domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Levántate, vete; tu fe te ha salvado”

Hoy es domingo: ¿dónde están los demás?

La pregunta no la podemos evitar. Las palabras de Jesús en el evangelio de Lucas nos mueven hoy a pensar en la importancia que tienen los números: ¿no han quedado limpios los diez? ¿Los otros nueve dónde están? De diez sólo una décima parte, sólo uno. Esa pregunta sobre dónde están los demás, se la hacen muchos que pasan por nuestras iglesias y comprueban el escaso número de los que celebran El Día del Señor en comunidad. Es verdad que aquí contamos todos, no sólo los selectos, los buenos. Cada uno está emplazado, no basta con la mayoría, la interpelación es individual y personal. Nunca es suficiente hacerlo en nombre de los demás, del otro. El hecho está ahí y siempre es fácil que se convierta en pregunta: los demás ¿dónde están?.
Con este espíritu unámonos a esta celebración del Día del Señor que quiere ser de todos, porque todos, con nuestras peculiaridades, tenemos mucho que agradecer, si bien lo reconozcan pocos.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Naamán era general del ejército enemigo. Había hecho muchas incursiones contra Israel. Justamente a él, un extranjero y enemigo, el profeta Eliseo debe mostrarle el camino de la salvación. Y este general pagano y poderoso reconoce al Dios de Israel. Su curación es un signo de que Dios no quiere cerrar los caminos de la salvación a nadie. Y nos enseña a no encerrarnos en nuestros estrechos criterios de merecimiento.

Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 10. 14-17

El profeta Eliseo mandó un mensajero para que dijera a Naamán, el leproso: “Ve a bañarte siete veces en el Jordán; tu carne se restablecerá y quedarás limpio”. Naamán bajó y se sumergió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; así su carne se volvió como la de un muchacho joven y quedó limpio. Luego volvió con toda su comitiva adonde estaba el hombre de Dios. Al llegar, se presentó delante de él y le dijo: “Ahora reconozco que no hay Dios en toda la tierra, a no ser en Israel. Acepta, te lo ruego, un presente de tu servidor”. Pero Eliseo replicó: “Por la vida del Señor, a quien sirvo, no aceptaré nada”. Naamán le insistió para que aceptara, pero él se negó. Naamán dijo entonces: “De acuerdo; pero permite al menos que le den a tu servidor un poco de esta tierra, la carga de dos mulas, porque tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses, fuera del Señor”.
Palabra de Dios.

Salmo 97, 1-4

R. El Señor manifestó su victoria.

Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones: se acordó de su amor y su fidelidad en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios. Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos. R.

II LECTURA

La Palabra de Dios no está encadenada. Cada vez que la anunciamos, la repetimos, la enseñamos, la proclamamos, hacemos que esta Palabra se mantenga viva en los corazones. Y la Palabra hará su obra de sanar y liberar.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 2, 8-13

Querido hijo: Acuérdate de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos y es descendiente de David. Esta es la Buena Noticia que yo predico, por la cual sufro y estoy encadenado como un malhechor. Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso soporto estas pruebas por amor a los elegidos, a fin de que ellos también alcancen la salvación que está en Cristo Jesús y participen de la gloria eterna. Esta doctrina es digna de fe: Si hemos muerto con él, viviremos con él. Si somos constantes, reinaremos con él. Si renegamos de él, él también renegará de nosotros. Si somos infieles, él es fiel, porque no puede renegar de sí mismo.
Palabra de Dios.

ALELUYA        1Tes 5, 18

Aleluya. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús. Aleluya.

EVANGELIO

Para los compatriotas de Jesús, el samaritano era como un pagano, un hereje, y además, un enemigo. Según esta consideración, los samaritanos no podían estar en buena relación con Dios. Pero ante el paso de Jesús, este samaritano demuestra más gratitud y reconocimiento que los otros nueve enfermos. Este samaritano trae un cuestionamiento para nosotros. Él, que supuestamente era de “los alejados”, se moviliza, alaba a Dios y se expresa efusivamente ante Jesús dando gracias. Jesús pasa por nuestra vida y sana. Expresémosle nuestra gratitud.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 17, 11-19

Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!”. Al verlos, Jesús les dijo: “Vayan a presentarse a los sacerdotes”. Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: “¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?”. Y agregó: “Levántate y vete, tu fe te ha salvado”.
                                                  Palabra del Señor.




MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

La salud que buscaba Naamán, el sirio.

Visto desde hoy, por lo menos choca que sea un sirio quien acude al Dios de Israel para obtener la salud que no puede obtener en su pueblo. Y se entiende, es que hoy también acuden los sirios, muchos que huyen de la guerra, buscando refugio, entre los que tienen lo necesario y podrían compartirlo con los que carecen de ello. Pero no sin muchas dificultades, en la situación antigua y en la actual.

Naamán es un personaje muy importante, jefe del ejército del rey de Siria, pero que está enfermo de lepra, enfermedad incurable. Una sirvienta israelita, al servicio de la mujer de este general, le hace saber que en Israel hay un profeta muy poderoso. Naamán se presentó al rey de Israel, que quedó perplejo ante su petición. Bueno, ya ha intervenido una creyente israelita para conducir al general Naamán hacia el profeta de Dios, pero ante la resistencia del propio Naamán y su deseo de un trato espectacular, propio de su dignidad, el profeta de Dios también le marca lo que tiene que hacer, le señala puntualmente el camino: “Ve y lávate siete veces en el Jordán y quedarás limpio” (2 Reyes 5, 10). Incluso los mismos sirvientes del propio Naamán median para persuadirle a que acepte lo que manda el profeta. ¿Forma todo este itinerario parte de la obediencia de la fe? Cierto, no siempre sucede igual, pero en todo caso siempre son muchas las mediaciones para llegar a la fe.

De la experiencia de la curación, a la confesión del único Dios.

¡Vaya que salto! ¡Verdaderamente un salto mortal!. El salto de la fe no es fácil de darlo, porque todo considerado, siempre queda un vacío. Naamán el sirio dio un salto mortal al aceptar la palabra del profeta Eliseo, pero cayó de pie, y no como quien recoge el bien recibido y a otra cosa, sino que se recoloca encontrando su nuevo lugar. Si la lepra lo tenía postrado, ahora, liberado de ella, se mantiene de pie ante el único y verdadero Dios. La debilidad de su enfermedad, en interacción con la fuerza de las palabras del profeta, transforman la experiencia de la curación en un plus sobreañadido, que pone al dador del bien en primer lugar y comprende así cómo debe situarse ahora, después de haber sido curado y eliminado el mal que le humillaba. Naamán, este extranjero y enemigo de Israel, confiesa: “Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”. Ahora ha cambiado el horizonte de la vida de Naamán el sirio y no simplemente ha recuperado el bien de la salud que con tanta ansia buscó. Lo mejor del sirio fue reconocer que todo lo había recibido del Único que todo lo puede.

¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que un extranjero?

Quizás es que las cosas Jesús las hizo esta vez muy fáciles, tal como Lucas describe la curación de los diez leprosos. No les pidió nada, no hizo nada sobre ellos, ni siquiera se habían curado todavía cuando les dijo que se presentaran a los sacerdotes. Solo cuando iban a mitad de camino –diríamos- y es posible que ya no veían a Jesús, que quedaba ya lejos, cayeron en la cuenta que habían sido curados. Esto es, como si nada hubiera pasado.

Pero las cosas fueron igual para los diez. Por ahí no hay, pues, que buscar nada para entender lo sucedido. Las cosas buenas que tenemos todos parece que no se deben a nadie. Son como naturales. Nos pertenecen por naturaleza, por derecho. ¿Es habitual agradecer las cosas buenas que tienen todos los demás? Aunque no lo explicita el evangelista Lucas, sí que debemos suponer que se presentaron a los sacerdotes, pues la lepra no sólo era una enfermedad física, sino también un rechazo social que sólo desaparecía cuando los sacerdotes tenían constancia oficial.

Parece que el relato de la vuelta del samaritano curado a Jesús, en lugar de marcharse alegremente con los otros nueve, es algo más que una licencia literaria de Lucas. ‘A grandes gritos y echándose por tierra a los pies de Jesús, alabando a Dios y dándole gracias’, esta descripción está más cerca de un relato de conversión que una simple constatación de curación. La acción curativa de Jesús ha llegado hasta transformar el corazón del leproso samaritano, que prorrumpe a gritos de reconocimiento y de acción de gracias.

Pero ¿por qué precisamente un extranjero, un samaritano?

El evangelista deja constancia que el leproso agradecido es un samaritano. Esta frase, escuchada por los lectores originales, destruía todos los estereotipos que se tenía de los samaritanos, personas despreciadas por los judíos. No es la ley sino la fe quien salva. Por eso el samaritano pudo escuchar de Jesús: “levántate, tu fe te ha salvado”. Ciertamente para ello no fue necesaria ni la mediación de los sacerdotes. Bastaba reconocer el don recibido.

Como hemos cantado en el salmo responsorial, el Señor revela a las naciones su justicia, no basada en méritos propios sino en el reconocimiento de quien nos la da gratuitamente. Basta que la deseemos de corazón, como hemos visto en Naamán el sirio y el leproso samaritano. “Porque sin con Él morimos, viviremos también con Él”.


ESTUDIO BÍBLICO.

Necesidad de la acción de gracias a Dios

Iª Lectura: IIº Reyes (5,14-17): El acceso a Dios de los malditos

I.1. La lectura del Libro de los Reyes nos presenta una narración del ciclo del profeta Eliseo -discípulo del gran profeta Elías-, en la que se nos muestra la acción beneficiosa para un leproso extranjero; nada menos que Naamán, el general de Siria, pueblo eterno enemigo de Israel. La enfermedad de la lepra era una de las lacras de aquella sociedad, como existen hoy entre nosotros pandemias de enfermedades malditas, especialmente para pueblos sin acceso a los medicamentos imprescindibles. Por eso era considerada la enfermedad más impura y diabólica. ¿Cómo tratar a este enfermo, que además es un maldito extranjero? Eliseo, a diferencia de su maestro Elías, que era un profeta de la palabra, se nos presenta más taumatúrgico y recurre el mítico Jordán, el río de la tierra santa, para que se bañe o se bautice en sus aguas curativas, casi divinas, para aquella mentalidad. Es como un baño en la fe de Israel; este es el sentido del texto.

I.2. Pero lo importante es la acción de gracias a Dios, ya que el profeta no quiere aceptar nada para sí. Este ejemplo, concretamente, había sido puesto ante los ojos de sus paisanos en Nazaret (Lc,4,14ss) para mostrar el proyecto nuevo del reino de Dios que no se atiene a criterios de raza y religión para mostrar su gratuidad y su paternidad para todo ser humano. Toda persona, ante Dios, es un hijo verdadero. Ese es el Dios de Jesús. El ejemplo moral de Eliseo de no despreciar a un extranjero es un adelanto profético de lo que había de venir con la predicación del evangelio. Por ello, cuando las religiones dividen y justifican guerras y odios, entonces las religiones han perdido su razón de ser y de existir.

IIª Lectura: IIª Timoteo (2,8-13): Morir y vivir con Cristo

II.1. La segunda lectura es uno de los textos cristológicos más sublimes del Nuevo Testamento. Seguramente procede de una antigua fórmula de fe; un credo que confiesa no solamente la descendencia davídica de Jesús, sino principalmente su resurrección, a partir de la cual viene al mundo la salvación. Pero es una fórmula que no se queda exclusivamente en la proclamación ideológica de una cristología al margen de la vida del apóstol y de los hombres. Este acontecimiento de la resurrección es lo que llevó al apóstol a abandonar su vida de seguridad en el judaísmo y a luchar hasta la muerte para que el mundo encuentre en este acontecimiento la razón última de la historia futura. El quiere ayudar a salvarse a los hermanos.

II.2. Eso significa que la resurrección de Jesús es determinante. Su opción por el crucificado es una opción para la salvación y por la vida eterna. Así, en la estrofa de cuatro miembros, se va proponiendo la actitud y la forma de vivir una de las experiencias más radicales de la vida cristiana: morir con El, lleva a la vida; sufrir con El, nos llevará a reinar; si le negamos, nos negará, pero si somos infieles, El siempre es fiel. Por lo mismo, pues, no hay razón para la desesperación. En sus manos está nuestro futuro.

EVANGELIO: Lucas (17,11-19): La verdadera religión: ¡Saber dar gracias a Dios!

III.1. El relato de los leprosos curados por Jesús, tal como lo trasmite Lucas, que es el evangelio del día, quiere enlazar de alguna manera con la primera lectura, aunque es este evangelio el que ha inducido, sin duda, la elección del texto de Eliseo. Y tenemos que poner de manifiesto, como uno de los elementos más estimados, la acción de gracias de alguien que es extranjero, como sucede con Naamán el sirio y con este samaritano que vuelve para dar gracias a Jesús. El texto es peculiar de Lucas, aunque pudiera ser una variante de Mc 1,40-45 y del mismo Lc 5,12-16. No encontramos en el territorio entre Galilea y Samaría, cuando ya Jesús está camino de Jerusalén desde hace tiempo. Lo de menos es la geografía, y lo decisivo la acción de gracias del extranjero samaritano, mientras que los otros, muy probablemente judíos (eso es lo que se quiere insinuar), al ser curados, se olvidan que han compartido con el extranjero la misma ignominia del mal de la lepra.

III.2. Ahora, liberados, se preocupan más de cumplir lo que estaba mandado por la ley: presentarse al sacerdote para reintegrarse a la comunidad religiosa de Israel (cf Lev 13,45; 14,1-32), aunque Jesús se lo pidiera. ¿Es esto perverso, acaso? ¡De ninguna manera! En aquella mentalidad no solamente era una obligación religiosa, sino casi mítica. Y es algo propio de todas las culturas hasta el día de hoy. No son unos indeseables lo que esto hacen, pero se muestra, justamente, las carencias de esa religiosidad mítica y a veces fanática que tan hondo cala en el sentimiento de la gente, y especialmente de la gente sencilla. No obstante, la crítica evangélica a esta reacción religiosa tan legalista o costumbrista es manifiesta. Antes de nada quieren integrarse de nuevo en su religión nacionalista y se olvidan de algo más decisivo.

III.3. El samaritano, extranjero, casi hereje, sabe que si ha sido curado ha sido por la acción de Dios. Pero además, el texto pone de manifiesto que no es la curación física lo importante sino que, profundizando en ella, se habla de salvación; y es este samaritano quien la ha encontrado de verdad viniendo a Jesús antes de ir a cumplir preceptos. Quien sabe dar gracias a Dios, pues, sabe encontrar la verdadera razón de su felicidad. Es verdad que los judíos leprosos también darían gracias a Dios en su afán de cumplir con lo que estaba mandado, no debe caber la menor duda. Lo extraño de relato, como alguien ha hecho notar, es que mientras estaban enfermos de muerte, estaban juntos, pero ahora curados cada uno va por su camino, casi con intereses opuestos. La intencionalidad de relato es mostrar que la verdadera acción de gracias es acudir a quien nos ha hecho el bien. Lo hace un hereje samaritano, que para los judíos era tan maldito como el tener todavía la lepra.

III.4. Es, pues, ese maldito samaritano quien muestra un acto religioso por excelencia: la acción de gracias a quien le ha dado vida verdadera: a Jesús y a su Dios. El Dios de Jesús, desde luego, no siempre coincide con el Dios de la ley, de los ritos y de los mitos. Es el Dios personal que, con entrañas de misericordia, acoge a todos los desvalidos y a todos los que la sociedad margina en nombre, incluso, de lo más sagrado. La lepra en aquella época, por impura, alejaba de la comunidad santa de Israel. Pero en el evangelio se nos quiera decir que no alejaba del Dios vivo y verdadero. Por eso el samaritano-hereje -sin religión verdadera para la teología oficial del judaísmo-, expresa su religión de corazón agradecido y humano. Porque una religión sin corazón, sin humanidad, sin entrañas, no es una verdadera religión. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 2 de octubre de 2016

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Auméntanos la fe”

Estamos iniciando la primavera. En muchas comunidades también se programan, en estas fechas, misiones y campamentos del verano, con todo tipo de reuniones de formación para los cristianos que quieren vivir la fe en serio.

La Palabra de Dios de este Domingo nos da unas pautas para que podamos vivir la fe de una manera adulta. No hay que medir la fe por la cantidad, es más importante la calidad. Ella nos proporcionará efectos más maravillosos que plantar una higuera en el mar. Nos llevará la fe, aunque sea como un grano de mostaza, a descubrir la gratuidad del siervo que hace lo que debe hacer y que luego lo traduce en guardar el depósito de la fe y gastar la vida por el evangelio. Este modo de vivir la fe nos ayudará también a encontrar una respuesta, a la luz del Señor, para todas aquellas preguntas que nos hacemos al contemplar el mal que hay a nuestro alrededor.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El justo clama a Dios: ¿Por qué hay tantas injusticias, pecado y dolor? ¿Por qué Dios no interviene fuertemente para terminar con todo eso? Es el mismo clamor que reza el salmo de hoy, invitándonos a la actitud de fidelidad. Dios está con nosotros, en medio de tantas situaciones en que parece que nos ha olvidado. No dudemos de la fidelidad de Dios, y busquemos en él nuestra fortaleza en medio de las vicisitudes que sacuden nuestra vida.

Lectura de la profecía de Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio sin que tú escuches, clamaré hacia ti: “¡Violencia!”, sin que tú salves? ¿Por qué me haces ver la iniquidad y te quedas mirando la opresión? No veo más que saqueo y violencia, hay contiendas y aumenta la discordia. El Señor me respondió y dijo: “Escribe la visión, grábala sobre unas tablas para que se la pueda leer de corrido. Porque la visión aguarda el momento fijado, ansía llegar a término y no fallará; si parece que se demora, espérala, porque vendrá seguramente, y no tardará. El que no tiene el alma recta, sucumbirá, pero el justo vivirá por su fidelidad”.
Palabra de Dios.

Salmo 94, 1-2. 6-9

R. ¡Ojalá hoy escuchen la voz del Señor!

¡Vengan, cantemos con júbilo al Señor, aclamemos a la Roca que nos salva! ¡Lleguemos hasta él dándole gracias, aclamemos con música al Señor! R.

¡Entren, inclinémonos para adorarlo! ¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó! Porque él es nuestro Dios, y nosotros, el pueblo que él apacienta, las ovejas conducidas por su mano. R.

Ojalá hoy escuchen la voz del Señor: “No endurezcan su corazón como en Meribá, como en el día de Masá, en el desierto, cuando sus padres me tentaron y provocaron, aunque habían visto mis obras”. R.

II LECTURA

Dos veces se menciona al Espíritu Santo: el Espíritu nos fue dado, como don; y por lo tanto, el Espíritu habita en nosotros. El Espíritu Santo está vivo, sí, y vivo dentro de cada uno de nosotros. ¡Qué buena noticia! Vivir en fortaleza, amor y sobriedad no depende de nuestras pobres fuerzas, sino del Espíritu, que es pura fuerza de Dios.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14

Querido hijo: Te recomiendo que reavives el don de Dios que has recibido por la imposición de mis manos. Porque el Espíritu que Dios nos ha dado no es un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de sobriedad. No te avergüences del testimonio de nuestro Señor, ni tampoco de mí, que soy su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios. Toma como norma las saludables lecciones de fe y de amor a Cristo Jesús que has escuchado de mí. Conserva lo que se te ha confiado, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros.
Palabra de Dios.

ALELUYA        1Ped 1, 25

Aleluya. La Palabra del Señor permanece para siempre. Ésta es la Palabra que les ha sido anunciada: el Evangelio. Aleluya.

EVANGELIO

Nuestra fidelidad a Dios se expresa en la perseverancia cotidiana. Y esto ocurre cuando, a pesar de todas las dificultades y de las cosas que no entendemos, permanecemos unidos a él. Nuestra fe constante se expresará en el servicio concreto. Y de allí brotará la fuerza que puede mover montañas.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 17, 3b-10

Dijo el Señor a sus discípulos: “Si tu hermano peca, repréndelo, y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca siete veces al día contra ti, y otras tantas vuelve a ti, diciendo: ‘Me arrepiento’, perdónalo”. Los Apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. Él respondió: “Si ustedes tuvieran fe del tamaño de un grano de mostaza, y dijeran a esa morera que está ahí: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, ella les obedecería. Supongamos que uno de ustedes tiene un servidor para arar o cuidar el ganado. Cuando éste regresa del campo, ¿acaso le dirá: ‘Ven pronto y siéntate a la mesa’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame la cena y recógete la túnica para servirme hasta que yo haya comido y bebido, y tú comerás y beberás después’? ¿Deberá mostrarse agradecido con el servidor porque hizo lo que se le mandó? Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les mande, digan: ‘Somos simples servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

 “Hasta cuando clamaré, Señor, sin que me escuches”

El profetismo fue importante para mantener la esperanza del pueblo en el Dios de la misericordia y la paciencia. El Dios de Israel las tuvo constantemente con el pueblo escogido. Históricamente Israel paga sus infidelidades a la Alianza por ir “detrás de otros dioses”. Los pueblos que invaden la viña del Señor son los instrumentos de los que se sirve Yavé para hacer comprender al pueblo su alejamiento de la Alianza. Habacuc, en el fragmento que leemos en este domingo, no habla al pueblo. Habla directamente al Señor y le pide explicaciones por la sordera que demuestra ante los desmanes que contemplan sus ojos.

Con frecuencia en nuestras vidas tenemos esta actitud ante el Señor.. La humanidad cada vez se aleja más de Dios. Lo trascendente ya no cuenta para el hombre de hoy. El secularismo galopante lo invade todo y a Dios ya no le sentimos necesario. Ante esta situación, los que queremos seguir a Jesús y que “venga a nosotros su Reino”, con frecuencia también sale de nuestro interior esta queja: “Hasta cuando clamaré, Señor, sin que me escuches”.

“El justo vivirá por su fe”

Apreciamos entre nosotros un grito unánime de los que piden pan, dignidad, consuelo, en definitiva, que se haga justicia a los más oprimidos. Habacuc es un profeta en tiempo de miseria y desolación, por eso resuena hoy en nuestros oídos el aviso de que si la religión la convertimos en un ídolo, en una “cueva de ladrones”, ese ídolo no nos puede salvar. Lo dice bien claro: “El justo vivirá por su fe”, es decir, la vida del justo depende de en quien ha puesto su confianza. Esta confianza transforma su vida y puede experimentar que nada hay imposible, todo se afronta con seguridad. Así es como este modo de vivir la fe consigue algo más grande que mover montañas. Transforma el corazón y lo dilata hasta hacer presente al Espíritu Santo. Para los cristianos que viven así su fe, el mundo es Cristo Jesús; Él es el centro en que convergen y toman criterio y fuerza nuestros pensamientos, acciones y deseos.

“Auméntanos la fe”

Por lo dicho anteriormente, descubrimos que la fe es un don de Dios que hemos de pedir constantemente para nosotros y para los demás. Tenemos que hacer nuestro el ruego de los apóstoles a Jesús: “Auméntanos la fe”. No se trata de “cantidad, sino de calidad”. Esa fe que como, nos dirá San Pablo, es para nosotros un “precioso depósito”. Así es como la fe nos ayuda a dar sentido a nuestra vida y a tomar postura ante los acontecimientos que nos rodean. Es una verdadera fe, grande o pequeña, pero comprometida no solo un rato, sino en todo momento y circunstancia de nuestra vida, en casa, en el trabajo, en la calle, en los momentos a legres o en los momentos de dificultad y tristeza. Es la fe que no nos aísla del mundo que nos toca vivir, sino que nos ayuda de una manera comprometida a realizar el proyecto de Dios, porque el creyente vive en la fe y en el amor a Jesucristo.

“Somos unos pobres siervos”

La fe no es un acto ni una serie de actos, sino una actitud personal fundamental y total que influye en toda nuestra existencia. Dios es el que hace que sea posible esa actitud. No podemos atribuirnos ningún mérito ante Dios. No se trata de tener a Dios a nuestro servicio, sino que hemos de ponernos nosotros plenamente al servicio de Dios con humildad: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Así es como viviremos la fe como algo recibido gratuitamente de Dios y como algo que nos ayuda a no robar la gloria de Dios con nuestro actuar. “Reavivaremos el don de Dios”, No nos avergonzaremos de “dar testimonio de nuestro Señor” y de “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio”. Así es como iremos construyendo un mundo mejor donde aparezca por todas parte el Reino de Dios”.

La celebración de la Eucaristía es para nosotros el encuentro con el Señor y los hermanos para poder vivir la fe y alimentarla con la Palabra de Dios. Así es como el don de la Fe crecerá en nosotros con una calidad que nos impulsará a dar testimonio de ella, allí donde a cada uno nos toca vivir

ESTUDIO BÍBLICO.

La fe como don y gracia

Iª Lectura: Habacuc (1,2-3; 2,2-4): El justo vivirá por su fe

I.1. La primera lectura de este domingo está tomada del profeta Habacuc (1,2-3;2,2-4). Es una lectura reconstruida sobre el texto del profeta en la que aparece primeramente una lamentación, una queja por la opresión y la violación del derecho en Judá. Habacuc es un profeta de los siglos VII-VI a. C. Pero es un profeta que no habla al pueblo, sino que habla con Dios; le pregunta, le interpela ante lo que ven sus ojos. Así es todo el libro. ¿Hay respuestas para el hombre de Dios que quiere defender los valores radicales de la vida? La respuesta de Dios, según la experiencia teológica y espiritual del profeta, el hombre de Dios, es que, quien sepa mantenerse fiel en medio de la injusticia y la violación de los derechos, vivirá. La promesa de vida es la síntesis más completa de toda la predicación del profeta. Es una promesa a Israel, pero es una promesa que incumbe a todos los cristianos: el mal nunca se apoderará de la historia definitivamente.

I.2. El texto de Hab 2,4 tendrá un carácter germinal en el planteamiento decisivo de la teología paulina, tanto en Gal 3,11, como en Rom 1,17 cuando se enuncia el tema que ha de desarrollar en toda la epístola: el evangelio de la salvación por la fe y no por las obras. La fe en la Biblia (emunah) no es defender una doctrina, sino tener una experiencia radical de “confianza” en Dios. Eso es lo que propone el profeta, y en ese sentido es como lo entendió Pablo para lanzar al judaísmo o al judeo-cristianismo de su tiempo el reto que habría de darle la identidad religiosa verdadera.

IIª Lectura: IIª Timoteo (1,6-14): El depósito evangélico de la libertad

La segunda lectura de este domingo es el comienzo de la 2ª carta a Timoteo en la que se ponen de manifiesto los elementos pastorales del que, según la tradición, ha recibido el encargo de Pablo para dirigir una comunidad cristiana. Se habla del don de Dios que ha recibido, y que nos es un don para temer, sino para luchar con fuerza y energía por los valores del evangelio frente a este mundo. Defender los valores éticos en nombre del Señor Jesús debe ser una tarea decisiva para quien es responsable de una comunidad cristiana. Existe un “depósito de la fe”. Ese depósito, no obstante, no es una doctrina extraña al Evangelio; es el Evangelio de Jesucristo liberador. Es eso lo que hay que defender con energía frente a otros evangelios mundanos que no liberan.

Evangelio: Lucas (17,5-10): La fe, reto de la “confianza” en Dios

III.1. El evangelio de este domingo se toma de Lucas: un conjunto literario con dos partes: 1) el diálogo sobre la petición de los apóstoles para que aumente la fe de los mismos y la comparación con un pequeño grano de mostaza; 2) la parábola del siervo inútil. Lo primero que debemos considerar en este aspecto es que la fe no es una experiencia que se pueda medir en cantidad, en todo caso en calidad. La fe es el misterio por el que nos fiamos de Dios como Padre, ahí está la calidad de la fe; ponemos nuestra vida en sus manos sencillamente porque su palabra, revelada en Jesús y en su evangelio, llena el corazón. Por eso, la fe se la compara aquí con un grano de mostaza, pequeño, muy pequeño, porque en esa pequeñez hay mucha calidad en la que puede encerrarse, sin duda, el fiarse verdaderamente de Dios. Puede que objetivamente no se presenten razones evidentes para ello. No es que la fe sea ilógica, o simplemente ciega, es una opción inquebrantable de confianza. Es como el que ama, que no puede explicarse muchas veces por qué se ama a alguien. Por tanto, existe una razón secreta que nos impulsa a amar, como a creer.

III.2. La fe que mueve montañas debe cambiar muchas cosas. La comparación del que, por la fe, arranca una morera o un sicómoro y lo planta en el mar, da que pensar. ¿Qué sentido puede tener? Un sicómoro no puede crecer en el mar. En realidad es un símbolo de Israel y este no es un pueblo del mar; no hay tradición de ello. La frondosidad que tiene, como la de la higuera que protege con su sombra, es como un reto: son árboles de secano, de estío, protectores… pero no pueden estar en el mar, se pudrirían. Es un imposible, como un “imposible” es el misterio de la fe, de la confianza en Dios. Cuando todo está perdido, cuando lo imposible nos avasalla, “confiar en Dios” pone en entredicho una religiosidad de oropel, de cosas, de ritos, de ceremonias, de purificación. La fe es algo del corazón, donde está la sede de lo mejor y de lo peor en la Biblia. Por ello, tener fe, confianza (emunah), y pensar que una morera puede ser trasladada al mar y crecer allí es poner en entredicho la religión vacía. Sin la fe, la religión no lleva a ninguna parte. Y muy frecuentemente sucede que se tiene “una religión”, pero en ella no habita la fe.

III.3. La parábola conocida como del “siervo inútil” no es una narración absurda. No es propiamente la parábola del siervo inútil, porque no es ese su sentido, sino del que acepta simplemente en su vida que es un siervo y no pretende otra cosa. El amo que llega cansado del trabajo es servido por su criado; el criado tiene la conciencia de haber cumplido su oficio; esas eran las reglas de contratación social. ¿Qué sentido puede tener esto en el planteamiento de la fe y la recompensa? No podemos aplicar aquí la lógica reivindicativamente social de que el patrón y el siervo no pueden relacionarse tal como se propone en esta lectura. El juicio moral sobre la servitud o la misma esclavitud de aquellos tiempos, está demás a la hora de la interpretación. Se parte de la costumbre de aquella época para mostrar que el siervo, lo que tenía que hacer era servir (se usa el verbo diakoneô), porque era su oficio, y el amo ser servido.

III.4. Jesús quería partir de esta experiencia cotidiana para mostrar al final algo inusual: por ello, la vida cristiana no se puede plantear con afán de recompensa; no podemos servir a Dios y seguir a Jesús por lo que podamos conseguir, sino que debemos hacernos un planteamiento de gracia. El buen discípulo se fía de Jesús y de su Dios. Cuando se da esa razón secreta para seguir a Jesús, no se vive pendiente de recompensas; se hace lo que se debe hacer y entonces se es feliz en ello. Existe, sin duda, la secreta esperanza e incluso la promesa de que Dios nos sentará a su mesa (símbolo de compartir sus dones), pero sin que tengamos que presentar méritos; sin que sea un salario que se nos paga, sino por pura gracia, por puro amor. Así es como Lucas ha entendido este conjunto en que pone en conexión el diálogo sobre la fe con la parábola del siervo (que no es inútil). Con Dios no vale do ut des, sino lo que cuenta es abrirse a Él como lo que somos y con lo que somos… y se nos invita, por gracia, a sentarnos a su mesa, lo que no ocurre precisamente en las relaciones sociales de este mundo de clases. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 25 de septiembre de 2016

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida”

El rico epulón y el pobre Lázaro es una historia ejemplar, y, al igual que las parábolas, invita a la conversión y a obrar bien. El obrar bien al que se refiere este relato es la justicia: tanto das, tanto recibes. Ni más ni menos. Como la justicia no suele cumplirse en este mundo, porque los poderosos imponen su propia ley y su poder, ha surgido un sentimiento en casi todos los pueblos de que tiene que haber un más allá donde un juez supremo dé a cada uno su justo merecido. Se desea y se espera que este juez sabio, poderoso y ecuánime del otro mundo invierta los destinos o las suertes de las personas, precisamente para restablecer la justicia: el que ha sido pobre en este mundo, será rico en el otro; mientras que el que ha abundado en la riqueza aquí, padecerá en el más allá una vida de tormentos y de privaciones. La parábola es un ataque a las injusticias perpetradas en el mundo por la distribución desigual de la riqueza, y, al mismo tiempo, una llamada a que los ricos se decidan a repartir con todas las víctimas de la indigencia; por la cuenta que les tiene.

Hasta aquí, en esta narración sobre la justicia no hay nada específicamente cristiano. Historias similares a la del rico epulón y el pobre Lázaro existen en otras culturas y en otras religiones. Pero un cristiano ha oído, además de esas historias, la parábola del buen samaritano y, sobre todo, la del hijo pródigo, en las que hay una superación de la justicia: la gratuidad, la misericordia. Esto sí es específicamente cristiano. En efecto, vemos que el hermano mayor de la parábola del hijo pródigo se mueve en su diálogo con el padre únicamente en el plano de la justicia: el que la hace, la paga; o lo que es lo mismo, a cada uno, según sus méritos. Nada más. El Padre –y Jesús– dan un salto cualitativo y se sitúan en el plano superior de la gratuidad. Ésta supera a la justicia, porque da infinitamente más que recibe; es más, da sin esperar nada a cambio, cosa que no sucede en la justicia. Nos preguntamos entonces: ¿es el Padre de Jesús y Padre nuestro un Dios de la justicia o de la misericordia? Diríamos que de las dos, porque la justicia no es algo opuesto a la gratuidad; es simplemente un escalón inferior a la misericordia, de tal modo que el que practica la gratuidad no puede de ninguna manera obrar injustamente. La gratuidad o misericordia incluye a la justicia, aunque la supere. La gratuidad o misericordia es el máximo escalón al que debe tender cualquier seguidor de Jesús. Pero, para ello, ha de subir a ese peldaño desde la justicia. No puede saltárselo.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El profeta describe la vida de lujo sofisticado que se vivía en las capitales. Estos placeres de unos pocos hacían un fuerte contraste con “la ruina de José”, es decir, la calamitosa situación de la mayor parte del pueblo. El pecado no consiste en tocar música, comer o beber. El pecado es regodearse egoístamente sin compartir, en un momento en que el pueblo estaba pasando gran necesidad.

Lectura de la profecía de Amós 6, 1a. 4-7

¡Ay de los que se sienten seguros en Sión! Acostados en lechos de marfil y apoltronados en sus divanes, comen los corderos del rebaño y los terneros sacados del establo. Improvisan al son del arpa, y como David, inventan instrumentos musicales; beben el vino en grandes copas y se ungen con los mejores aceites, pero no se afligen por la ruina de José. Por eso, ahora irán al cautiverio al frente de los deportados, y se terminará la orgía de los libertinos
Palabra de Dios.

Salmo 145, 7-10

R. ¡Alaba al Señor, alma mía!

El Señor hace justicia a los oprimidos y da pan a los hambrientos. El Señor libera a los cautivos. R.

El Señor abre los ojos de los ciegos y endereza a los que están encorvados. El Señor ama a los justos. R.

El Señor protege a los extranjeros, sustenta al huérfano y a la viuda y entorpece el camino de los malvados. R.

El Señor reina eternamente, reina tu Dios, Sión, a lo largo de las generaciones. R.

II LECTURA

Conservar la fe no significa quietismo ni fosilización. Conservar la fe es vivirla alegre y dinámicamente, sabiendo que todo en nuestra vida se orienta hacia el encuentro definitivo con Jesucristo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 6, 11-16

Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe, en presencia de numerosos testigos. Yo te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y delante de Cristo Jesús, que dio buen testimonio ante Poncio Pilato: observa lo que está prescrito, manteniéndote sin mancha e irreprensible hasta la Manifestación de nuestro Señor Jesucristo, Manifestación que hará aparecer a su debido tiempo el bienaventurado y único Soberano, el Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver. ¡A él sea el honor y el poder para siempre! Amén.
Palabra de Dios.

ALELUYA        2Cor 8, 9

Aleluya. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza. Aleluya.

EVANGELIO

La parábola nos lleva a una mirada introspectiva y a considerar cuántas riquezas tenemos. Estas pueden ser bienes materiales o el tesoro que significa “tener por padre a Abraham”, es decir, ser creyente. No es indispensable que optemos por la pobreza extrema o nos embarquemos como misioneros a tierras lejanas. Miremos con atención y, a la puerta de nuestra casa, hay algún hermano o hermana esperando el pan cotidiano y la buena noticia del Evangelio.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 16, 19-31

Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: “Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan”. “Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí”. El rico contestó: “Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento”. Abraham respondió: “Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”. “No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán”. Pero Abraham respondió: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

En la catequesis que hemos recibido desde niños, se ha identificado "lo que dice" y narra esta historia del rico epulón y el pobre Lázaro con "lo que realmente quiere decir". Y se nos han enseñado como reales los que no son más que meros elementos inventados para la construcción de la historia: la existencia y el escenario del juicio después de la muerte, el cielo como premio y el infierno de fuego como castigo, el diálogo de los muertos con los vivos, la imposibilidad de arrepentimiento una vez que nos llega la muerte, etc. ¿Qué podemos sacar nosotros hoy de "lo que quiere decir" esta historia ejemplar?

Para un creyente cristiano, la persona que hemos sido en nuestra historia engarza con la que seremos más allá de la muerte

Ciertamente no será como nos lo narra la parábola, donde se nos muestra a los personajes después de la muerte tal como estuvieron en este mundo. Pero en la resurrección cristiana, el ser humano que vivió cada uno en la propia historia no pierde su identidad, sino que la realiza en plenitud. Es un salto prodigioso de la identidad histórica a la identidad resucitada, sin el corte de la aniquilación de lo que hemos sido en la vida.

Para un creyente cristiano, la resurrección no minimiza en absoluto la vida que hemos ido construyendo en nuestra historia, sino que le da suma importancia. La identidad resucitada no se opone a la identidad histórica como el verdadero ser humano al aparente. La humanidad resucitada se halla ya presente en la humanidad histórica como el árbol se halla presente en la semilla. ¿Quién puede despreciar la semilla para poner todo el acento en el árbol?

De ahí se deriva que para llegar a la vida resucitada no vale construir en la historia cualquier tipo de persona. El fruto que seremos depende de la semilla que ahora vamos siendo. ¿Da lo mismo ser asesino que asesinado, ordenar masacres por intereses mezquinos que morir inocentemente, acaparar injustamente riquezas que morirse de hambre, amar que odiar, cultivar exquisitas relaciones de fidelidad que practicar el engaño, la mentira y el fraude? Evidentemente, no. La razón de ello está en que el ser humano tiene libertad para actuar, pero también responsabilidad de lo que se ha hecho.

¿Cómo será el ser humano resucitado?

Todas las culturas han diseñado cómo va a ser nuestra vida después de la muerte. La parábola de hoy nos lo cuenta con pelos y señales. Es una imaginación. Porque de la vida del más allá no tenemos ni el más mínimo atisbo de experiencia, ni la ha tenido nadie. Lo que digamos no son más que elaboraciones nuestras que las hacemos a la medida de cómo vivimos aquí en la historia. La única actitud que cabe ante la vida resucitada en la esperanza o expectativa radical.

La esperanza o la expectativa es una mezcla de confianza, ilusión, deseo y temor. Ante la vida del más allá no cabe otra esperanza o expectativa que no sea la radical, pues no se apoya en ningún tipo de experiencia vivida por nadie. Aunque tengamos la tentación de hablar de la vida del más allá y de describirla, lo única opción razonable es el silencio y esa expectativa radical, que, aunque tiene bases racionales firmes para creer en ella, no está exenta de serias y profundas dudas.

La expectativa exige un compromiso activo con aquello que se espera. El futuro no llega si uno no se compromete en su consecución. Y ya sabemos cómo Jesús esperó la resurrección: comprometiéndose con los pobres, los despreciados, las mujeres, los abandonados, hasta sufrir la muerte por ello.

Y del infierno, ¿qué? ¿Es un escenario inventado en éste y en otros pasajes evangélicos?

Los predicadores modernos ya casi no hablan del infierno, del juicio y de la condenación eterna. Después de una enorme inflación de siglos de predicaciones amenazantes sobre la condenación inminente, constatamos ahora un silencio, pero que no deja de ser un silencio incómodo y hasta perturbador. Porque, aunque ya no se habla de ello, nos seguimos preguntando: ¿quedarán impunes todas las injusticias, asesinatos, exterminios, robos, violaciones, etc., sin que los autores reciban un castigo reparador para sus víctimas? Acerca de la condenación eterna ofrecemos brevemente una explicación (E. Schillebeeckx, O.P.) entre las muchas que puedan existir. Es la siguiente. El Dios vivo se hace presente en nuestro mundo en la fraternidad tal como la vivió y predicó Jesús. Es decir, de la vida de Dios participa el que ama a los demás. Este vínculo vital con la vida de Dios en la fraternidad cristiana no puede romperse ni ser aniquilado por la muerte, como no lo fue con Jesús crucificado. En Jesús, Dios vence a la muerte para aquéllos que como él viven en este mundo el reino del amor fraterno. Existe cielo porque la vida de Dios, presente entre los hombres misericordiosos, se continúa después de la muerte. ¿Y las personas malas, injustas, asesinas, ladrones, etc.? Pues simple y llanamente están diciendo un no a vivir en nuestro mundo la vida de Dios, que no tiene otra manifestación que la fraternidad como la practicó Jesús. Esas personas malas han decidido libremente no tener en este mundo vida de comunión con Dios en el amor a los demás. Lógicamente, también están renunciando a una vida con Dios más allá de la muerte. Ésa es su decisión. Para ellos, la muerte es el final de su camino. No habrá ninguna vida (con Dios) más allá, porque tampoco la hubo en su historia terrenal. Han negado el vínculo con la vida de Dios aquí, con lo cual también lo están negando para después de su muerte. Los malos no tienen vida eterna. Su muerte es realmente el final de todo, porque se han autoexcluido de esa vida con Dios.

A Dios no se le acepta por la fuerza de pruebas prodigiosas

"No creerán ni aunque un muerto resucite". ¿El muerto resucitado es Jesús? Podría ser, porque la resurrección de Jesús no convence por la fuerza de la evidencia o por ser un prodigio portentoso. Dios sólo es accesible por la fe, que no es otra cosa que la seducción que siente quien se abre a que Dios invada su vida. Y esta vida de Dios se manifiesta en este mundo en la fraternidad al modo de Jesús.

¿Fue castigado el rico por sus riquezas o por su falta de caridad?

El evangelista Lucas, como judío, se acuerda de que la Ley y los profetas invitan a la misericordia y prohíben la ostentación orgullosa; como griego, recuerda asimismo las estimulaciones de esa cultura a la moderación. Así pues, ¿el error del rico no consistió solamente en haberse olvidado del pobre Lázaro, sino también en haber vivido con un lujo excesivo? Desde la óptica cristiana no hay duda: los ricos son condenados por no tener misericordia con los pobres. Mejor dicho, porque su enriquecimiento se construye a costa del empobrecimiento de los más débiles. La riqueza puede ser condenada por filosofías que hacen de la moderación un ideal de virtud. Pero para los cristianos, no es la riqueza lo que se condena, sino el empobrecimiento del que son víctimas muchas personas. Y lo son, a causa del enriquecimiento de unos pocos.

Hoy el empobrecimiento tiene un mayor alcance que en tiempos de Jesús, porque esta cultura ha convertido el dinero en su valor supremo que invade, condiciona y caracteriza toda nuestra vida. La vida nos sabe fundamentalmente a dinero, a mercancía. Por tanto al pobre se le condena, además de al hambre, a la enfermedad y al analfabetismo, a ser el mayor proscrito de una sociedad en la que el único sabor de la vida lo da el dinero, la riqueza.

ESTUDIO BÍBLICO.

La justicia, ahora, tiene que ver con nuestra felicidad futura

Iª Lectura: Amós (6,1-7):

I.1. Una de las “invectivas” más fuertes y acres del profeta Amós es ésta que se lee en este domingo y que nos recuerda las situaciones más escandalosas de la sociedad de consumo. El profeta de la justicia social sabe advertir contra aquellos que se refugian en un “boom económico” como está viviendo en esos instantes el reino del Norte, Israel, cuya capital, Samaría, era muy lujosa. Una sociedad de consumo es bien injusta desde todos los puntos de vista: los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres en la medida en que el lujo, el dinero, el poder, es sólo de unos pocos. El profeta no callará.

I.2. Pero vemos que el profeta no pretende pedir apretarse el cinturón ante una crisis que se avecina; el problema es más de raíz: el pueblo elegido tiene que vivir según los criterios de Dios que pide la justicia y la igualdad para todos. Su ideología no es la de un hombre desfasado, sino la de aquél que siente que Dios no puede soportar la irresponsabilidad humana. Llegará, como llegó, la crisis, la destrucción por medio de la gran potencia Asiria. La injusticia trae destrucción; siempre ha sido así. La conciencia crítica de los profetas es una alerta siempre necesaria. Molestan nuestra comodidad, pero son imprescindibles para nuestra conciencia adormecida.

IIª Lectura: Iª Timoteo (6,11-16): Perseverancia en la fe, como confianza

El texto de la carta a Timoteo es una llamada a la lucha por la fe. El hombre piadoso, religioso, sabe que en este mundo, mantener la fe, no es fácil, porque las cosas de Dios y del evangelio no se imponen por sí mismas. Otros dioses, otros poderes, roban el corazón de los hombres y es necesario mantener la perseverancia. Pero esta virtud no es la cerrazón en una ideología, sino la dinámica que nos abre al proyecto futuro de Dios. Este mundo tiene que ir consumándose en la justicia, en la solidaridad, en el amor...hasta que llegue la manifestación de la plenitud de Dios, que nos ha revelado Jesucristo.

Evangelio: Lucas (16,19-31): ¡Construyamos el cielo como Dios quiere, no el infierno!

III.1. El evangelio de Lucas cierra el famoso capítulo social que el domingo pasado planteaba cuestiones concretas para los cristianos, como el amor al dinero o a las riquezas y la actitud que se debe mantener (Lc 16). Se cierra con la famosa parábola del pobre Lázaro y el rico epulón, que es lo opuesto a la parábola con la que se abría el mismo. El rico epulón es el motivo para poner de manifiesto, en la mentalidad de Lucas, lo que espera a los que no son capaces de compartir sus riquezas con los pobres. Y no ya solamente dando limosnas, sino que la parábola es mucho más concluyente: la situación de Lázaro se produce por la actitud del que se viste de púrpura y lino y celebra grandes fiestas. Esta narración parabólica da mucho de sí para hablar, hoy más que nunca, de las diferencias sociales; del empobrecimiento mundial, de la deuda que muchos pueblos del Tercer y Cuarto mundo no pueden soportar. Y se hablará, incluso, del “infierno” que muchos se merecen… Veamos algunos aspectos.

III.2. La culpabilidad del rico siempre está en oposición a alguien que vive miserablemente y a quien él debería haber sacado de ese mal. De ahí que la figura de Lázaro, el pobre, aparezca en toda la narración como punto de referencia del rico, no solamente mientras están los dos en este mundo, sino muy especialmente en el más allá. Cuando el rico vive su situación de desgracia, ya irreversible según la ideología del texto, pide y ruega que Lázaro le refresque su lengua con la punta de sus dedos (v. 24); o que se le mande para que advierta a sus hermanos (v. 27). ¿Es un adorno literario, pasivo, para confirmar lo que se ha definido en el v.25? Es mucho más que eso. No intentemos definir el “infierno” al pie de la letra de la narración, con llamas o algo así: ¡sería una equivocación teológicamente imperdonable! Consideramos que se quiere poner el dedo en la llaga como conciencia crítica expresada de una forma semiótica por la figura del pobre, que tiene un nombre propio, a quien él debería haber liberado. Y es que la riqueza en sí no es neutra, ni se recibe nunca como bien discriminatorio, como muchos defendían en la mentalidad del judaísmo del tiempo de Jesús y del cristianismo primitivo.

III.3. La acumulación de riquezas es injusta; pero es más injusta todavía cuando al lado (y hoy, al lado, por los medios de comunicación, son miles de kilómetros) hay personas que ni siquiera tienen las migajas necesarias para comer. A nosotros nos parece que la culpabilidad de los ricos (o de los pueblos ricos) que se comportan frente a los miserables como el de nuestro ejemplo está absolutamente presente desde el principio al final de la narración, y esto sin recurrir a una alegorización excesiva de la misma. Pero no deja de ser curioso que el rico ni siquiera tiene nombre. Es un rico sin nombre… ¡qué curioso!. En la parábola, por el contrario, quien tiene nombre propio es Lázaro. No es eso lo que sucede precisamente en nuestro mundo de relaciones sociales injustas. Los ricos salen en todos los periódicos y hablan de ellos todas las revistas financieras y del corazón. Y además, el rico sin nombre bien que sabe el nombre que tiene el pobre: ¡Lázaro!, signifique lo que signifique (Eleazar, en hebreo significa “Dios es mi ayuda”). ¡Todo esto da que pensar en la parábola que Jesús ha inventado, no solamente de una historia, sino de muchas historias reales!


III.4. El rico es culpable frente a Lázaro, no frente a los pobres en general, que siempre puede ser una excusa; frente a una persona con nombre propio que se ha encontrado en su vida. Eso, desde luego, no quita que también se pueda hablar de la esperanza de los pobres frente al Dios justo, aquí representado por Abrahán. El abismo, pues, entre los ricos y los pobres, según Lucas quiere poner de manifiesto, puede y debe cambiarse en el presente. El futuro se hace en el presente y quien sabe cambiar su presente, cambia también el futuro. Este es el objetivo final también de la narración sobre el rico epulón y el pobre Lázaro, como lo era del administrador de la injusticia que supo repartir el dinero acumulado de su señor para hacerse amigos; no se lo guardó para él. Pero los que usan las riquezas sólo para sí... se están cerrando el futuro. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).