domingo, 28 de abril de 2013

Domingo 5º de Pascua



“Conocerán que son mis discípulos”

Avanza el tiempo de Pascua, el más importante para los cristianos. Las luces de la resurrección no esconden la realidad que se sigue desarrollando en nuestro adentro, en el mundo que nos rodea. Las noticias de estos últimos días ponen delante de nosotros episodios de violencia, nuevos casos de corrupción, más crisis económica, historias de sufrimiento con rostros y nombres concretos. En medio de todo esto, ¿qué es lo importante? ¿Qué merece la pena y es eterno? Corremos el riesgo de desanimarnos y vivir sin pasión, de dejarnos llevar por la prisa, lo superficial, las alarmas sociales y los gritos interesados de los medios de comunicación. Jesús Resucitado sigue superando esas barreras para hacerse visible en nuestra vida, en la Iglesia -que es el nuevo cenáculo- , para hacernos propuestas de sentido y esperanza. Él vuelve a recordarnos cuál es el proyecto que ofrece a quienes desean seguirle: vivir amando, entregando la vida, transformando esta sociedad desde abajo, desde lo más hondo que es el amor. Estos principios siguen siendo una oferta de felicidad para los hombres de cualquier época.

CONTEMPLAMOS LA PALABRA

I LECTURA

Este es el final del primer viaje misionero "entre los paganos". La Iglesia fue animada por el Espíritu a dejar el mundo conocido, el del ámbito judío, y a encontrarse con otras culturas. Toda esta novedad ahora "vuelve" a la comunidad para que se reflexione sobre ella y madure. Así crece la Iglesia, descubriendo la voluntad de Dios en los nuevos acontecimientos que día tras día se suscitan.

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 14, 21b-27

Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía de Pisidia. Confortaron a sus discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios. En cada comunidad, establecieron presbíteros, y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Luego anunciaron la Palabra en Perge y descendieron a Atalía. Allí se embarcaron para Antioquía, donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para realizar la misión que acababan de cumplir. A su llegada, convocaron a los miembros de la Iglesia y les contaron todo lo que Dios había hecho con ellos y cómo había abierto la puerta de la fe a los paganos.
Palabra de Dios.
SALMO

Salmo 144, 8-13a

R. Bendeciré tu Nombre eternamente, Dios mío, el único Rey. O bien: Aleluya.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

Que todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien la gloria de tu reino y proclamen tu poder. R.

Así manifestarán a los hombres tu fuerza y el glorioso esplendor de tu reino: tu reino es un reino eterno, y tu dominio permanece para siempre. R.

SEGUNDA LECTURA

En la Alianza celebrada en tiempos de Moisés, Dios proclamaba: "Yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo". Ese vínculo nos ha dado identidad como pueblo de Dios a lo largo de los siglos, a pesar de las infidelidades y el pecado. Llegará un día en que ya no habrá nada que menoscabe esa alianza, y viviremos plenamente como pueblo de Dios redimido y triunfante.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe más. Vi la Ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo. Y oí una voz potente que decía desde el trono: "Ésta es la carpa de Dios entre los hombres: él habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos su propio Dios. Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó". Y el que estaba sentado en el trono dijo: "Yo hago nuevas todas las cosas".
Palabra de Dios.

EVANGELIO

"El mandamiento nuevo dice que hay que amar al prójimo con la medida con que ama Cristo ("como yo los he amado"). Se podría decir que esto es imposible como mandamiento: no se puede imponer o mandar que amemos como ama Cristo, porque eso supera nuestras posibilidades. Pero esto se puede entender correctamente dentro de la mística de San Juan. Así como la voluntad del Padre es aceptada y cumplida por Cristo, él ahora hace partícipes de esta voluntad a todos los creyentes para que también puedan amar con amor divino. No se trata entonces de un esfuerzo humano para ver quién puede amar más, sino de la gratuita donación de Dios que nos da la posibilidad de amar con un amor que viene de Dios. Por eso, se dice que el mandamiento nuevo se nos da"

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 13, 31-33a. 34-35

Durante la última cena, después que Judas salió, Jesús dijo: "Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto. Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros".
Palabra del Señor.

COMPARTIMOS LA PALABRA

Las lecturas de este domingo V de Pascua nos ponen en contacto con el carácter misionero de la Iglesia, y a la vez nos recuerdan que la vida del cristiano tiene un cimiento fundamental: el amor, único criterio que verifica la experiencia religiosa, que da autenticidad a la misión y credibilidad al Evangelio. El valor central para cualquier vida humana y la puerta de acceso al misterio del Dios que se manifiesta en Jesús.

Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios

Con frecuencia confundimos el amor con esa sensación de “estar bien”, “estar a gusto”, una experiencia meramente sensible, afectiva, superficial. Esa que cuando aprietan las dificultades desaparece de inmediato. No es el amor el antídoto que quite el dolor. La vida humana corre paralela a esas dos realidades, que la van marcando. Dios, la adhesión a Él, no evita el sufrimiento: al Reino no se accede sin haberse curtido, como humanos, en el dolor o la dificultad. La vida cristiana vivida en integridad trae, si cabe, un plus: experimentar la integridad del Evangelio supone un ir “contra corriente” que incomoda. Trascender las categorías superficiales de lo humano, apostar por un estilo de vida, unos valores profundos y exigentes. El Reino de Dios, para construirse, pide un esfuerzo amasado en amor.

Lo que Dios había hecho por medio de ellos

No se pierde el amor que damos, o el dolor con que en ocasiones lo revestimos para ofrecerlo a otros. ¡No se pierde el amor! Como el trigo enterrado que pudriendo da vida, toda pizca de amor ofrecida engendra bien, aporta vida, abre futuro. A nosotros o a otros, ¡qué más da! ¿No lo hemos experimentado en ocasiones? Dios nos necesita y se sirve de nosotros para que lo bueno se extienda. Somos capaces de obras grandes, que Él hace a través de nuestra frágil humanidad. El bien no surge de la nada sino que se da por gestos sencillos de personas sencillas.

Un cielo nuevo y una tierra nueva

Desde siempre hemos pensado que era tarea nuestra realizarlo. Nos decepciona ver que todavía no llega ése tiempo, y da la sensación de que está cada vez más lejos. Nos defraudan los políticos en quienes parece que hemos delegado su construcción. Nos desencantan muchos proyectos humanos que, cuando los hay, desaparecen como humo envueltos en palabras o trampas. ¿Llegará algún día? La Escritura termina anunciando su venida como un regalo, que se recibe más que se merece. “Ahora hago el universo nuevo”. Ya está aquí envuelto en fragilidades. Es cuestión de disponerse a acogerlo, de afinar la vista para reconocerlo y apuntarse a él. De superar la visión corta que sólo presenta lo feo y negativo. ¿Te atreves a mirarlo?

La morada de Dios con los hombres

El Apocalipsis hace referencia a la Iglesia, nuevo Cenáculo. Pero es más. Hay muchas señales que indican que Dios ya ha puesto su morada en esta tierra. Tal vez en la bondad del ser humano, capaz de obras grandes. En experiencias de entrega y generosidad. En la gente que apuesta por la verdad y la belleza. En el silencio de un corazón que ama y que busca. El mundo nuevo no sale demasiado en la prensa pero ya existe tímidamente. La Pascua nos pone en la pista de la obra nueva de Dios en este mundo viejo. Todo está habitado por Él, que nos sale al encuentro en lo que vivimos.

Que os améis unos a otros…

¡Qué pocas cosas hay realmente importantes en la vida! El desprendimiento, los años o el sufrimiento nos hacen tomar conciencia de ello. Lo que merece la pena es el amor. Y no es que sea una obligación darlo: es que es una necesidad para recibirlo. “Que os améis” dice el Señor en el momento trascendental de su vida, y ése es el mandato principal que de Él hemos recibido y a Él nos remite como si fuera un sacramento. Y éste debiera ser el mayor criterio para examinar la plenitud de nuestra vida: el amor que damos, que nos damos “unos a otros” y no guardamos de forma egocéntrica.

… Como yo os he amado

¡Es una medida inalcanzable! Pero una aventura apasionante escalar semejante calidad y plenitud de amor. El amor de Jesús, amar “como” Él, supone asumir el dolor, acercarse a los demás, comprender a los otros, esforzarse en acoger. No es un amor que se queda en palabras sino que va a hechos concretos. Que sabe de desprendimiento y de cruz. Que apunta a la Pascua. Por eso siempre debemos preguntarnos: “¿cómo amaría Jesús?”

Conocerán que sois mis discípulos

Siempre nos ronda la tentación de confundir el signo de identidad de los discípulos de Jesús. Hemos puesto demasiadas normas -algunas muy pesadas y otras un tanto discriminatorias- donde sólo debe estar el amor. Cumplir mandamientos no resulta del todo difícil; quedarse en lo externo es muy cómodo. La raíz y el centro, la razón de nuestra fe es exclusivamente el amor: el que experimentamos de Dios (“Él nos amó primero”) y el que vivimos con pasión y exigencia: ¡del amor seremos examinados al final!

Tal vez no sean momentos fáciles los que vivimos. Pero son tiempos en los que amar al estilo de Jesús es un desafío. Porque creemos que el amor da sentido y plenitud a lo humano seguimos anunciando el Evangelio. ¡El Resucitado nos anima y acompaña!



ESTUDIO BÍBLICO

Resurrección es amarse como hermanos

Iª Lectura: Hechos (14,21-27): La Iglesia, comunión de comunidades

I.1. Esta es la descripción del primer viaje apostólico en que Lucas ha resumido la actividad misionera de la comunidad de Antioquía, y de Pablo más concretamente. Durante este primer viaje apostólico se nos presenta a Pablo y a Bernabé trabajando denodadamente por hacer presente el Reino de Dios en ciudades importantes de Cilicia, y de la provincia romana de la Capadocia, al sur de Turquía. En realidad deberíamos tener muy presente los cc. 13-14 de los Hechos, que forman una unidad particular de esta misión tan concreta. Son dignos de destacar los elementos y perfiles de esta tarea, que implica a todos los cristianos, que por el hecho de serlo, están llamados a la misión evangelizadora. Resalta el coraje para anunciar la palabra de Dios y el exhortar a perseverar en la fe. Todo se ha preparado con cuidado, la comunidad ha participado en la elección y, por lo mismo, es la comunidad la que está implicada en esta evangelización en el mundo pagano. Está a punto de terminar el primer viaje apostólico con el que Lucas ha querido resumir una primera etapa de la comunidad primitiva.

I.2. Jerusalén, de alguna manera, había quedado a la espera de este primer ciclo en que ya los primeros paganos se adhieren a la nueva fe. Y es la comunidad de Antioquía, donde los discípulos reciben un nombre nuevo, el de cristianos, la que se ha empeñado, con acierto profético, en abrirse a todo el mundo, a todos los hombres, como Jesús les había pedido a los apóstoles (Hch 1,8). La iniciativa, pues, la lleva la comunidad de Antioquía de Siria, no la de Jerusalén. Pero en definitiva es la “comunidad cristiana” quien está en el tajo de la misión. Ya sabemos que algunos de Jerusalén, ni siquiera veían con buenos ojos estas iniciativas, porque parecían demasiado arriesgadas.

I.3. No obstante, no se debe olvidar el gran protagonista de todo esto: el Espíritu, que se encarga de abrir caminos. Por eso, si no es Jerusalén y los Doce, será Antioquía y los nuevos “apóstoles” quienes cumplirán las palabras del “resucitado”: ¿por qué? porque el mensaje no puede encadenarse al miedo de algunos. En esas ciudades evangelizadas, algunos judíos y sinagogas no aceptarán a éstos con su doctrina, porque todavía pensaban que eran judíos. Pero ni siquiera en la comunidad cristiana de Jerusalén, por parte de algunos, se aprobarán estas iniciativas. Es más, al final de este “viaje” habrá que “sentarse” a hablar y discernir qué es lo que Dios quiere de los suyos. La asamblea de Jerusalén está esperando (Hch 15).

IIª Lectura : Apocalipsis (21,1-5): En Dios, todo será nuevo

II.1. Esta es una lectura grandiosa, porque es una lectura típica de este género literario. Leemos, pues, un texto que tiene todas las connotaciones de la ideología apocalíptica. Tiene toda la poesía de lo utópico y de lo maravilloso. En realidad es algo idílico, no puede ser de otra manera para el “vidente” de Patmos, como para todos los videntes del mundo. Jerusalén, lugar de la presencia de Dios para la religión judía alcanza aquí el cenit de lo que ni siquiera David había soñado cuando conquistó la ciudad a los jebuseos. Todo pasará, hasta lo más sagrado. Porque se anuncia una ciudad nueva, un tabernáculo nuevo, en definitiva una “presencia” nueva de Dios con la humanidad.

II.2. Un cielo nuevo y una tierra nueva, de la que desciende una nueva Jerusalén, que representa la ciudad de la paz y la justicia, de la felicidad, en la línea de muchos profetas del Antiguo Testamento. Se nos quiere presentar a la Iglesia como el nuevo pueblo de Dios, en la figura de la esposa amada, ya no amenazada por guerras y hambre. Es el idilio de lo que Pablo y Bernabé recomendaban: hay que pasar mucho para llegar al Reino de Dios. Dios hará nueva todas las cosas, pero sin que sea necesario dramatizar todo los momentos de nuestra vida. Es verdad que para ser felices es necesario renuncias y luchas. El evangelio nos dará la clave.

III. Evangelio: (13,31-35): La batalla del amor

III.1. Estamos, en el evangelio de Juan en la última cena de Jesús. Ese es el marco de este discurso de despedida, testamento de Jesús a los suyos. La última cena de Jesús con sus discípulos quedaría grabada en sus mentes y en su corazón. El redactor del evangelio de Juan sabe que aquella noche fue especialmente creativa para Jesús, no tanto para los discípulos, que solamente la pudiera recordar y recrear a partir de la resurrección. Juan es el evangelista que más profundamente ha tratado ese momento, a pesar de que no haya descrito la institución de la eucaristía. Ha preferido otros signos y otras palabras, puesto que ya se conocían las palabras eucarísticas por los otros evangelistas. Precisamente las del evangelio de hoy son determinantes. Se sabe que para Juan la hora de la muerte de Jesús es la hora de la glorificación, por eso no están presentes los indicios de tragedia.

III.2. La salida de Judas del cenáculo (v.30) desencadena la “glorificación” en palabras del Jesús joánico. ¡No!, no es tragedia todo lo que se va a desencadenar, sino el prodigio del amor consumado con que todo había comenzado (Jn 13,1). Jesús había venido para amar y este amor se hace más intenso frente al poder de este mundo y al poder del mal. En realidad esta no puede ser más que una lectura “glorificada” de la pasión y la entrega de Jesús. Y no puede hacerse otro tipo de lectura de lo que hizo Jesús y las razones por las que lo hizo. Por ello, ensañarse en la pasión y la crueldad del su sufrimiento no hubiera llevado a ninguna parte. El evangelista entiende que esto lo hizo el Hijo del hombre, Jesús, por amor y así debe ser vivido por sus discípulos.

III.3. Con la muerte de Jesús aparecerá la gloria de Dios comprometido con él y con su causa. Por otra parte, ya se nos está preparando, como a los discípulos, para el momento de pasar de la Pascua a Pentecostés; del tiempo de Jesús al tiempo de la Iglesia. Es lógico pensar que en aquella noche en que Jesús sabía lo que podría pasar tenía que preparar a los suyos para cuando no estuviera presente. No los había llamado para una guerra y una conquista militar, ni contra el Imperio de Roma. Los había llamado para la guerra del amor sin medida, del amor consumado. Por eso, la pregunta debe ser: ¿Cómo pueden identificarse en el mundo hostil aquellos que le han seguido y los que le seguirán? Ser cristiano, pues, discípulo de Jesús, es amarse los unos a los otros. Ese es el catecismo que debemos vivir. Todo lo demás encuentra su razón de ser en esta ley suprema de la comunidad de discípulos. Todo lo que no sea eso es abandonar la comunión con el Señor resucitado y desistir de la verdadera causa del evangelio.


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