domingo, 12 de mayo de 2019

DOMINGO 4º DE PASCUA


MIS OVEJAS ESCUCHAN MI VOZ, Y YO LAS CONOZCO

Hoy nos dice el libro del Apocalipsis: “Estos son los supervivientes de la gran persecución, y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero”; versículo que evoca los terribles sucesos en nuestras iglesias hermanas de Sri Lanka el Domingo de Resurrección, el día que celebramos solemnemente el triunfo sobre la muerte. La Iglesia de los Mártires no es un capítulo cerrado y acabado de la Historia Antigua de la Iglesia, es un acontecimiento actual que da fuerza y consistencia a la creencia que la Palabra de Dios, el testimonio de los Apóstoles y la sangre de los Mártires edifican y construyen la Iglesia.

El amor profundo que Dios siente por esta humanidad sigue siendo un escándalo y un desafío; por eso, los cristianos, los de entonces y los de ahora, padecen persecuciones, pruebas y, en ocasiones, cruentos martirios. Son los testigos que “se llenaron de alegría y aplaudieron la Palabra del Señor”, los que han descubierto el amor eterno de Dios y los que han sido ya conducidos a las fuentes de las aguas vivas de la vida. Son, como dice San Juan, aquellos que escucharon la voz del Señor y que han recibido la vida eterna.

Nadie elige ser mártir; el martirio es una gracia del cielo. El martirio, como signo, apunta hacia el camino en el que la realidad de la última palabra no es de muerte, sino de resurrección y de vida. La razón no puede dar sentido cabal ni pleno a esta creencia cristiana, sino solo la fe, que alcanza y supera a la razón. Una de las claves está en las lecturas de este Domingo de Pascua: ESCUCHAR LA VOZ DEL SEÑOR.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I Lectura

La predicación suscita diversas reacciones. Algunos judíos y prosélitos quieren seguir escuchando; otros, en cambio, se oponen violentamente. Los paganos se regocijan de la Buena Noticia que nunca antes han oído. Para todo esto, deben estar preparados los Apóstoles. Al misionar, Dios no nos pide “éxito”, porque cada oyente responderá según lo que le dicte su corazón. Como hicieron aquellos primeros misioneros, sigamos anunciando a pesar de las dificultades.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 13, 14. 43-52

En aquellos días: Pablo y Bernabé continuaron su viaje, y de Perge fueron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y se sentaron. Cuando se disolvió la asamblea, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé. Estos conversaban con ellos, exhortándolos a permanecer fieles a la gracia de Dios. Casi toda la ciudad se reunió el sábado siguiente para escuchar la Palabra de Dios. Al ver esa multitud, los judíos se llenaron de envidia y con injurias contradecían las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé, con gran firmeza, dijeron: “A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra del Señor, pero ya que la rechazan y no se consideran dignos de la Vida eterna, nos dirigimos ahora a los paganos. Así nos ha ordenado el Señor: ‘Yo te he establecido para ser la luz de las naciones, para llevar la salvación hasta los confines de la tierra’”. Al oír esto, los paganos, llenos de alegría, alabaron la Palabra de Dios, y todos los que estaban destinados a la Vida eterna abrazaron la fe. Así la Palabra del Señor se iba extendiendo por toda la región. Pero los judíos instigaron a unas mujeres piadosas que pertenecían a la aristocracia y a los principales de la ciudad, provocando una persecución contra Pablo y Bernabé, y los echaron de su territorio. Estos, sacudiendo el polvo de sus pies en señal de protesta contra ellos, se dirigieron a Iconio. Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.
Palabra de Dios.

Salmo 99, 1b-3. 5

R. Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Aclame al Señor toda la tierra, sirvan al Señor con alegría, lleguen hasta él con cantos jubilosos. R.

Reconozcan que el Señor es Dios: Él nos hizo y a él pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño. R.

¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones. R.

II Lectura

El texto nos ofrece una preciosa imagen simbólica: “han blanqueado sus vestidos con la sangre del Cordero”. Si alguno empapara un vestido con sangre, este se volvería rojo, pero el Apocalipsis dice que quedan blanqueados. El blanco en la Biblia es el color de la victoria, de la luz total, que triunfa sobre el pecado y sobre la muerte. Los mártires, cuya sangre fue derramada como lo fue también la de Cristo, lucen ahora resplandecientes en la gloria celestial.

Lectura del libro del Apocalipsis 7, 9. 14b-17

Yo, Juan, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano. Y uno de los Ancianos me dijo: “Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le rinden culto día y noche en su Templo. El que está sentado en el trono extenderá su carpa sobre ellos: nunca más padecerán hambre ni sed, ni serán agobiados por el sol o el calor. Porque el Cordero que está en medio del trono será su Pastor y los conducirá hacia los manantiales de agua viva. Y Dios secará toda lágrima de sus ojos”.
Palabra de Dios.

Aleluya          Jn 10, 14
Aleluya. “Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

“Estos son los pastos de que poco antes había dicho: ‘Y encontrará pastos’. Buen pasto se dice de la vida eterna, en donde ninguna hierba se marchita; todo allí está verde. ‘Y no perecerán jamás’. El añade por qué no han de perecer: ‘Y ninguno las arrebatará de mis manos’. Habla de las ovejas: ni el lobo los arrebata, ni el ladrón los roba, ni el salteador los mata; seguro está del número de aquellos, el que sabe lo que ha dado por ellos” (San Agustín, Tratado sobre san Juan, n. 48).

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 10, 27-30

Jesús dijo: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. El Padre y yo somos una sola cosa”.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Escuchar mi voz… y la voz de los otros

En un mundo secularizado, en el que prima la imagen sobre la palabra, la pregunta no es tanto ¿quién escucha hoy la voz de Dios?, como ¿qué voz, o a qué voz, escuchan hoy la mayoría de nuestros contemporáneos? La escucha, como la contemplación, tienen que ver con la serenidad y con el interior, con la vida profunda e íntima de nuestro yo auténtico, con ese lugar y momento que es capaz de conmovernos hasta las entrañas. San Agustín insistía siempre en que la voz verdadera no está fuera de cada uno, sino que habita en lo más íntimo de nosotros, en lo más auténtico de lo que somos. El reto no es buscar fuera, sino caminar hacia dentro de nosotros mismos, sin caer en el egotismo. Si soy capaz de escucharme, puede que sea capaz de escuchar a Dios, a los otros y a la creación.

Somos seres creados por Dios para comunicarnos. La comunicación es la acción más radicalmente humana. La incomunicación es inhumana, genera tristeza, es fuente de violencia y se encuentra en la raíz de todas las guerras que la humanidad ha tenido hasta el presente. La incomunicación desfigura el mundo y sus rostros; es fuente de ansiedad y perturbación. En la cárcel, el estar incomunicado se considera el castigo más duro que un recluso puede padecer. Cuando uno no está comunicado es como si la creación dejara de existir. Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos experimentado el estrés que genera sentir la falta de comunicación o el no estar conectado. Cuando me retiro, en algún momento, buscando la soledad no es para incomunicarme, sino para huir del ruido, para restablecer la comunicación perdida. Me construyo en comunicación con los otros.

Escuchar el latido de la eternidad

La vida íntima de Dios es comunicación permanente entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios se comunicó en Hijo en la historia humana y se sigue comunicando día a día para nosotros por medio de su Espíritu. Dios no se ha guardado nada para sí mismo y, por la Escritura, sabemos que está atento a los gritos y clamores del mundo.

Uno de los discípulos tuvo la suerte de reclinar su cabeza en el pecho de Jesús y oír los latidos de su corazón. Dios tiene un corazón que late, un corazón vivo. Cuando el pueblo de Israel caminaba por el desierto a la tierra de la libertad ofendió profundamente a Dios porque dudó de su compañía y de su presencia en medio de él. Es en los momentos de angustia y desesperación cuando también nosotros podemos dudar de si Dios camina a nuestro lado. El dolor, la rabia, la desesperación o la tristeza pueden poner a prueba nuestra fe en el Dios de la vida y de la Resurrección. Es un acto de fe creer que Dios nos escucha y acompaña porque su corazón, como sabemos por el testimonio del apóstol que reclinó su cabeza en el pecho de Jesús, sigue latiendo por nosotros y que lo seguirá haciendo por toda la eternidad.

Escuchar a Dios por encima de todo

Creo que nunca ha sido fácil para un cristiano vivir con credibilidad y coherencia el seguimiento a Cristo. Nos ha tocado vivir, al menos en Occidente, en una cultura donde lo cristiano se difumina cada día más; lejos van quedando los tiempos de la cristiandad, en la buena parte de la realidad estaba permeada de ‘lo cristiano’. La secularización nos sitúa en otro escenario. La vivencia de la fe está dejando de ser un hecho social y cultural de masas para pasar a ser un hecho existencial y de comunidades más reducidas. Nuestros templos se vacían y van cerrando poco a poco. El reto es no caer por ello, como el pueblo de Israel en el desierto, en el desaliento, sino el explorar nuevos caminos, el buscar nuevas rutas. Dios sigue comunicando porque su corazón sigue latiendo.

La experiencia del encuentro con la voz de Dios es individual, pero la salvación ofrecida por Dios es universal. Persona y comunidad, individuo y totalidad humana, se entrecruzan porque no podemos vivir incomunicados ni desconectados. Los cristianos tenemos como fundamento de lo que somos la vida de Jesús, confesado como el Cristo, y un proyecto que realizar: ir construyendo con su aliento y Espíritu el Reino de Dios. La voz de Jesús es la misma que la del Padre eterno, “Yo y el Padre somos una sola cosa”, y está, sobre todo, en su Palabra proclamada en la Iglesia en cada celebración y contenida, de modo eminente, en la Biblia, Palabra de Dios. Ojalá escuchemos hoy su voz de resucitado y no endurezcamos nuestros oídos perdidos en el mundanal ruido.

ESTUDIO BÍBLICO.

El Buen Pastor es quien da la vida

I Lectura: Hechos (13,43-52): La gracia de Dios es para todos los hombres

I.1. La primera lectura de este cuarto domingo de Pascua es la consecuencia de otro discurso axial, kerygmático, de los que aparecen frecuentemente en el libro de los Hechos. Pero esta vez es Pablo su artífice y ante un auditorio judío, pero con presencia de paganos que se habían hecho prosélitos o temerosos de Dios. Ya se han rotos las barreras fundamentales entre cristianismo y judaísmo. Los seguidores de Jesús han recibido un nombre nuevo, el de “cristianos”, en la gran ciudad de Antioquía de Siria, y esta comunidad ha delegado a Bernabé y Pablo para anunciar el evangelio entre los paganos.

I.2. Todavía son tímidas estas iniciativas, pero resultarán concluyentes. Ahora, en la otra Antioquía, en la de Pisidia, se nos ofrece un discurso típico (independientemente del de Pedro en casa de Cornelio, c. 10). El sábado siguiente, el número de paganos directos se acrecienta, y los judíos de la ciudad no lo podrán soportar. Sobre el texto de Is. 49,6 se justifica que los cristianos proclamen el evangelio de la vida a aquellos que la buscan con sincero corazón. El evangelio es ese juicio crítico contra nuestras posturas enquistadas en privilegios que son signos de muerte más que caminos de vida. La consecuencia del primer discurso de Pablo en los Hechos de los Apóstoles no se hará esperar. El autor, Lucas, le ha reservado este momento en que ya se dejan claras ciertas posturas que han de confirmarse en Hch 15, sobre la aceptación definitiva de los paganos en el seno de la comunidad judeo-cristiana.

II Lectura: Apocalipsis (7,9.14-17): Dios enjugará las lágrimas de la muerte

II.1. La visión de este domingo, siguiendo el libro de Apocalipsis, no es elitista, es litúrgica, como corresponde al mundo simbólico, pero se reúnen todos los hombres de toda raza, lengua y lugar: son todos los que han vivido y han luchado por un mundo mejor, como hizo Jesucristo. Los vestidos blancos y la palma de la mano denotan vida tras las muerte violenta, como la victoria del mismo Señor resucitado.

II.2. Si en su vida cada uno pudo luchar por una causa, el iluminado de Patmos ve que ahora todos viven en comunión proclamando y alabando la causa del Señor Jesús como la suya propia. No habrá más hambre, ni sed, y todos beberán de la fuente de agua viva. Es toda una revelación de resurrección. Eso es lo que nos espera tras la muerte, por eso merece la pena luchar aquí por la causa de Jesús.

Evangelio: Juan (10,27-30): Dios da su vida a los hombres en Jesús

III.1. Siempre se ha considerado éste el domingo del Buen Pastor a causa del evangelio del día que habla de las ovejas, retomando el comienzo de Jn 10,1-10.. El texto del Apocalipsis que se ha leído como segunda lectura también apunta a este simbolismo. Está situado en el marco de la fiesta de la dedicación del Templo de Jerusalén y le acosan a preguntas sobre si es verdaderamente el Mesías. Jesús, aparentemente, no quiere contestar a esa pregunta intencionada, pero en realidad no desvía la cuestión, sino que les habla con un lenguaje más vivo, más radical y en consonancia con una forma de entender el mesianismo en clave distinta de los judíos.

III.2. No viene para ser un personaje nacionalista, sino aquél que sabe bien la necesidad que tienen los hombres de vida y de vida verdadera; de una forma nueva de comprender a Dios, y por ello va a dar la vida. Los judíos nunca esperaron un Mesías que sufriera y que fuera, por tanto, capaz de dar la vida como Jesús se empeña en hacer. El evangelio de Juan, pues, pretende desmontar una concepción equivocada de mesianismo y nos descubre la opción radical tomada por Jesús. El verdadero Mesías es el que sabe dar “la vida por las ovejas”, es decir, por el pueblo.

III.3. Esta polémica, pues, de Jesús con los judíos, revela el sentido ejemplar, global, del buen pastor, símbolo de la gracia y del juicio que se opera en el seno de su pueblo. La altura desde la que Juan nos presenta a Jesús, “uno con el Padre”, es una provocación teológica, sin duda; pero es una realidad incuestionable. Tenemos que reconocer que el Jesús histórico no habló así, de la forma que lo hace en Juan; ni siquiera hablaba de sí mismo, pero siempre de Dios y del Reino de Dios. Pero el evangelio de Juan tiene otro tono, menos histórico, aunque más teológico. No entramos en la cuestión de la conciencia personal de Jesús, no es el caso. Decir que “el Padre y yo somos uno” es alta cristología, sin duda. Pero es verdad que Jesús nos reveló al verdadero Dios, y es eso lo que le discuten los adversarios.
III.4. Es un escándalo, porque toda la vida de Jesús es un juicio contra los que pensaban que el mismo Dios debía ajustarse a su dogmática. Así, pues, lo que decide de un modo definitivo el sentido de este evangelio es la actitud que tenemos ante la verdad que Jesús propone: quien se encuentra de verdad con Él, se encuentra con Dios. Si Él escucha nuestras súplicas, Dios hace lo mismo. Si Él da la vida por nosotros, eso es lo que hace Dios por nosotros. No estamos ante una ficción teológica con estas palabras de Jesús, sino que estamos ante el “dador de vida”. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


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