domingo, 25 de mayo de 2014

DOMINGO 6° DE PASCUA



“Si me aman, guardarán mis mandamientos”

Las palabras de Jesucristo señalan el camino de la vida cristiana. Hemos celebrado el Triduo Pascual –– pasión, muerte y resurrección de Jesús –– y nos encontramos en la etapa que da sentido a todo lo anterior. En efecto, la resurrección de Jesús ilumina su pasión y su muerte, transformándolas en un evento que la razón humana no conseguirá explicar jamás. Así es como la resurrección de Jesús ilumina también toda la vida cristiana y la vida humana en general, donde experimentamos situaciones verdaderamente dramáticas, sin sentido para la comprensión humana y que requieren una visión de fe.

Ahora bien, la resurrección de Jesús es cuestión de amor, como lo han sido su pasión y su muerte. Es el amor –– Dios es amor –– la realidad que está al principio de la historia de la salvación, quien la guía y la lleva a su plenitud. Por eso puede decirnos Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Esta misma realidad la formula el Señor en el Evangelio con otra expresión: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama”. Los cristianos tenemos que ver todas las cosas con ojos de amor, es decir, con los ojos del corazón (cf. Ef 1,18).

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA

I LECTURA

“También la primera misión de Pablo y de Bernabé se caracteriza por una ceremonia análoga: ‘Entonces, después de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron’. Estamos aquí ante un rito litúrgico de verdadera investidura misionera, celebrada por los responsables y representantes de la comunidad”

Lectura de los Hechos de los apóstoles 8, 5-8. 14-17

En aquellos días: Felipe descendió a una ciudad de Samaria y allí predicaba a Cristo. Al oírlo y al ver los milagros que hacía, todos recibían unánimemente las palabras de Felipe. Porque los espíritus impuros, dando grandes gritos, salían de muchos que estaban poseídos, y buen número de paralíticos y lisiados quedaron sanos. Y fue grande la alegría de aquella ciudad. Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que los samaritanos habían recibido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo. Porque todavía no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.
Palabra de Dios.

Salmo 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20

R. ¡Aclame al Señor toda la tierra!

¡Aclame al Señor toda la tierra! ¡Canten la gloria de su nombre! Tribútenle una alabanza gloriosa, digan al Señor: “¡Qué admirables son tus obras!” R.

Toda la tierra se postra ante ti, y canta en tu honor, en honor de tu nombre. Vengan a ver las obras del Señor, las cosas admirables que hizo por los hombres. R.

Él convirtió el mar en tierra firme, a pie atravesaron el río. Por eso, alegrémonos en él, que gobierna eternamente con su fuerza. R.

Los que temen al Señor, vengan a escuchar, yo les contaré lo que hizo por mí: Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración ni apartó de mí su misericordia. R.

II LECTURA

Pedro nos invita a dar testimonio con la palabra, capacitados en el conocimiento de lo que creemos, entrando en discusión y diálogo pacífico. Pero también nos llama a dar testimonio con la vida misma, aceptando las adversidades a las que nos puede llevar nuestra confesión de fe.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 3, 15-18

Queridos hermanos: Glorifiquen en sus corazones a Cristo, el Señor. Estén siempre dispuestos a defenderse delante de cualquiera que les pida razón de la esperanza que ustedes tienen. Pero háganlo con suavidad y respeto, y con tranquilidad de conciencia. Así se avergonzarán todos aquellos que difaman el buen comportamiento que ustedes tienen en Cristo, porque ustedes se comportan como servidores de Cristo. Es preferible sufrir haciendo el bien, si esta es la voluntad de Dios, que haciendo el mal. Cristo padeció una vez por los pecados –el Justo por los injustos– para que, entregado a la muerte en su carne y vivificado en el Espíritu, los llevara a ustedes a Dios.
Palabra de Dios.

EVANGELIO    

¡Qué hermoso consuelo! ¡Es Jesús quien reza por nosotros! Él pide que recibamos al Espíritu, y de esta manera, descansaremos en su misma oración.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 14, 15-21

Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA

 “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

El hecho de la resurrección de Jesucristo orienta hacia una realidad nueva, en la que podemos ver la acción del Espíritu Santo, tal como aparece en las tres lecturas. La vida según el Espíritu es la que corresponde a cuantos hemos sido bautizados y hemos sido incorporados a Jesucristo. Fue el Espíritu “quien devolvió a la vida” a Jesús, resucitándolo de entre los muertos (primera lectura); es “el Espíritu de la gloria, el Espíritu de Dios” quien nos comunica su energía, pues habita en nosotros (segunda lectura); este mismo Espíritu lo llama Jesús “Espíritu de la verdad” y “otro defensor” que está siempre con nosotros (Evangelio).

“Les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

La verdadera predicación de la Palabra de Dios, es decir, de Jesucristo, es causa de alegría, porque su fuerza sana y cura las enfermedades, el pecado, liberando de la esclavitud de los espíritus inmundos.

Pedro y Juan “oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu Santo”. Ahora bien, una vez recibido el Espíritu Santo, hemos de dejarnos conducir por él, superando la tendencia natural a echar mano de nuestro “yo”. No es nuestro “yo” el que cuenta, sino Jesús, que dejó dicho con toda claridad: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6). Después de que Jesucristo nos haya mostrado el camino, después de saber en qué consiste la verdad y después de haber sido introducidos en una vida nueva, ahora nos corresponde, con humildad, dejarnos guiar por el Espíritu de Jesús, cosa nada fácil para nuestra arrogancia humana.

“Como poseía el Espíritu fue devuelto a la vida”

Gracias a la obra de Jesucristo, la vida nueva merecida mediante su resurrección, de la que participamos a través del Bautismo, hemos de “glorificar a Cristo Señor” desde lo profundo de nuestro corazón, tomando cada vez más conciencia del don recibido, que es lo que nos permite “dar razón de nuestra esperanza”, y saber hacerlo con estilo, con elegancia, no imponiendo sino proponiendo, tal como hizo el mismo Jesucristo, “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

Entrar en esta dimensión y avanzar por ella solo es posible contando con el Espíritu. ¡Qué hermoso si fuéramos bien conscientes de la obra que Dios hace en nosotros “derramando su amor en nuestros corazones, con el Espíritu Santo, que ya nos ha dado”! (Rm 5,5). Jesús poseía el Espíritu, y así “fue devuelto a la vida” (segunda lectura).

“El Espíritu de la verdad vive con vosotros y está en vosotros”

La clave de nuestra vida está en Jesucristo, en su palabra, en su promesa. Refiriéndose al Espíritu Santo, al que llama “Espíritu de la verdad” y “otro consolador”, el Señor indica un neto contraste respecto del Espíritu Santo: “el mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce”. Podríamos añadir, que ni siquiera le interesa, porque conocer al Espíritu y dejarse guiar por él significa hacer morir nuestro “yo”, que está en total contraste con las pretensiones humanas de prevalecer sobre las demás personas, interesados solamente de nuestras cosas. El mundo, pues, no hace nada por conocer al Espíritu, y continúa su camino, tal como podemos verificar continuamente en la sociedad global.

Por el contrario, los discípulos de Jesucristo estamos llamados, tenemos la obligación de dejarnos guiar por el Espíritu, porque el Espíritu “vive con nosotros” y “está en nosotros”. Se trata, pues, de una forma de vida totalmente dinámica, expresando una identidad de personas, nuestra persona con el Espíritu. Esta identidad de persona con el Espíritu es una realidad inefable, sublime. Por eso Jesús insiste en este hecho tratando de hacer comprender a sus discípulos la identidad que existe entre él y el Padre: “Sabréis que yo estoy “en” mi Padre”, añadiendo a continuación: “y vosotros “en” mí y yo “en” vosotros”.

La Biblia de la Conferencia Episcopal Española traduce de otra manera: en vez de la preposición “en”, que hemos usado, prefiere la preposición “con”, que no expresa la misma intensidad de lo que significan las palabras de Jesús, que no solo está “con” nosotros, sino que vive “en” nosotros. Fácil evocar las palabras de san Pablo a propósito de su relación personal con Jesucristo: “No soy yo el que vive, es Cristo el que vive “en” mí” (Gal 2,20).

Necesitamos entrar en esta dimensión personal con Dios-Trinidad para que nuestra vida no sea simplemente una “imitación” sino más bien una vida vivida en plenitud, tal como quiere el mismo Señor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10). La vida es un principio “interior”, íntimo, profundo. Esto es precisamente lo que podemos decir del Espíritu Santo, que no solo está “con” nosotros sino que vive “en” nosotros, moviéndonos desde dentro.

Ahora bien, todo este proceso hemos de considerarlo en su raíz más profunda, que es el amor de Dios. Jesucristo nos enseña con total claridad: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”; “el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él”.


ESTUDIO BÍBLICO

Iª Lectura: (Hechos 8,5-8.14-17): La palabra de Dios nos abre al Espíritu

I.1. Este texto nos muestra un paso más de la comunidad cristiana primitiva. La crisis originada en la comunidad de Jerusalén a causa de los «helenistas», que tenían una mentalidad más abierta y más atenta a lo que había significado el mensaje del evangelio y de la Pascua, dispersó a estos cristianos fuera de la ciudad santa. Y esto va a ser semilla misionera y decisiva para que el «camino», otro de los nombres con que se conocía a los seguidores de Jesús, rompiera las barreras del judaísmo. Del relato, para la lectura de este domingo, se excluye el caso de Simón el Mago que quería hacer lo que Felipe, o comprarlo si era necesario -de donde procede el nombre de “simonía”-, por querer procurarse bienes espirituales por medio del dinero.

I.2. El programa que el autor (Lucas) ya diseñó en Hch 1,8 debe ir cumpliéndose con precisión. Pero es el Espíritu quien lleva estas iniciativas, quien se adelanta a los mismos apóstoles. Porque la Iglesia, sin Espíritu del Señor, no estaría abierta a nuevos modos y territorios de evangelización y presencia. El Espíritu es quien otorga siempre a la comunidad cristiana la libertad y el valor necesarios. En la lectura de hoy vemos a Felipe, uno de los siete elegidos y, probablemente, el líder sucesor de Esteban, que se llega hasta el territorio maldito de los samaritanos. El odio entre judíos y samaritanos ya aparece en el evangelio (Lc 9,52ss; Jn 4). Este era un paso muy importante porque se les consideraba como unos paganos. Esta era una apuesta decisiva, a la vez que un compromiso conducido por el Espíritu de Pentecostés, para cuya fiesta nos preparamos. Los samaritanos acogieron la palabra de Dios, nos dice Lucas en este relato, y enviaron a Pedro y a Juan para que pudieran atender y confirmar en la fe a esta nueva comunidad que se había abierto a la fuerza de la palabra salvadora.

I.3. Por eso, conviene resaltar que no son los “doce”, los discípulos de Jesús y los testigos “directos” de la Resurrección, los que llevan a cabo esta iniciativa eclesial. Felipe el helenista es el que se atreve a cumplir esa promesa del resucitado de Hch 1,8 (aunque cuenta mucho la persecución en Jerusalén contra ellos). Lo que hace es lo que mismo que hacía Jesús (cf. Lc 7,21; 8,2; 9,1). Resaltemos, pues, las iniciativas de los de segunda fila que tienen la misma importancia o más, ya que llevan la predicación, la palabra de Dios, a “lugares de frontera”. En Lucas la “palabra de Dios” es verdadera protagonista, junto con el Espíritu, de la segunda parte de su obra.

I.4. En un segundo momento, Pedro y Juan tienen que asumir la realidad de que los samaritanos, a donde ellos nos se atrevían a ir, han acogido la predicación evangélica. Esto contrasta con la escena del evangelio (Lc 9,51-56) en que Jesús y los suyos, pasando por territorio samaritano al ir a Jerusalén, y no siendo acogidos, Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, pidieron un castigo apocalíptico para aquel lugar maldito. Pero Jesús esta actitud de venganza rotundamente. Para Lucas esa era como la primera semilla, que ahora viene a crecer por medio de una nueva predicación. Y Juan, el hijo del Zebedeo, es protagonista en este momento.

I.5. El relato, pues, debe ser leído e interpretado en el sentido de que de los que no se esperan respuesta, son capaces de acoger el mensaje de la salvación con más solicitud y entusiasmo que los predestinados religiosamente para ello. La llegada de Pedro y Juan no debe ser captada en el sentido de ir a imponer su autoridad apostólica o jerárquica, sino, por el contrario, a poner de manifiesto por su parte y por la parte de la Iglesia madre de Jerusalén, el misterio de “comunión” que los herejes samaritanos (concepción del judaísmo ortodoxo) son capaces de dar.

I.6. Por eso este es un segundo “pentecostés”, que aquí acontece por la imposición de las manos de los apóstoles. Y es que en la Iglesia primitiva se dieron diferente momentos de “pentecostés” como presencia del Espíritu de Jesús resucitado.

IIª Lectura (Iª Pedro 3,15-18): Dar razón de nuestra esperanza

II.1. Nuestro texto nos proporciona una tesis teológica que debe ser determinante para los seguidores de Jesús: que debemos estar siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza. Los primeros cristianos tuvieron que explicar muchas a veces, a quien se lo pedía, los motivos de su fe y de su esperanza. Eran tiempos de persecución. Hoy vivimos la fe menos ambiciosamente, pero no podemos ocultar la luz debajo de nada.

II.2. Ser cristiano, ser seguidor de Jesús, nos otorga su Espíritu y estamos convocados como entonces a dar testimonio. Hoy no hay persecuciones como entonces, pero el mundo tiene otros valores y reducimos nuestro testimonio a ciertas manifestaciones cultuales. Mas la fe cristiana no es para el culto, sino que debe dar sentido a la vida entera. ¿Por qué creemos, por qué esperamos, por qué amamos y perdonamos? No podemos ocultar nuestra verdad, sino que debemos comunicarla, incluso aunque tengamos que sufrir adversidad o incomprensión.

II.3. No se trata de hacer una defensa apologética de nuestra esperanza, pero sí es necesario vivir con esperanza: la esperanza en Cristo, en un mundo de paz y de concordia; en un mundo que tiene, además, un futuro más allá de esta historia, porque Jesús, el Señor, ha ganado para todos ese mundo nuevo.

Evangelio de Juan (14,15-21): El Espíritu, nuestro “Defensor”

III.1. El evangelio de Juan prosigue con su discurso de revelación de la última cena. Se hace una conexión entre amor y mandamientos. Si amamos a Jesús estamos llamados a amarnos los unos a los otros, porque en la teología de Juan ese es el mandamiento nuevo y único que nos ha dejado para que tengamos nuestra identidad en el mundo. ¿Era eso nuevo? Era nuevo en la forma en que lo entendió Jesús: incluso hay que amar a los que nos odian; así seremos sus discípulos.

III.2. Para llevar adelante este mandamiento Jesús pedirá un «defensor», un ayudador: el Espíritu. Se nos vuelve a poner en línea abierta con la fiesta de Pentecostés que celebraremos tras dos domingos. El Espíritu de la verdad, no de una verdad abstracta, sino de la verdad más grande, de una verdad que el «mundo» odia, porque el mundo en San Juan es el misterio de la mentira, del odio, de las tinieblas. Probablemente se detecta aquí un dualismo un poco exagerado, pero es verdad que el mundo de la mentira existe y nos rodea frecuentemente.

III.3. Jesús promete no dejarnos huérfanos: El Espíritu es más fuerte que el mundo, como el amor y la verdad son más fuertes que el mundo, aunque nos parezca lo contrario. Si queremos vivir otra vida verdadera debemos fiarnos de Jesús que, desde el regazo de Dios como Padre, no se ha instalado allí, sino que enviándonos un Defensor nos conduce al mundo de la verdad, de la luz, del amor que reina en el seno de Dios.

III.4. El evangelio nos habla del “Paráclito” que Jesús promete a los suyos. El término griego parákletos (que significa “llamado”, del verbo griego kaleo, “llamar, interceder por”) tiene su origen en el mundo jurídico y designa a alguien que es llamado como defensor en un tribunal, un abogado en definitiva. Se sabe que los discípulos han de afrontar en el mundo una lucha. El autor del evangelio ya lo está viendo con sus ojos y por eso construye este discurso sobre el “Paráclito” que “estará con vosotros para siempre” (Jn 14,16). Es el Espíritu de la “Verdad”, que es una de las formas en que Jesús se ha presentado en este evangelio (14,6), un tema dominante de la catequesis joánica. Por lo mismo, el Espíritu vendrá a hacer lo que hacía Jesús mientras estaba con ellos.

III.5. ¿Qué sentido tiene todo este discurso? Pues que aunque falte Jesús, no nos faltará su Espíritu. Es una presencia nueva de Jesús, una presencia que viene después de la Resurrección y que no podemos dudar que existe y existirá. Y aunque no esté definida esa personalidad del Espíritu, como habrá de hacerse en la teología posterior, debemos estar abiertos a esta promesa de comunión y de vida. En este mundo nuestro de disputas interminables y de intereses muy humanos, tener un abogado “defensor” es como una necesidad para no estar desamparados. Los cristianos, por lo mismo, tienen el suyo y pueden apoyarse en él, porque es un “abogado de la verdad que libera” nuestras conciencias.








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