domingo, 15 de enero de 2017

DOMINGO 1º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”

Terminado el tiempo de Navidad el domingo pasado con el Bautismo del Señor e inaugurada la misión de Jesús y la manifestación de su relación con Dios Padre bajo el impulso del Espíritu Santo, le sigue el llamado Tiempo Ordinario en el que se recuerda el misterio de Cristo en su plenitud. Es vivir cada domingo con la tensión propia de la actitud devenida del Adviento y de la Navidad.

A lo largo de las lecturas de este Tiempo Ordinario veremos a Jesús realizando su ministerio: predicando el Reino de Dios, proclamando su voluntad amorosa y salvadora del Padre, dándonos vida y salud, alegría y esperanza con sus gestos y milagros.
El domingo II con el que empieza, sigue el mismo tono que el del domingo anterior, el del Bautismo del Señor, y su manifestación por Juan Bautista.

Este Jesús, nos lo presenta Juan Bautista como “El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” para llevar a cumplimiento su misión en el mundo conformándose con el Siervo de Yahvé profetizado por Isaías, en su segundo libro, y que se proclama en la Primera Lectura de este domingo.

La Iglesia recuerda en este domingo a los emigrantes y exiliados en la Jornada Mundial de las Migraciones bajo el lema “Menores migrantes, vulnerables y sin voz”. También Jesús “emigró de un lado a otro” sin tener dónde recostar su cabeza (Mt. 8 20).

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Los poemas del servidor de Yavé presentan la figura de alguien que llega para cumplir el plan salvífico que Dios ha proyectado. Los primeros cristianos pudieron descubrir en estas profecías los rasgos de Jesús y de su misión: Él llega señalado por Dios para llevar la luz de salvación a todas las naciones.

Lectura del libro de Isaías 49, 3-6

El Señor me dijo: “Tú eres mi Servidor, Israel, por ti yo me glorificaré”. Pero yo dije: “En vano me fatigué, para nada, inútilmente, he gastado mi fuerza”. Sin embargo, mi derecho está junto al Señor y mi retribución, junto a mi Dios. Y ahora, habla el Señor, el que me formó desde el vientre materno para que yo sea su Servidor, para hacer que Jacob vuelva a él y se le reúna Israel. Yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza. Él dice: “Es demasiado poco que seas mi Servidor para restaurar a las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo te destino a ser la luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra”.
Palabra de Dios.

Salmo 39, 2. 4ab. 7-10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor: Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: “Aquí estoy”. R.

“En el libro de la Ley, está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón”. R.

Proclamé gozosamente tu justicia en la gran asamblea; no, no mantuve cerrados mis labios, tú lo sabes, Señor. R.

II LECTURA

Observemos los términos que san Pablo usa para denominar a los cristianos: son los santos, los santificados. Con esto expresa que sobre todo cristiano ya ha obrado la gracia de Dios. Somos criaturas transformadas por lo que el amor de Dios ha hecho en cada uno de nosotros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 1, 1-3

Pablo, llamado a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Sóstenes, saludan a la Iglesia de Dios que reside en Corinto, a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos, junto con todos aquellos que en cualquier parte invocan el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, Señor de ellos y nuestro. Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 1a, 14. 12ª

Aleluya. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. A todos los que la recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

¿Cómo podemos llegar a proclamar que Jesús es el Cordero de Dios, el que tiene el Espíritu, el Elegido de Dios? Sólo nuestra propia apertura a la obra del Espíritu Santo nos convertirá en testigos. Es el Espíritu el que, obrando en nosotros como lo hizo en Juan Bautista, nos permitirá llegar a este conocimiento. Que no es un simple conocer intelectual, sino una verdadera sabiduría que nos descubre quién es Jesús y la relación profunda que él quiere entablar con cada uno de nosotros.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 29-34

Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A él me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel”. Y Juan dio este testimonio: “He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre él, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que él es el Hijo de Dios”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Yo no lo conocía

Jesús era el desconocido para Juan el Bautista, como también hoy lo es en bastantes sitios y lugares e incluso para algunos cristianos. Juan lo descubrió gracias al Espíritu que fue quien se lo revela. Como cristianos, hemos de estar atentos a ese Espíritu, para ver al Cristo que se revela en los sencillos y humildes, en el emigrante, en el pequeño venido en patera, en la “violación de los derechos humanos” como dice el Papa Francisco en el mensaje de esta jornada.

Si el Bautista, no lo conocía: “yo no lo conocía”, quiere llamar con su redundancia a buscar al niño pequeño nacido hace unos días y cuyo bautismo celebrábamos el domingo pasado.

El verdadero conocimiento del rostro de Jesús en el mundo, se descubre por la apertura personal al Espíritu. La liturgia del año dará pautas y momentos para que la cotidianidad se convierta en eterna Navidad de un Dios-con-nosotros.

La actitud de búsqueda y espera de Juan el Bautista, anima al discípulo de Cristo a seguir en constante tensión de búsqueda esperanzada para que el sueño de Dios Padre, -“venga a nosotros tu reino”-, sea realidad en el mundo. No ceja el precursor Juan en la tarea de búsqueda, buen y gran ejemplo para quien aspira a ser verdadero seguidor del Jesús. Para amar, hay que conocer.

Solo el Espíritu puede llevar al seguidor de Cristo a proclamar, como Juan: “Éste es el Hijo de Dios. Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Si se reconoce la falta de perfección en el ser humano, si la corrupción no se acepta como tal (llamándola de otras maneras), si al extranjero se le ve como “extraño”, es porque en el alma está dormido, -o no está-, el espíritu del Señor. Lo contrario obliga a decir Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (pecado, palabra maldita y que cada vez está más en desuso por molesta).

La necesidad de vivir este Tiempo Ordinario con el espíritu del Adviento y Navidad del Dios-con-nosotros, necesita de la pureza del ser humano, del baño purificador en el Espíritu para confesar sin miedo que Jesús es el Hijo de Dios, nacido de María Virgen y consecuentemente esa presencia de Dios-EN-nosotros obliga a cumplir su voluntad cada día, como se proclama en el Salmo de este domingo: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”. Proclamación que tiene implícita la filiación divina del seguidor de Jesús vivida con el estilo de éste.

Ante el pluralismo religioso de hoy, el cristiano de a pie ha de vivir en relación de apertura “relación positiva”, por elección libre y personal, a la llamada del Señor, con carácter de servicio como dice Isaías en la primera lectura en lo que se refiere al Siervo de Yahvé. El servicio es luz que ilumina y manifiesta a Dios a los demás y hace que esté orgulloso de sus servidores.

Ese orgullo divino se concreta cuando se sale (Iglesia en salida) a las “periferias existenciales como dice el Papa Francisco en esta Jornada Mundial de las Migraciones”. Identificar e identificarse con el diferente, con el excluido, es fruto de la vivencia del Espíritu de Dios en el ser humano y manifestación externa, que no puede guardarse y le obliga a ser luz y testigo en un mundo necesitado de espiritualidad profunda y manifestación de la divinización del hombre. Hambre del Dios verdadero que nada tiene que ver con el poder, el dinero, el placer; sino con el servicio sin acepción de personas. Si la salvación vivida personalmente, no llega a los demás, no es verdadera salvación. El seguidor Cristo es un misionero que no se queda en la búsqueda egoísta de la perfección individual, sino que hace perfectible todo, y a todos, sin a orillar la sabiduría de la Cruz y su paso por ella.

Es la llamada a la santidad y a la apostolicidad, como dice Pablo a los Corintios, que no permite aparcarse en esquemas favoritistas y/o oportunistas. No es tampoco esa santidad simple práctica devocional, sino que está más cerca de la sabiduría de la cruz por el contacto directo con el sufrimiento humano.

Como cristianos hemos de compartir la experiencia de darlo todo por causa de la justicia. “Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía” en palabras del Papa Francisco. Tocar al emigrante, al extranjero-extraño, al diferente, al que forzosamente ha tenido que abandonar su tierra, es principio de purificación y verdadero conocimiento de Dios por su espíritu en nosotros que nos permite reconocer a Dios, y a su Hijo de ellos.

El cristiano que procure aumentar en sí el conocimiento de Dios, vivirá, a lo largo de este año litúrgico, toda clase de bendiciones venidas de lo Alto.

ESTUDIO BÍBLICO.

Iª Lectura: Isaías (49,3-6): Misión del Siervo: luz de salvación para la humanidad

I.1. La primera lectura, del nuevo del Deutero-Isaías, es del 2º cántico del Siervo de Yahvé. En este capítulo, la figura del Siervo está más ceñida a la dimensión profética de este personaje que canta el autor de los mismos. Sión, el pueblo entero, debe repensar su vida a la luz de este personaje Siervo de Yahvé. Sabemos que estos cantos (Is 42,1-9: 49,1-7; 50,4-9) representan una de las cumbres teológicas del Antiguo Testamento. Son poemas que han dado mucho que hablar, ya que en un momento determinando descubrirán el valor redentor del sufrimiento, aunque no en el texto de hoy. El papel del Siervo es reunir a Jacob e Israel, dos nombres, epónimos, para hablar de la totalidad del pueblo. Reunir, pacificar, consolar... siempre la humanidad ha tenido necesidad de estos valores. Y hoy, como nunca, necesitamos a alguien como el Siervo que traiga esa luz a este mundo dividido, en guerra, hambriento y desorientado.

I.2. Como este es un canto que describe la vocación del “Siervo”, no hay nada comparable a la misión que el Señor le encomienda: te haré luz de las naciones; ¿para qué?, para que “mi salvación alcance hasta los confines de la tierra”. Pero aunque el texto de hoy, en la lectura, ha eliminado el v. 4, no deberíamos dejarlo de lado. El descubrimiento de la misión del siervo para ser luz de los pueblos le llega después de una crisis, y es por la misión por lo que la vocación de este misterioso personaje sale fortalecida; la crisis de identidad se cura anunciando salvación. Eso es lo propio de un verdadero profeta de Dios. Estas palabras son las que justifican verdaderamente la elección de nuestro texto (del canto 2º) para el día de hoy, porque esa misión para el “siervo desconocido”, la vieron los primeros cristianos realizada en la misión de Jesús de Nazaret: luz de salvación para todos los pueblos, para la humanidad.

 IIª Lectura: Iª Corintios (1,1-3): Saludo, en Cristo y con Cristo, a la comunidad

II.1. La Primera Carta a los Corintios inaugura hoy las lecturas de los siguientes domingos. Tendremos ocasión de volver sobre ella, porque serán hilo conductor hasta los domingos de Cuaresma. Esta carta de San Pablo a la comunidad de Corinto, en Grecia, en Acaya concretamente, una de las ciudades más importantes donde el Apóstol predica el cristianismo, es una de las más importantes de Pablo. Estamos ante un escrito lleno de contrastes, de urgencias, de consultas, de decisiones apostólicas. Merece la pena leerlo detenidamente, prepararse con esmero para su comprensión, porque aparecerán temas muy decisivos.

II.2. En el encabezamiento de hoy, señalemos la teología de la santificación del pueblo de Dios por medio de Jesucristo. Es El, Cristo, quien lleva la iniciativa y por eso Pablo sabe que su misión es tan importante en medio de la comunidad que él ha engendrado en su Señor. Una comunidad que le dará mucho que hacer, pero a la que no niega el título de salvación y santificación. Pablo era un hombre de personalidad fuerte, incluso muy enamorado de su apostolado: pero nada es sin Cristo su Señor y esto se debe poner de manifiesto desde el principio para todo lo que nos trasmitirá.

Evangelio: Juan (1,29-34): El don del bautismo en el Espíritu

III.1. Este es un domingo de transición que, de alguna manera, se recrea un poco en el mensaje del domingo pasado, quizás para señalar con más fuerza la importancia de lo que significan los comienzos de la vida pública de Jesús. Es verdad que históricamente nos hubiera gustado saber día a día lo que Jesús pudo hacer y sentir desde su nacimiento. Pero esta es una batalla de curiosidad perdida; también el silencio y el misterio, desde Nazaret hasta que se decide a salir de su pueblo, debe maravillarnos como una posibilidad del proyecto de Dios en el que no ocurre nada extraordinario, porque lo extraordinario es que Dios aprende a ser hombre.

III.2. Tampoco el evangelio de Juan nos va a ofrecer demasiados datos; por el contrario, pone sobre la boca de Juan el Bautista unas afirmaciones que llaman la atención: “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. ¿Es posible que un cordero (gr. amnos) se atreva con el pecador del mundo? ¿Por qué lo saluda así Juan el Bautista? De todas formas no debemos pasar por alto que dice “cordero de Dios” (amnos tou theou). La opinión más extendida es que ya aquí se está apuntando a la Pascua, al cordero Pascual que se sacrificaba en el templo para rememorar la liberación de Egipto. Un cordero frente al poder del mundo es demasiado, pero esa es la lucha que en la teología joánica se ha de poner de manifiesto: vida-muerte, amor-odio, luz-tinieblas son los contrastes con las cuales se expresa la misión de Jesús.

III.3. Este de hoy es uno de los textos de densidad cristológica inigualable. Su lectura se puede dividir en dos: vv. 29-31 y vv. 32-34. Sabemos que el evangelio de Juan no se anda por las ramas en lo que respecta a las afirmaciones cristológicas, de títulos, sobre Jesús. Por eso se ha dicho, con razón, que las afirmaciones del evangelio de Juan responden a una época bien tardía del Nuevo Testamento. Eso no significa que se haya desfigurado la base histórica del cristianismo primitivo; simplemente que se dan pasos muy avanzados. Efectivamente, sabemos que el evangelio de Juan tampoco es el resultado de una mano sola en su redacción o confección, sino de varias manos, de varias épocas, a la vez que se perciben polémicas y otras cosas semejantes. El texto de hoy es típico en este sentido.

III.4. El contraste entre Juan y Jesús es tan patente como si se describiera el amanecer y el mediodía, entre las sombras y la luz; entre el agua y el Espíritu. En el texto queda patente que Juan actuaba por medio del bautismo de agua para la conversión; de Jesús se quiere afirmar que trae el bautismo nuevo, radical, en el Espíritu, para la misma conversión y para la vida. Uno es algo ritual y externo; otro es interior y profundo: sin el Espíritu todo puede seguir igual, incluso la religión más acendrada. Esto es lo que el testo joánico de nuestro evangelista quiere subrayar. Y el hecho de que lo presente, al principio, como un “cordero” indica que su fuerza estará en la debilidad e incluso en la mansedumbre de un cordero (signo bíblico de la dulzura) dispuesto a ser “degollado”. En definitiva, el pecado absoluto del mundo, será vencido por el poder del Espíritu que trae Jesús. El bautismo de agua puede y tiene sentido, pero para significar el bautismo, el sumergirse, en el Espíritu de Dios que trae Jesús.

III.5. Probablemente se quiera combatir a algunos discípulos de Juan el Bautista que pertenecían a la comunidad joánica y necesitaban un testimonio de esta envergadura, porque todavía no habían comprendido verdaderamente el papel del Bautista como anunciador del verdadero Mesías. Juan, frente a Jesús, no tiene sino agua para purificar, pero eso es muy poca cosa para purificar corazones; así lo reconoce. Solamente el Espíritu que ha recibido y trae Jesús es capaz de lograr ese cambio de lo más íntimo de nuestro ser y de nuestra voluntad. Se quiere poner de manifiesto, pues, que Juan el Bautista pide a sus discípulos que desde ahora lo dejen a él y sigan al que se atreve a llamar (propio de la alta teología joánica) Hijo de Dios. Su papel está cumplido: saber ser amigo del esposo, como se dirá en otra ocasión. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).



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