domingo, 18 de diciembre de 2016

DOMINGO 4º DE ADVIENTO


“Dará a luz un hijo
y le pondrá por nombre Emmanuel, Dios-con-nosotros”

Estamos en la última semana de Adviento, tiempo de preparación ante la llegada del Señor. “Portones, alzad las antiguas compuertas, que va a entrar el Rey de la gloria”, nos dirá el salmo interleccional.

Las lecturas de hoy no tienen el acento ascético de los anteriores domingos, llamándonos a la conversión, ni nos presentan a Juan señalando un tiempo nuevo ante la llegada del mesías esperado, sino que ante la inminencia del nacimiento de Jesús nos introducen de lleno en el Misterio de la Encarnación, eso sí, llevados de la mano de María, y José mostrándonos su papel en este Misterio que es obra del Espíritu del Señor, nuestro Dios. María la virgen madre y José su esposo nos hacen también partícipes de sus sentimientos más íntimos, de sus dudas ante los planes de Dios, que también como a nosotros a veces nos descolocan, sin saber cómo resolver unos interrogantes que nos sobrepasan. María y José se enfrentan al misterio y lo meditan en el silencio, con humildad, escuchando en su interior la voz de Dios. Son por eso un ejemplo para todos los creyentes, ellos fortalecen nuestra fe y nos indican el camino a seguir acogiendo en su vida al Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Estas palabras fueron dirigidas en primer lugar al rey Ajaz, descendiente de David, que reinó sobre Judá entre los años 736 y 716 a.C. Todo rey terrenal quiere que su dinastía se perpetúe. En esta profecía, Dios mismo es quien promete estar siempre presente en la persona de este niño. El nombre Emmanuel -Dios con nosotros- expresa el deseo de Dios de perpetuar su presencia en medio de la humanidad.

Lectura del libro de Isaías 7, 10-14

El Señor habló a Ajaz en estos términos: “Pide para ti un signo de parte del Señor, en lo profundo del Abismo, o arriba, en las alturas”. Pero Ajaz respondió: “No lo pediré ni tentaré al Señor”. Isaías dijo: “Escuchen, entonces, casa de David: ¿Acaso no les basta cansar a los hombres, que cansan también a mi Dios? Por eso el Señor mismo les dará un signo. Miren: la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel”.
Palabra de Dios.
Salmo 23, 1-6

R. Va a entrar el Señor, el rey de la gloria.

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella, el mundo y todos sus habitantes porque él la fundó sobre los mares, él la afirmó sobre las corrientes del océano. R.

¿Quién podrá subir a la montaña del Señor y permanecer en su recinto sagrado? El que tiene las manos limpias y puro el corazón; el que no rinde culto a los ídolos. R.

Él recibirá la bendición del Señor, la recompensa de Dios, su salvador. Así son los que buscan al Señor, los que buscan tu rostro, Dios de Jacob. R.

II LECTURA

En este domingo en que las lecturas están fuertemente ligadas a las expectativas mesiánicas de la casa de David y del pueblo judío, las palabras del apóstol san Pablo nos traen el aspecto de universalidad del Evangelio. Jesús es el mesías del linaje de David que trae la buena noticia a todos los pueblos, en esta carta representados por los cristianos de Roma que provenían del mundo pagano. Todos los que recibimos a Jesús como nuestro rey formamos esta comunidad de los somos llamados a ser santos.

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 1, 1-7

Carta de Pablo, servidor de Jesucristo, llamado para ser apóstol, y elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, que él había prometido por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne, y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador, por su resurrección de entre los muertos. Por él hemos recibido la gracia y la misión apostólica, a fin de conducir a la obediencia de la fe, para gloria de su nombre, a todos los pueblos paganos, entre los cuales se encuentran también ustedes, que han sido llamados por Jesucristo. A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos, lleguen la gracia y la paz, que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Mt 1, 23

Aleluya. La virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, Dios con nosotros. Aleluya.

EVANGELIO

El sí de José a la voluntad de Dios hace que Jesús tenga un padre, una familia, un pueblo y una historia. José es de la familia de David, y al aceptar a Jesús como su hijo, lo hace heredero de la casa de David. José es el varón justo que obra para que se cumpla el plan de Dios sobre todo el pueblo y sobre toda la humanidad.

 Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 1, 18-24

Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella, proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: “Dios con nosotros”. Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Este último domingo de adviento quiere ser algo así como el “pregón” de las fiestas que se avecinan, la liturgia en esta semana que empieza nos recuerda cual ha de ser el motivo de nuestra meditación, porque el Señor ya está cerca. Estamos en un tiempo de espera ante su venida, una espera que sostiene nuestra esperanza en alguien que viene a dar sentido a nuestra vida brindando nuevos horizontes. No podemos dejarnos llevar por la inercia del caminar monótono de un mundo donde todo parece que tiene otro lenguaje, nos invade, y a veces acabamos cayendo en aquello que en otros momentos hemos criticado. En una palabra, hemos de hacer un esfuerzo, nadar contra corriente, para no olvidar cual es el motivo de nuestra alegría y avivar nuestra fe como cristianos seguidores de Jesus de Nazaret. Pero todo esto hemos de llevarlo a cabo en el ambiente en que vivimos con nuestras exigencias sociales y circunstancias concretas.

La iglesia, que nos invita a seguir la liturgia de estos días, nos recuerda algo importante, no somos meros espectadores de un hecho histórico o herederos de una tradición que puede parecer desfasada o molesta, sino protagonistas del misterio cristiano que se reproduce ante nosotros con todos sus matices, para recordarnos que el auténtico sentido de la celebración es el nacimiento de Jesús, que nos compromete personalmente a un nuevo nacimiento en nosotros.

A través de las lecturas bíblicas vamos a meditar hoy lo más nuclear del misterio navideño, el nacimiento de Jesús en nosotros mismos-, que nos llevará a reafirmar nuestra actitud de creyentes. En esta tarea o ejercicio interior destaca la presencia de los protagonistas de aquella primera Navidad, son los padres de Jesús, María y José, el relato evangélico nos va a llevar a pensar en sus sentimientos tan humanos, en sus vivencias, y sobre todo en sus actitudes y respuesta, al encontrarse con un misterio comprometido y difícil de entender.

El nacimiento de Jesús fue de esta manera. (Mateo 1, 18)

Así empieza el evangelio de Mateo que hoy leemos. Nos presenta lo que podíamos llamar la identidad de Jesús, y lo hace mostrándonos su genealogía hasta llegar a José, de la estirpe de David, para relatarnos después de forma sencilla y directa como fue el nacimiento de Jesús. Nos habla de María, la virgen madre que concibe a su hijo por obra del Espíritu Santo. Sigue después mostrándonos las dudas de José con quien estaba desposada, señalando que era un hombre justo y no quería denunciarla, está confuso, por lo que decide repudiarla en secreto.

Pero el ángel del Seños en sueños despeja sus dudas, “la criatura que ha concebido María viene del Espíritu Santo”. De esta forma Dios le hace entender que debe ser el padre protector de una nueva familia formada por María y Jesús, y le dice: “María dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados “. Todo esto es muy importante en la tradición de aquella sociedad judía, el padre era el que al dar el nombre al hijo hacía oficial su paternidad, así José se convierte en el padre de Jesús. Este nombre que se le da tiene un significado, Jesús quiere decir Salvador, el que libra al pueblo del pecado. Es también el Emmanuel anunciado por el profeta, palabra bíblica que significa Dios-con-nosotros, porque Dios es el que salva.

María y José, de una forma sencilla supieron acoger los planes de Dios que en principio no eran sus planes. Por eso son un modelo para todos los que nos consideramos creyentes que tantas veces actuamos llevados por nuestros intereses, sin preguntarnos si son conformes a la voluntad de Dios.

Este relato evangélico sobre el origen de Jesús contiene un fundamento teológico que solamente podemos entender nosotros a través de la fe. Nos explica su identidad, Jesús es el mismo Dios hecho hombre. Es lo que la teología llama el Misterio de la Encarnación, porque hay que dejar bien sentado que para nosotros es un “misterio”, algo que solo conocemos porque se nos ha revelado y no tiene una explicación humana.

Pero, partiendo de la aceptación de este dogma que los creyentes recitamos en el Credo y recordaremos hoy en la misa dominical, un principio básico en el que se cimienta nuestra fe, hoy nos interesa analizar nuestra actitud ante el hecho de la presencia de Jesús en nuestra vida. La Navidad no es sólo la conmemoración de una fecha sino la invitación a preparar una trasformación interior necesaria en todos nosotros, porque al aceptar a Dios hecho hombre descubrimos el camino de nuestra perfección nos hacemos más humanos y la presencia de Dios, nos hace más “divinos”, es un maravilloso intercambio como nos dice el pregón solemne de la Nochebuena, porque podemos decir que cada uno de nosotros somos el sitio donde ese Niño que esperamos nace cada día.

Su nombre significa “Dios-con-nosotros.”

Por eso es muy importante descubrir lo que representa esa especie de consigna en la que se centra el misterio de la natividad del Señor, el “Dios-con-nosotros”, pues en ella esta resumida la acción liberadora que nos trae Jesús como un auténtico camino de salvación.

Cosa difícil vivir la presencia de Dios tan cercano en un mundo mediatizado por tantos incentivos materialistas que nos encadenan, que son opuestos a la llamada del espíritu, que intenta re-vitalizar nuestra vida. Estamos, en realidad, ante un camino personal que cada uno de nosotros ha de descubrir. Recordemos la frase conocida de S. Agustín “Dios que te creó sin ti no te salvará sin ti”.

Hemos de preguntarnos como acogemos a Dios. Estábamos acostumbrados a tener una imagen de la divinidad como todopoderosa, transcendente, la imagen de un Dios que se impone, que da consistencia y que sostiene el universo, un Superhéroe diríamos hoy día… pero de pronto, el hecho de hacerse hombre nos enseña a interpretar a Dios de una forma más personal, más cercana, nace un estilo nuevo de relación Dios-Hombre. Es un Dios que está decididamente con nosotros, Jesús (el Niño-Dios) comienza su andadura en la tierra haciéndose niño, indefenso y no poderoso, rompiendo así barreras al hacerse cercano, débil, identificándose con nuestras necesidades y carencias. Un niño, una nueva esperanza.

Pero esta experiencia de Dios con nosotros solo la podemos descubrir en la intimidad del silencio, en la “oración”, donde nos vaciamos de nuestros afanes, inquietudes y ansias de dominio, para dar cabida a un niño que se presenta pobre y humilde.

María la madre de Jesús

Al plantearnos la preparación para celebrar nuestra navidad es preciso que nos fijemos en María la madre de Jesús. María ha estado siempre presente en medio de la iglesia. Desde su silencio supo recoger el proyecto de Dios para con nosotros entregándose a él de una forma responsable y adulta. Son pocos los datos que tenemos sobre la vida de María, pero son suficientes y muy expresivos. María en todo momento se muestra como mujer que se entrega a los planes de Dios en una actitud de silencio y humildad, acogiendo su Palabra y meditándola en su corazón. Desde esta postura, es el auxilio de los cristianos que han sabido ver en María no solo a la madre de Jesucristo sino también a la mujer madre nuestra. María con su entrega a Dios y al prójimo es el modelo de mujer comprometida por el “reino de Dios” predicado por su hijo. Por eso no es exagerado ni está fuera de lugar la devoción que los cristianos de todos los tiempos sentimos hacia María, porque en todo momento han sabido ver en ella a la madre de todos los creyentes que nos acerca y ayuda a descubrir al Emmanuel: el Dios-con-nosotros.

ESTUDIO BÍBLICO.

En este cuarto Domingo de Adviento las lecturas nos hacen descubrir verdaderamente al Esperado de los pueblos, a Jesucristo. Son tres lecturas de densidad cristológica inigualable que nos hacen tocar con las manos y vivir con corazón sincero la densidad de lo que significa el que Dios "esté con nosotros" para siempre, es decir, que sea "Enmanuel".

Iª Lectura: Isaías (7,10-16): Dios está en nuestra historia

I.1. La primera lectura es probablemente el más famoso y conocido oráculo del profeta; el que más veces se he reinterpretado en la historia del pueblo judío, y de las comunidades cristianas. Es un oráculo que tiene un contexto histórico bien definido: cuando el rey Acaz buscaba apoyos para su monarquía en los poderosos de este mundo, en Asiria concretamente, un imperio terrible, ante las amenazas de los reyes de Damasco y Samaría por quitarle el trono. Entonces el profeta lo afronta con la gallardía que siempre tienen los profetas que saben leer en la vida las cosas de Dios. Precisamente lo que busca el rey será su condena; solamente cuando se es capaz de confiar en Dios, Jerusalén será liberada: "si no creéis, no subsistiréis".

I.2. Una muchacha muy joven (almah), ha concebido y dará a luz. Es el signo, el símbolo entrañable de lo que Dios promete por medio del hombre más lucido en la Jerusalén de aquellos días. Puede parecer irrisorio para el momento dramático y decisivo que se está viviendo. Está en juego el trono de Judá y, sin duda, el templo de Dios. si Dios mismo no tiene la respuesta; y desde el realismo socio-político eso no vale para nada. Pero Dios no es inmune a lo que está sucediendo. Pide paz y sosiego, confianza y experiencia divina. Porque Dios puede sacar de la nada lo que los hombres son incapaces. Ahí queda el símbolo y, si queremos, la leyenda o el mito de lo religioso. Pero cuando se rehace la historia de las personas, de las familias o de los pueblos. comprobamos que lo que no tenía sentido sí lo tiene. Estas palabras de Isaías se cumplirían por medio de la madre joven que habría de dar un descendiente a Ajaz, Ezequías. Los ejércitos de Israel y Damasco fueron derrotados por los asirios en el 732 a. C. La guerra sirio-efraimita fue un fracaso, incluso para Judá, que tuvo que pagar tributo a Asiria; pero la palabra profética se cumplió: un descendiente davídico seguiría ocupando el trono.

I.3. Es muy importante el contexto histórico de este oráculo de Isaías, pues de lo contrario perderíamos su perspectiva verdadera de palabra de luz de un profeta en medio de los miedos y desajustes que conmocionan al pueblo. El profeta es el único que tiene la luz necesaria para poner de manifiesto el disparate de Ajaz para echarse en manos de Asiria y de sus dioses implacables; tiene una mirada más alta para confiar en el Dios vivo y verdadero que libera de verdad. Es lógico que para un político esto fuera una ignominia: confiar en Dios cuando Jerusalén puede ser destruida. Su postura es muy crítica frente al rey de Judá, pero del alma le sale una promesa que es una oferta para un pueblo nuevo. Porque Dios no abandonará a su pueblo; y le dará un Mesías, el esperado, aunque éste no venga como se le esperaba. Con ello se pone en juicio toda la tradición anterior. Es verdad que esto no está directa e inmediatamente en el texto; serán los cristianos quien lo acomoden en sentido mesiánico a lo que dijo e hizo Jesús.

IIª Lectura: Romanos (1,1-7): El evangelio de Dios

II.1. La segunda lectura es el comienzo, exactamente, de la carta más impresionante de Pablo, lo que se conoce técnicamente como el preescrito. El Apóstol de los gentiles les anuncia la buena nueva de Jesucristo: nacido de David según la carne y establecido en su poder por el Espíritu de Dios. Las formulaciones de fe que Pablo recoge de la tradición anterior a él no obstan para poner de manifiesto la pasión verdadera por el evangelio de Dios; precisamente este hombre que antes fue perseguidor de los que confesaban a Jesús como el salvador. Ahora, en el cristianismo, Pablo entiende que en Jesucristo se han realizado las promesas de sus profetas, los que él había intentado conocer en profundidad en las escuelas rabínicas en las que se había formado en Damasco o en Jerusalén. Y se atreve a más: Dios le ha llamado precisamente para que este nombre sea conocido hasta los confines de la tierra. Él ha dejado su antigua pertenencia a la fe judía, precisamente para que los paganos oyeran hablar de un Dios que siempre está con los hombres, y que los paganos, los ateos, los apóstatas, los que son dioses de ellos mismos, puedan escuchar la bondad y la generosidad de este Dios verdadero. Por eso no se avergüenza del evangelio.

II.2. Llama la atención la expresión de "evangelio de Dios" que verdaderamente señala a Jesucristo, nacido de la línea de David y constituido Señor por la resurrección de entre los muertos. Precisamente el "evangelio de Dios" es lo que Pablo va a desarrollar en esta carta prodigiosa a los Romanos. Evangelio que, como buena noticia, no consiste solamente en proclamar que Jesús es el Señor, sino que es el Señor porque ha dado su vida para que nosotros seamos libres y vivamos de verdad. Es una gracia esto del evangelio para el apóstol de los gentiles. Efectivamente "una gracia" que le llega por el evangelio de Dios; una gracia no solamente para él, sino para todos los hombres. Y como es una gracia, no puede mantenerla egoístamente para sí, sino que debe proclamarla a todos.

Evangelio: Mateo (1,18-24): Dios está con nosotros, en Jesús

III.1. El evangelio del evangelista que mejor ha tratado las profecías del Antiguo Testamento, aunque, por razones propias de la mentalidad judeo-cristiana, aparezca la figura de José como introductora de cumplimiento. En el sueño, José -una forma bíblica de hablar de experiencias religiosas-, tiene encomendado dar un nombre al hijo que dará a luz su prometida María; le pondrá por nombre Jesús. En Is 7 el nombre era Enmanuel: ¿Acaso no es lo mismo? Semánticamente no, pero teológicamente sí. Su nombre simbólico será una realidad eterna: Enmanuel, Dios con nosotros. El nombre de Jesús significa: Dios salva. Es posible que este relato de Mateo no alcance las cimas del relato de la anunciación de Lucas (1,26-38), entre otras cosas porque se ha debido atener a su mentalidad más judía, acorde con su comunidad y sus búsquedas. No deja de ser, no obstante, un relato prodigioso como el de Lucas

III.2. Dicen los especialistas, con razón, que estos relatos han sido escritos en una forma muy peculiar. Le llaman midrash , en este caso haggada , porque es narrativo, ya que intenta actualizar un texto del AT y aplicarlo a una situación nueva. Esto es verdad y muy significativo. No estaban "relatando" en el sentido más estricto, sino actualizando. No podemos tomar al pie de la letra lo del sueño, pero sí debemos tomar en consideración su mensaje. José no está herido de infamia por haber sido engañado por su prometida. Lo importante para Mateo es que él debe desempeñar una misión, la de ponerle el nombre, ya que el nombre tiene una importancia decisiva en el lenguaje bíblico. Y el nombre, en este caso, no es el nombre histórico con el que Jesús ha saltado a la fama. Es el oráculo de Is 7 el que se quiere actualizar y por ello se le pondrá - ¡que extraño! - Jesús, cuando en el oráculo era Enmanuel (Dios con nosotros), aunque también en las palabras de Isaías no hay relación directa entre Enmanuel y el hijo de Ajaz, Ezequías. El hecho real es que José puso nombre a "su" hijo: Jesús. Con ese nombre, según el relato midrashico , se estaba cumpliendo la profecía del Enmanuel.

III.3. No deberíamos pasar por alto cómo Mateo ha querido responder a una objeción que se le plantea en la genealogía (1,16) cuando, dejando de lado a los varones (que Jacob engendró a José), debe introducir a María como la madre de Jesús. En su genealogía de Jesús, Mateo intenta poner de manifiesto que Cristo desciende realmente de David. Pero, de hecho, no consigue probarlo porque, en el momento decisivo, en lugar de decir que Jacob engendró a José, y éste a Jesús, interrumpe la sucesión y afirma: «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo» (1, 16). Intenta decir lo que intenta decir: que Jesús tiene un origen divino. Según el derecho judío, la mujer no cuenta en el alcance genealógico. Por consiguiente, a través de María no puede Cristo insertarse en la casa de David. Sin embargo, para Mateo es evidente que Jesús es hijo de María y del Espíritu Santo (1,18). Y entonces surge un problema: ¿Cómo insertar a Jesús, a través del árbol genealógico masculino, dentro de la genealogía davídica si no tiene un padre humano? Para resolver el problema, Mateo hace una especie de acotación o glosa (explicación de una dificultad) y narra la concepción y el origen de Jesús (1,18-25).

III.4. Su intención no consiste en narrar la concepción de Jesús, ni en describir, como hace Lucas de forma extraodinaria (2,1-20), el nacimiento de Jesús. El centro del relato lo constituye José, el cual, al considerar la situación embarazosa de María, pretende abandonarla en secreto. ¿Qué ha pretendido Mateo en 1,18-25? Sin duda, solucionar el problema que se ha suscitado; y el esclarecimiento lo tenemos en el versículo 25: José, pone al niño el nombre de Jesús ( Yeshúa ), un nombre teofórico, eminentemente bíblico (Josué/ Yehoshúa ). José, descendiente de David y esposo legal de María, al imponer el nombre a Jesús se convierte legalmente en su padre, con lo cual lo inserta en su genealogía davídica. De este modo, Jesús es hijo de David a través de José, y es también el Mesías. Así se cumple igualmente la profecía de Isaías (7, 14) de que el Mesías nacería de una virgen (en realidad almah no es virgen, sino doncella en edad de casarse, aunque los LXX tradujeron por parqenoV - parthenos, virgen - , y así ha pasado a la tradición cristiana), y el plan de Dios se realiza de modo pleno. En el fondo, teológicamente hablando, uno y otro nombre vienen a significar lo mismo: Dios está con nosotros cuando salva y cuando libera Jesús (porque Yeshúa significa "Dios es mi salvador" o "Dios salva". Por tanto, decir Enmanuel y decir Jesús , para el evangelista, es correspondiente, porque no está Dios con los hombres de otra manera que salvándolos y liberándolos. La comunidad de Mateo, pues, ha entendido ajustadamente el texto del profeta Isaías. Porque el oráculo del profeta le trasciende, va más allá de lo que él mismo podía presuponer. El oráculo se le escapa al profeta porque es Dios quien lleva a cabo los oráculos de los profetas verdaderos. Esto lo ha sabido recoger muy bien la comunidad de Mateo y lo ha plasmado en esta escena llena de contenido teológico. Así, pues, con este evangelio se nos abren las puertas de la Navidad; termina el Adviento y la esperanza que genera se debe hacer realidad experimentando de verdad la salvación que nos llega ya. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).




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