domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO 24° DEL TIEMPO ORDINARIO



“No te digo que le perdones hasta siete veces,
sino hasta setenta veces siete”

La celebración eucarística de este domingo nos sitúa ante la experiencia, tan cristiana, del perdón. Es la propuesta evangélica ante la realidad frecuente del fracaso de los demás y nuestros propios fracasos. La propuesta de la compasión que acepta la fragilidad de la condición humana y otorga nuevas oportunidades a los demás, y a uno mismo.

Esta reacción religiosa, y profundamente humana, ya era conocida en parte de la tradición veterotestamentaria. Había en ella indicios para la superación de la ley del talión. El modelo de este comportamiento es el propio Dios, compasivo ante la debilidad y el error de sus criaturas. El Eclesiástico, libro al que pertenece la primera lectura, es sólo una muestra entre otras de un Dios compasivo y misericordioso.

El recuerdo del modo de proceder de Dios no es sólo motivo de alabanza y agradecimiento. Inspira un modo de comportamiento práctico: “perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28, 9

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee.
Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.
Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. 
¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?
No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? 
Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?
Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo;
en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; 
la alianza del Señor, y perdona el error.
Palabra de Dios
SALMO

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. 
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; 
él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R. 

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; 
no nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas. R. 

Como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. R.

II LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para si mismo
y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor;
si morimos, morimos para el Señor;
en la vida y en la muerte somos del Señor.
Para esto murió y resucitó Cristo:
para ser Señor de vivos y muertos.
Palabra de Dios

EVANGELIO

Ì Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: 
- «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
- «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo."
El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:
"Págame lo que me debes."
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: 
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré."
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdone porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Palabra del Señor

MEDITAMOS LA PALABRA

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

No es una pregunta teórica, ni el inicio de un debate entre expertos, ni la introducción retórica a un discurso. Se trata, más bien, de una cuestión que arranca de la experiencia universal de las relaciones humanas y su complejidad.

La presencia de los otros en nuestra vida es motivo de grandes satisfacciones, pero también de inevitables roces y heridas. Roces y heridas ante los que reaccionamos. Hay una reacción, aparentemente muy natural, que es la de la venganza. Incluso hemos teorizado sobre ella. Es la llamada ley del talión. Las personas, y los pueblos, reclamamos el derecho de responder a nuestros agresores, dándoles una respuesta contundente, reparadora y disuasoria a su acción. ¿Quiénes de nuestra generación no recuerdan aquella operación que quiso llamarse “justicia infinita”?

Aparentemente muy natural, y muy asentada en nuestra cultura, como en tantas otras, pero ¿es la mejor respuesta a una herida? Jesús plantea otro modo de actuar: presenta la otra mejilla, dale además de la túnica el manto, y camina dos millas con quien te obligue a andar una (Mt 5,38-42). Él reconoció ese modo de actuar en algunos humanos: “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5, 7) y fue su propio modo de actuar cuando pidió al Padre desde la cruz que perdonara a quienes le maltrataban (Lc 23,34).

Para Jesús, acierta en la vida, quien es capaz de perdonar. No sólo de olvidar, remedando el dicho, no sólo mirar para otra parte o no darse por enterado del daño en cuestión. El perdón es algo más: es aceptar al otro como es, comprenderle en su fragilidad y amarle sin condiciones. Es entender también que la violencia engendra nuevas violencias. Perdonar una y otra vez, no sólo hasta siete veces (número alegórico de multitud) sino hasta setenta veces siete: siempre.

Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo…

Toda herida en nuestras relaciones personales tiene sus costos. La ley del talión obliga a que el agresor pague las consecuencias del daño que ha causado. Algo de esto sobrevive en la práctica del derecho cuando tasa lo que debe satisfacer el culpable.

Jesús va más allá: no busca rebajas en las penas, sino perdón efectivo de la culpa. Quizá la categoría de amnistía refleja muy bien la propuesta del Señor. La amnistía requiere grandeza de ánimo por parte de quien la otorga. Grandeza de ánimo, paciencia con el otro que renuncia a la inmediatez de hacer justicia. Paciencia que dignifica a quien la practica y, a la vez, libera al ofensor.

La amnistía renueva la relación entre las personas y da oportunidades nuevas a quien fracasó y con su fracaso nos hizo sufrir. Es una llamada a la conversión. Como recuerda la conversación de Jesús con la adúltera perdonada: “¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,10-11).

¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

La conversión que se pide al pecador perdonado no se resuelve sólo en el interior de la propia conciencia, sino en el comportamiento ordinario que se inspira en la compasión recibida. No es una condición para el perdón, sino una consecuencia de la misericordia experimentada.

Movernos en la vida con compasión: la que necesitamos cada uno, pues todos somos pecadores y herimos a los demás, y la que necesitan los otros para rehacer sus vidas. De esto es de lo que en el fondo se trata.

No es una propuesta fácil hoy: el furor, la cólera, la venganza y la indiferencia, ejercidos a veces de manera brutal y otras veces con formas más sinuosas, están excesivamente presentes entre las personas y los pueblos. Restaurar el orden, restablecer el derecho, reivindicar la justicia… son discursos que muchas veces encubren un rencor enquistado. El perdón no es una huida retórica, sino una respuesta compasiva ante los conflictos. Es lo que nos permite entrever un futuro sin víctimas ni verdugos que, de alguna forma, todos somos ambas cosas. Un futuro en el que la justicia nos humanice a todos, porque esté arraigada en la compasión y en el perdón.

Mientras tanto, las palabras de Jesús siguen resonando en nuestras asambleas litúrgicas y en nuestras conciencias: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Porque con la medida con que midan se les medirá a ustedes” (Lc 6,36-38).



ESTUDIO BÍBLICO

Primera lectura: (Eclesiástico 27,33. 28,9)

Marco: El contexto es una serie de colecciones de sentencias agrupadas por los temas más variados. Se podría titular esta pequeña colección que abarca el fragmento de hoy “reflexiones sobre la compasión y el rencor”, como dos fuerzas antagónicas en el corazón del hombre.

Reflexiones

1ª) ¡El furor y la cólera no son de la estructura del hombre!

El furor y la cólera son odiosos... En las antiguas culturas la venganza era algo habitual. Cuando en la legislación judía se introduce la regla del ojo por ojo y diente por diente, supone una mitigación muy considerable y relevante en medio de aquellas culturas. Israel irá avanzando pedagógicamente en la mitigación de la venganza, hasta que desaparezca con la predicación de Jesús, como nos muestra el sermón de la montaña: se os dijo, pero yo os digo.

El proceso de humanización de las relaciones sociales, que se manifiesta de modo singular en el Deuteronomio, fue una considerable contribución a la comprensión más objetiva del hombre y de sus relaciones sociales. Un modelo ejemplar en este aspecto es la institución de las ciudades refugio de que nos habla la Escritura. Con esta institución se evitaba la muerte, en muchas ocasiones, de verdaderos inocentes, pero que se veían expuestos a la muerte por la costumbre (hecha ley en aquellas culturas) de la venganza. La cólera y el furor no son propios de la estructura humana, sino que proceden del pecado. Un paso previo a la venganza es esta doble actitud de cólera y furor.

La Escritura nos alecciona que la venganza del hombre atrae la venganza de Dios. Esta es una descripción realista de la situación de los hombres en sus relaciones cotidianas a todos los planos. Esta tendencia a eliminar la venganza y sus consecuencias sigue siendo un mensaje con vigor actualmente. Parece que nuestra cultura está muy lejos de aquellas costumbres primitivas, pero la realidad permanece latente en el corazón de los hombres modernos. Sólo desde la desaparición real de la venganza tanto en el corazón humano como en las relaciones internacionales, será posible construir una sociedad en justicia, paz y respeto sincero por todas las personas

2ª) ¡El perdón concedido es garantía del perdón suplicado!

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonará los pecados cuando lo pidas... El autor de este libro manifiesta y expone una actitud permanente humanitaria frente a los demás. Ha reflexionado sobre el Dios de Israel y sobre la historia de la salvación y sabe que dos de los atributos más frecuentes del Dios de Israel son la misericordia y la fidelidad. Y sabe también que el Dios misericordioso manifiesta esta actitud en dos direcciones: perdonando el pecado y las flaquezas de los hombres (janún) y acogiendo con tiernísimo afecto al desgraciado en todos los terrenos (rajum). Dios posee entrañas de misericordia y benignidad.

Más allá de las amenazas a su pueblo, para hacerle despertar de su situación religiosa, sabe que la última palabra de Dios es de misericordia y perdón para restablecer a su pueblo. Es el reverso de la medalla: contra la venganza, el perdón y la acogida sin condiciones del otro porque Dios me acoge a mí sin condiciones. También nuestros hombres y mujeres necesitan que se proclame lo que suplicamos a Dios en una plegaria pública de la Iglesia y en la que le manifestamos y reconocemos que manifiesta su poder en el perdón y la misericordia. Y, en consecuencia, pedimos lo mismo para nuestras relaciones humanas. Son las dos manifestaciones de Dios para con los hombres.

Segunda lectura: (Romanos 14,7-9)

Marco: El contexto es la caridad con los “débiles” que han de ser acogidos sin discutir opiniones. Esto revela la ternura y comprensión de Pablo y el sentido práctico que poseía. Las personas son lo importante y para favorecer la tranquilidad de sus conciencias es necesario poner todo empeño y estar dispuestos a renunciar a muchas, mientras no afecten a lo esencial.

Reflexiones

1ª) ¡Todos juntos formamos una comunidad con un solo destino!

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. San Pablo lleva hasta las últimas consecuencias la realidad del cuerpo de Cristo. Poco antes, Pablo ha dedicado una reflexión a esta realidad para interpretar las distintas funciones en la Iglesia (Rm 12,5; un desarrollo más pormenorizado puede leerse en 1Cor 12). Todos dependemos de todos, en la Iglesia nadie debe vivir aisladamente, el bien de los unos repercute en el bien de los otros. La paz y la armonía en la comunidad, como ocurre en el cuerpo, sólo se alcanza con la generosidad de los que más pueden dar y con la aceptación gozosa de los que se sienten más limitados por la causa que sea.

Esta visión de Pablo, necesaria para sus lectores que eran cristianos provenientes del judaísmo y de la gentilidad, tiene una vigencia universal y perenne. Podríamos traducirlo en una frase diciendo que se trata de mantener vivo siempre el diálogo de las vidas iluminado por el diálogo de las mentes y de los corazones. La realidad de la Iglesia de Roma exigía esta exhortación de Pablo llena de sabiduría, ponderación y realismo.

También hoy sigue teniendo vigencia esta línea de comportamiento. Es necesario recuperar un diálogo sincero entre los discípulos de Jesús y, a la vez, entre estos y el mundo ambiente que los rodea. La comprensión sincera que sabe mantener lo esencial y sabe ceder y aceptar lo circunstancial sigue siendo una exigencia necesaria para el buen entendimiento entre los hombres y mujeres.

2ª) ¡Jesús es el centro y el lugar para el encuentro de todos!

Si vivimos, vivimos para el Señor... La realidad que mueve a Pablo a dirigirles esta exhortación es el asunto de la licitud de comer o no comer la carne sacrificada a los ídolos y que luego se vendía en los mercados. Este mismo problema vuelve a aparecer en las cartas a los Corintios. Algunos miembros de la comunidad entendían que los ídolos no son nada y que, por tanto, las carnes sacrificadas y vendidas eran como las demás que se vendían en el mercado. Pero otros miembros de la comunidad entendían que al ser sacrificadas quedaban contaminadas por los ídolos y por tanto no era lícito comerlas.

Se trata de un problema real y puntual de especial incidencia en la convivencia diaria de los hermanos. Aquí de nuevo Pablo remite a la primera parte para entender su pensamiento. En ella expuso la realidad bautismal (c. 6) mediante la cual el creyente se incorpora realmente a Cristo. Y Éste pasa a ser el Señor de su vida. La participación en el Cristo muerto y resucitado posibilita la incardinación real, personal y verdadera (aunque sacramentalmente todavía) en su cuerpo. Pues bien, Pablo ha desarrollado con especial fuerza y vigor la realidad de la soberanía de Cristo. Esta soberanía nos hace a todos iguales en él.

Ahora traduce estas convicciones doctrinales en unas consecuencias prácticas: en la comunidad no hay señores y esclavos, porque el único Señor y lugar de encuentro para todos es Cristo Jesús, el verdadero y único Señor. Nadie puede pretender el control y menos dominio de la conciencia de nadie. En este momento, en esta exhortación a los romanos, Pablo les recuerda con toda claridad que el único Señor de las personas y de las conciencias es Cristo Jesús. Y en este Cristo Jesús, en su muerte y resurrección, nos ha conseguido la libertad para todos.

Esta libertad ha de ser salvaguardada con especial atención cuando se trata de los débiles y cuando se trata del bien de los débiles en sus conciencias: libertad sincera y conciencia delicada y fraterna; libertad y respeto por el hermano. Muchas gentes se rigen por estos criterios: lo importante es lo que me parece mejor, lo que me conviene más, lo que me procura algún gramo personal de bienestar. Pablo sigue diciendo lo contrario: lo importante es que el otro posea muchos gramos de bienestar, que lo que al otro le conviene y le construye es lo mejor.

Evangelio: (Mateo 18,21-35)

Marco: El contexto sigue siendo el discurso comunitario. La lectura recoge una parábola que invita a perdonar siempre y de corazón.

Reflexiones

1ª) ¡El perdón hay que concederlo siempre y de corazón!

¿Hasta siete veces?... El narrador juega con el valor simbólico de los números*: el siete ya significa un grado de perfección en aquello de que se habla. La respuesta de Jesús intenta, utilizando el múltiplo de siete, indicar que el perdón no admite matemáticas ningunas. Que se trata de otra cosa que ha de ser entendida con otras claves interpretativas. El perdón siempre, en toda circunstancia y sin condiciones, encaja mal en nuestra mentalidad moderna.

Por esta causa y por otras, muchos de nuestros contemporáneos tienen la impresión, y la expresan, de que el Evangelio de Jesús fue útil para aquel tiempo, pero hoy ya no tiene valor en muchos de sus aspectos. Es cierto que el Evangelio necesita siempre de una viva actualización seria, pero no creo que la solución sea cambiar el Evangelio de Jesús por otro Evangelio. Y todavía menos porque el Evangelio de Jesús molesta al modo de entender la vida, las personas y las múltiples y complicadas relaciones humanas. El Evangelio fue y es la expresión de lo que el hombre necesita de verdad para ser solidario, feliz y realizado.

2ª) ¡Desconcertante paradoja!

En el plano narrativo se quiere poner frente a frente dos situaciones desconcertantes e inexplicables. Las cantidades y las reacciones de las personas merecen una atención especial: las del rey, las de los diversos deudores y las de los sirvientes. Todo tiene la función de invitar y urgir al oyente de la parábola* y, ahora al lector del texto, a adoptar una postura frente al relato. Y, a través del relato, frente a la realidad del reino. Los detalles del relato están al servicio del mensaje central. ¿Cómo es posible que el rey perdone toda la ingente deuda del siervo porque se lo pidió y éste no sea capaz de perdonar la ridícula deuda que tiene contraída con él un hermano suyo? Jesús y el narrador quieren colocar al oyente en una situación extrema frente al perdón.

Esperan que reaccione y tome postura. ¡Es necesario parecerse al rey que condona toda la deuda sin pedir compensaciones! O, de otro modo, que el perdón que concede el rey es gratuito y el perdón y condonación del siervo con su compañero ha de ser también total, gratuito y sin condiciones. Pero no todos los personajes del relato se comportan así. No se ha cumplido la condición necesaria. La interpretación en el orden religioso o la traslación del relato a la vida real sólo tiene un mensaje: Dios perdona siempre, a todos (aunque sea ingente la deuda) y gratuitamente.

Los hijos del reino deben hacer otro tanto cuando se trata de sus hermanos. El perdón y la remisión ha de ser total, gratuita y universal. ¿Esta actitud evangélica fundamental encajaría en nuestra mentalidad moderna crematística y pragmática? ¿No estaría condenado el Evangelio del perdón y de la reconciliación al fracaso y al ridículo por irreal y alejado de los grandes intereses de nuestros hombres y mujeres? Quizá. Pero Jesús quiere que se siga proclamando a través de la palabra y del testimonio de los creyentes en medio de este mundo porque lo necesita y, además, de manera urgente y profunda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano. La condición para el perdón es que ha de ser de corazón*. El Padre celestial, en su misericordia, perdona al hombre en su interioridad. En coherencia con la actitud del Padre celestial, el hombre ha de perdonar desde su corazón. Allí donde alcanzó el perdón del Padre (corazón) es desde donde ha de partir el perdón para el hermano.

Tiene por tanto el perdón dos condiciones imprescindibles: que proceda de la intimidad alcanzada por Dios y que se extienda a todas las ofensas y para siempre. Dios no concede el perdón con condiciones y quiere que sus hijos se perdonen mutuamente sin condiciones. Dios cuando perdona olvida. Y lo mismo han de hacer los discípulos de Jesús, su Hijo.






No hay comentarios:

Publicar un comentario