domingo, 24 de junio de 2018

SAN JUAN BAUTISTA



“La mano del Señor estaba con él”

La fiesta de San Juan Bautista, la solemnidad, para ser más preciso, se impone a la liturgia propia del domingo. La fiesta de San Juan tiene una tradición que viene de lejos. Momentos hubo en la que fue considerada fiesta de precepto. El día, y más la noche anterior al día, de San Juan ha sido celebrada de maneras muy diversas en  muy diversas culturas y religiones. Constituye el solsticio de verano, en el hemisferio norte y del invierno en el sur. El protagonista es siempre el sol. El día del sol que emerge en la estrechez del día el 24 de diciembre en el hemisferio norte, ha sido elegido para celebrar la fiesta del sol sin ocaso, Cristo el Señor. En las antípodas del año se celebra el día del sol que lo llena todo y nos ofrece el “día más largo”. Además a los cristianos se nos recuerda el anticipo de seis meses de la venida al mundo del Precursor respecto a “la luz que vino a los suyos”. Día, pues, de luz, de anuncio de la aparición de Jesús en el mundo. Celebramos a quien iba a descubrirle y sacarle del anonimato, proclamándolo como el Mesías deseado. De san Juan celebramos, como de Jesús, su Nacimiento, pues fue santificado, dice la antigua tradición, en el seno de Isabel ante la presencia de la “Madre de mi Señor”, como su madre saluda a María. Lo atestiguan sus saltos de gozo.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I Lectura

Dios describe la misión que tendrá el profeta, quien lo escucha. Ha sido elegido para una tarea que traspasa toda frontera. Su anuncio será luz para todas las naciones, y así la salvación de Dios será conocida en toda la tierra.

Lectura del libro de Isaías 49, 1-6

¡Escúchenme, costas lejanas, presten atención, pueblos remotos! El Señor me llamó desde el vientre materno, desde el vientre de mi madre pronunció mi nombre. Él hizo de mi boca una espada afilada, me ocultó a la sombra de su mano; hizo de mí una flecha punzante, me escondió en su aljaba. Él me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”. Pero yo dije: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza”. Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, ha hablado el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. Él dice: “Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”.

Palabra de Dios.

Salmo Sal 138, 1-3. 13-15

R. Te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable.

Señor, tú me sondeas y me conoces, tú sabes si me siento o me levanto; de lejos percibes lo que pienso, te das cuenta si camino o si descanso, y todos mis pasos te son familiares. R.

Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el vientre de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! R.

Tú conocías hasta el fondo de mi alma y nada de mi ser se te ocultaba, cuando yo era formado en lo secreto, cuando era tejido en lo profundo de la tierra. R.

II LECTURA

Los primeros cristianos tenían bien presente la predicación de Juan Bautista. Él, como profeta, nunca se exaltó a sí mismo ni buscó su propio interés, sino que todo lo hizo para encaminar al pueblo hacia el encuentro con el Salvador.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 22-26

En la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo decía: “Dios suscitó para nuestros padres como rey a David, de quien dio este testimonio: ‘He encontrado en David, el hijo de Jesé, a un hombre conforme a mi corazón, que cumplirá siempre mi voluntad’. De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús. Como preparación a su venida, Juan Bautista había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel; y al final de su carrera, Juan Bautista decía: ‘Yo no soy el que ustedes creen, pero sepan que después de mí viene Aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias’. Hermanos, este mensaje de salvación está dirigido a ustedes: los descendientes de Abraham y los que temen a Dios”.
Palabra de Dios.

ALELUYA         Cf. Lc 1, 76

Aleluya. Tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo; irás delante del Señor preparando sus caminos. Aleluya.

EVANGELIO

Juan encarna la vocación profética desde su nacimiento. Su presencia lleva a todos a cuestionarse. Así, este bebé sacude las conciencias y conduce a que cada cual se pregunte por el paso de Dios en su vida. Así actúan los profetas: con sus voces nos indican el camino para encontrarnos con la voluntad de Dios.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 57-66. 80

Cuando llegó el tiempo en que Isabel debía ser madre, dio a luz un hijo. Al enterarse sus vecinos y parientes de la gran misericordia con que Dios la había tratado, se alegraban con ella. A los ocho días, se reunieron para circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre dijo: “No, debe llamarse Juan”. Ellos le decían: “No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre”. Entonces preguntaron por señas al padre qué nombre quería que le pusieran. Este pidió una pizarra y escribió: “Su nombre es Juan”. Todos quedaron admirados, y en ese mismo momento, Zacarías recuperó el habla y comenzó a alabar a Dios. Este acontecimiento produjo una gran impresión entre la gente de los alrededores, y se lo comentaba en toda la región montañosa de Judea. Todos los que se enteraron guardaban este recuerdo en su corazón y se decían: “¿Qué llegará a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.
 
La figura de Juan Bautista

Los escritos neotestamentarios  no ahorran elogios a su persona. En la boca de Jesús ponen la proclamación de que Juan  “el mayor de los nacidos de mujer”.  Cuando se redactan esos escritos existían comunidades en torno a la persona de Juan el Bautista. Era necesario  aclarar que el acto profético de mayor relieve de Juan Bautista fue mostrar entre sus seguidores a Jesús, como “el que ha de venir”.

Juan es el puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Como puente es paso para sortear barreras entre ambos momentos del plan de salvación. Algunos utilizaron ese puente: de discípulos de Juan se hicieron discípulos de Jesús. Otros se negaron a utilizarlo. Fueron éstos sobre todo los representantes más genuinos de la religión judía.

La misión de Juan

Luz y salvación. Isaías nos presenta en la primera lectura al “llamado por su nombre” ya en el seno materno para ser luz y salvación de todos, no sólo de los judíos. Lo ha de ser desde su condición de siervo de Dios. San Juan en el prólogo de su evangelio se ve obligado a realizar ciertas precisiones ante alguna confusión que existía entre las comunidades cristianas y las seguidoras de Juan Bautista. Juan no era la luz, sino el testigo de que la luz  se había hecho presente en Jesús de Nazaret. He ahí la misión de Juan: descubrir dónde está la luz, en medio de la opacidad. Señalar al maestro en medio de la confusión.  A él le toca “ir delante del Señor a preparar sus caminos...”, como proclamara su padre Zacarías, en el cántico –que no aparece en el texto evangélico de esta Eucaristía-. Juan proclamó en su día quién era el salvador y sigue proclamándolo hoy. Nos corresponde atender a su anuncio. Y seguir su ejemplo: ser siervos que anuncien quién es el salvador, no constituirnos en salvadores; indicar dónde está la luz no ponernos como generadores de esa luz.

Bautismo de conversión o penitencia, según diversas traducciones.

Así  resume Pablo la misión de Juan Bautista en la segunda lectura. Penitencia o conversión que debía preparar  la llegada del Mesías. Juan es el encargado de inducir a la limpieza interior, a la transparencia que permita, sin recovecos interiores, sin valles, sin montañas, permitir que Cristo-luz se introduzca en lo íntimo del ser. Hoy, también necesitamos empeñarnos en ese oscuro trabajo depurador de nuestro interior, para convertirlo en campo donde la semilla de la Palabra encuentre propicia la tierra, germine y fructifique.

Profeta del Altísimo. 

Así lo proclama Zacarías, el padre de Juan, en el cántico previo a que Lucas señale cómo fue creciendo el niño. Juan Bautista es profeta. Hoy celebramos el nacimiento de ese profeta “y más que profeta”, que diría Jesús de él. Profeta que anuncia la salvación y el perdón de los pecados, profeta de la “entrañable misericordia de nuestro Dios”. En medio de tantos profetas, falsos profetas de calamidades, que diría Juan XXIII, nos gustaría ser profetas de salvación. De auténtica salvación, la que se descubre en el previo encuentro con Dios de entrañas misericordiosas.

Carácter de Juan Bautista

Su carácter se afianzaba en la medida que crecía. Lo fue afianzando dice el texto evangélico dedicando parte de su vida al silencio y la soledad en el desierto. “La mano de Dios estaba con él”, dice el texto; pero esa “mano de Dios”, había que discernirla  en la oración, la reflexión, el discernimiento.  Vemos a Juan Bautista como un hombre íntegro, que vive austeramente, porque sabe prescindir de lo no esencial para centrarse en lo que sí lo es. Que no se predica a sí mismo, que se abaja para que se eleve quien es el Mesías. Es manera de ser que fue forjando en ese tiempo de desierto. Necesitamos el “desierto”, con su austeridad, con tiempo para reflexión y oración, para afianzar nuestro modo de ser, y no dejarnos llevar por pulsiones interiores que nos rebajan al buscar ensalzarnos o consideraciones externas que nos engañen al halagarnos.

ESTUDIO BÍBLICO.

I. Lectura (Isaías 49,1-6): Luz de las naciones

Este es el segundo canto del Siervo de Yahvé que es una de las originalidades del famoso Deutero-lsaías. Se tata de una llamada, de una elección desde el seno materno. Los nombres de Jacob y Israel que se identifican, pero que, por otra parte eran personas distintas como "epónimos" del pueblo elegido, suenan un poco a artificio literario y formal y, en todo caso, simbólico. El "siervo" es un individuo, una persona, aunque también se sugiere de alguna manera, que se está contemplando una colectividad. El "siervo" lleva el nombre, pues, de Israel para reunir a Israel (o Jacob) a una misión: ser luz de las naciones. Para ello debe reunir de nuevo al pueblo.

Todo esto, pues, es una llamada a una verdadera misión profética. Los profetas no se hacen, no estudian, no aprenden en escuela... los profetas tienen una sintonía con Dios que les llama, les impulsa, les arranca de lo normal y les encomienda una misión que va más allá de lo de siempre. El profeta rompe barreras, atraviesa esquemas imposibles, porque desde el "seno materno" estaba tocado por el dedo de Dios para algo muy especial. No de otra manera se nos han presentado las llamadas a la misión profética del mismo Isaías, de Jeremías, de Amós, pero de la misma manera nos encomiarnos una descripción parecida en Pablo a ser apóstol de los gentiles (Gal 1, 15), cuya misión profética es patente en el cristianismo primitivo.

Como podemos percibir es una llamada a la predicación, a la palabra, esa palabra que debe ser "como una espada afilada" (así nos lo recordará también el autor de Hebreos 4,12) y una “flecha bruñida" que apunta lejos, muy lejos, porque la palabra no tiene límites, es como el viento, como el Espíritu. Y es aquí donde la pesadumbre del profeta que se siente cansado y quizás fracasado encuentra el consuelo de la misma palabra de Dios que le anima a no darse por derrotado. Ya sabemos que los verdaderos profetas no encajan con la realidad y el statu quo de aquellos que no quieren cambiar nada y piensan que Dios no cambia. Para eso es para lo que Dios elige y "llama" a los profetas, para dar una vuelta a la realidad anquilosada. Ellos son contraculturales, marginales frente a los poderosos... y presiente, con sudor y lágrimas, que Dios está con ellos. Así ha sucedido siempre con los verdaderos profetas.

Y es una misión a la universalidad: "luz de las naciones". No basta con reunir a Jacob o a Israel, es decir, al pueblo elegido. El nacionalismo se queda estrecho. Los profetas de luz, los profetas de la palabra viva y verdadera tienen que ir más allá de los círculos cerrados de pueblos y clanes, de razas privilegiadas. El "siervo" misterioso del poema plantea, pues, un camino que no se agarra al espíritu nacional de una religión doméstica ¡Sería el empobrecimiento del provecto salvador y universal de Dios! Todos los pueblos, todas las razas, todos los caminos, deben llevar al Dios vivo y verdadero. Es una "globalización" teológica sin precedentes en un sueño universal: por la justicia v por la paz, en el derecho y en la libertad, en el desarrollo sostenible de un mundo económico que, desde la crisis, apunta a una utopía que no debe cesar.

II. Lectura (Hechos de los Apóstoles 13,22-26): Han comenzado a cumplirse las promesas

Este discurso de Pablo ante los judíos en la sinagoga de Antioquia de Pisidia (en el sur de Turquía), es el primero que Lucas, el autor de los Hechos, le concede a Pablo con una intencionalidad manifiesta. Lucas entiende que la primera tarea de los "apóstoles" era trasmitir el mensaje de la salvación a los judíos y después a los paganos. Es un planteamiento esquemático que no siempre se cumplía. Pero lo obvio para Lucas era así y por ello traza un discurso a los judíos de la diáspora en el sábado y ante la petición de los jefes de la sinagoga, después de la lectura de la Ley y los Profetas. El discurso es kerygmático, es decir, tiene un núcleo fundamental en el anuncio de la muerte y la resurrección de Jesús como liberación y salvación.

Y por ser un discurso ante un auditorio judío, se necesita una justificación teológica de la mesianidad de Jesús, descendiente de David; por ello se parte del texto de 2Sam 7,12. No es una cita exacta, como se hace otras veces con los textos de la Escritura, sino que se trata simplemente de una alusión. Porque es en David y su unción donde se pone el origen tradicional del mesianismo real judío en el sentido de una promesa que ha de cumplirse en el Mesías de Dios. Para los cristianos, y para Lucas concretamente, este Mesías es Jesús de Nazaret. Por lo mismo, el autor de los Hechos y de este discurso, sin duda, quiere proponer no simplemente una comparación entre David y Jesús, sino entre promesa v cumplimiento.

El texto, hoy, ha sido escogido por la mención del papel de Juan el Bautista, el último profeta del AT, aquél que todavía exhortaba a la espera de "alguien" bajo la iniciativa divina. Es verdaderamente curioso que la figura de Juan el Bautista sea usada en estos discursos, aunque se explica en razón de ese auditorio tan determinado. Juan el Bautista pertenece al tiempo de las promesas, después, ya viene el tiempo nuevo que inaugura Jesús. El profeta, a quien la tradición cristiana presenta como pariente de Jesús (las madres del Bautista y de Jesús se encuentra al principio de la obra de Lucas 1), cierra el AT para nuestro autor.

¿Por qué menciona Lucas a Juan el Bautista en cale discurso? ¿Quizás contra algunos discípulos de Juan que no aceptaban la mesianidad de Jesús defendida a ultranza por los cristianos? ¡No está claro! En realidad, lo que ha hecho Lucas es sintetizar lo que ha escrito en el evangelio y se nos presenta en la frontera entre promesa y cumplimiento. Los judíos deben saber que se han cumplido las promesas en Jesús (e incluso los discípulos del Bautista), precisamente desde el momento en que el Bautista hace morir su profecía apocalíptica por el cumplimiento salvador y liberador del anuncio del Reino por parte del profeta definitivo de Dios. Lucas mismo lo ensalza y lo ve así (Lc 16.16).

III. Evangelio (Lucas 1,57-66.80): ¡Juan es su nombre! Dios nos ofrece misericordia.

La "historia" del nacimiento de Juan en Luc 1 se ha prestado mucho a la piedad o, por el contrario, es una de las cuestiones históricas más debatidas. En realidad la descripción del nacimiento de Juan se hace en paralelo con la de Jesús, pero con las diferencias pertinentes. No podemos menos de notar lo escueto que es el evangelista para narrar el "nacimiento" de Juan (Lc 1.57-58) en dos versículos, mientras que al nacimiento de Jesús le dedica veinte (Lc 2,1-20). Las consecuencias del nacimiento de Juan y la imposición de su nombre se explican como contrarréplica a la escena del anuncio de su nacimiento y a la mudez de su padre Zacarías. Zacarías debe hablar y escribir para dimensionar el nombre divino y el papel que el niño ha de tener. Lo extraño y curioso es que Lucas concede menos peso al nacimiento de Juan y mucho más al rito judío de la circuncisión y la imposición del nombre (vv. 59-66), mientras que en el caso de Jesús sucede al contrario: el nacimiento y sus consecuencias tienen un peso extraordinario y del rito judío de la circuncisión le basta con una simple evocación (Lc 2,21). Además, se subraya que la imposición del nombre corresponde al padre de la criatura, en el caso de Juan. Pero en el caso de Jesús se le encomienda a María (Lc 1,31). Estas diferencias, sin duda, marcan la teología de lo que Lucas quiere expresar: aunque son dos anuncios y nacimiento paralelos, lo de Jesús es distinto de lo de Juan el hijo de un sacerdote.

Algunos autores no están seguros de que en tiempos de Jesús la imposición del nombre se realizara en el momento de la circuncisión, ya que en el AT parece que era en el momento del nacimiento (Cf Gn 21,3). En todo caso, la afirmación de Zacarías: ¡Juan es su nombre! pretendería explicar que la vida de Juan estaría en manos de Dios y no de sus padres o de su familia. Según la tradición que Lucas recoge, Zacarías era de familia sacerdotal, como sabemos, y el futuro de este niño debería ser el mismo: servir al culto y el templo; tenía derecho. Pero como se quiere poner de manifiesto en Lc 1,80, este niño no será sacerdote, sino profeta, aunque un profeta muy especial: en el desierto y llamando a un bautismo de conversión a todo Israel. ¿Qué es histórico en todo esto? No lo sabemos, porque la verdad es que el nacimiento no ocupa mucho interés; casi todo se centra en poner el nombre previo acuerdo entre Isabel y Zacarías después, con la tablilla; todo para contradecir a la gente e imponer un nombre que no sabemos que viene "del cielo", como el de Jesús, pero lo parece, según la estética de nuestro narrador.

¿Qué significa Juan? Un nombre es muy importante en la Biblia. El nombre es todo un programa, un diseño de vida... Jesús significa "Dios salva o es mi salvador" y su vida estará dedicada a la salvación. Juan (Yóhanan) viene a significar: "Dios es propicio o Dios se ha apiadado" o bien, "Dios es misericordia". Desde esta explicación y significado es cómo podemos entender el canto del Benedictus que Lucas ha puesto a continuación, donde la visita de Dios a su pueblo es la idea que exhorta a bendecir y a alabar a Dios. Este cántico de Zacarías, sin duda compuesto de Lucas, con todas las resonancias de los cantos del AT viene a mostrar que toda la historia del pueblo de las promesas no ha sido en vano y que ha llegado el momento en que Dios, de nuevo, estará con los suyos. Juan, pues, tiene esa misión en su nombre mismo: anunciar que Dios ha de llegar para visitar, liberar... es lo que hará Jesús, quien con su nombre y su vida ha de llevar a cumplimiento lodo el proyecto salvador de Dios. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 17 de junio de 2018

DOMINGO 11º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Anidarán en él aves de toda pluma,
anidarán al abrigo de sus ramas”

Hoy nos encontramos con unas lecturas la mar de campestres. Ya sabemos que Jesús enseñaba en parábolas y para que lo entendieran, les hablaba de lo que veían a diario: árboles, semillas, campos, vides, plantas, pájaros... Posiblemente, si nos hablara hoy, usaría el lenguaje de las redes sociales e Internet, se dejaría fotografiar y mandaría mensajes vía WhatsApp. Pero, por ahora, nos lo podemos imaginar enseñando a quienes lo seguían a golpe de parábola agrícola o pastoril. Lo que sabemos seguro es que quería que lo entendieran y por eso, hablaba a la gente con su propio lenguaje. Y nosotras, las personas creyentes de hoy, ¿nos hacemos entender?

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

La imagen nos habla de aquello que Dios quiere hacer crecer. En el contexto histórico del profeta Ezequiel, esta comparación va dirigida al pueblo que, después de luchas y sufrimientos, reverdecerá y se extenderá.

Lectura de la profecía de Ezequiel 17, 22-24

Así habla el Señor: “Yo tomaré la copa de un gran cedro, cortaré un brote de la más alta de sus ramas, y lo plantaré en una montaña muy elevada: lo plantaré en la montaña más alta de Israel. Él echará ramas y producirá frutos, y se convertirá en un magnífico cedro. Pájaros de todas clases anidarán en él, habitarán a la sombra de sus ramas. Y todos los árboles del campo sabrán que yo, el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado, hago secar al árbol verde y reverdecer al árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré”.
Palabra de Dios.
Salmo

Salmo 91, 2-3. 13-16

R. Es bueno darte gracias, Señor.

Es bueno dar gracias al Señor, y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre; proclamar tu amor de madrugada, y tu fidelidad en las vigilias de la noche. R.

El justo florecerá como la palmera, crecerá como los cedros del Líbano: trasplantado en la Casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios. R.

En la vejez seguirá dando frutos, se mantendrá fresco y frondoso, para proclamar qué justo es el Señor, mi Roca, en quien no existe la maldad. R.

II LECTURA

Nuestra vida es un caminar, hacia la plenitud de nosotros mismos, y junto a otros. Por eso, no podemos esperar, ni exigir una plenitud aquí y ahora. Porque en la vida se trata de buscar, de crecer, de vivir en comunidad.

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 6-10

Hermanos: Nosotros nos sentimos plenamente seguros, sabiendo que habitar en este cuerpo es vivir en el exilio, lejos del Señor; porque nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente. Sí, nos sentimos plenamente seguros, y por eso, preferimos dejar este cuerpo para estar junto al Señor; en definitiva, sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él, nuestro único deseo es agradarle. Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal.
Palabra de Dios.

ALELUYA        

Aleluya. La semilla es la palabra de Dios, el sembrador es Cristo; el que lo encuentra permanece para siempre. Aleluya.

EVANGELIO

Estas dos breves parábolas nos hablan de algo pequeño que crece. El impulso del crecimiento no depende de la acción humana, sino que está en la misma semilla. Esa fuerza intrínseca, una vez que comenzó a desplegarse, es irrefrenable. Así es el poder del Reino de Dios, y las parábolas nos muestran el optimismo y la confianza que Jesús tiene en que el Padre va a instaurar su reino. Ya ha comenzado a hacerlo, y nada detendrá su amorosa presencia entre nosotros.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 4, 26-34

Jesús decía a sus discípulos: “El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha”. También decía: “¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra”. Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Con el permiso de los exégetas, que seguro que tienen mucho que aportar en torno a estos textos, nos aventuramos a hacer una interpretación subjetiva de, al menos, las lecturas que hoy nos proponen este tema del plantar y hacer crecer una rama, una semilla, etc. Aunque la lectura del evangelio propuesta se refiere al Reino de Dios no es difícil, creemos, establecer una relación entre nuestro papel como personas creyentes y esa semilla que tiene que ser plantada.

Podemos sentir que nosotras mismas somos esa semilla que el Padre-Madre Dios planta en el mundo para que demos fruto, y nos convirtamos en grandes árboles que acojan a quienes llegan en busca de refugio... ¿Somos acogedoras, prestamos nuestras ramas a quienes necesitan un espacio para acomodarse?

También podemos pensar en la semilla del Reino que estamos llamadas a sembrar, a cuidar y a permitir que crezca con nuestro comportamiento, con nuestras obras de justicia y misericordia, con nuestras palabras que anuncien que “ya está entre nosotras”. ¿Somos conscientes y responsables de esa semilla que tenemos que plantar en nuestro paso por la vida?

La primera lectura nos habla además de cómo el Señor humilla a los árboles altos y ensalza a los humildes. Esta es una enseñanza que encontramos en diferentes lugares de la Palabra de Dios (Cántico de Ana, Magníficat...) quizás muy repetida para convencer a los creyentes frente a las evidencias históricas: no es tan obvio que en la vida real quienes ganan sean las personas humildes. La Palabra de Dios nos lo repite para ver si a fuerza de oírlo lo creemos y/o... lo hacemos posible. ¿Me creo que Dios ensalza a quienes son humildes y hace florecer a los secos?

Por último, la vida oculta de la simiente, que aparece también de alguna otra forma en el evangelio, es un buen tesoro para los momentos de impaciencia y prisas. "La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola...". ¿Soy consciente de que no puedo adelantar ni un segundo los procesos de las personas, de la vida, de mí misma?

Sin duda, las lecturas de hoy son verdes ;) en dos sentidos: son ecológicas y son un canto a la esperanza. Nos enseñan que sí, nosotras podemos ser esa semilla, podemos colaborar en sembrar el Reino pues se nos ha dado esa capacidad. Y con un muy buen resultado final, porque como dice el salmista: “El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; plantado en la casa del Señor, crecerá en los atrios de nuestro Dios”. Podemos alcanzar esa altura, esa presencia majestuosa que, sin duda, tuvieron y quizás tengan hoy los cedros en el Líbano.

ESTUDIO BÍBLICO.

I Lectura (Ezequiel 17,22-24): Algo nuevo surge de lo viejo, por obra de Dios
El texto de Ezequiel debemos situarlo como una promesa de restauración después de la catástrofe. Todo el c. 17 tiene esa dimensión y se explica ante la calamidad del destierro de Babilonia que tiene sus etapas. Ezequiel, con este enigma del "águila y el cedro" va a plantar cara a ciertas expectativas de algunos que pensaban que la salvación podría venir de Egipto al que algunos miraban, bien en el destierro, bien en la misma tierra de Judá que todavía no habían sido desterrados hasta la caída de Sedecías. Estamos en el año 588 a. C. y la parábola del "cogollo del cedro" viene a responder, a su manera, a los que no han entendido la verdadera historia de lo que ha pasado.

Y esa historia de ruina solamente la puede arreglar Dios, contando con un pueblo que se fíe de su palabra manifestada por los profetas verdaderos. Dios es capar de lo viejo, de lo antiguo, sacar algo nuevo y entonces lo viejo dejará su arrogancia, como el cedro altísimo. De un cogollo insignificante nacerá un cedro nuevo, en lo más alto de la montaña que no puede ser más Sión, Jerusalén. Esta teología de lo viejo y lo nuevo tiene sus resonancias, ya que de esa manera siempre se mantiene la promesa y la fidelidad de Dios.

II Lectura (II. Corintios 5,6-10): Lo mortal será revestido de vida
Las reflexiones escatológicas de Pablo frente a su ministerio siguen siendo las claves de este texto de 2Cor. Se habla del encuentro con el Señor "post mortem", en el mismo momento de la muerte. Es verdad que la antropología subyacente a este conjunto de 2Cor 4,7-5,10 se nos escapa un poco entre las manos. Expresiones como el "hombre interior" sugieren un lenguaje propio de la filosofía griega, pero también hay diferencias notables, en cuanto no se está hablando en este caso con un leguaje dualista de alma y cuerpo. Por eso mismo debemos interpretar el misterio de la "interioridad" en una relación de interconexión con los conceptos soma y ánthrópos, que son claves en toda esta perícopa. El sóma es la persona en su integridad. En toda esta trama de conceptos antropológicos y apocalípticos, lo más decisivo es la expresión de 2Cor 5,4: "para que así esto mortal sea consumido (katapothe) por la vida". El sentido del verbo katapínó, en aoristo pasivo, debe tener la fuerza de la acción de Dios. Como muchas veces ocurre en el NT por el aoristo pasivo, y más cuando se trata de los temas escatológicos, no debemos olvidar que es Dios el sujeto de esa acción. De hecho, no nos seduce la traducción que escoge el sentido de "tramar" o "devorar", porque no es la vida lo que engulle lo mortal; es la vida en cuanto acción de Dios sobre toda muerte y sobre todo los hombres que pasan por la muerte. Esto se confirma muy bien por el v. 5, que pone a Dios como garante de ello, dándonos las "arras" del Espíritu. La vida está sembrada en nuestro cuerpo mortal, en nuestra mismidad. No vamos a la nada, porque Dios nos garantiza, pues, que hemos sido creados, hemos nacido, para la vida y no para la muerte.

La garantía para el cristiano es, sin duda, el Espíritu, que es un adelanto de todo lo que nos espera en la nueva vida, en la vida escatológica. Es verdad que aquí no se habla de resurrección, que es un concepto más apocalíptico y que está mucho más presente en 1 Cor 15. Digamos, mejor, que se contempla el paso de la muerte a la vida como una "transformación" personal, no al final de los tiempos, ni en el momento de la Parusía como se da a entender en I Tes 4,15 1 Cor 15,51. ¿Por qué? Porque eso va desapareciendo poco a poco del horizonte de los textos paulinos. Ello significa que en Pablo se produce una evolución personal en este tema escatológico. No obstante, mientras todo eso llega, vivimos de la fe, exiliados del Señor. Quiere decir de la vida total y especial que tiene ahora el Señor, Cristo. Se usa la expresión de ir a "habitar junto al Señor (v. 8), es decir, nos revestiremos, poseeremos la vida que ahora tiene el Señor, porque la identificación entre Cristo y la vida lo podemos ver en 2Cor 4,1 1. Pablo se está expresando, sin duda, en una mística cristológica de tonos proféticos. ¡No hay miedo a la muerte! Después de las expresiones que había inventado sobre el particular, en 1 Cor 15,55, sobre la victoria de la muerte, esta mística cristológica es un cántico a la victoria de la vida en Cristo.

Evangelio (Marcos 4,26-34): El Reino como un grano que crece en esperanza
Las parábolas de Jesús son toda una escusa para hablar del misterioso crecimiento del reino que anuncia. Es verdad que había anunciado con una seguridad inquebrantable que "ya está aquí" o que "en medio de vosotros". Mc 1, 14-15 lo pone como frontispicio de todo y como programa, a la vez que exige conversión y confianza en ese anuncio. Pero podían preguntarle, como de hecho sucedió ¿dónde está ese Reino? De allí que las dos parábolas del crecimiento, mediante los símbolos de un grano (aunque un grano es pequeño, no se resalta este punto) y una semilla de mostaza (que es como una cabeza de alfiler) vengan a decirnos algo significativo de sus comienzos, de sus logros y de su consumación. Se da una cierta disimilitud y contraste en el final de las dos comparaciones: la del grano en lo que se refiere a lo que, a causa del crecimiento y la consumación final, no tendrá sentido (se desechará) y la de la mostaza nos habla del Final en términos más positivos, porque se hará grande y vendrá a ser "hogar" y protección de multitudes de pájaros.

El reino está ya aquí, pero solo como una semilla que es confiadamente un final grandioso o apropiado. No son parábolas o comparaciones deslumbrantes, pero están llenas de sentido. Debemos aceptar la misma naturalidad de este mensaje en cuando es algo que ya está sembrando, que está creciendo y por eso tiene misterio. Como tiene misterio la comparación de la levadura (cf Mt 13,33; Lc 13,29-21) que poco a poco impregna la masa. Eso quiere decir que está "germinando" y por eso se alumbrará un mundo nuevo, tanto en el caso de acabar algo que no tiene sentido en la historia (y por eso de meterá la hoz) o en el caso de que se construya un "hábitat" donde vengan todas las aves a protegerse. Incluso deberíamos entender que se trata de toda clase de aves y por lo mismo que se estaría apuntando a los paganos. Son los dos aspectos del Reino y de su transformación de la historia: algo quedará caduco, pero lo más importante es la imagen de los pájaros que anidan.

Es ese final bueno y liberador el que debemos proponer como mensaje de las parábolas de hoy. Es verdad que se nos habla de "meter la hoz”, pero es lógico que esta historia humana debe dejar aquí todo aquello que no tiene sentido, que es opuesto al proyecto y a la plenitud del Reino de Dios. Pero en la parábola de la mostaza, que comienza con el sentido de la "nimiedad" de lo insignificante y de lo mínimo, todo se transforma hasta ofrecernos la imagen de un árbol cósmico donde todos puedan encontrar no solamente el hábitat humano, sino la verdadera felicidad del Reino. Así, pues, quiere decirnos Jesús, son las cosas de Dios. Esta es la propuesta de esperanza que forma parte de la entraña del Reino, por insignificante que parezca. En estas metáforas, pues, proponía Jesús un mensaje que llenaba los corazones de los sencillos. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 10 de junio de 2018

DOMINGO 10º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Del Señor viene la misericordia, 
la redención copiosa”

“Lo esencial es invisible a los ojos, dijo el zorro...”. Posiblemente todos hemos escuchado o leído alguna vez esta frase de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry, si no en el mismo libro, en una postal, un cartel o en una presentación de las que se hicieron famosas en la etapa anterior a las redes sociales. “No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno”, nos dice hoy la segunda lectura, en una llamada a no quedarnos en lo superficial sino ir a lo profundo.

Regresamos al tiempo ordinario, después de la Pascua y las fiestas posteriores, con esta invitación a mirar de nuevo nuestra cotidianidad, la realidad más cercana, la vida de cada día y, especialmente nuestra propia naturaleza, que, aunque mortal y por tanto débil, es de Dios, llamada a ser, cada vez, más humana y más divina.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El texto parece explicarnos que la existencia del mal, o la lucha entre el bien y el mal, se origina en la decisión humana. Y, por supuesto, el ser humano vive en tensión plena desde siempre, desde sus primeros días. Cada uno de nosotros debe elegir en medio de esas tensiones. La narración del origen del pecado del Génesis es el relato de nuestra propia historia diaria.

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15

Después de que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?».
«Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí».
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?».
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él».
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?».
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí».
Y el Señor Dios dijo a la serpiente:
«Por haber hecho esto,
maldita seas entre todos los animales domésticos
y entre todos los animales del campo.
Te arrastrarás sobre tu vientre,
y comerás polvo
todos los días de tu vida.
Pondré enemistad entre ti y la mujer,
entre tu descendencia y la suya.
El te aplastará la cabeza
y tú le acecharás el talón».
Palabra de Dios.
Salmo 129, 1-8

R. En el Señor se encuentra la misericordia

Desde lo más profundo te invoco, Señor,
¡Señor, oye mi voz!
Estén tus oídos atentos
al clamor de mi plegaria. R.

Si tienes en cuenta las culpas, Señor,
¿quién podrá subsistir?
Pero en ti se encuentra el perdón,
para que seas temido. R.

Mi alma espera en el Señor,
y yo confío en su palabra.
Mi alma espera al Señor,
más que el centinela la aurora. R.

Como el centinela espera la aurora,
espere Israel al Señor,
porque en Él se encuentra la misericordia y la redención en abundancia:
Él redimirá a Israel
de todos sus pecados. R.

II LECTURA

Creer y hablar, para nuestra fe, son inseparables. No se puede hablar de lo que no se cree, y no se puede creer sin sentir el impulso de predicar. El apóstol Pablo nos transmite, además, su propia experiencia: creer y anunciar trae dolores, persecuciones, incomprensiones y muchas dificultades.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     4, 13-5, 1

Hermanos:
Teniendo ese mismo espíritu de fe, del que dice la Escritura: «Creí, y por eso hablé», también nosotros creemos, y por lo tanto, hablamos. Y nosotros sabemos que Aquél que resucitó al Señor Jesús nos resucitará con Él y nos reunirá a su lado junto con ustedes.
Todo esto es por ustedes: para que al abundar la gracia, abunde también el número de los que participan en la acción de gracias para gloria de Dios.
Por eso, no nos desanimamos: aunque nuestro hombre exterior se vaya destruyendo, nuestro hombre interior se va renovando día a día. Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.
Nosotros sabemos, en efecto, que si esta tienda de campaña -nuestra morada terrenal- es destruida, tenemos una casa permanente en el cielo, no construida por el hombre, sino por Dios.
Palabra de Dios.
ALELUIA    Jn 12, 31b-32

Aleluia. «Ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando Yo sea levantado en lo alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí», dice el Señor.  Aleluia.


EVANGELIO

Podemos encontrar diversas explicaciones sobre qué es “el pecado contra el Espíritu Santo”. Aquellos hermanos que no confían en que el Espíritu quiere recibirlos en su amor, que no se consideran necesitados del perdón o piensan que cargan con un pecado imperdonable, no pueden ser perdonados. No porque Dios no quiera, sino porque ellos no se han podido abrir al amor que perdona.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 3, 20-35

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».
Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los Demonios».
Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.
Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre». Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».
Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada alrededor de Jesús, y le dijeron: «Tu madre y tus hermanos te buscan ahí afuera».
Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». Y dirigiendo su mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre».
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya

Seguro que hemos escuchado y analizado este texto desde muy diferentes perspectivas. Por eso hoy podemos centramos en dos concretas. La falta de responsabilidad de Adán y Eva y el poder que Dios concede a la mujer en el relato.

Adán no es capaz de responder de forma coherente al Creador. No se responsabiliza de sus actos: “la mujer...”. Eva no se responsabiliza tampoco de lo que ha hecho: “la serpiente...”. Ninguno de los dos es capaz de aceptar que se han equivocado, que no han obedecido y que han metido la pata. Dios les dio solo un par de indicaciones sobre lo que podían y no podían hacer y han hecho lo contrario. Pero en lugar de aceptar el error, se muestran esquivos y echan la culpa a la otra. Es lo que ocurre cuando no nos responsabilizamos, no damos respuesta coherente de lo que hemos hecho.

Dios no maldice al hombre y a la mujer, sino a la serpiente. A ellos los castiga, pero dando poder a la mujer sobre el reptil, sobre el mal. El Creador nos hace libres y responsables de nuestros actos y de esta forma nos hace poderosos y poderosas. Si hubiera querido tener a sus pies seres obedientes nos habría hecho autómatas, seres sin capacidad de tomar decisiones. El texto del Génesis nos acerca hoy a lo más profundo de la naturaleza del ser humano y, si no dejamos, nos enfrenta con nosotros mismos y, cómo no, con la imagen de Dios en la que creemos y que nos va configurado como personas.

El que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás

Volvemos a encontrarnos con el mal en el texto del evangelio de hoy. Esta vez no en forma de serpiente sino “encarnado” según sus enemigos, en el propio Jesús. Él les responde clara y directamente, como siempre. “Imposible, mi familia es otra. No soy de los de Belcebú, como vosotros”, les podía haber dicho... Pero intenta ser pedagógico, como siempre, y les cuenta alguna pequeña parábola con una enseñanza interesante para todas nosotras, las personas que decimos seguirle: todo se perdonará menos las blasfemias “contra el Espíritu Santo”. No parece que en el texto queden muy claras cuáles son estas, pero cerrarnos al Espíritu no parece que sea demasiado positivo para quienes fuimos bautizados también en su nombre.

Hace pocas semanas celebramos la presencia del Espíritu en medio de la Iglesia y poco después su ser Trinidad, esa comunidad originaria de la que forma parte junto al Padre y el Hijo. Somos comunidad de creyentes porque el Espíritu vive en medio de nosotros y es Él quien nos habla de Misericordia.

Lo necesitamos para saber si estamos actuando como nuestro Dios, Padre y Madre nos pide y para, en caso de no hacerlo, ser responsables de nuestras actuaciones; nos hace falta el Espíritu para saber qué cosas de las que nos rodean o hacemos son y vienen de Él; es quien nos permite ir a lo profundo dejando a un lado lo superficial y en su ausencia somos incapaces de esperar “en su palabra [...] más que el centinela a la aurora”. Por eso, una vez que descubrimos al Espíritu presente en nuestras propias vidas podemos cantar con el salmista: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.




domingo, 3 de junio de 2018

CORPUS CHRISTI


“Tomen, esto es mi cuerpo”

Hoy celebramos la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, más conocida entre nosotros como el “Corpus Cristi”.

Está aún muy reciente el Jueves Santo centrado también en el relato de la última cena de Jesús con sus discípulos celebrando la pascua judía. Ahora volvemos a leer este mismo relato tomado esta vez del evangelio de Marcos. Estamos en otro contexto, ha pasado el gozo pascual, es el llamado tiempo ordinario del ciclo litúrgico y en esta solemnidad se  subraya lo que representa la eucaristía en la vida cristiana. Estamos ante un dogma central de nuestra fe que es la Presencia real del Señor Jesús en el pan y el vino eucarístico.    

La Comunidad cristiana, desde los primeros momentos de su existencia, tuvo una conciencia muy clara de esta presencia al reunirse para recordar la cena del Señor. En el pan y el vino que compartían encontraban la fortaleza para ser testigos de su fe en medio de las persecuciones. Con el tiempo, al estabilizarse la vida de la iglesia, surgen otras manifestaciones litúrgicas en torno a esta presencia en el pan eucarístico, tales como la devoción al “Santísimo Sacramento”, reservado en los sagrarios de las pequeñas o grandes iglesias repartidas por todo el mundo cristiano. Es una presencia que hasta nuestros días alienta la oración privada de los fieles. Después vendrá la Adoración al Santísimo Sacramento, las Procesiones eucarísticas y otras manifestaciones populares, sociales y festivas. Tanto en las grandes ciudades, como en los pequeños pueblos o aldeas de nuestro país siguen vivas estas expresiones religiosas,  es la religiosidad popular que no debemos despreciar, porque de algún modo es el sentir del pueblo cristiano que ve en el sacramento eucarístico una Presencia  del Señor Jesús que alienta y sostiene su vocación cristiana.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Lectura del libro del Éxodo     24, 3-8

    Moisés fue a comunicar al pueblo todas las palabras y prescripciones del Señor, y el pueblo respondió a una sola voz: «Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor.»
    Moisés consignó por escrito las palabras del Señor, y a la mañana siguiente, bien temprano, levantó un altar al pie de la montaña y erigió doce piedras en representación de las doce tribus de Israel. Después designó a un grupo de jóvenes israelitas, y ellos ofrecieron holocaustos e inmolaron terneros al Señor, en sacrificio de comunión. Moisés tomó la mitad de la sangre, la puso en unos recipientes, y derramó la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: «Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho.»
    Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas.»
Palabra de Dios.

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18 (R.: 13)

R. Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor.

O bien:

Aleluia.

¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor. R.

¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos!
Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas. R.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo. R.

II LECTURA

La sangre de Cristo purificará nuestra conciencia

Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15

    Hermanos:
    Cristo, en cambio, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros. El, a través de una Morada más excelente y perfecta que la antigua -no construida por manos humanas, es decir, no de este mundo creado- entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna.
    Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera, con que se rocía a los que están contaminados por el pecado, los santifica, obteniéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente!
    Por eso, Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos en la primera Alianza, los que son llamados reciban la herencia eterna que ha sido prometida.
Palabra de Dios.

SECUENCIA

(Esta secuencia es optativa y puede decirse íntegra desde * Este es el pan de los ángeles).

Glorifica, Sión, a tu Salvador,
aclama con himnos y cantos
a tu Jefe y tu Pastor.

Glorifícalo cuanto puedas,
porque él está sobre todo elogio
y nunca lo glorificarás bastante.

El motivo de alabanza
que hoy se nos propone
es el pan que da la vida.

El mismo pan que en la Cena
Cristo entregó a los Doce,
congregados como hermanos.

Alabemos ese pan con entusiasmo,
alabémoslo con alegría,
que resuene nuestro júbilo ferviente.

Porque hoy celebramos el día
en que se renueva la institución
de este sagrado banquete.

En esta mesa del nuevo Rey,
la Pascua de la nueva alianza
pone fin a la Pascua antigua.

El nuevo rito sustituye al viejo,
las sombras se disipan ante la verdad,
la luz ahuyenta las tinieblas.

Lo que Cristo hizo en la Cena,
mandó que se repitiera
en memoria de su amor.

Instruidos con su enseñanza,
consagramos el pan y el vino
para el sacrificio de la salvación.

Es verdad de fe para los cristianos
que el pan se convierte en la carne,
y el vino, en la sangre de Cristo.

Lo que no comprendes y no ves
es atestiguado por la fe,
por encima del orden natural.

Bajo la forma del pan y del vino,
que son signos solamente,
se ocultan preciosas realidades.

Su carne es comida, y su sangre, bebida,
pero bajo cada uno de estos signos,
está Cristo todo entero.

Se lo recibe íntegramente,
sin que nadie pueda dividirlo
ni quebrarlo ni partirlo.

Lo recibe uno, lo reciben mil,
tanto éstos como aquél,
sin que nadie pueda consumirlo.

Es vida para unos y muerte para otros.
Buenos y malos, todos lo reciben,
pero con diverso resultado.

Es muerte para los pecadores y vida para los justos;
mira como un mismo alimento
tiene efectos tan contrarios.

Cuando se parte la hostia, no vaciles:
recuerda que en cada fragmento
está Cristo todo entero.

La realidad permanece intacta,
sólo se parten los signos,
y Cristo no queda disminuido,
ni en su ser ni en su medida.

* Este es el pan de los ángeles,
convertido en alimento de los hombres peregrinos:
es el verdadero pan de los hijos,
que no debe tirarse a los perros.

Varios signos lo anunciaron:
el sacrificio de Isaac,
la inmolación del Cordero pascual
y el maná que comieron nuestros padres.

Jesús, buen Pastor, pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.

Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
tú, que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coherederos y amigos,
junto con todos los santos.

ALELUIA     Jn 6, 51

Aleluia. Dice el Señor: Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente. Aleluia.

EVANGELIO

Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos14, 12-16.22-26

    El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
    El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
    Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
    Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
    Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»

Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

La  Antigua Alianza de Dios con su pueblo Israel

Las tres lecturas de hoy tienen un hilo conductor y es la idea de la alianza de Dios con los hombres, una alianza prometida a los antiguos patriarcas y consumada con toda la humanidad a través de Jesús hecho hombre por nosotros. Así, en la primera lectura, tomada del libro del Éxodo, aparece Moisés conduciendo al pueblo de Israel por el desierto hacia la tierra prometida. En el Sinaí, Moisés habla con Dios y trasmite al pueblo su experiencia religiosa. Le da los mandamientos y normas de vida. Pero Israel  es un pueblo terco, de corazón extraviado, que duda y se pregunta si, está o no está Dios con él, en su caminar por el desierto. Todo el libro del Éxodo es un relato de encuentros y desencuentros de Israel con su Dios que a pesar de todo no abandona a su pueblo elegido. Esta vez el pueblo escucha a Moisés y asiente a sus deseos.  En el texto que hoy comentamos hay una especie de contrato entre Dios y las doce tribus de Israel que queda sellado con sangre de animales. Era, el ritual primitivo habitual en su tiempo, pensando que la sangre era la garantía jurídica, el protocolo necesario para hacer una alianza con Dios.

La Alianza Nueva y Eterna para el perdón de los pecados

El evangelista Marcos, cuando en su evangelio quiere presentar la pasión y la misma institución de la eucaristía lo hace en el marco tradicional de la `pascua judía, la alianza de Dios con su pueblo. Por eso en el relato de la última cena, empieza diciendo algo que parece anecdótico pero que no lo es. Dice así, el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, Jesús encarga a sus discípulos la preparación de la Cena, con lo cual quiere dejar bien sentado que lo que va a ocurrir después es un auténtico sacrificio, que se engarza en el ámbito de la pascua judía. Es un sacrificio que se hace realidad con la sangre derramada por Cristo, por eso es Nuevo, y es Eterno porque anula la antigua Alianza y se abre a la humanidad entera. Así lo recordamos nosotros ahora al renovar este mismo sacrificio en las celebraciones eucarísticas. El sacerdote, en la misa, al consagrar el pan y el vino y dice expresamente que es la  Alianza Nueva y Eterna para el perdón de los pecados.  

En la carta a los Hebreos, que recordamos en la segunda lectura de hoy, el autor con un lenguaje muy diferente a los anteriores, pues está escrita después de la muerte de Jesús, nos da una explicación teológica de la Alianza consumada por Cristo, diciendo que con su sangre derramada en la cruz ha iniciado una etapa nueva y definitiva. Como se ve, la alianza nueva no es ya un contrato o un intercambio de intereses para obtener del favor de Dios o aplacar su ira, como en la antigua alianza, pues el hombre, no puede dar a Dios algo que necesite, ni hacer algo para obtener su favor. Sin embargo, por parte de Dios, sí que hay una elección gratuita que eleva al hombre apostando por él, dándole la dignidad de hijo y haciéndole partícipe de su propia vida a través de Cristo, su Hijo, y todo esto lo hace por amor.

Jesús tomó el pan, lo partió, y se lo dio diciendo, tomad y comed

En el ambiente de la última cena, Jesús abre su corazón a los discípulos, y les recuerda aspectos fundamentales sobre su misión mesiánica, tal como lo recogen los evangelios. En este contexto, como si fuera su testamento, aparece la novedad de la eucaristía, cuya transcendencia no se puede desligar de la pasión del Señor anunciada en esa cena pascual. El evangelista  Marcos nos da las claves del misterio eucarístico, lo hace de una forma concisa pero a la vez suficiente para comprenderlo. Dice simplemente que Jesús tomó pan, y pronuncio la bendición, lo partió y se lo dio a sus diciendo: “Tomad, esto es mi cuerpo”. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y les dice: “Esta es mi sangre de la Alianza, que se derrama por todos”. Y les anuncia que no beberá del fruto de la vid hasta que beba el vino nuevo en el Reino de Dios. En este breve relato está expresado el contenido profundo de la eucaristía, entendida como Sacramento necesario para vivir la fe.

En primer lugar, es una invitación a tomar el cuerpo y la sangre de Cristo como alimento y seguir sus pasos. En el lenguaje bíblico comer su cuerpo y beber su sangre (un lenguaje duro para algunos) es identificarse con la totalidad de la persona que lo dice, con su propio ser, con su espíritu, con sus anhelos y objetivos. En resumen, Jesús está hablando  de su vida y muerte que se entrega como alimento, como gracia que redime y perdona. Jesús cuando dice tomad y comed, quiere decir que tomemos la vida en nuestras manos, que recibir la Eucaristía no es algo estático, sino que exige lucha para salir del pecado o para superar situaciones difíciles y comprometidas que no encajan en el proyecto cristiano. Es muy importante, entender esto, porque algunos piensan que el comulgar es un premio, una medalla que se da a las personas buenas.  La eucaristía es una llamada a la esperanza, que nos recuerda que somos en realidad lo que celebramos, porque ya no somos nuestra propia debilidad, ni nuestros odios, ni nuestros traumas, ni siquiera nuestros mismos pensamientos, ni la suma de nuestros pecados o errores. No, no somos eso. Podemos decir como el apóstol Pablo: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.


El pan partido y repartido, es también el compromiso personal de los creyentes para ser testigos de su muerte y resurrección. Jesús, parte el Pan y se lo ofrece a sus discípulos, y con este gesto los invita a asumir un compromiso integrándose en la acción redentora del Verbo hecho carne siguiendo su misión. Así lo entendieron sus discípulos en sus primeros pasos después de la muerte de Jesús siendo testigos de la Resurrección de Cristo, asumiendo todas sus consecuencias, como fueron las persecuciones y el martirio.

Pero además, al comulgar nos identificamos con Cristo que al anunciar el Reino de Dios lo hacía no solo de palabra, sino atento a las necesidades de sus contemporáneos. Por eso el pan eucarístico lo hemos de compartir con nuestros hermanos, nos tiene que llevar a ser muy sensibles ante sus necesidades, tanto espirituales como materiales. Recordemos que el Señor ante una multitud fatigada, que lo seguía y tenía hambre, dice a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Es una responsabilidad que desde sus orígenes la iglesia ha ejercitado como recuerdo del Señor. Por eso hoy, al celebrar el Corpus Cristi, que nos habla del pan partido, nos lleva a pensar sobre el pan compartido y celebramos por eso el Día de la Caridad.

ESTUDIO BÍBLICO.

Ante todo la caridad

I Lectura: Éxodo (24,3-8): El misterio de la Alianza
En la primera lectura, Moisés, bajando del monte, comunica la experiencia que había tenido de Dios, de sus palabras, que han de considerarse como palabras de la Alianza que Dios había sellado anteriormente con su pueblo con el Código de la Alianza  cuyo corazón es el Decálogo. Entonces, pues, se organiza una liturgia sagrada, un banquete, que quiere significar la ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con el que ha sacado de la esclavitud. El misterio de la sangre, de su aspersión, expresa el misterio de comunión de vida entre Dios y su pueblo ya que, según se pensaba, la vida estaba en la sangre. Por ello este texto se considera como prefiguración de la Nueva Alianza que Jesús adelanta en la última cena.

II Lectura: Hebreos (9,11-15): El sacrificio de la propia vida

II.1. La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos del NT. En este texto se nos exhorta desde la teología sacrificial,  que  pone de manifiesto que los sacrificios de la Antigua Alianza no pudieron conseguir lo que Jesucristo realiza con el suyo, con la entrega de su propia vida. Y esto lo ha realizado «de una vez por todas» en la cruz, de tal manera que los efectos de la muerte de Jesús, la redención y su amor por los hombres, se hacen presentes en la celebración de este sacramento. El recurrir a las metáforas y al lenguaje de la acción sacrificial puede que resulte hoy poco convincente, fruto de una cultura que no es la nuestra. No obstante, la significación de todo ello nos muestra una novedad, ya que todo se apoya en un sacerdocio especial, el de Melquisedec y en una entrega inigualable.

II.2. Es uno de los momentos álgidos de la argumentación de la carta. Está hablando del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna. Es esa alianza que prometieron los profetas, porque ellos vieron que los sacrificios rituales habían quedado obsoletos y la alianza antigua se había convertido en una “disposición” ritual. Cristo no viene a instaurar nuevos sacrificios para Dios (no los necesita), sino a revelar que la propia vida entregada a los hombres vale más que todo aquello. Así es posible entenderse a fondo con Dios. Es en la propia vida entregada como se logra la comunión más íntima con lo divino, sin necesidad de sustitutivos de ninguna especie. La muerte de Jesús, su vida entregada a los hombres y no a Dios, es el “testamento” verdadero  del que hacemos memoria.

Evangelio: Marcos (14,12-26): La muerte como entrega

III.1. El evangelio expone la preparación de la última cena de Jesús con los suyos  y la tradición de sus gestos y sus palabras en aquella noche, antes de morir. Sabemos de la importancia que esta tradición tuvo desde el principio del cristianismo. Aquella noche (fuera o no una cena ritualmente pascual), Jesús hizo y dijo cosas que quedarán grabadas en la conciencia de los suyos. Con toda razón se ha recalcado el «haced esto en memoria mía». Sus palabras sobre el pan y sobre la copa expresan la magnitud de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida.


III.2. Marcos nos ofrece la tradición que se privilegiaba en Jerusalén, mientras que Lucas y Pablo nos ofrecen, probablemente, «las palabras» con la que este misterio se celebraba en Antioquía. En realidad, sin ser idénticas, quieren expresar lo mismo: la entrega del amor sin medida. Su muerte, pues, tiene el sentido que el mismo Jesús quiere darle. No pretendió que fuera una muerte sin sentido, ni un asesinato horrible. No es cuestión de decir que quiere morir, sino que sabe que ha de morir, para que los hombres comprendan que solamente desde el amor hay futuro. La Eucaristía, pues, es el sacramento que nos une a ese misterio de la vida de Cristo, de Dios mismo, que nos la entrega a nosotros de la forma más sencilla. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.). inámico, que exige lucha para salir del pecado o para superar situaciones difíciles y comprometidas que no encajan en el proyecto cristiano. Es muy importante, entender esto, porque algunos piensan que el comulgar es un premio, una medalla que se da a las personas buenas.  La eucaristía es una llamada a la esperanza, que nos recuerda que somos en realidad lo que celebramos, porque ya no somos nuestra propia debilidad, ni nuestros odios, ni nuestros traumas, ni siquiera nuestros mismos pensamientos, ni la suma de nuestros pecados o errores. No, no somos eso. Podemos decir como el apóstol Pablo: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

El pan partido y repartido, es también el compromiso personal de los creyentes para ser testigos de su muerte y resurrección. Jesús, parte el Pan y se lo ofrece a sus discípulos, y con este gesto los invita a asumir un compromiso integrándose en la acción redentora del Verbo hecho carne siguiendo su misión. Así lo entendieron sus discípulos en sus primeros pasos después de la muerte de Jesús siendo testigos de la Resurrección de Cristo, asumiendo todas sus consecuencias, como fueron las persecuciones y el martirio.

Pero además, al comulgar nos identificamos con Cristo que al anunciar el Reino de Dios lo hacía no solo de palabra, sino atento a las necesidades de sus contemporáneos. Por eso el pan eucarístico lo hemos de compartir con nuestros hermanos, nos tiene que llevar a ser muy sensibles ante sus necesidades, tanto espirituales como materiales. Recordemos que el Señor ante una multitud fatigada, que lo seguía y tenía hambre, dice a sus discípulos: “dadles vosotros de comer”. Es una responsabilidad que desde sus orígenes la iglesia ha ejercitado como recuerdo del Señor. Por eso hoy, al celebrar el Corpus Cristi, que nos habla del pan partido, nos lleva a pensar sobre el pan compartido y celebramos por eso el Día de la Caridad.

ESTUDIO BÍBLICO.

Ante todo la caridad

I Lectura: Éxodo (24,3-8): El misterio de la Alianza
En la primera lectura, Moisés, bajando del monte, comunica la experiencia que había tenido de Dios, de sus palabras, que han de considerarse como palabras de la Alianza que Dios había sellado anteriormente con su pueblo con el Código de la Alianza  cuyo corazón es el Decálogo. Entonces, pues, se organiza una liturgia sagrada, un banquete, que quiere significar la ratificación de la Alianza que Dios ha hecho con el que ha sacado de la esclavitud. El misterio de la sangre, de su aspersión, expresa el misterio de comunión de vida entre Dios y su pueblo ya que, según se pensaba, la vida estaba en la sangre. Por ello este texto se considera como prefiguración de la Nueva Alianza que Jesús adelanta en la última cena.

II Lectura: Hebreos (9,11-15): El sacrificio de la propia vida

II.1. La carta a los Hebreos es uno de los escritos más densos del NT. En este texto se nos exhorta desde la teología sacrificial,  que  pone de manifiesto que los sacrificios de la Antigua Alianza no pudieron conseguir lo que Jesucristo realiza con el suyo, con la entrega de su propia vida. Y esto lo ha realizado «de una vez por todas» en la cruz, de tal manera que los efectos de la muerte de Jesús, la redención y su amor por los hombres, se hacen presentes en la celebración de este sacramento. El recurrir a las metáforas y al lenguaje de la acción sacrificial puede que resulte hoy poco convincente, fruto de una cultura que no es la nuestra. No obstante, la significación de todo ello nos muestra una novedad, ya que todo se apoya en un sacerdocio especial, el de Melquisedec y en una entrega inigualable.

II.2. Es uno de los momentos álgidos de la argumentación de la carta. Está hablando del sacrificio de la propia vida que logra una Alianza eterna. Es esa alianza que prometieron los profetas, porque ellos vieron que los sacrificios rituales habían quedado obsoletos y la alianza antigua se había convertido en una “disposición” ritual. Cristo no viene a instaurar nuevos sacrificios para Dios (no los necesita), sino a revelar que la propia vida entregada a los hombres vale más que todo aquello. Así es posible entenderse a fondo con Dios. Es en la propia vida entregada como se logra la comunión más íntima con lo divino, sin necesidad de sustitutivos de ninguna especie. La muerte de Jesús, su vida entregada a los hombres y no a Dios, es el “testamento” verdadero  del que hacemos memoria.

Evangelio: Marcos (14,12-26): La muerte como entrega

III.1. El evangelio expone la preparación de la última cena de Jesús con los suyos  y la tradición de sus gestos y sus palabras en aquella noche, antes de morir. Sabemos de la importancia que esta tradición tuvo desde el principio del cristianismo. Aquella noche (fuera o no una cena ritualmente pascual), Jesús hizo y dijo cosas que quedarán grabadas en la conciencia de los suyos. Con toda razón se ha recalcado el «haced esto en memoria mía». Sus palabras sobre el pan y sobre la copa expresan la magnitud de lo que quería hacer en la cruz: entregarse por los suyos, por todos los hombres, por el mundo, con un amor sin medida.

III.2. Marcos nos ofrece la tradición que se privilegiaba en Jerusalén, mientras que Lucas y Pablo nos ofrecen, probablemente, «las palabras» con la que este misterio se celebraba en Antioquía. En realidad, sin ser idénticas, quieren expresar lo mismo: la entrega del amor sin medida. Su muerte, pues, tiene el sentido que el mismo Jesús quiere darle. No pretendió que fuera una muerte sin sentido, ni un asesinato horrible. No es cuestión de decir que quiere morir, sino que sabe que ha de morir, para que los hombres comprendan que solamente desde el amor hay futuro. La Eucaristía, pues, es el sacramento que nos une a ese misterio de la vida de Cristo, de Dios mismo, que nos la entrega a nosotros de la forma más sencilla. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).