domingo, 22 de marzo de 2015

DOMINGO 5° DE CUARESMA


“Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.”
  
Desde que se inició el tiempo cuaresmal, y de la mano de la pedagogía de las lecturas del ciclo B, hemos sido conducidos por diversos escenarios emparentados con lugares especialmente significativos para la fe bíblica.

Todo comenzó en el desierto, lugar de la prueba y de la tentación. A continuación fuimos conducidos al monte de la Transfiguración para vivir una experiencia anticipada de la Pascua. El tercer domingo nos ubicó en el espacio espiritual de Israel sostenido por la Ley y por el Templo. El cuarto domingo centró la atención en la fiesta de la Pascua. Allí nos sitúa también este quinto domingo, subrayando así, mucho más nítidamente, la cercanía de nuestra propia celebración pascual de 2015.

Visto así, estos escenarios bíblicos (Desierto, Monte, Ley, Templo y Pascua) son hitos que dan qué pensar a los que ajustan su paso al ritmo de la liturgia cuaresmal dominical. Una clave se vislumbra en esta didáctica. Una clave que hace suya la palabra de Dios en este quinto domingo y que, además, sirve también para interpretar la Escritura: Desierto, Monte, Ley, Templo y Pascua se han de leer a la luz de Jesucristo. Dicho de manera comprensible y aplicada a los textos de este V Domingo: la Alianza y la misma Pascua adquieren en Jesús un significado nuevo; en Él se cumplen de una manera única y significativa; se trata, claro, del sentido cristiano que, como Iglesia, celebramos los seguidores de Jesús en este tiempo cuaresmal que ya está llegando a su término.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Si viviésemos en verdad la alianza del Señor, escucharíamos en nuestro interior su voz, su ley, su Palabra. Y eso mismo nos haría vivir de acuerdo con su voluntad.

Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34

Llegarán los días –oráculo del Señor– en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque yo era su dueño –oráculo del Señor–. Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días –oráculo del Señor–: Pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo. Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: “Conozcan al Señor”. Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande –oráculo del Señor–. Porque yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado.
Palabra de Dios.

Salmo 50, 3-4. 12-15

R. Crea en mí, Dios mío, un corazón puro.

¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad, por tu gran compasión, borra mis faltas! ¡Lávame totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! R.

Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu. R.

Devuélveme la alegría de tu salvación, que tu espíritu generoso me sostenga: yo enseñaré tu camino a los impíos y los pecadores volverán a ti. R.

II LECTURA

El autor de la carta a los Hebreos reconoce que Jesús atravesó por la escuela del dolor. Esto no porque el Padre fuese cruel con él, sino porque no le negó nada de la humanidad de la que es heredero. Jesús tuvo que aprender a sufrir, a darle sentido al dolor, a aceptarlo y encontrar en el mismo dolor el camino de sanación.

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9

Hermanos: Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Palabra de Dios.

Aclamación   Jn 12, 26

“El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor”, dice el Señor.

EVANGELIO

Jesús se siente trigo, se sabe pan, se reconoce alimento. Así le da sentido a su vida y a su muerte, porque en ambas situaciones se puede ser alimento para el mundo. Jesús murió como vivió: entregando su vida como pan.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 20-33

Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pascua. Estos se acercaron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora”? ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!”. Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús respondió: “Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Tanto para el aprovechamiento espiritual de la Palabra de Dios de este V Domingo de cuaresma, como para la orientación de la predicación en torno a ella ofrecemos tres pautas íntimamente conectadas:

1.      La Pascua: la oferta salvífica definitiva y universal de Dios en Jesús
2.      El secreto del camino que conduce a la vida: la entrega, la donación de uno mismo
3.      Dios siempre cumple lo que promete

La Pascua: la oferta salvífica definitiva y universal de Dios en Jesús.

El Evangelio de Juan de este domingo (12, 20-33) ubica su narración en la celebración de la Fiesta de Pascua. La Pascua de los judíos, claro. Celebración que actualizaba la acción salvadora de Dios a favor de Israel. Se nos informa que mucha gente acude a participar en ella. Lo más interesante de esta información es que no sólo se hacen presentes judíos, también van a la misma “algunos gentiles” (o, quizás, “temerosos de Dios”). Este detalle es altamente significativo. Por tanto, la Pascua, la fiesta por excelencia del Pueblo de Israel, posee un valor desbordante. Se trata de una celebración trascendente que rompe fronteras. Su valor se universaliza. La salvación que en ella se celebra y se anuncia adquiere una dimensión más amplia, más ancha. Con todo, para ser veraces, hemos de advertir que, en el texto, esta perspectiva universal, en verdad, guarda relación directa con Jesús. Son los gentiles quienes, en el contexto pascual, quieren ver al hijo de María. La presencia de éstos en la pascua parece decantarse por el Maestro de Nazaret. La fiesta pascual, así, conduce hacia él de modo natural. De este modo, desde un contexto Pascual amplio se dibuja otro de mayor tamaño. Jesús es quien explica este fenómeno. Él es la nueva Pascua. Nuestro texto lo anuncia de forma velada hacia el final: “y cuando yo sea elevado atraeré a todos hacia mí”. Esta universalidad de la Pascua cristiana, no lo olvidemos, se emparenta con su sentido salvífico o soteriológico. Si la Pascua judía era ya expresión del amor de Dios que salva, la Pascua de Jesús es su expresión máxima.

El secreto del camino que conduce a la vida: la entrega, la donación de uno mismo.

Jesús es la nueva Pascua. Él aporta a la misma un valor salvífico universal. Con todo, las lecturas de este domingo, además, detallan con cierto detenimiento la manera, el modo, el camino por el que la Pascua de Jesús ofrece tal perspectiva. Lo hallamos, por ejemplo, cuando el evangelio nos habla de la “hora” de la glorificación de Jesús. Esta hora glorificadora se identifica con la pasión muerte y resurrección de Jesús (su singular Pascua). Pero en las lecturas de este domingo tiene unos matices muy concretos. La comparación con el grano de trigo es muy ilustrativa. Para dar vida, para que la vida sea verdaderamente fecunda, se ha de morir; hay que darlo todo por amor. Por eso, “el que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guarda para la vida eterna”. Todo encaja desde esta óptica. No extrañe que Juan refiera en este momento la oración de Jesús en Getsemaní (“Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora”) con respuesta del Padre incluida. La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, insiste en este momento clave (5, 7-9). No se ha de olvidar que, desde el bautismo de Jesús, tal y como las tentaciones del Primer Domingo de Cuaresma recuerdan, el Hijo de Dios y el Mesías va a vivir su identidad, lo que es, ajustándose a la senda del Siervo de Yahveh. ¿Es posible hallar a Dios y su salvación en el camino del servicio, del desprendimiento más radical? En este domingo, una vez más, la cuaresma nos recuerda que el secreto del itinerario que conduce a la vida es la entrega, la donación generosa de uno mismo. Jesús así lo ha vivido y enseñado.

Dios siempre cumple lo que promete.

La última de las pautas que ofrecemos coincide con un esquema que recorre la historia de la salvación: Dios cumple lo que promete. Es una clave neurálgica de la comprensión de Dios. En nuestro V Domingo la encontramos en la relación que la liturgia de la Palabra establece entre la primera lectura y el texto evangélico. Jeremías (31, 31-34) anuncia para el porvenir el establecimiento de una nueva y definitiva. Sus características son: Dios mismo la escribirá en los corazones y la meterá en el pecho del pueblo, y será tan evidente que todos (la pauta de la universalidad de la Pascua y de la salvación) conocerán a Dios. El evangelio de Juan muestra el lado del cumplimiento de lo prometido. Jesús, en su persona, es la nueva y definitiva alianza. Y es verdad que, en él, la nueva ley está escrita en su corazón y en el desarrollo de su existencia gracias al Espíritu que lo unge y conduce. Y a través de Jesús, el Hijo de Dios encarnado, y por el Espíritu, esta nueva alianza nueva preside la vida de la Iglesia, de los discípulos. ¡Dios cumple siempre lo que promete!


ESTUDIO BÍBLICO.

Iª Lectura: Jeremías (31,31-34): Dios nos renueva

I.1. El texto de Jeremías está inserto en un bloque literario y teológico que se ha llamado el «libro de la consolación» (Jr 30-33); y concretamente el de nuestra lectura litúrgica es una de las afirmaciones más rotundas del AT sobre la necesidad de una alianza nueva. Jeremías fue un profeta que le tocó vivir la situación más dramática de su pueblo (los babilonios estaban a las puertas de Jerusalén para destruirla) y al que la vocación de ser profeta no le vino precisamente como anillo al dedo, sino que fue lo más contrario a su alma («no quería arrancar para plantar»). La lectura del profeta Jeremías, en estos términos, se muestra como si solamente se hubiera empeñado en «arrancar», pero no en «plantar». No obstante, este libro de la consolación es una llamada a la esperanza y nuestro texto el cenit teológico de esa esperanza contra toda esperanza. El texto de hoy viene a continuación de una llamada a la responsabilidad personal (Jr 31,29-30) para poner de manifiesto que aunque cambien las cosas Dios mantendrá su promesa de salvación.

I.2. Por tanto, Dios, a pesar de todo, no se echa atrás, sino que está dispuesto a poner la Alianza en el corazón de cada uno de nosotros; es una forma de comprometerse más profundamente en su proyecto de salvación. Es una llamada a la responsabilidad más personal, pero sin descartar el sentido comunitario de todo ello, porque todos los que sientan esa Alianza en su corazón, se sentirán del pueblo, de la comunidad del Dios vivo y verdadero. El problema de una alianza nueva podría parecer un atentado al “dogma” de la Alianza del Sinaí, donde Israel encontró su identidad. Pero ya se sabe que los dogmas los usan los poderosos para ocupar el lugar de Dios y para cosas peores. Al pueblo sencillo lo pueden engañar, pero a un profeta no, porque siempre está alerta a la voz de Dios. Por eso el profeta, con este mensaje, no solamente le concede a Dios toda su autonomía y libertad, sino que con ello defiende al pueblo para que también se sienta libre. La ley del corazón quiere decir que es una “ley humana” lo que Dios pide, humana y a la par con nuestras debilidades.

I.3. El profeta describe esta nueva situación como algo que antes ha echado muy en falta, un nuevo “conocimiento de Dios” (cf Jr 2,8; 4,22; 9,2), por tanto la nueva Alianza no estará en ritos y ceremonias o sacrificios nuevos, sino en una “experiencia” nueva de Dios: más humana, más entrañable y misericordiosa que se sienta en el corazón y que se exprese en la praxis de la justicia y la fraternidad con los que han sido ignorados. Poner en el corazón “leb” (en hebreo), tiene mucha entraña y radicalidad en los profetas; es lo que el cerebro para la antropología actual, porque todo se mueve desde ahí. Pero es más que el cerebro: tener corazón o no tenerlo, todos sabemos lo que significa al nivel más popular; a nivel bíblico es como tener espíritu, alma o no tenerla. La ley, sin alma, esclaviza; con alma libera. El profeta está hablando, pues, de una Alianza que estará plasmada en la experiencia más profunda y humana de Dios en cada uno de los suyos.

IIª Lectura: Hebreos (5,7-9): Cristo, sacerdote solidario de la humanidad

II.1. Nuestra lectura forma parte de una sección que, comenzando en Heb 4,15, nos muestra a Jesucristo como Sumo Sacerdote. Esta carta tan peculiar del Nuevo Testamento, que no es de San Pablo, aunque durante mucho tiempo se la atribuyó la tradición, nos ofrece en este caso una teología del papel de Jesucristo. El sacerdocio de Jesús, no obstante, tiene la innovación de no heredarse (como el de Melquisedec), sino que es nuevo, recién estrenado, capaz de conseguir gracia y salvación, para lo que el sacerdocio hereditario y ritual no era válido. Es el sacerdocio del Hijo de Dios, pero que habiéndose hecho uno de nosotros, padeciendo, llorando, comprendiendo nuestras miserias, siendo absoluta y radicalmente humano, en contacto con nuestra debilidad, nos introduce en el misterio misericordioso y amoroso de Dios.

II.2. La figura del Melquisedec, pues, escogida como modelo para el sacerdocio de Cristo sirve para poner de manifiesto que Cristo es un sacerdote original: no se hereda, no se aprende el oficio y no se cansa de atender a los que lo necesitan. El autor construye una cristología del sacerdocio de Cristo con citas de los Salmos 2,7 y 110,4. No es alguien que busque lo propio, que se glorifique personalmente: está para los demás. Y lo más humano de todo: aprender a sufrir, como sufren los hombres. Es esto lo que lo hace digno de fe. La Pasión, de la cual está hablando, se entiende como una prueba de solidaridad con la humanidad. Así, pues, nuestro autor evoca la existencia humana de Jesús y nos da a comprender que esa existencia la pone al mismo nivel que los demás hombres, frágiles y abocados a la muerte. De ahí que se diga que aprendió a “obedecer” o la “obediencia”. Yo creo que quiere decir que aceptó, siendo perfecto moralmente, que debía ser sufriente, porque todos los hombres lo somos.

III.ª Evangelio (Juan 12,20-33): La hora de la verdad es la hora de la muerte y ésta, de la gloria

III.1. El texto de Juan nos ofrece hoy una escena muy significativa que debemos entender en el contexto de toda la «teología de la hora» de este evangelista. La suerte de Jesús está echada, en cuanto los judíos, sus dirigentes, ya han decidido que debe morir. La resurrección de Lázaro (Jn 11), con lo que ello significa de dar vida, ha sido determinante al respecto. Los judíos, para Juan, dan muerte. Pero el Jesús del evangelio de Juan no se deja dar muerte de cualquier manera; no le roban la vida, sino que la quiere entregar El con todas sus consecuencias. Por ello se nos habla de que habían subido a la fiesta de Pascua unos griegos, es decir, unos paganos simpatizantes del judaísmo, “temerosos de Dios”, como se les llamaba, que han oído hablar de Jesús y quieren conocerle, como le comunican a Felipe y a Andrés. Es entonces cuando Jesús, el Jesús de san Juan, se decide definitivamente a llegar hasta las últimas consecuencias de su compromiso. El judaísmo, su mundo, su religión, su cerrazón a abrirse a una nueva Alianza había agotado toda posibilidad. Una serie de “dichos”: sobre el grano de trigo que muere y da fruto (v.24); sobre el amar y perder la vida (v. 25) (como en Mc 8,35; Mt 10,39; 16,25; Lc 9,24; 17,33) y sobre destino de los servidores junto con el del Maestro, abren el camino de una “revelación” sobre el momento y la hora de Jesús.

III.2. Efectivamente las palabras que podemos leer sobre una experiencia extraordinaria de Jesús, una experiencia dialéctica, como en la Transfiguración y, en cierta manera, como la experiencia de Getsemaní (Mc 14,32-42; Mt 26,36-46; Lc 22,39-46) son el centro de este texto joánico, que tiene como testigos no solamente a los discípulos que eran judíos, sino a esos griegos que llegaron a la fiesta e incluso la multitud que escuchó algo extraordinario. Muchos comentaristas han visto aquí, adelantado, el Getsemaní de Juan que no está narrado en el momento de la Pasión. En eso caso puede ser considerado como la preparación para la “hora” que en Juan es la hora de la muerte y esta, a su vez, la hora de la gloria. El evangelista, después de la opinión de Caifás tras la resurrección de Lázaro de que uno debía morir por el pueblo (Jn 11,50s), está preparando todo para este momento que se acerca. Ya está decidida la muerte, pero esa muerte no llega como ellos creen que debe llegar, sino con la libertad soberana que Jesús quiere asumir en ese momento.

III.3. Por tanto, era como si se Él esperara un momento como este para ir a la muerte: ha llegado la hora que se ha venido preparando desde el comienzo del evangelio, es la hora de la verdad, de la pasión-glorificación. Y Jesús, con una conciencia absoluta de su misión, nos habla del grano de trigo, que si no cae en tierra y muere, no puede dar fruto. La vida verdadera solamente se consigue muriendo, dándola a los demás. Es verdad que esta decisión, hablando desde la psicología de Jesús, no se toma olímpicamente o con desprecio; le cuesta entregarse a la muerte en aquellas condiciones. Por eso recibe el consuelo de lo alto para ir hasta el final, y antes de que le secuestren su vida, la entrega como el grano de trigo. El ama su vida entregándola a los demás, poniéndola en las manos de Dios y de los hombres. Todo parece demasiado extraordinario; en Juan no puede ser de otra manera, pero también es muy humano. Jesús no tiene miedo a la hora de la verdad, porque confía plenamente en el Padre, y advierte que los suyos tenga también esta misma disposición.

III.4. Los vv. 31-33 nos describen, con un lenguaje apocalíptico, la victoria sobre la muerte en la cruz. Esta es una teología muy propia de Juan que no ha visto en la cruz fracaso alguno de Jesús; al contrario, es desde la cruz desde donde “atraerá” al mundo entero (cf Jn 3,14-15; 8,28). Y ello no porque Juan pensara que Jesús resucitaba en la cruz, en el mismo momento de la muerte, como actualmente se está defendiendo, razonablemente, en muchos escritos teológicos. Sino porque la muerte de Jesús le confiere un poderío inconmensurable. La muerte no se la imponen, no es la consecuencia de un juicio injusto o inhumano, sino porque es el mismo Jesús quien la “busca” como el grano de trigo que necesita morir para “tener vida” y porque provoca el juicio sobre el mundo, sobre la falsedad del poder y la mentira del mundo. La hora de Jesús es la hora de la cruz, porque es la hora de la verdad de Dios. Y entonces, la mentira del mundo quedará al descubierto. Pero Jesús “atraerá” a todos los hombres hacia El, hacía su hora, hacia su verdad, hacia su vida nueva. (Fr. Miguel de Burgos Núñez O. P.).


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