domingo, 27 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


“Medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios”
  
Asomarnos al misterio de la Trinidad desde una vertiente escuetamente lógica, sería como introducirnos en un galimatías, en un laberinto sin salida que nos dejaría cansados, estériles, sin especial motivación para nuestra andadura como creyentes. El Misterio nos sobrepasa, no podemos abarcarlo, mucho menos controlarlo y esta verdad nos desconcierta.

Al tiempo, el Misterio es lo más próximo, lo más profundo de mi ser, si accedo desde esa dimensión espiritual, puedo relacionarme y descubrir al Dios que me habita, conoce mi nombre, al que invoco sin palabras,  de quien tengo experiencia de su Presencia que modela mi camino. De este modo es posible percibir la dinámica amorosa de Dios, tener un conocimiento sabroso  que  renueva y fortalece, ilumina y ensancha nuestros límites.

La aguda belleza del conocido icono de la Trinidad de Rublev, nos invita a esto, a no quedarnos de espectadores, sino  incorporarnos al dinamismo de amor que Dios es y que habita el centro de mi ser. Estar o no conectados a este fluir de vida en el amor, marcará la diferencia en la condición de discípulo de Jesús. Fundamentados  en esta realidad, receptivos a su iniciativa, establecemos la condición de posibilidad para incidir en la historia con una aportación desde la confianza que transforma.


DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Puede parecernos una obviedad la afirmación de que “Dios es Uno” o “Único”. Si alguien nos preguntara cuántos dioses hay, sin dudar exclamaríamos “¡Uno, por supuesto!”. Pero si entramos en nuestro corazón, en lo más profundo de nuestro ser, ¿es Dios nuestro único Señor? ¿Es Dios nuestro verdadero dios? ¿No habremos “suplantado” a Dios con otras “adoraciones”? Y si miramos a nuestro alrededor, a nuestra sociedad, ¿no se ha “creado” más de un “dios”? Como vemos, la respuesta no es tan obvia. No es Dios el único Dios al cual se adora.

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40

Moisés habló al pueblo diciendo: “Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante. ¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ti en Egipto, ante tus mismos ojos? Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios ?allá arriba, en el cielo, y aquí abajo, en la tierra? y no hay otro. Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre”.
Palabra de Dios.

Salmo 32, 4-6. 9. 18-20. 22

R. ¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!

La palabra del Señor es recta y él obra siempre con lealtad; él ama la justicia y el derecho, y la tierra está llena de su amor. R.

La palabra del Señor hizo el cielo, y el aliento de su boca, los ejércitos celestiales; porque él lo dijo, y el mundo existió, él dio una orden, y todo subsiste. R.

Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles, sobre los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.

Nuestra alma espera en el Señor: Él es nuestra ayuda y nuestro escudo. Señor, que tu amor descienda sobre nosotros, conforme a la esperanza que tenemos en ti. R.

II LECTURA

¿Qué significará “dejarse llevar por el Espíritu”? Es dejar que Dios mismo nos inspire, nos anime, nos movilice. Es buscar al hermano, hijo del mismo Padre, al cual nos une el mismo Espíritu. Es romper con la vida individual y egoísta para dar vida en forma generosa.

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 14-17

Hermanos: Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios “Abbá!”, es decir, “Padre!”. El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con él para ser glorificados con él.
Palabra de Dios.

ALELUYA        cf. Apoc 1, 8

Aleluya. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo, al Dios que es, que era y que viene. Aleluya.

EVANGELIO

“El Dios de Jesucristo es un Dios-familia, no es un Dios solitario, es uno y único pero en él hay tres personas: el Padre engendra al Hijo por un proceso misterioso de la eternidad y, entre el Hijo engendrado y el Padre engendrador, una corriente que es también persona, amor, el espíritu de amor, el Espíritu Santo, los identifica, los une. (...) Y vino el Espíritu Santo, enviado como fuerza de la vida de Dios para hacer de los hombres una sola familia” (Beato Oscar Romero)

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20

Después de la Resurrección del Señor, los Once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Medita en tu corazón

La celebración de hoy sólo es posible desde la adoración,  el asombro y el entusiasmo que nace en el reconocimiento de lo que soy en Dios y Dios es en mí. Esta conciencia nos confiere una mirada adecuada para edificar  la existencia de un modo integrado y lúcido que genere comunión desde dentro hasta cada dimensión que nos constituye: personal, social, política. El gozo es el signo más evidente de asentir a la gracia.

Ese Espíritu y nuestro espíritu

Dios nos brinda mandatos de vida, nos ofrece su palabra, se manifiesta  como amor fiel y compasivo. Pero es necesario entrar en sintonía de onda, hacernos conscientes de que el don está siempre dispuesto a ser otorgado, desplegado.” Hoy” es el tiempo, “ahora” es el tiempo de Dios para ti.

La meditación como ámbito de encuentro con el Dios de Jesús resulta imprescindible para reconocer a Dios tal y como se revela, no  como nos lo dibujan o como lo asimilamos de prestado.

La meditación es el espacio de libertad en el que podemos  reconocernos como somos: hijos; para descubrir Su corazón como es: compasivo, fiel;  para  permitir que pueda reflejarse en mi como los demás  necesitan.

Sabed que yo estoy con vosotros

En esta solemnidad la Iglesia hace memoria de las monjas y monjes que se dedican de modo específico a un estilo de vida contemplativo. El lema de este año es: “Solo quiero que le miren a él”. Jesús es la puerta para entrar a la Presencia. Lo dijo él.

La llamada a introducirnos en el misterio trinitario, a vivirlo con entusiasmo y pasión, también con coraje y constancia, no es exclusiva de los contemplativos. Todo cristiano es invitado a saborear el don de la comunión y responsable de sembrarla en su espacio vital. Toda persona es convocada a la aventura espiritual, al cultivo de su dimensión profunda si ha de aspirar a una calidad humana digna.

Los monasterios son humildes celemines que recuerdan lo apasionante de esta vocación universal y ofrecen su experiencia para comunicar esta fascinación, orientar los procesos y acompañar los itinerarios.

ESTUDIO BÍBLICO.

El misterio insondable de Dios siempre ha apasionado a los grandes teólogos, porque la revelación de este Dios en la historia se ha expresado culturalmente según las necesidades humanas e incluso según la defensa que se ha debido hacer de Dios como garante de un pueblo, de una nación, de una religión. El pueblo de Israel hubo de enfrentarse a esta realidad, porque sabía que era la garantía de su identidad. Cuando «llegó la plenitud de los tiempos», con Jesucristo, se suavizan muchas expresiones, se manifiesta la dimensión amorosa de Dios al nivel más misericordioso, pero Dios sigue siendo misterio. La fe cristiana de los primeros siglos tuvo que hacer también su defensa de las imágenes bíblicas de Dios, como Padre, como Hijo y como Espíritu. Ello significa que el mundo de Dios no es la soledad omnipotente y trascendente, sino que se expresa en el “humus” familiar, de relaciones y de comunión; y si es familiar, es amorosa, porque la familia se realiza en el amor de entrega absoluta. Por eso, la celebración de esta solemnidad nos asoma a ese misterio de la Santa Trinidad como un misterio de relaciones de amor sin medida.

I Lectura: Deuteromio (4, 32-40): Dios eligió a un pueblo marginal

I.1. Este texto de Dt es una exhortación  muy doctrinal, desde luego, pero no menos entrañable y comunicativa por parte de Dios. Los autores han querido presentar la elección de Israel como una decisión muy particular y decisiva de Yahvé. Se pasa revista a los grandes acontecimientos que le han dado al pueblo una identidad: la liberación de Egipto, la teofanía o manifestación en el Sinaí (o en el Horeb), el don de la tierra de Canaan. Todo esto forma el “credo” fundacional de la fe israelita. Esto llama al pueblo a un destino.

I.2. Al contrario de lo que cabía esperar, nos habla del Dios cercano de Israel, del que ha elegido a este pueblo, sin méritos, sin cultura, sin pretensiones, para que haga presente su proyecto de salvación y liberación sobre la humanidad. Esto lo interpretó Israel como un privilegio, pero en contrapartida, en este texto se exige el guardar sus mandamientos para que esa nación pueda considerarse como privilegiada. El Dios que hace escuchar su voz  en medio de signos y prodigios, según expresiones bíblicas, es un Dios histórico, no se queda en el arcano, porque es en la historia donde se encuentra con nosotros. El conjunto tiene un acento de condición apasionada. No olvidemos que éste no es un texto muy antiguo, más bien se cree que pertenece a la escuela deuteronomista que lo ha redactado  en tiempos del Segundo Isaías. Es de raíces muy monoteístas, pero debemos reconocer que es uno de los pasajes más bellos del libro del Deuteronomio.

II Lectura: Romanos (8,14-17): El Espíritu nos hace sentirnos hijos de Dios

II.1. Pablo, inmediatamente antes de estos versos, habla de la lógica de la carne (que lleva a la muerte) y de la lógica del Espíritu (que lleva a la vida). Por eso, los que se dejan llevar por el Espíritu sienten algo fundamental e inigualable: se sienten hijos de Dios. Esta experiencia es una experiencia cristiana que va mucho más allá de las experiencias de Israel y su mundo de la Torá. Se trata de una afirmación que nos lleva a lo más divino, hasta el punto de que podemos invocar a Dios, como lo hizo Jesús, el Hijo, como Abbá. Que el cristiano, por medio del Espíritu, pueda llamar a Dios Abba (cf Gál 4,6), viene a mostrar el sentido de ser hijo, porque hace suya la plegaria de Jesús (especialmente tal como se encuentra en Mc 14,36, aunque también en Lc 11,2, mientras que Mt ha preferido en tono más judío o más litúrgico, con “Padre nuestro”. Eso significa, a la vez, una promesa: heredaremos la vida y la gloria del Hijo a todos los efectos. Ahora, mientras, lo vivimos, lo adelantamos, mediante esta presencia de Espíritu de Dios en nosotros.

II.2. La carta de Pablo a los Romanos, pues, nos asoma a una realidad divina de nuestra existencia. Decimos divina, porque el Apóstol habla de ser «hijos de Dios». Pero sentirse hijos de Dios es una experiencia del Espíritu. Es verdad que nadie deja de ser hijo de Dios por el hecho de alejarse de El o a causa de vivir según los criterios de este mundo. Pero en lo que se refiere a las experiencias de salvación y felicidad  no es lo mismo tener un nombre que no signifique nada en el decurso del tiempo, a que sintamos ese tipo de experiencia fontal de nuestra vida. Y por ello el Espíritu, que es el «alma» del Dios trinitario, nos busca, nos llama, nos conduce a  Dios para reconocerlo como Padre (Abba), como un niño perdido en la noche de su existencia, y a sentirnos coherederos del Hijo, Jesucristo. Por ello, el misterio del Dios trinitario  es una forma de hablar sobre la riqueza del mismo, que es garantía de que Dios, como Padre, como Hijo y como Espíritu nos considera(n) a nosotros como algo suyo.

Evangelio: Mateo (28,16-20): El bautismo sacramento del amor trinitario

III.1. El evangelio del día usa la fórmula trinitaria  como fórmula bautismal de salvación. Hacer discípulos y bautizar no puede quedar en un rito, en un papel, en una ceremonia de compromiso. Es el resucitado el que “manda” a los apóstoles, en esta experiencia de Galilea, a anunciar un mensaje decisivo. No sabemos cuándo y cómo nació esta fórmula trinitaria en el cristianismo primitivo. Se ha discutido mucho a todos los efectos. Pero debemos considerar que el bautismo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo significa que ser discípulos de Jesús es una llamada para entrar en el misterio amoroso de Dios.

III.2. Bautizarse en el nombre del Dios trino es introducirse en la totalidad de su misterio. El Señor resucitado, desde Galilea, según la tradición de Mateo (en Marcos falta un texto como éste) envía a sus discípulos a hacer hijos de Dios por todo el mundo. Podíamos preguntarnos qué sentido tienen hoy estas fórmulas de fe primigenias. Pues sencillamente lo que entonces se prometía a los que buscaban sentido a su vida. Por lo mismo, hacer discípulos no es simplemente enseñar una doctrina, sino hacer que los hombres encuentren la razón de su existencia en el Dios trinitario, el Dios cuya riqueza se expresa en el amor. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).

domingo, 20 de mayo de 2018

PENTECOSTÉS


“Así también los envío yo”

La solemnidad de Pentecostés nos invita a renovar la dimensión misionera de nuestra identidad cristiana. Los Apóstoles “quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar” (cf. Hch. 2,4), es decir, comenzaron a hacer comprensible aquella experiencia de Jesús de Nazaret que convocó a cada uno desde su misterio personal y los congregó en fraternidad. Ese mismo Espíritu acompañará permanentemente a la Iglesia para que pueda confesar que “Jesús es el Señor” (1Cor.12, 3b) y la enriquecerá con una diversidad de dones, ministerios y actividades para el anuncio del Reino.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

En nuestras comunidades, hoy y cada día, debería resonar desde cada corazón el impulso de Dios para anunciar la Palabra. Hay una responsabilidad de la comunidad y de cada cristiano hacia los hombres y mujeres de este mundo. ¿Dejamos que Pentecostés nos impulse y envíe?

Lectura de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse. Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.
Palabra de Dios.

Salmo 103, 1. 24. 29-31. 34

R. Señor, envía tu Espíritu y renueva la faz de la tierra.

Bendice al Señor, alma mía: ¡Señor, Dios mío, qué grande eres! ¡Qué variadas son tus obras, Señor! ¡La tierra está llena de tus criaturas! R.

Si les quitas el aliento, expiran y vuelven al polvo. Si envías tu aliento, son creados, y renuevas la superficie de la tierra. R.

¡Gloria al Señor para siempre, alégrese el Señor por sus obras! Que mi canto le sea agradable, y yo me alegraré en el Señor. R.

II LECTURA

El Espíritu Santo está en nosotros, en cada uno, presente y actuante. Nos inunda de tal modo que nuestra fe encuentra en él la voz que clama al Padre y que confiesa a los hombres que “Jesús es el Señor”.

Lectura de la Primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 12, 3-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no está impulsado por el Espíritu Santo. Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo –judíos y griegos, esclavos y hombres libres– y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
Palabra de Dios.
O bien:     
  
“Y estos son los frutos del Espíritu en la vida del cristiano: Contra el frío del egoísmo, el fuego de la caridad; contra el frío de la codicia, el fuego de la generosidad; contra el frío de la indiferencia, el fuego de la solidaridad; contra el frío del rechazo, el fuego de la acogida; contra el frío de la soledad, el fuego de la cercanía; contra el frío de la duda, el fuego de la verdad; contra el frío del desencanto, el fuego de la ilusión”.

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 5, 16-25

Hermanos: Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios, y así no serán arrastrados por los deseos de la carne. Porque la carne desea contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Ambos luchan entre sí, y por eso, ustedes no pueden hacer todo el bien que quieren. Pero si están animados por el Espíritu, ya no están sometidos a la Ley. Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios. Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia. Frente a estas cosas, la Ley está demás, porque los que pertenecen a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus malos deseos. Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también por él.
Palabra de Dios.

SECUENCIA

Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz.

Consolador lleno de bondad, dulce huésped del alma, suave alivio de los hombres.

Tú eres descanso en el trabajo, templanza de las pasiones, alegría en nuestro llanto.

Penetra con tu santa luz en lo más íntimo del corazón de tus fieles.

Sin tu ayuda divina no hay nada en el hombre, nada que sea inocente.

Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, sana nuestras heridas.

Suaviza nuestra dureza, elimina con tu calor nuestra frialdad, corrige nuestros desvíos.

Concede a tus fieles, que confían en ti, tus siete dones sagrados.

Premia nuestra virtud, salva nuestras almas, danos la eterna alegría.

ALELUYA      

Aleluya. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Aleluya.

EVANGELIO

No tenemos la fecha del comienzo del mundo. Solo sabemos que, cuando comenzó, “un viento de Dios (el Espíritu de Dios) se desplazaba sobre las aguas”. Hoy ese Espíritu comienza una nueva creación, como dando una nueva oportunidad a la humanidad, con lo cual hace nuevas todas las cosas.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”.
Palabra del Señor.
O bien:

EVANGELIO II

Jesús prometió a los discípulos el Espíritu para que pudieran comprender y testimoniar. En Pentecostés, esta promesa se hace realidad: toda la comunidad reunida recibe el Espíritu, y sus integrantes se ponen a hablar de las maravillas de Dios. Esas promesas de Jesús no han quedado en el pasado, se siguen realizando hoy. El Espíritu nos guía para comprender las cosas de Dios, por eso lo invocamos para leer la Biblia y para tener discernimiento en nuestra vida. Él nos impulsa a dar testimonio y pone en nuestra boca las palabras que debemos proclamar.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 26-27; 16, 12-15

Durante la última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio. Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes. Todo lo que es del Padre es mío. Por eso les digo: ‘Recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes’”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Enviados desde nuestra humanidad frágil

El miedo es un mal consejero. Normalmente paraliza, encierra y aísla. Sin embargo, cuando las puertas permanecen todavía “cerradas por temor” (cf Jn. 20,19), el Resucitado vuelve a hacerse presente en medio de su comunidad para conceder la paz y la alegría. La fortaleza que el Espíritu concede para dar testimonio de Jesús se manifiesta en nuestra misma experiencia humana e histórica del temor.

El envío de Jesús a sus Apóstoles no cambia sustancialmente nada en su constitución ontológica. Lo que hace de nosotros discípulos-misioneros es la acción del Espíritu en nuestra humanidad frágil que nos envía a anunciar a Cristo Resucitado compartiendo la fe y la vida con las personas. Lo  testimonial es fruto de lo vivencial; se relaciona más con el dejar actuar al Espíritu “compartiendo fe y vida” que con un adoctrinar. En consecuencia, la misión no es una clase magistral de teología ni una articulación coherente de postulados dogmáticos.

La materia prima de un discípulo-misionero es su humanidad frágil; es ella donde (parafraseando a Sor Isabel de la Trinidad) el Espíritu puede renovar el misterio de Cristo en nosotros. En nuestra experiencia humana e histórica del temor, Jesús nos invita a abrir las puertas para salir a anunciar sin miedo que el Crucificado ha Resucitado.

Enviados en el misterio de la diversidad

Una de las constataciones más profundas que podemos contemplar en la Historia de la Iglesia es que cuando hemos buscado uniformar pensamientos, teologías, ritos y espiritualidades, hemos perdido autenticidad y transparencia. En la medida que se apueste por la uniformidad se necesitarán personalidades fundamentalistas que controlen la acción del Espíritu.

La diversidad, podríamos afirmar, es un don constitucional de la Iglesia. Hay que asumir el desafío y el riesgo de dejar al Espíritu que sople donde quiere y como quiere. Nadie puede monopolizar la verdad, el bien o la belleza sin dejar fuera al Espíritu Santo. Los dones, carismas y ministerios que suscita el Espíritu nos recuerdan que la vida de la Iglesia late en el corazón de cada persona bautizada. También nos recuerdan que la Iglesia se hace presente en muchas vidas, en muchos rostros y en distintas experiencias y vivencias de la fe.

La diversidad, como don del Espíritu a la Iglesia, tiene como fundamento la misma convocación apostólica. Jesucristo no ha querido ni ha apostado por un grupo de clones que reproduzcan un modelo, ni que mantengan rígidamente un orden establecido. Podríamos preguntarnos qué ha visto Jesús en los Doce para convocarlos a la amistad, al seguimiento y a la predicación. Jesús no ha buscado personas perfectas; Jesús ha convocado personas que, más allá de lo cuestionable de su presente, podían hacer un proceso de conversión y transformación del corazón y la mentalidad.

Enviados a la humanidad que peregrina en la postmodernidad

La postmodernidad es el nuevo areópago de la misión de la Iglesia. Jesús nos invita a ser una palabra de esperanza a un mundo que lentamente va apostando por la más sutil y nociva de las violencias: la indiferencia. Indiferencia frente a la cultura de la vida, del trabajo y de la solidaridad. Indiferencia frente a las personas que diariamente mueren por su compromiso con la dignidad humana. Indiferencia frente al compromiso con la creación y el deterioro de la casa común.

Ser una Iglesia en salida al encuentro de la postmodernidad nos invita a aprender a apostar por el diálogo para poder reconocer las “semillas del Verbo” presentes en otras realidades y contextos socioculturales y religiosos. En un mundo fragmentado y herido por el fundamentalismo que cierra la mente y el corazón, estamos llamados a construir la unidad y la fraternidad en la vivencia de una caridad solidaria.

Frene al hedonismo, al consumismo materialista, a la manipulación de la vida y al relativismo, somos enviados a predicar del Evangelio vida, de la fraternidad, de la solidaridad y de la libertad. Como Iglesia misionera somos invitados a predicar con ejemplo de una vida evangélica coherente, honesta y comprometida, para poder proponer a la humanidad los valores que nacen del Evangelio y que nos llevan por los misteriosos caminos del Espíritu al Reino.

ESTUDIO BÍBLICO.

El Domingo de Pentecostés (cincuenta días después de la Pascua) nos muestra, con la proverbial primera lectura (Hechos 2,1-11), que las experiencias de Pascua, de la Resurrección, nos han puesto en el camino de la vida verdadera. Pero esa vida es para llevarla al mundo, para transformar la historia, para fecundar a la humanidad en una nueva experiencia de unidad (no uniformidad) de razas, lenguas, naciones y culturas. Lucas ha querido recoger aquí lo que sintieron los primeros cristianos cuando perdieron el miedo y se atrevieron a salir del «cenáculo» para anunciar el Reino de Dios que se les había encomendado. Todo el capítulo primero de los Hechos de los Apóstoles es una preparación interna de la comunidad para poner de manifiesto lo importante que fueron estas experiencias del Espíritu para cambiar sus vidas, para profundizar en su fe, para tomar conciencia de lo que había pasado en la Pascua, no solamente con Jesús, sino con ellos mismos y para reconstruir el grupo de los Doce, al que se unieron todos los seguidores de Jesús. Por eso, el día de Pentecostés ha sido elegido por Lucas para concretar una experiencia extraordinaria, rompedora, decidida, porque era una fiesta judía que recordaba en algunos círculos judíos el don de la Ley del Sinaí, seña de identidad del pueblo de Israel y del judaísmo. La pretensiones para que la identidad de la comunidad de Jesús resucitado estuviera en la fuerza y la libertad del Espíritu es algo muy sintomático. El evangelista sabe lo que quiere decir y nosotros también, porque el Espíritu es lo propio de los profetas, de los que no están por una iglesia estática y por una religión sin vida. Por eso es el Espíritu quien marca el itinerario de la comunidad apostólica y quien la configura como comunidad profética y libre. Veamos algunos aspectos de los textos bíblicos:

Primera Lectura: (Hch 2,1-11): El Espíritu lo renueva todo

I.1. Este es un relato germinal, decisivo y programático propio de Lucas, como en el de la presencia de Jesús en Nazaret (Lc 4,1ss). Lucas nos quiere da a entender que no se puede ser espectadores neutrales o marginales a la experiencia del Espíritu. Porque ésta es como un fenómeno absurdo o irracional hasta que no se entra dentro de la lógica de la acción gratuita y poderosa de Dios que transforma al hombre desde dentro y lo hace capaz de relaciones nuevas con los otros hombres. Y así, para expresar esta realidad de la acción libre y renovadora de Dios, la tradición cristiana tenía a disposición el lenguaje y los símbolos religiosos de los relatos bíblicos donde Dios interviene en la historia humana. La manifestación clásica de Dios en la historia de fe de Israel, es la liberación del Éxodo, que culmina en el Sinaí con la constitución del pueblo de Dios sobre el fundamento del don de la Alianza.

I.2. Pentecostés era una fiesta judía, en realidad la "Fiesta de las Semanas" o "Hag Shabu'ot" o de las primicias de la recolección. El nombre de Pentecostés se traduce por "quincuagésimo," (cf Hch 2,1; 20,16; 1Cor 16,8). La fiesta se describe en Ex 23,16 como "la fiesta de la cosecha," y en Ex 34,22 como "el día de las primicias o los primeros frutos" (Num 28,26). Son siete semanas completas desde la pascua, cuarenta y nueve días, y en el quincuagésimo día es la fiesta (Hag Shabu´ot). La manera en que ésta se guarda se describe en Lev 23,15-19; Num 28,27-29. Además de los sacrificios prescritos para la ocasión, en cada uno está el traerle al Señor el "tributo de su libre ofrenda" (Dt 16,9-11).  Es verdad que no existe unanimidad entre los investigadores sobre el sentido propio de la fiesta, al menos en el tiempo en que se redacta este capítulo. Las antiguas versiones litúrgicas, los «targumin» y los comentarios rabínicos señalaban estos aspectos teológicos en el sentido de poner de manifiesto la acogida del don de la Ley en el Sinaí, como condición de vida para la comunidad renovada y santa. Y después del año 70 d. C., prevaleció en la liturgia el cómputo farisaico que fijaba la celebración de Pentecostés 50 días después de la Pascua. En ese caso, una tradición anterior a Lucas, muy probablemente, habría cristianizado el calendario litúrgico judío.

I.3. Pero ese es el trasfondo solamente, de la misma manera que lo es, también sin duda, el episodio de la Torre de Babel, en el relato de Gn 11,1-9. Y sin duda, tiene una importancia sustancial, ya que Lucas no se queda solamente en los episodios exclusivamente israelitas. Algo muy parecido podemos ver en la Genealogía de Lc 3,1ss  en que se remonta hasta Adán, más allá de Abrahán y Moisés, para mostrar que si bien la Iglesia es el nuevo Israel, es mucho más que eso; es el comienzo escatológico a partir del cuál la humanidad entenderá encontrará finalmente toda posibilidad de salvación.

I.4. Por eso mismo, no es una Ley nueva lo que se recibe en el día de Pentecostés, sino el don del Espíritu de Dios o del Espíritu del Señor. Es un cambio sustancial y decisivo y un don incomparable. El nuevo Israel y la nueva humanidad, pues, serán conducidos, no por una Ley que ya ha mostrado todas sus limitaciones en el viejo Israel, sino por el mismo Espíritu de Dios. Es el Espíritu el único que hace posible que todos los hombres, no sólo los israelitas, entren a formar parte del nuevo pueblo. Por eso, en el caso de la familia de Cornelio (Hch 10) - que se ha considerado como un segundo Pentecostés entre los paganos-, veremos al Espíritu adelantarse a la misma decisión de Pedro y de los que le acompañan, quien todavía no habían podido liberarse de sus concepciones judías y nacionalistas

I.5. Lo que Lucas quiere subrayar, pues, es la universalidad que caracteriza el tiempo del Espíritu y la habilitación profética del nuevo pueblo de Dios. Así se explica la intencionalidad -sin duda del redactor-, de transformar el relato primitivo de un milagro de «glosolalia», en un milagro de profecía, en cuanto todos los oyentes, de toda la humanidad representada en Jerusalén, entienden hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El don del Espíritu, en Pentecostés, es un fenómeno profético por el que todos escuchan cómo se interpreta al alcance de todos la "acción salvífica de Dios"; no es un fenómeno de idiomas, sino que esto acontece en el corazón de los hombres.

I.6. El relato de Pentecostés que hoy leemos en la primera lectura es un conjunto que abarca muchas experiencias a la vez, no solamente de un día. Esta fiesta de la Iglesia, que nace en las Pascua de su Señor, es como su bautismo de fuego. Porque ¿de qué vale ser bautizado si no se confiesa ante el mundo en nombre de quién hemos sido bautizados y el sentido de nuestra vida? Por eso, el día de la fiesta del Pentecostés, en que se celebraba la fiesta del don de la ley en el Sinaí como don de la Alianza de Dios con su pueblo, se nos describe que en el seno de la comunidad de los discípulos del Señor se operó un cambio definitivo por medio del Espíritu.

I.7. De esa manera se quiere significar que desde ahora Dios conducirá a su pueblo, un pueblo nuevo, la Iglesia, por medio del Espíritu y ya no por la ley. Desde esa perspectiva se le quiere dar una nueva identidad profética a ese pueblo, que dejará de ser nacionalista, cerrado, exclusivista. La Iglesia debe estar abierta a todos los hombres, a todas las razas y culturas, porque nadie puede estar excluido de la salvación de Dios. De ahí que se quiera significar todo ello con el don de lenguas, o mejor, con que todos los hombres entiendan ese proyecto salvífico de Dios en su propia lengua y en su propia cultura. Esto es lo que pone fin al episodio desconcertante de la torre de Babel en que cada hombre y cada grupo se fue por su sitio para independizarse de Dios. Eso es lo que lleva a cabo el Espíritu Santo: la unificación de la humanidad en un mismo proyecto salvífico divino.

II Lectura: Gálatas (5,16-25): La dignidad de vivir en el Espíritu

2.1. La segunda carta a los Gálatas -la más personal y polémica de Pablo-, nos muestra en este pasaje la vida según el Espíritu. Pablo ha mantenido un pulso a muerte con los adversarios de ésta comunidad galaica que querían imponer otro evangelio en ausencia del Apóstol, que no era en realidad evangelio (buena noticia). La llamada a la libertad es la primera afirmación de nuestro texto, que es la misma con que se abre este capítulo de Gálatas (5,1). En una antítesis entre carne y espíritu, no se debe perder de vista la polémica entre la ley y la gracia, que está a la base de todo el escrito paulino. El catálogo de virtudes y vicios tiene mucho, sin duda, de retórico, pero es la vida misma la que nos muestra que eso es así. La lista podía ampliarse en uno y otro sentido. Y lo importante no es solamente la enumeración de cada uno de los frutos, sino el conjunto de todos, los que nos hace “vivir en Cristo” y “vivir en Dios”.

2.2. Pablo opone la vida según el Espíritu a la vida según la carne, concepto que no debemos entenderlo en sentido sexual, sino que significa aquello criterios del mundo que nos apartan de Dios y de la libertad verdadera: de ahí nace adorar el dinero, el poder, la gloria, los placeres irracionales, en definitiva la vida más egoísta que todos podemos imaginarnos. Pero la vida según el Espíritu, como alternativa cristiana, es para Pablo la vida según el evangelio: amor, alegría, bondad, benevolencia y equilibrio; por consiguiente, la vida abierta a la generosidad, como Dios ha hecho con nosotros. Esta es la parte práctica de la carta a los Gálatas donde ha discutido el tema de la libertad cristiana que trae el evangelio. Desde luego, merece la pena resaltar los frutos del Espíritu, porque es lo que lleno de dignidad el corazón humano. Esto podría dar lugar a una reflexión sobre esos frutos o sobre los dones, pero no es ahora el momento de emprender esa tarea. Pero vemos que no se enumera la “glosolalia” como un don de la presencia del Espíritu. No es necesaria para sentir que la vida cristiana, como vida profética, no necesita muchas veces esos dones extraordinarios a los que el mismo Pablo le ha puesto algún “pero” en la exposición de los carismas de 1Cor 12-14. Si no hay “glosolalia” también el Espíritu se manifiesta en nuestra vida cristiana.

Evangelio: Juan  (15,26-27; 16,12-15): El Espíritu de la verdad

III.1. El evangelio de este domingo está entresacado de Juan 15 y 16, capítulos de densa y expresiva teología joánica, que se ha puesto en boca de Jesús en el momento de la despedida de la última cena con sus discípulos. Habla del Espíritu que les ha prometido como «el Defensor» y el que les llevará a la experiencia de la verdad. Cuando se habla así, no se quiere proponer una verdad metafísica, sino la verdad de la vida. Sin duda que quiere decir que se trata de la verdad de Dios y de la verdad de los hombres. El concepto verdad en la Biblia es algo dinámico, algo que está en el corazón de Jesús y de los discípulos y, consiguientemente, en el corazón de Dios. El corazón es la sede de todos los sentimientos. Por lo mismo, si el Espíritu nos llevará a la verdad plena, total, germinal, se nos ofrece la posibilidad de entrar en el misterio del Dios de la salvación, de entrar en su corazón y en sus sentimientos. Por ello, sin el Espíritu, pues, no encontraremos al Dios vivo de verdad.

III.2. El Espíritu es el “defensor” también del Hijo. Todo lo que él, según San Juan, nos ha revelado de Dios, del padre vendrá confirmado por el Espíritu. Efectivamente, el Jesús joánico es muy atrevido en todos los órdenes y sus afirmaciones sobre las relaciones entre Jesús y Dios, el Padre, deben ser confirmadas por un testigo cualificado. No se habla de que el Espíritu sea el continuador de la obra reveladora de Jesús y de su verdad, pero es eso lo que se quiere decir con la expresión “recibirá de mí lo que os irá comunicando”. No puede ser de otra manera; cuando Jesús ya no esté entre los suyos, su Espíritu, el de Dios, el del Padre continuará la tarea de que no muera la verdad que Jesús ha traído al mundo. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).

domingo, 13 de mayo de 2018

ASCENSIÓN DEL SEÑOR


“Vayan a todo el mundo y proclamen el Evangelio”

Como es lógico, las tres lecturas están enfocadas en la Ascensión del Señor. Primero hemos escuchado el comienzo de Hechos de los Apóstoles. En este pasaje, san Lucas hace una especie de introducción a este libro contándonos las últimas palabras de Jesús resucitado y su Ascensión.

El salmo 46 nos anima a aclamar al Señor en su Ascensión a los Cielos, desde los cuales rige ahora el mundo con misericordia.

San Pablo, en su carta a los Efesios, primero nos exhorta a ser buenos hermanos unos con otros y después, comentando el versículo 19 del salmo 68, nos dice que eso es posible porque Jesús, tras ascender al Cielo, nos envió sus dones para que los empleásemos evangélicamente.

Por último, escuchamos el final del Evangelio según san Marcos. En él Jesús da la últimas instrucciones misioneras a sus discípulos y asciende al Cielo.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Jesús deja esta tierra y nos promete el Espíritu Santo. A partir de ese momento, somos nosotros, sus discípulos y discípulas, quienes, llenos del Espíritu, debemos continuar su misión. Es tiempo de dar testimonio para que el Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra.

Lectura de los Hechos de los apóstoles 1, 1-11

En mi primer Libro, querido Teófilo, me referí a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido. Después de su Pasión, Jesús se manifestó a ellos dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios. En una ocasión, mientras estaba comiendo con ellos, les recomendó que no se alejaran de Jerusalén y esperaran la promesa del Padre: “La promesa, les dijo, que yo les he anunciado. Porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días”. Los que estaban reunidos le preguntaron: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Él les respondió: “No les corresponde a ustedes conocer el tiempo y el momento que el Padre ha establecido con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Dicho esto, los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos. Como permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Hombres de Galilea, ¿por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir”.
Palabra de Dios.

Salmo 46, 2-3. 6-9

R. El Señor asciende entre aclamaciones.

Aplaudan, todos los pueblos, aclamen al Señor con gritos de alegría; porque el Señor, el Altísimo, es temible, es el soberano de toda la tierra. R.

El Señor asciende entre aclamaciones, asciende al sonido de trompetas. Canten, canten a nuestro Dios, canten, canten a nuestro Rey. R.

El Señor es el Rey de toda la tierra, cántenle un hermoso himno. El Señor reina sobre las naciones el Señor se sienta en su trono sagrado. R.

II LECTURA

Dios ha manifestado “la eficacia de su fuerza poderosa” en la resurrección de Cristo. Sí, es realmente un amor fuerte, poderoso y eficaz el que nos saca de la muerte y nos lleva a la vida. En Cristo, cabeza de la Iglesia, Dios realizó la amorosa y vital obra que quiere hacer realidad también en todos nosotros.

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 17- 23

Hermanos: Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente. Que él ilumine sus corazones, para que ustedes puedan valorar la esperanza a la que han sido llamados, los tesoros de gloria que encierra su herencia entre los santos, y la extraordinaria grandeza del poder con que él obra en nosotros, los creyentes, por la eficacia de su fuerza. Este es el mismo poder que Dios manifestó en Cristo, cuando lo resucitó de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, elevándolo por encima de todo Principado, Potestad, Poder y Dominación, y de cualquier otra dignidad que pueda mencionarse tanto en este mundo como en el futuro. Él puso todas las cosas bajo sus pies y lo constituyó, por encima de todo, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo y la Plenitud de Aquel que llena completamente todas las cosas.
Palabra de Dios.

O bien:

Cuanto más crece la Iglesia, más urgente se hace este llamamiento a la unidad. Nos reunimos hombres y mujeres de diversos niveles económicos, culturales, distintas idiosincracias y caracteres. Y el Espíritu puede hacer el milagro de lograr la unidad en la diversidad. Dejémoslo actuar.

Lectura de la Carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 4, 1-13

Hermanos: Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos. Sin embargo, cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida en que Cristo los ha distribuido. Por eso dice la Escritura: “Cuando subió a lo alto, llevó consigo a los cautivos y repartió dones a los hombres”. Pero si decimos que subió, significa que primero descendió a las regiones inferiores de la tierra. El que descendió es el mismo que subió más allá de los cielos, para colmar todo el universo. Él comunicó a unos el don de ser apóstoles, a otros profetas, a otros predicadores del Evangelio, a otros pastores o maestros. Así organizó a los santos para la obra del ministerio, en orden a la edificación del Cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Mt 28, 19-20

Aleluya. “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Nuestra misión consiste en comunicar las palabras del Evangelio y dar señales de este. Estas palabras portan la Buena Noticia y se proclaman como anuncio de vida y liberación. Las señales son todas las buenas obras en las que el mal, con sus diversas formas, es vencido. Esa es la tarea que Jesús nos encomienda antes de su Ascensión.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 16, 15-20

Jesús resucitado se apareció a los Once y les dijo: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará. Y estos prodigios acompañarán a los que crean: arrojarán a los demonios en mi Nombre y hablarán nuevas lenguas; podrán tomar a las serpientes con sus manos, y si beben un veneno mortal no les hará ningún daño; impondrán las manos sobre los enfermos y los sanarán”. Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

La fiesta de la Ascensión no suele celebrarse de un modo especial. Por ello puede pasar de largo en nuestra vida. En ocasiones la podemos ver como algo que sucedió a Jesús hace veinte siglos, pero que poco tiene que ver con nosotros. Y quizás podamos considerarla como algo que es difícil revivir ahora, al contrario de lo que ocurre con la Navidad o la Pascua de Resurrección. Sin embargo, si la celebramos vivamente en comunidad, puede ser un importante ejercicio espiritual que refuerce nuestra unión con Jesús. En ello juega un papel muy importante el valor de compartir. Veámoslo.

La escena de la Ascensión del Señor la sitúan algunos Evangelios en un monte. San Mateo nos dice que dicho monte está en Galilea (cf. Mt 28,16) y san Lucas afirma que es el Monte de los Olivos, pues todo ocurre junto a Betania (cf. Lc 24,50), que está en Judea. Pero los pasajes de la Misa de hoy sitúan este acontecimiento en el contexto de una comida comunitaria. San Marcos lo dice en el versículo 14 ‒el anterior a la lectura que hemos escuchado‒ y san Lucas en el versículo 4 de Hechos de los Apóstoles.

Meditar la Ascensión del Señor imaginándola en un monte resulta lógico, porque el monte acerca a Jesús al cielo. Pensemos que durante siglos se ha creído que el reino celestial está situado sobre el cielo físico, siguiendo el modelo geocéntrico (con la Tierra como centro del universo) de Ptolomeo. Por eso, los cristianos se imaginaban a Jesús ascendiendo físicamente por los cielos hasta llegar, por encima de ellos, a su trono celestial. Pero desde que se estableció el modelo heliocéntrico (en el que la Tierra gira en torno al Sol) de Copérnico, esta imagen perdió parte de su sentido, aunque sigue muy presente en los fieles cristianos.

Por ello nos resulta algo raro imaginarnos la Ascensión del Señor en el contexto de una comida comunitaria. Afortunadamente, nos puede ayudar a comprender el sentido de este hecho si reflexionamos sobre otros acontecimientos que también han ocurrido en este contexto. Hay tres muy significativos: las bodas de Caná, la multiplicación de los panes y los peces y la Última Cena.

Estos tres pasajes tienen, por de pronto, una cosa en común: marcan tres hitos muy importantes en la vida pública de Jesús: en Caná, animado por su Madre, Jesús hace su primer milagro. La multiplicación de los panes y los peces es el milagro más difundido de Jesús, pues aparece seis veces en los Evangelios. Tanto impactó, que le quisieron nombrar rey, a lo cual Él se negó. En la Última Cena Jesús instituye el sacramento de la Eucaristía justo antes de ser entregado para ser crucificado.

 Hay otro elemento común: en los tres acontecimientos Jesús busca el bien comunitario. No se trata de una curación individual, sino de algo que revierte en el bien de todos los que comparten la comida con Él. Y, en el caso de la Última de Cena, se extiende a todos aquellos que le seguimos como cristianos.

Pues bien, volvamos al tema que nos ocupa: la Ascensión del Señor. Este es el cuarto gran acontecimiento acaecido en una comida comunitaria. Pone fin a la presencia física de Jesús en la Tierra. Y, como pasa en la Última Cena, no sólo busca el bien de los que comparten el banquete con Él, sino el de todos nosotros. Recordemos esto que dice Jesús a sus discípulos en la Última Cena: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito» (Jn 16,7). En efecto, sube al Cielo para enviarnos su Espíritu, el cual vive ahora en nuestro corazón.

Pues bien, aquel sabroso vino que Jesús regaló a los comensales de las bodas de Caná (cf. Jn 2,10), fue el preludio de algo mucho más maravilloso: el Espíritu Santo que nos envía desde el Cielo a todos los que compartimos su camino (Hch 2,1-4). En definitiva, en la Ascensión celebramos que todo aquello que Jesús hizo por el bien común en su vida terrena lo continúa haciendo desde el Cielo, gracias a su Espíritu.

La Ascensión es el nexo necesario entre la realidad física y la realidad espiritual. Los discípulos se relacionaron con su Maestro físicamente. Pero Jesús, gracias a la Ascensión, nos proporcionó a todos un medio mucho más íntimo e intenso de relacionarnos con Él: el espiritual. Ahora Jesús no está al lado de nosotros ‒como lo estaba con sus discípulos‒, sino que está dentro de nosotros, en lo más verdadero, bello y bueno que hay en nuestra persona. Y ello nos hace templo de Dios (cf. 1Cor 3,16; 6,19).

No es una mera experiencia individual y subjetiva, sino algo que, como un banquete, la compartimos con otras muchas personas. Y aquí vienen muy bien las palabras de san Pablo a los Efesios que hemos escuchado: ¿Queremos compartir realmente la experiencia de Jesús? Seamos entonces «humildes, amables y comprensivos» (Ef 4,2). Soportémonos «unos a otros con amor» (Ef 4,2). No ahorremos esfuerzos «para consolidar, con ataduras de paz, la unidad, que es fruto del Espíritu» (Ef 4,3). Porque Dios, que es Padre de todos, «actúa por medio de todos y en todos vive» (Ef 4,6).

Ciertamente, la experiencia de la Ascensión del Señor requiere «altura espiritual», como bien simboliza el monte donde sucedió este acontecimiento. Pero para alcanzar tal «altura» es necesario compartir con los demás no sólo un banquete, sino toda nuestra vida. Sólo siendo humildes, generosos y cariñosos con otras personas, experimentaremos cómo nuestro corazón asciende al Cielo para unirse a Jesús.

En conclusión: vivamos esta fiesta en clave comunitaria, como algo que todos debemos compartir, y entonces la Ascensión de Señor será para nosotros un ejercicio espiritual que nos unirá a nuestros hermanos y nos elevará hacia Dios. Y así podremos cumplir fielmente el mandato de Jesús resucitado: «Id a todo el mundo y proclamad el Evangelio» (Mc 16,15).

ESTUDIO BÍBLICO.

I Lectura: Hechos de los Apóstoles (1,1-11): La Ascensión

I.1. Es la primera lectura de esta fiesta del Señor  la que nos describe ese acontecimiento, casi inexplicable, conocido como la «Ascensión», un término que ha sido entendido como complemento de algo que ocurre en la Resurrección de Jesús; como si durante cuarenta días Jesús resucitado se hubiera entretenido en este mundo. ¿Para qué? En la visión particular de Lucas,  autor de los Hechos, para consolidar la fe de sus discípulos con objeto de dejarlos «entonados» en la misión apostólica que les debería llevar hasta los confines de la tierra  predicando y haciendo discípulos.

I.2. En realidad, la Ascensión no es algo distinto de la Resurrección, porque es en la Resurrección donde Jesús recibe el poder y la gloria de Señor del universo. Por lo mismo, la Ascensión, en el libro de los Hechos, viene a significar el final de una etapa de experiencias muy especiales del Señor resucitado: Ahora es el momento de que la Iglesia pueda emprender una nueva tarea  en la que estará guiada por el Espíritu. Por lo mismo, el tiempo litúrgico de la resurrección llega a su fin, como se pone de manifiesto en la fiesta de hoy, aunque eso no significa que el Señor se desentiende de nosotros y de este mundo. La escena de los discípulos que miran hacia el cielo viendo cómo desaparece su Señor  evoca, para Lucas, la necesidad de mirar hacia el mundo, hacia la historia, para cambiarla; porque ese Señor estará ayudando a los suyos mediante su Espíritu  para cuya fiesta nos preparamos ya desde hoy.

I.3. Es un texto que también, en una pedagogía muy particular, quiere resaltar una “ruptura” con los suyos, con los que han tenido que rehacer su vida después de los acontecimientos de Pascua, para hacerles comprender el papel que han de desempeñar en este mundo y en esta historia. Si bien es verdad que hablamos de “Ascensión” en términos cristológicos, no podemos olvidar que la Ascensión apunta a la eclesiología de la tarea de predicar y anunciar la salvación a todos los hombres. Bien es verdad que hay una promesa, la ayuda de la fuerza de lo alto  a donde Él se introduce  para llevar adelante este compromiso. Quizás esa sea la razón por la que Lucas se ha visto en la obligación de desdoblar el misterio de la Resurrección y el de la Ascensión con esos “cuarenta” días  que son más un tempo teológico que cronológico. Es un tiempo para llenarse de la fuerza de la Pascua y después, con la ayuda del Espíritu, lanzarse a la misión.

II Lectura: Efesios (4,1-13): Nuestra vocación cristiana

II.1. La segunda lectura nos muestra una de las claves de la comunidad cristiana: la unidad en el Espíritu de una misma fe y de una misma esperanza, y consiguientemente del amor. Éste es un pasaje que tiene un cuño bautismal, litúrgico, en el que los nuevos cristianos son instruidos sobre su decisión de recibir el bautismo para formar parte del «cuerpo de Cristo», de la Iglesia, que tiene su fuerza en el Espíritu. La carta nos habla de la vocación a la que hemos sido llamados en la Iglesia, que es uno de los temas dominantes de este escrito del Nuevo Testamento.

II.2. La aclamación y doxología de «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» resuena todavía en nuestros cantos como uno de los textos mejor formulados del cristianismo primitivo. La Iglesia de la que se habla está fundada en Cristo por medio de los apóstoles y profetas  que son ministerios de evangelización. En la Iglesia, pues, hemos recibido el evangelio, en ella hemos conocido al Señor de nuestra vida y en ella debemos vivir la experiencia de la salvación en este mundo.

Evangelio: Marcos (16,15-20): Ascensión y misión

El evangelio de hoy es una especie de síntesis de lo que sucedió a Jesús a partir de la resurrección; síntesis que alguien ha añadido al evangelio de Marcos cuando ya estaba terminado. Esto se reconoce hoy claramente por su estilo, e incluso, por su teología. Habla de la Ascensión según lo que hemos podido escuchar en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero lo que verdaderamente llama la atención de este evangelio es el encargo de la misión del Resucitado a sus apóstoles para que hagan discípulos en todas las partes del mundo. Se describe esta misión de la misma manera que Jesús la puso en práctica en el mismo evangelio de Marcos. Por tanto, Él es el modelo de nuestra predicación y de nuestros compromisos cristianos. El Reino, ahora, se hace presente cuando sus discípulos se empeñan, como Jesús, en vencer el mal del mundo y en hacer realidad la liberación de todas las situaciones angustiosas de la vida por medio del evangelio. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).