domingo, 14 de enero de 2018

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Vengan y lo verán”

Dejado atrás el tiempo de Navidad, con la celebración de Bautismo del Señor, celebración que sirve de puente para cerrar un ciclo e introducir en otro, somos invitados a considerar el itinerario espiritual de la vida cristiana en clave de llamada. Se podría decir que es la consecuencia de la serie de manifestaciones vividas en el ciclo de la Natividad: manifestación a los pastores, manifestación a los pueblos gentiles, manifestación a Israel.

Toda manifestación conlleva un reclamo de atención que se resuelve en búsqueda y seguimiento.  Fue el caso de los pastores, de los magos y de los que acogieron en Israel la venida del esperado Mesías.

Hoy la escucha y pronta respuesta de Samuel, marca la clave, desde la ignorancia que no impide la respuesta en la disponibilidad: aquí estoy porque me has llamado, a la indicación de la calidad de la respuesta: habla, Señor, que tu siervo escucha.

Así se inicia la andadura en este comienzo del tiempo ordinario.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

A Samuel no le fue sencillo discernir que era Dios quien lo llamaba. Escuchaba sin saber de dónde provenía la voz. Pero, aunque estaba confundido, se mantenía disponible, en apertura y presto a levantarse y responder. La guía de Elí le permitió a Samuel abrirse a otra escucha más profunda, por la cual entrar en contacto con Dios y conocer la misión que le estaba encomendada.

Lectura del primer libro de Samuel 3, 3-10. 19

Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: “Aquí estoy”. Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Pero Elí le dijo: “Yo no te llamé; vuelve a acostarte”. Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una vez más. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Elí le respondió: “Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte”. Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy, porque me has llamado”. Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: “Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha”. Y Samuel fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: “¡Samuel, Samuel!”. Él respondió: “Habla, porque tu servidor escucha”. Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras.
Palabra de Dios.

Salmo 39, 2. 4. 7-10

R. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Esperé confiadamente en el Señor: Él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Puso en mi boca un canto nuevo, un himno a nuestro Dios. R.

Tú no quisiste víctima ni oblación; pero me diste un oído atento; no pediste holocaustos ni sacrificios, entonces dije: “Aquí estoy”. R.

“En el libro de la Ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón”. R.

Proclamé gozosamente tu justicia en la gran asamblea; no, no mantuve cerrados mis labios, tú lo sabes, Señor. R.
II LECTURA

Somos santuario del Espíritu Santo. ¡Dios vive dentro de cada uno de nosotros! San Pablo expone las consecuencias morales de esto: si somos templo del Espíritu, también nuestro cuerpo da culto a Dios en todas nuestras acciones.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 6, 13-15. 17-20

Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben acaso que sus cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un solo espíritu con él. Eviten la fornicación. Cualquier otro pecado cometido por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 1, 41. 17

Aleluya. Hemos encontrado al Mesías, es decir, al Cristo; por él nos han llegado la gracia y la verdad. Aleluya.

EVANGELIO

“Ellos no sólo manifestaron su amor a Jesucristo siguiéndolo, sino hasta en el modo de preguntarle. Por esto sigue: ‘Ellos le dijeron, ‘Rabbí’ (que quiere decir ‘Maestro’), ¿en dónde moras?’. Cuando todavía no habían aprendido nada de él, ya lo llaman Maestro, considerándose así como discípulos y manifestando la causa por la que lo siguen. Y lo que Andrés aprendió de Jesús, no lo retuvo para sí, sino que lleno de alegría corrió inmediatamente a contar a su hermano el bien que había recibido” (san Juan Crisóstomo, Homilía sobre san Juan, n. 17).

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 35-42

Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: “¿Qué quieren?”. Ellos le respondieron: “Rabbí –que traducido significa Maestro– ¿dónde vives?”. “Vengan y lo verán”, les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías”, que traducido significa Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas”, que traducido significa Pedro.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Estamos inmersos en una sociedad que parece no escuchar. Una sociedad marcada por un afán comunicacional que no deja espacio para la acogida de la palabra del otro y tampoco para considerar el relato existencial que el “otro” significa. Tenemos un problema no fácil de resolver. Hay demasiado “ruido” ambiental e interior. Parece que un cierto temor al silencio nos invade y los gritos del silencio no se escuchan. De ahí que las relaciones interpersonales estén expuestas a la quiebra.

En el silencio de la noche Samuel escucha cómo se pronuncia su nombre.

Lo entiende como llamada y en su razonamiento lógico, corre a ver qué se espera de él, poniéndose delante de Elí. El muchacho es pura disponibilidad: aquí estoy. Esto sucede por tres veces. La misma respuesta por parte de Samuel y la misma indicación proviene de Elí. Señala el autor que Samuel aún no conocía al Señor a pesar de estar entregado a El y vivir en su casa. Tocará a Elí señalar al pequeño Samuel lo que tiene que responder. Somos enseñados. La andadura cristiana no se aprende al margen del testimonio de los que preceden en el compromiso bautismal. Hay que aprender, dirá el Papa Francisco “el arte del acompañamiento espiritual”. No se trata de una comunicación de saber intelectual, sino de sabiduría espiritual que surge de la experiencia personal en el encuentro con el Señor. Aprender a escuchar.

Pablo nos hablara del sentido cristiano de la corporeidad.

La tentación de separar lo que Dios ha unido está a la orden del día. Hay que descubrir el valor de la corporeidad en la existencia humana. No es un accidente. No es algo que nos estorba la experiencia de encuentro con el Señor. Por eso dirá: el cuerpo es para el Señor y el Señor para el cuerpo. No tenemos otra vía y más segura que la está ligada a la humanidad. Y es ahí donde se encuentra la clave para no divagar en lo que se refiere a la experiencia de Dios. Si el Hijo de Dios asume la humanidad y en la corporeidad hace palpable a Dios mismo; si el ser humano en su corporeidad se convierte en templo en el que Dios habita, parece lógico que haya que redescubrir el sentido auténtico de la corporeidad para manifestar a través de ella nuestra pertenencia a Cristo. No es enemigo nuestro la corporeidad personal, sino que somos nosotros mismos: soy cuerpo y soy alma y en la unidad de ambos, con la armonía querida por Dios, podremos escuchar y responder a lo que se nos propone y encomienda.

Juan es el evangelista de los tiempos fuertes en la liturgia cristiana.

También, cada año, cuando comienza un ciclo nuevo, será de su mano que somos introducidos. El Bautista sabe quién es Jesús y cuál su misión. Lo ha dejado bien claro al definirse ante los que le preguntan. En este caso, dos de sus discípulos le escuchan decir: “Este es el cordero de Dios”. La fuerza de su testimonio hace soltar amarras a ambos, porque se van detrás de Jesús. Se trata de irse detrás de la Palabra y no quedarse en la Voz. El Bautista es sólo “voz que grita”. La Palabra es la que comunica la vida. Hay que escuchar la voz para acoger la Palabra. En definitiva hay que aprender a escuchar.

Y escuchando bien, el seguimiento parece una consecuencia natural. Pero esto resulta insuficiente. Conviene clarificar la razón del seguimiento, purificar la escucha. Se escuchan  tantas cosas e importan sólo muy pocas. Por eso Jesús preguntará: “¿qué buscan?”. Esa pregunta se torna personal: ¿qué busco yo?, porque para responder al que pregunta, debo tener bien claro qué busco. No respondieron la pregunta, tal vez porque no tenían claro lo que Juan había indicado, ya que preguntan: ¿Dónde vives?. Pudiera parecer una simpleza y no lo es. Tener claro dónde habita Dios es vital para cada bautizado. Se nos tiene que indicar, no lo inventamos nosotros y tampoco es la lógica consecuencia de la especulación humana. Para saberlo hay que aceptar la invitación que se nos hace: “Vengan y lo verán”. Se trata de experiencia de comunión de vida, que produce al mismo tiempo una sabiduría existencial que va más allá. De ella surge, necesariamente la misión que se descubre a partir del encuentro con El. Por eso Andrés comparte con su hermano lo que ha encontrado: “Hemos encontrado al Mesías”. Toca hoy vivir esa misma experiencia para poder llevar a los que buscan y parecen no hallar nada, al lugar en el que habita Cristo. Buen reto y mejor tarea.

ESTUDIO BÍBLICO.

Seguir a Jesús es sentirse "llamados"
           
Los textos de este domingo II del Tiempo Ordinario nos presentan el tema de la “vocación”, de la llamada. Sabemos que Jesús llamó a algunos  discípulos que le siguieron. Pero la llamada es para todos, no solamente para privilegiados o para perfectos. Sin vocación, la vida no tiene sentido y menos una vida “religiosa” si esta la entendemos como don y como gracia. Porque también hay que saber recibir los dones y las gracias.

I Lectura: 1 Samuel (3,3-9.19): Habla Señor, que tu siervo escucha

I.1. La lectura de Samuel nos relata la vocación profética de Samuel, el niño que la madre consagró a Yahvé como prenda por haberle concedido el don e la maternidad. Pero no basta, para ser un profeta u hombre de Dios, que nuestros padres nos destinen a ello. Hace falta una “llamada”, la vocación, y la respuesta más personal a la palabra de Dios. Samuel, que sería un profeta que habría de conducir al pueblo hasta la llegada de David, vivía con el sacerdote Elí en el santuario donde estaba depositada el arca de la Alianza. Los hijos de Elí, por el contrario, no seguirían los pasos de su padre, no heredarían su carisma; al contrario, sería Samuel el llamado por Dios para ser su profeta; porque el profetismo no se hereda, ni es una institución que se aprenda, sino que hay de descubrirla.

I.2. La vocación de Samuel se describe con rasgos propios de las leyendas antiguas, en las que se oye la voz de Dios. En el silencio, en la noche. Es una experiencia fascinante que no le deja dormir al muchacho. Estima que es Elí quien le llama, y es éste quien se da cuenta que es Yahvé quien está por medio en todo este asunto. Y así el maestro le enseña a decir a discípulo, no como un rito, sino como el don de la propia vida: «habla, Señor, que tu siervo escucha». Escuchar la voz de Dios en la vida personal es un verdadero reto, que no todos saben afrontar. Elí, el viejo sacerdote-profeta, tiene experiencia de Dios y se la comunica a alguien que está en disposición de ello; lo contrario de lo que sucede con sus hijos. No es lo mismo vivir con “vocación” que sin ella. Esta vocación se descubre de muchas formas y de muchas maneras: unas veces buscando y otras sin que sepamos por qué. Es evidente que estamos hablando en el contexto de una experiencia religiosa extraordinaria, lo que es respetable. Debemos ser capaces de ver a Dios, de escucharle si queremos, en las realidades de nuestra vida personal y de los que nos rodean. No habrá vocación, sin embargo, si no estamos dispuestos a escuchar a Dios.

II Lectura: 1 Corintios (6,13-15.17-20): El cuerpo revela nuestra interioridad.

II.1. La segunda lectura está tomada de 1ª Corintios, una carta muy compleja desde muchos puntos de vista. Y para comprender esta carta y este texto de hoy debemos conocer algunas cosas de aquella comunidad de la capital de Acaya, en la que Pablo se empeñó a muerte en su misión de apóstol y en ofrecer una identidad verdaderamente cristiana a esta comunidad. Se trata de un texto que debemos saber contextualizar y conocer por qué lo escribe San Pablo. Corinto era una ciudad famosa por su santuario a Afrodita, la diosa del amor, al que acudían gentes que llegaban a la ciudad doblemente portuaria desde las regiones lejanas y limítrofes. El hecho de la prostitución sagrada era una perversión del amor y de la sexualidad humana según san Pablo. Precisamente por ello el apóstol hace una teología del «cuerpo» humano, que no es la carne y la sangre, aquello que nos llevará a la muerte; sino de lo más interior a nosotros mismos, que es lo que no podemos entregar a la irracionalidad. La “antropología” bíblica que subyace en esta concepción del cuerpo del texto paulino es manifiesta: no es dicotómica, dualista, sino es una realidad única: interior-exterior, alma-cuerpo.

II.2. Esto, probablemente, lo escribe Pablo, porque algunos convertidos al cristianismo no veían inconveniente en participar en esos ritos sagrados de la sexualidad, y por ello afronta la cuestión desde la clave más profunda de la fe cristiana: la resurrección de los cuerpos, que volverá a afrontar en el c.15 de esta misma carta. La sexualidad forma parte de nuestro ser; si la entregamos al comercio y a lo irracional, pierde todo el valor positivo que el Creador ha puesto en ella; la reducimos a la animalidad. Pero ni lo irracional, ni lo animal están llamados a la resurrección. El cuerpo no es simplemente lo exterior, lo que se ve, lo que se gasta: el cuerpo lleva en su seno el misterio de la persona, de la interioridad, de la misma libertad. Por eso si entregamos nuestro cuerpo a cualquiera o a cualquier cosa, eso es una idolatría. Es decir, estaremos sometidos a los ídolos, que no son más que irracionalidad y ceguera. La actualidad de este tema hoy, sabemos que se puede cifrar en entregar nuestro cuerpo, nuestra persona, nuestra mente y nuestra voluntad a la droga o al dinero. También aquí, con esta simbología del “cuerpo”, se sugiere la verdadera dignidad de nuestra vocación humana y cristiana.

Evangelio: Juan (1,35-42): ¿Dónde habitas?

III.1. El evangelio de hoy nos presenta la forma en que Jesús acogió a sus primeros discípulos. No se hace por medio de una llamada concreta de Jesús, - como sucederá después con Felipe, Jn 1,43ss-, sino de otra forma distinta. Probablemente en el evangelio de Juan hay una intencionalidad manifiesta: el paso de los discípulos del Bautista a Jesús. Es una escena que viene después de la presentación que Juan el Bautista ha hecho de Jesús a sus seguidores. Por eso, como respuesta inmediata, dos de esos discípulos (uno de ellos se identifica como Andrés, el hermano de Pedro), se interesan por la vida de Jesús. De ahí la pregunta: “Maestro ¿dónde habitas?”. No es necesario entrar en la cuestión del “otro” discípulo, que, desde luego, no es necesario identificar con el discípulo amado, y tampoco a éste con Juan el hijo del Zebedeo en cuanto autor de este evangelio, como muchos han defendido y siguen defendiendo. El evangelista subrayaba así que Juan el Bautista había cumplido su misión; ésta había terminado, y sus seguidores debían atender a aquél que él llama el «Cordero de Dios». No podemos establecer con seguridad los puntos históricos de esta narración. No sabemos a ciencia cierta si eso fue así, ya que la tradición de los evangelios sinópticos parece más primitiva y nos habla de la llamada directa de Jesús a Pedro y a su hermano Andrés, para que dejaran sus redes y le siguieran.

III.2. ¿Dónde vivía Jesús? No se nos dice en el relato, porque su intención es poner de manifiesto que su modo de vida es lo que se describirá a lo largo del evangelio. Han visto ya algo que fascina a estos discípulos, para dejar al Bautista y seguir a Jesús, y comunicar la noticia al mismo Pedro. Con ello, el Bautista no se encuentra desairado, porque en otro momento él mismo dice: «es necesario que El crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30). Así, pues, una vez que Juan el Bautista ha cumplido la misión que le correspondía –según se piensa en la tradición cristiana que Juan, como los sinópticos, recoge-, llega el momento de “seguir” a Jesús, de vivir con él, de contemplar su morada. El simbolismo del evangelio joánico enriquece verdaderamente esta escena sobre la iniciativa de los discípulos. No los ha llamado el Maestro, pero Juan sí les ha trazado el camino. A veces, alguien puede descubrirnos nuestra “vocación”; lo importante es saber discernir y poder dedicarse a ello.

III.3. El encuentro de Pedro, con Jesús, es presentando en Juan de una forma muy particular, distinta a los sinópticos. Aquí se adelanta su hermano Andrés en su decisión a seguir al Maestro. Pero lo que importa siempre es la disposición. El que Pedro reciba un nombre nuevo “Kefas”(piedra), con todo lo que ello significa, forma parte también del misterio vocacional. Un nombre nuevo es un destino, un camino, una vida nueva, una misión. Todo esto está sugerido en esta escena vocacional. Desde luego, aceptar a Jesús, su vida, su ideas y su experiencia de Dios, no puede dejarnos donde estábamos antes. Todo ha de cambiar, sin que haya que exagerar actitudes espirituales o morales. Seguiremos a Jesús y su evangelio, y volveremos a sentir la necesidad del perdón y de la gracia, porque la debilidad nos acompaña siempre. Pero con un nombre nuevo se nos dice que el horizonte de nuestra existencia es Aquél que trae la luz y la vida al mundo, como se pondrá de manifiesto en todo el evangelio joánico. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).




domingo, 7 de enero de 2018

EPIFANÍA DEL SEÑOR


Venimos a adorar al Rey

Jesús ha nacido en medio de la noche alumbrado por un gran resplandor que ilumina la oscuridad. Es la Illuminatio. En este mundo a veces tan oscuro, es bueno pararse a redescubrir el sentido que tiene la presencia de Jesús, que ilumina a todos aquellos que quieren pararse a contemplarlo. Jesús, Dios mismo que se hace carne y habita entre nosotros (Manifestatio). Ese mismo Jesús es reconocido como Dios y adorado como tal (Declaratio). Los magos así lo hicieron, se dejaron deslumbrar por la estrella, y decidieron ponerse en camino y seguirla. Aparcaron sus vidas, sus actividades y preocupaciones, y así encontraron a aquel que daría sentido a su existencia, y sintieron una inmensa alegría. Y lo adoraron, ofreciéndose y ofreciéndole sus regalos oro (símbolo de la riqueza de un rey), incienso (símbolo de las oraciones de un sacerdote) y mirra (símbolo de la finitud de la humanidad).

Nosotros hoy también podemos, cuando notamos que nos falta algo, parar, pensar y tener los ojos abiertos. Y veremos como aparece una luz, una estrella que nos guíe hasta los demás, hasta Jesús mismo encarnado en cada uno de nosotros y de nuestros hermanos.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El mensaje profético se dirige a una ciudad a oscuras y aletargada. ¡Es tiempo de levantarse! La luz ya llega. Una ciudad iluminada por Dios está llamada a convertirse en ciudad de puertas abiertas, con lugar para recibir a quienes vienen desde otros pueblos y culturas. Esta ciudad no deberá cerrarse movida por el miedo, sino al contrario, alegrarse por albergar a gentes tan diversas que llegan atraídas por la luz divina que allí resplandece.

Lectura del libro de Isaías 60, 1-6

¡Levántate, resplandece, porque llega tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti! Porque las tinieblas cubren la tierra y una densa oscuridad, a las naciones, pero sobre ti brillará el Señor y su gloria aparecerá sobre ti. Las naciones caminarán a tu luz y los reyes, al esplendor de tu aurora. Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón, porque se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las naciones llegarán hasta ti. Te cubrirá una multitud de camellos, de dromedarios de Madián y de Efá. Todos ellos vendrán desde Sabá, trayendo oro e incienso, y pregonarán las alabanzas del Señor.
Palabra de Dios.

Salmo 71, 1-2. 7-8. 10-13

R. ¡Pueblos de la tierra alaben al Señor!

Concede, Señor, tu justicia al rey y tu rectitud al descendiente de reyes, para que gobierne a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud. R.

Que en sus días florezca la justicia y abunde la paz, mientras dure la luna; que domine de un mar hasta el otro, y desde el Río hasta los confines de la tierra. R.

Que los reyes de Tarsis y de las costas lejanas le paguen tributo. Que los reyes de Arabia y de Saba le traigan regalos; que todos los reyes le rindan homenaje y lo sirvan todas las naciones. R.

Porque él librará al pobre que suplica y al humilde que está desamparado. Tendrá compasión del débil y del pobre, y salvará la vida de los indigentes. R.

II LECTURA

La carta insiste en el carácter universal de la salvación: una Buena Noticia que debe llegar a todos. En los tiempos de los primeros cristianos esto implicaba abrirse a los pueblos paganos. Y hoy, ¿quiénes son los más alejados que aún no han recibido la Buena Noticia? ¿Dónde están? ¿Cómo llegaremos hasta ellos?

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 3, 2-6

Hermanos: Seguramente habrán oído hablar de la gracia de Dios, que me ha sido dispensada en beneficio de ustedes. Fue por medio de una revelación como se me dio a conocer este misterio, tal como acabo de exponérselo en pocas palabras. Al leerlas, se darán cuenta de la comprensión que tengo del misterio de Cristo, que no fue manifestado a las generaciones pasadas, pero que ahora ha sido revelado por medio del Espíritu a sus santos apóstoles y profetas. Este misterio consiste en que también los paganos participan de una misma herencia, son miembros de un mismo Cuerpo y beneficiarios de la misma promesa en Cristo Jesús, por medio del Evangelio.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Mt 2, 2

Aleluya. Vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorar al Señor. Aleluya.

EVANGELIO

 “El centro de este relato es Jesús que nos convoca a un encuentro. Los magos simbolizan a los pueblos paganos que se abren al encuentro con Jesús y acercan su homenaje al Mesías. Por eso, en ellos está representado cada creyente, de todos los pueblos de la tierra, que conoció a Jesús y abrió su vida a esa luz salvadora. Cuando el Evangelio dice que los magos ‘se llenaron de inmenso gozo’, nos invita a vivir con alegría los signos del amor de Dios que aparecen en nuestra vida, y a celebrar con gozo nuestro propio encuentro con Jesús”.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 2, 1-12

Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”. Al enterarse, el rey Herodes quedó desconcertado y con él toda Jerusalén. Entonces reunió a todos los sumos sacerdotes y a los escribas del pueblo, para preguntarles en qué lugar debía nacer el Mesías. “En Belén de Judea –le respondieron–, porque así está escrito por el Profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, ciertamente no eres la menor entre las principales ciudades de Judá, porque de ti surgirá un jefe que será el Pastor de mi pueblo, Israel’”. Herodes mandó llamar secretamente a los magos y, después de averiguar con precisión la fecha en que había aparecido la estrella, los envió a Belén, diciéndoles: “Vayan e infórmense cuidadosamente acerca del niño, y cuando lo hayan encontrado, avísenme para que yo también vaya a rendirle homenaje”. Después de oír al rey, ellos partieron. La estrella que habían visto en Oriente los precedía, hasta que se detuvo en el lugar donde estaba el niño. Cuando vieron la estrella se llenaron de alegría y, al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre, y postrándose, le rindieron homenaje. Luego, abriendo sus cofres, le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra. Y como recibieron en sueños la advertencia de no regresar al palacio de Herodes, volvieron a su tierra por otro camino.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Hoy Dios se presenta en medio de nosotros, y no como el Dios grandilocuente de Isaías, sino como un niño que nace en medio de la noche, iluminando la oscuridad. Nace para todos, y todos podemos adorarlo. Dios, luz de justicia y camino de salvación hace pasar su historia por los últimos. Un bebe en un establo, un bebe que nace migrante, un bebe totalmente indefenso.

Y esa luz, ese niño que nace nos cuestiona: ¿Cómo nos posicionamos nosotros ante él? ¿Qué hacemos ante la luz de la estrella? ¿Abrimos los ojos? ¿Los cerramos para no ver? ¿Nos quedamos sentados? ¿Nos levantamos y nos ponemos en camino?

Los tres reyes magos somos nosotros cuando vivimos con los ojos abiertos, buscando la verdad en nuestra realidad, en los rostros de nuestros seres queridos y de aquellos que nos cruzamos en nuestro camino.

Los tres reyes magos somos nosotros cuando nos ponemos en camino para perseguir nuestros sueños, esos sueños que parecen lejanos e imposibles de alcanzar pero que nos mantienen en camino ante las dificultades.
Los tres reyes magos somos nosotros cuando seguimos nuestras intuiciones, cuando preguntamos por lo que no sabemos y somos capaces de sacar nuestras propias conclusiones.

Los tres reyes magos somos nosotros cuando nuestro corazón se alegra cuando encontramos parte de esa luz de Dios, en lo pequeño, en los gestos cotidianos que son verdaderos regalos: en el beso de una madre, en una sonrisa, en una ayuda inesperada,…

Los tres reyes magos somos nosotros cuando descubrimos el rostro de Jesús en los rostros anónimos sufrientes y somos capaces de regalarnos, de entregar nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestro dinero a los demás.

Vivamos por tanto como los magos, en búsqueda activa, con capacidad de ver, de alegrarse y  sorprenderse, y hagamos que los que nos rodean se sientan queridos y felices, con independencia del lugar en el que se encuentren, sea un portal, una casa, un refugio o un hospital. Adoremos a Dios en los que nos rodean, en los lejanos y los cercanos, en los queremos y en aquellos deberíamos querer más, porque en todos está Dios.

Hoy es día de abrir regalos, un regalo es siempre una ilusión, una novedad, un don. Pero como en la vida, demasiados regalos, regalos sin sentido, regalos consumibles, pueden hacernos perder el verdadero sentido del día hoy: el mejor regalo que podemos hacer es regalarnos  nosotros mismos, ser don para los demás, como lo fueron los tres reyes. Ellos llevaron oro, incienso y mirra, pero podían no haber llevado nada, y nada hubiera pasado, porque el verdadero regalo era su presencia adorando a un Dios encarnado que nace en la noche oscura para traernos la luz de la salvación.

ESTUDIO BÍBLICO.

Iª Lectura: Isaías (60,1-6): Dios de todos los pueblos

I.1. El texto del libro del profeta Isaías adelanta el sentido de la fiesta: el universalismo de la salvación de Dios. El Trito-Isaías (la tercera parte del libro de Isaías, con oráculos de un profeta desconocido), se vale de la imagen de Jerusalén, símbolo de la presencia de Dios, para afirmar que todos los pueblos buscarán a ese Dios. Pero no se hace por la apologética barata de que el Dios nacional de Israel sea el único y verdadero. El Dios del profeta no es un Dios nacionalista, y con ello cae por tierra ese nacionalismo religioso que muchas veces se ha usado para grandes despropósitos. Si el profeta se vale de Jerusalén, es porque el profeta no puede dejar de ser un judío en su mundo y en su cultura.
I.2. Pero la intuición del profeta se perfila en el sentido de que Jerusalén ha sido humillada muchas veces en su historia. Comparada con las grandes ciudades de la cultura y la religión que la han rodeado ha sido humillada, postrada, asediada y ha sido pasada a cuchillo. Ahora, teniendo Dios allí su morada (cosa que el profeta entiende al pie de la letra, pero nosotros no estamos obligados a ello) es testigo de cómo vienen todos los pueblos, todas las religiones, todas las culturas, para ver la luz de Dios, trayendo sus dones. Dios, pues, escoge a la Jerusalén maltrecha para decir quién es y qué quiere de la humanidad entera. Este es el evangelio, el misterio, del Trito-Isaías para sus contemporáneos. El texto resonará en el evangelio de Mateo del día de hoy.

IIª Lectura: Efesios (3,2-3.5-6): El misterio de Dios se revela a todos

II.1. El texto de Efesios nos habla del “misterio” que le ha sido encomendado al Apóstol para que lo lleve a todos los pueblos, a los paganos, a los gentiles (diríamos a los que no tienen Dios). ¿Cómo es posible? El texto es un texto paulino, una “confesión” que retrata a Pablo, si bien la carta a los Efesios es muy posible que no haya sido escrita por él, sino por un discípulo que quiere mantener en alto la antorcha de la vocación y la misión del Apóstol. Efectivamente, vemos un interés especial en describir la originalidad de la misión paulina. Y en esto no hay nada que objetar. Las cartas auténticas de Pablo nos revelan, por activa y por pasiva, que esta ha sido la vocación y la historia de Pablo, por lo que ha dado su vida “en Cristo”.

II.2. Se habla del “don de la gracia”, de una “revelación” que ha recibido el apóstol. Esta es la verdad si comparamos nuestro texto con Gal 1,12.16. Aquí se refiere al camino de Damasco como punto focal de esta iniciativa divina. Dios lo ha llamado para ser apóstol de los paganos y para ello le ha entregado el evangelio de la salvación. Lo que en nuestro texto de hoy se llama “misterio”, es lo mismo. Porque el evangelio es la buena noticia de que Dios ha decidido salvar a todos los hombres, de cualquier raza y religión. Es eso lo que el autor de Efesios llama misterio y lo que Pablo llama varias veces “mi evangelio”.

Evangelio: Mateo (2,1-12): La estrella de la salvación de la humanidad entera

III.1. Texto complicado, simbólico, arcaico, prefigurativo, midráshico. Todos estos adjetivos se usan a la hora de leer e interpretar el relato de Mateo sobre los magos (magoi, en griego, no reyes) que vienen en busca de una estrella. Y la verdad es que la exégesis bíblica ya ha dado numerosas muestras de madurez a la hora de interpretar un relato de este tipo, que desde luego, no puede leerse histórica o fácticamente, al menos con opciones fundamentalistas. Tenemos que reconocer que nos encontramos ante una magnífica página teológica, con sabor oriental y con una cristología de las primeras comunidades cristianas, especialmente la de Mateo, que vio en el texto de Miqueas (5,1) la prefiguración de Jesús como Mesías, por su nacimiento en Belén. La comunidad de Mateo, de origen judeo-cristiano, necesitó leer mucho las Escrituras, el AT, para rastrear su identidad de aceptar a Jesús como el Mesías en todos los sentidos. Consiguientemente, es posible que en una comunidad de este tipo se viera necesario, como causa-efecto, que si Jesús es considerado el Mesías, tenga que nacer en Belén.

III.2. Pero ¿qué papel desempeñan los magos? Pues el de aquellos que extraños al judaísmo y a su religión, han buscado y han interpretado los signos de los tiempos y se han arriesgado también a aceptar al niño de Belén como su luz. Es verdad que estos textos de Mateo, como los de Lucas, no pueden haber sido escritos sino después de que las comunidades cristianas proclamaran a Jesús resucitado. No podía ser de otra manera. Pero el texto de Mateo es más especial, si cabe, porque está “empedrado” de alusiones a textos veterotestamentarios que se leen con el sentido de cumplimiento o de alusiones significativas. Todos los grandes personajes de la historia han tenido su “estrella”, como Alejandro Magno, Augusto, y el “rey de los judíos” no podía ser menos a la hora de presentarlo ante toda la humanidad. Desde luego no es necesario pensar o defender que en el momento del nacimiento de Jesús se produjo una gran conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis; es bastante hipotético que sea así, y tampoco podemos decir que esté contemplado en nuestra narración. Además, si esta conjunción pudiera probarse para el año 7 a.C. (como algunos sostienen), todavía no se “buscaría” a Jesús como el “rey de los judíos”, porque este título no podía aplicársele desde su nacimiento, sino después de la muerte (es el título de la condena en la cruz) y la resurrección.

III.3. Desde el significado de la fiesta de hoy es mucho más iluminador leer el texto sin buscar exageradamente coincidencias históricas. Por eso interesa resaltar su tejido midráshico (actualización y adaptación de textos bíblicos). Así podemos ver que nuestro relato ha podido confeccionarse teniendo en cuenta al profeta Balaam (Num 24,17), un extranjero llamado por Balaq para maldecir a Israel; pero sucede lo contrario: lo bendice preanunciando la estrella de Jacob, el padre de las tribus. De la misma manera, el texto de Is 60,6 (nuestra primera lectura) con los camellos y dromedarios cargados de dones que vienen a Jerusalén y, no menos, el sentido del Sal 72,10.15 sobre los reyes de tierras lejanas que traen regalos al rey del futuro. La fe de los primeros cristianos tuvo que formularse de esta forma y de esta manera, expresarse simbólicamente. La verdad es que los cristianos aceptaron a Jesús como el Mesías verdadero, el que traería la salvación a todos. No había más remedio que rebuscar en la Escritura para dar sentido a todo ello. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).



lunes, 1 de enero de 2018

1º DE ENERO SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS


El Señor nos conceda la paz

La mujer, lo mismo que ocupa un lugar central y único en la historia humana (madre, esposa, hija, hermana, novia, compañera) así está en la historia de la salvación. Una acción que a nadie se le hubiera podido imaginar, en cuanto que ha sido en la historia de la Sagrada Familia, absolutamente personal y exclusiva: Esta mujer es María.

Su presencia reposa sobre un acto de fe, de confianza, de intrepidez inigualable: No es intervención tan solo biológica, ni se reduce a la gestación; integró simultáneamente un realismo metafísico al ofrecer naturaleza humana al mismo Dios, y una maternidad espiritual mantenida a lo largo de los siglos de manera activa y sobrenatural a la humanidad entera.

Celebramos en este día la solemnidad de Santa María Madre de Dios. Es la primera fiesta mariana que podemos constatar en la Iglesia occidental. La última reforma del calendario trasladó al 1 de enero la fiesta de la maternidad divina, que desde 1931 se celebraba el 11 de octubre en memoria del Concilio de Éfeso (431) donde se proclama a María “Theotokos”, la que dio a luz al Salvador, el Hijo de Dios.

Celebramos también La Jornada Mundial de la Paz, cuyo mensaje no puede ser ignorado por los cristianos que debemos trabajar denodadamente por la paz, amenazada en el mundo cada día con formas más novedosas y sorprendentes.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Todos anhelamos la paz. La jornada de hoy nos exhorta a transmitir esa paz a los hermanos y hermanas. Desde el bautismo, participamos del carácter sacerdotal de Jesús, y podemos interceder unos por otros. Recemos en este día esta antigua bendición sacerdotal, para que la paz de Dios llegue a todos los corazones.

Lectura del libro de los Números 6, 22-27

El Señor dijo a Moisés: “Habla en estos términos a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas. Ustedes les dirán: ‘Que el Señor te bendiga y te proteja. Que el Señor haga brillar su rostro sobre ti y te muestre su gracia. Que el Señor te descubra su rostro y te conceda la paz’. Que ellos invoquen mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”.
Palabra de Dios.

Salmo 66, 2-3. 5-6. 8

R. El Señor tenga piedad y nos bendiga.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, haga brillar su rostro sobre nosotros, para que en la tierra se reconozca su dominio, y su victoria, entre las naciones. R.

Que canten de alegría las naciones, porque gobiernas a los pueblos con justicia y guías a las naciones de la tierra. El Señor tenga piedad y nos bendiga. R.

¡Que los pueblos te den gracias, Señor; que todos los pueblos te den gracias! Que Dios nos bendiga, y lo teman todos los confines de la tierra. R.

II LECTURA

Por Jesús tenemos la condición que sustenta nuestra existencia: somos hijos e hijas. Ante Dios no estamos en un tribunal sino en una mesa familiar. Con la confianza y la inocencia de los niños podemos llamar a Dios: Abbá, Papá.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Galacia 4, 4-7

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: ¡Abbá!, es decir: ¡Padre! Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Heb 1, 1-2

Aleluya. Después de haber hablado a nuestros padres por medio de los profetas, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo. Aleluya.

EVANGELIO

 “Meditar en el corazón” muestra la actitud de profunda interioridad. Es lo opuesto al tratamiento superficial de las cosas. María vivió las cosas de Dios intensamente. Tanto los acontecimientos como las palabras de Dios se le grababan bien hondo. En este año que se inicia pidamos a María esa actitud sabia y contemplativa para descubrir a Dios en nuestra vida cotidiana.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 16-21

Los pastores fueron rápidamente adonde les había dicho el ángel del Señor, y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban, quedaron admirados de lo que decían los pastores. Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. Ocho días después, llegó el tiempo de circuncidar al niño y se le puso el nombre de Jesús, nombre que le había sido dado por el ángel antes de su concepción.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

El Señor nos conceda la paz.

La fórmula de bendición que Moisés dicta a Aarón, recogida en el texto litúrgico debe ser considerada como una fórmula litúrgica, razón por la que Dios se la inspira a Moisés y éste a Aarón, para darle relevancia y solemnidad.

Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. Aquella paz que el pueblo podía desear como ninguna otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo entero.

Se pide a Dios el don de la paz. En las lenguas semitas (shalom-paz) indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo: Indica “lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado”; implica todo aquello que hace posible una vida sana, armónica y ayuda al pleno desarrollo humano. En el Nuevo Testamento, efectivamente sigue siendo un “don mesiánico”, fundamentado sobre la justicia y la fraternidad. Un don que viene de lo alto, con todo lo que esto significa.

Dios envió a su Hijo al mundo nacido de una mujer para salvar al mundo.

La carta a los Gálatas de Pablo resume su opción por la salvación del mundo por Jesucristo en contra de la ley. Es punto de partida teológico de su mensaje y predicación. El Salvador, el liberador “ha nacido de mujer”, es un hombre como nosotros en el sentido más determinante; se ha dicho que es la Navidad del apóstol, dentro de su brevedad.

En la plenitud de los tiempos... un hombre (porque es nacido de mujer) nacido en Israel (bajo la ley) va a abrir las puertas de la gracia y la salvación a toda la humanidad. Para nosotros constituye la gran novedad de la revelación: Un Mesías universal, no restringido al pueblo elegido en la antigua alianza, Todos los hombres, (habiendo nacido fuera de Israel), serán llamados a beneficiarse de las promesas hechas a Abrahan y su descendencia.

Le pusieron por nombre Jesús, que significa Salvador

Al hablar de la maternidad divina de María, la Escritura pone de relieve dos elementos o momentos fundamentales, que corresponden a los que también la común experiencia humana considera esenciales para que se tenga una verdadera y plena maternidad: Concebir y parir o dar a luz. “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo”(Lucas, 1, 31) “Una virgen concebirá y dará a luz un hijo. Isaías 7,14) En María se dieron ambas circunstancias.

¡Madre de Dios! Es un título que expresa uno de los misterios y una de las paradojas más altas del cristianismo para la razón. Un título que ha llenado de asombro a la liturgia, y a la vez el más antiguo e importante título dogmático de la Virgen (Éfeso, 431).

La maternidad constituye el fundamento de toda la grandeza de María; es el principio mismo de la mariología en cuanto que Dios está directamente implicado en tal maternidad. Curiosamente es también un título ecuménico, -al ser al menos en línea de principio- compartido y acogido indistintamente por todas las confesiones cristianas.

En la proclamación solemne de María como Madre de Dios se pueden distinguir tres grandes fases:

a.- Una maternidad física. Durante el comienzo y periodo dominado por los herejes gnósticos y docetas tal maternidad viene solo a ser casi de orden físico. Era necesario afirmar con fuerza que Jesús era hijo de María, y “fruto de su seno” y que era “verdadera y natural” Madre de Jesús. Es afirmación que lleva a demostrar la verdadera humanidad de Jesús.= Madre de Dios. (Theotokos). María ofreció a Jesús la naturaleza humana.

b.- Maternidad metafísica. En el siglo V, época de las grandes controversias cristológicas. No se reflexiona acerca de la doble naturaleza de Jesús sino sobre la unidad de su persona: Es la única persona del Verbo hecho hombre la que alumbró María. Dado que esta única persona es la persona divina del Hijo, en consecuencia ella aparece como verdadera Madre de Dios. (Definición contra Nestorio, en Éfeso).

c.- Maternidad espiritual. Contemplada en la fe, la maternidad de María es contemplada también como una maternidad espiritual, que hace de María la primera y más hija de Dios, la primera y más dócil discípula de Cristo. Para Eva constituía ciertamente un privilegio único ser la madre de todos los vivientes; pero como no tuvo fe no fue bienaventurada sino desventurada.

El concilio Vaticano, Const. Dog. Lumen gentium (nums 61-62): “La Santísima Virgen desde toda la eternidad fue predestinada como Madre de Dios, al mismo tiempo que la encarnación del Verbo, y por disposición de la divina providencia fue en la tierra la madre excelsa del divino Redentor y, de forma singular la generosa colaboradora entre todas las criatura... cooperó de forma única a la obra del Salvador, por su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad... Por todo ello es nuestra madre en el orden de la gracia.”

Conclusión: Nosotros no podemos imitar a María en el concebir a Cristo en su cuerpo; podemos sin embargo y debemos imitarla en concebir en el corazón, esto es, en el crecer. Es lo que somos invitados al proclamar el Credo de nuestra fe. (R. Cantalamessa).

ESTUDIO BÍBLICO.

La solemnidad de Santa María Madre de Dios es la primera fiesta mariana que podemos constatar en la Iglesia occidental. Probablemente, la fiesta remplazaba la costumbre pagana de las «strenae» (estrenas, dádivas), bien distinta del sentido de las celebraciones cristianas. El «Natale Sanctae Mariae» comenzó a celebrarse en Roma hacia el siglo VI, probablemente junto con la dedicación de una de las primeras iglesias marianas de Roma, esto es, Santa María Antigua, en el Foro Romano. La última reforma del calendario trasladó al 1 de enero la fiesta de la maternidad divina, que desde 1931 se celebraba el 11 de octubre en memoria del Concilio de Efeso (431), donde se proclama a María “Theotokos”, la que dio a luz al Salvador, el Hijo de Dios.

Celebramos también la Jornada mundial de la Paz (XXVIII), ya que al comenzar el año siempre se celebra esta jornada de la paz, cuyo mensaje no puede ser ignorado por los cristianos que deben trabajar denodadamente por la paz amenazada en el mundo.

Iª Lectura: Números (6,22-27): El Señor nos conceda la paz
I.1. Esta fórmula de bendición que Moisés, en el texto, dicta a Aarón debe ser considerada como lo que es, una fórmula litúrgica. Esa es la razón por la que Yahvé se la inspira a Moisés y éste a Aarón, para darle toda la relevancia y solemnidad necesarias. Sabemos que en ella podemos rastrear expresiones de otros textos bíblicos, de salmos especialmente (cf 121,7-8; 4,7; 31,17; 122,6). Tres veces se repite el nombre de Dios, de Yahvé. Y se pide la bendición que guarde al pueblo, que ilumine con su rostro. Hay toda una teología bíblica del “rostro de Dios” que ha influido mucho en la espiritualidad y en la verdadera actitud cristiana del seguimiento. Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en la fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. La paz que era lo que el pueblo podía desear más que otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo.

I.2. Pero el texto que se ha escogido del libro de los Números, está orientado, hoy especialmente, sobre la bendición que se pide a Dios. Esa bendición es la paz. En las lenguas semitas, con la raíz shlm —de donde deriva shalom-paz— se indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo. Con la palabra paz se indica “lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado”. La paz, así entendida, designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano. En los textos, sin embargo, no aparece siempre con este significado tan denso. De ahí viene la palabra griega eirênê. Desde luego, desde el punto de vista bíblico, la paz, e incluso la “pax” como término latino, no es solamente el orden establecido. Es un don mesiánico, implica necesariamente ausencia de guerra. Pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad. En el Nuevo Testamento el término eirênê aparece acompañado también de otros sustantivos con los que se coordina y complementa. De la mano de eirênê van amor y alegría (Gal 5,22); gloria y honor (Rom 2,20); vida (Rom 8,6); honradez y paz (Rom 14,17); alegría (Rom 15,13); amor (2 Col 13,11; Ef 6,23); misericordia (Gal 6,16); favor/gracia y misericordia (1Tim 1,2; 2Tim 1,2; 2Pe 1,2; Jn 3); rectitud, fe y amor (2Tim 2,22). Eirênê se muestra de este modo como el ámbito propio para el desarrollo de una vida en plenitud, donde no puede admitirse ni la violencia político-social, ni la violencia económica del mundo (de la globalización inhumana). Efectivamente sigue siendo un “don mesiánico”, fundamentado sobre la justicia y la fraternidad. Es un don que viene de lo alto, con todo lo que esto significa.

IIª Lectura: Gálatas (4,4-7): La plenitud de los tiempos trae la libertad

II.1. La carta a los Gálatas es paradigma de la opción apostólica de Pablo por la salvación de Jesucristo, en contra de la ley. Y este texto de hoy es un “axioma” teológico de su mensaje y de su predicación. El salvador, el liberador, “ha nacido de mujer”, es un hombre como nosotros en el sentido más determinante. Se ha dicho que esta es la “navidad” de Pablo. No deja de ser curiosa, por escueta. Pero la verdad es que nos encontramos ante un texto paradigmático por su afirmación teológica. Nada de esto tiene desperdicio. Todo está medido y tasado en el planteamiento que viene haciendo el apóstol sobre los que han de pertenecer al pueblo de Dios y de las promesas. Es decir, todos los hombres que habiendo nacido fuera de Israel, serán llamados a beneficiarse de las promesas hechas a Abrahán. Por eso se habla de la “plenitud de los tiempos” (tò plêrôma tou jronou); y entonces un hombre (porque es nacido de mujer), nacido en Israel (bajo la Ley), va abrir las puertas de la gracia y la salvación a toda la humanidad.

II.2. No podríamos hablar de un texto mariológico en el sentido estricto del término. De hecho, Pablo es más bien cristológico. Pero no hay verdadera cristología sin la historia real de Jesús de Nazaret (al que no conoció Pablo), un judío, como él. Un judío que habría de enfrentarse, en nombre de Dios, a la manipulación de le ley, para hacer posible que el verdadero proyecto de Dios se realizara plenamente. Para “rescatar a los que estaban bajo la ley”: he aquí el objetivo de la encarnación y el sentido de la navidad para Pablo. Es algo que se respira en toda la carta. Y muy especialmente en este texto donde inmediatamente antes describe el tiempo anterior a Cristo como un estar sometidos a un “pedagogo” (la ley), porque no quedaba más remedio. Pero Dios, como Padre, tiene prevista otra cosa bien diferente para sus hijos.

Evangelio: Lucas (2,15-21): Y encontraron al Salvador del pueblo

III.1. Hoy se nos propone la continuación del relato del nacimiento de Jesús, que se leyó la noche de Navidad, que se compone de tres partes (1ª vv.1-6; 2ª vv. 7-14; 3ª vv. 15-21). Nos permitimos señalar que esta tercera parte del relato de Lucas tiene un cierto sentido por sí mismo, en cuanto muestra la respuesta humana al momento anterior que es todo él mítico, revelador, divino, angelical y extraordinario. Los pastores ¿qué harán?, ¿buscarán al Salvador?, ¿dónde?, ¿es suficiente el signo que se les ha dado? ¡Desde luego que sí!, lo buscarán y lo encontrarán. Pero lo buscarán y lo encontrarán con el instinto de los sencillos, de los que no se obsesionan con grandezas; diríamos que lo encontrarán, más bien, por instinto profético. El narrador no deja lugar a dudas, porque quiere precisamente mostrar la respuesta humana al anuncio celeste. Los pastores se dicen entre ellos algo muy importante: «lo que nos ha revelado el Señor”. Y se van derechos a Belén, ¿a Belén?, ¿era esa acaso la ciudad de David? Sí; lo fue, pero ya no lo era de hecho, porque Jerusalén había ganado la partida. Pero como por medio está el anuncio del Señor, recuperan el sentido genuino de las cosas. Y van a Belén, de donde procedía David, para “ver” al Mesías verdadero. Es verdad, todo es demasiado ajustado al proyecto teológico de Lucas, que quiere poner de manifiesto el designio salvador de Dios.

III.2. Los pastores, al llegar, encontraron el “signo”, aunque algo distinto: encontraron a sus padres, de lo que no había hablado la voz celeste. Podría pensarse o podrían pensar que encontrarían un niño abandonado, pero no; están sus padres con él. Y ya no se mencionan los “pañales”, sino el niño acostado en un pesebre. Lo más curioso de todo esto es que los pastores son los que vienen a interpretar el hecho a todos los que lo escuchan. Son como los intérpretes del mensaje que han recibido del cielo. No podemos menos de considerar que la escena es muy formal desde el punto de vista narrativo. ¿Por qué? Porque Lucas quiere que sean precisamente estos pastores, de fama canallesca en aquellos ambientes religiosos, los que anuncien la alegría del cielo a todo el pueblo. Eso es lo que se dijo en el v. 10 y el encargo que se les encomienda: tienen que aceptar el “signo” e interpretarlo para todo el pueblo. ¿Serán capaces? Si no hubieran sido los pastores, probablemente la alegría le habría sido birlada al pueblo sencillo. Pero los pastores, en este caso, son garantía de la inculturación del mensaje divino en el pueblo sencillo.

III.3. ¡Hasta María se asombra de esta noticia!, como si ella no supiera nada, después de lo que le había “anunciado” (que no confidenciado) Gabriel. No obstante, Lucas quiere ser solidario hasta el final. María también es del pueblo sencillo que, de unos extraños pastores, sabe recibir noticias de parte de Dios. Y las guarda en su corazón. Dios tiene sus propios caminos y de ahora en adelante veremos a María “acogiendo” todo lo que se dice de su hijo (como en el caso de Simeón y Ana) y lo que le dice su mismo hijo al dedicarse a las cosas que tiene que hacer y anunciar, desde el momento de la escena de Jerusalén en el templo. Dios está escondido en este “niño” y los pastores lo reconocen y alaban a Dios. ¡Quién iba a decirlo!.

III.4. El relato termina con el v. 21 donde lo más importante y decisivo es poner el nombre del niño; la circuncisión pasa a segundo plano. Un nombre que no es cualquier cosa, aunque no sea un nombre original, ya que el de Jesús es bien conocido (es versión griega del hebreo Josué). Pero como en la Biblia los nombres significan mucho, entonces el que se le ponga el nombre que se le había anunciado, y no el que María elige, quiere decir que acepta, más si cabe, que este niño, este su hijo, ha de ser el Salvador del pueblo que anhela la salvación y que los poderosos le han negado. Es verdad que no se dice explícitamente que María le puso ese nombre, aunque así aparece en la Anunciación. Sabemos que el nombre se lo ponen sus padres (aunque el esposo de María también queda en segundo término en el relato, como la circuncisión). Incluso podíamos inferir que es todo el pueblo el que se encarga de aceptar este nombre revelado que significa: Dios es mi salvador o Yahvé salva. Es una “comunidad” la que reconoce en el nombre todo lo que Dios le regala. Por tanto, en su nombre está escrito su futuro: ser el Salvador de los hombres. Por eso María guardaba todas estas cosas en su corazón. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).