III.3. Con la muerte de Jesús aparecerá la gloria de Dios comprometido con él y con su causa. Por otra parte, ya se nos está preparando, como a los discípulos, para el momento de pasar de la Pascua a Pentecostés; del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia. Es lógico pensar que en aquella noche en que Jesús sabía lo que podría pasar tenía que preparar a los suyos para cuando no estuviera presente. No los había llamado para una guerra y una conquista militar, ni contra el Imperio de Roma. Los había llamado para la guerra del amor sin medida, del amor consumado. Por eso, la pregunta debe ser: ¿Cómo pueden identificarse en el mundo hostil aquellos que le han seguido y los que le seguirán? Ser cristiano, pues, discípulo de Jesús, es amarse los unos a los otros. Ese es el catecismo que debemos vivir. Todo lo demás encuentra su razón de ser en esta ley suprema de la comunidad de discípulos. Todo lo que no sea eso es abandonar la comunión con el Señor resucitado y desistir de la verdadera causa del evangelio. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).