domingo, 21 de septiembre de 2014

DOMINGO 25° DEL TIEMPO ORDINARIO


“Nuestros caminos… y sus caminos…”

Las lecturas de hoy nos cuestionan el concepto de camino, de tránsito de vida. Nos alertan acerca de una concepción raquítica y limitada de lo que significa definirnos y presentar nuestras opciones. Tratando de desentrañar y comprender esta invitación a identificar nuestros caminos y a desear que los últimos sean los primeros, compartimos hoy con ustedes este domingo.

DIOS NOS HABLA. COMPARTIMOS SU PALABRA.

I LECTURA

No alcanza con creer, o con saber dónde está Dios. Es necesario dejarse tocar por él, y cambiar de vida. Porque cuando en verdad nos encontramos con él, reconocemos nuestra pequeñez y su grandeza. Y ante esto, nos deberíamos sentir unos tontos por habernos creído tan grandes o más importantes que el mismo Dios.

Lectura del libro de Isaías 55, 6-9

¡Busquen al Señor mientras se deja encontrar, llámenlo mientras está cerca! Que el malvado abandone su camino y el hombre perverso, sus pensamientos; que vuelva al Señor, y él le tendrá compasión; a nuestro Dios, que es generoso en perdonar. Porque los pensamientos de ustedes no son los míos, ni los caminos de ustedes son mis caminos -oráculo del Señor-. Como el cielo se alza por encima de la tierra, así sobrepasan mis caminos y mis pensamientos a los caminos y a los pensamientos de ustedes.
Palabra de Dios.

SALMO

Salmo 144, 2-3. 8-9. 17-18

R. El Señor está cerca de aquellos que lo invocan.

Día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar. ¡Grande es el Señor y muy digno de alabanza: su grandeza es insondable! R.

El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia; el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas. R.

El Señor es justo en todos sus caminos y bondadoso en todas sus acciones; está cerca de aquellos que lo invocan, de aquellos que lo invocan de verdad. R.

II LECTURA

San Pablo no espera la muerte, ni la desea como un “escape” de los problemas de la vida. Simplemente reconoce que el destino humano es estar eternamente junto al Padre. Y lo desea, porque está enamorado de Dios.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 1, 20b-26

Hermanos: Estoy completamente seguro de que ahora, como siempre, sea que viva, sea que muera, Cristo será glorificado en mi cuerpo. Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si la vida en este cuerpo me permite seguir trabajando fructuosamente, ya no sé qué elegir. Me siento urgido de ambas partes: deseo irme para estar con Cristo, porque es mucho mejor, pero por el bien de ustedes es preferible que permanezca en este cuerpo. Tengo la plena convicción de que me quedaré y permaneceré junto a todos ustedes, para que progresen y se alegren en la fe. De este modo, mi regreso y mi presencia entre ustedes les proporcionarán un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
EVANGELIO

Es muy importante que atendamos a lo que exigen estos primeros contratos. Porque, a simple vista, su pedido es justo: cobrar proporcionalmente las horas trabajadas. Pero el Reino tiene otros criterios. Ya sea que se esté poco o mucho, la recompensa siempre es Dios, porque nuestra ganancia no está en la proporción del trabajo, sino en el trabajo mismo, sin importar cuánto esfuerzo material entreguemos en esta empresa.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 19, 30-20, 16

Jesús dijo a sus discípulos: “Muchos de los primeros serán los últimos, y muchos de los últimos serán los primeros, porque el Reino de los Cielos se parece a un propietario que salió muy de madrugada a contratar obreros para trabajar en su viña. Trató con ellos un denario por día y los envió a su viña. Volvió a salir a media mañana y, al ver a otros desocupados en la plaza, les dijo: ‘Vayan ustedes también a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Y ellos fueron. Volvió a salir al mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Al caer la tarde salió de nuevo y, encontrando todavía a otros, les dijo: ‘¿Cómo se han quedado todo el día aquí, sin hacer nada?’. Ellos les respondieron: ‘Nadie nos ha contratado’. Entonces les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. Al terminar el día, el propietario llamó a su mayordomo y le dijo: ‘Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando por los últimos y terminando por los primeros’. Fueron entonces los que habían llegado al caer la tarde y recibieron cada uno un denario. Llegaron después los primeros, creyendo que iban a recibir algo más, pero recibieron igualmente un denario. Y al recibirlo, protestaban contra el propietario, diciendo: ‘Estos últimos trabajaron nada más que una hora, y tú les das lo mismo que a nosotros, que hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada’. El propietario respondió a uno de ellos: ‘Amigo, no soy injusto contigo, ¿acaso no habíamos tratado en un denario? Toma lo que es tuyo y vete. Quiero dar a este que llega último lo mismo que a ti. ¿O no tengo derecho a disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?’. Así, los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos”.

Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA

Como entre el cielo y la tierra, así es la distancia de nuestras aspiraciones raquíticas con la mente de Dios. ¿Quién podrá salvar este abismo del egoísmo humano hasta la bondad divina? Pero Dios es pronto al perdón y la compasión habita su corazón. Él pasa por su corazón nuestra debilidad, se pone en nuestro lugar, siente por nosotros y salva ese abismo en cuanto nos volvemos a sus ojos.

Una mirada de arrepentimiento por nuestra parte y su misericordia -que está ahí siempre ofrecida- salta en un abrazo. Isaías el profeta lo ve claro. De esta confianza vive el Pueblo de Dios de ayer y de hoy, de la esperanza en la bondad infinita de Dios. ¿Cómo nos vamos a cansar de repetirlo, si decir bondad y compasión es decir Dios mismo?

San Pablo ha gustado tan hondamente de esa experiencia de la bondad de Dios en Jesucristo, que se debate en un sinvivir entre la prisa por estar ya con Cristo en la gloria -sin temor alguno por la muerte, al contrario, sintiéndola la puerta de la mayor dicha para el creyente- y el gozo comparable de anunciar a Jesucristo entre quienes lo están haciendo ya carne de su propia carne. ¿Cuál no ha de ser la fe del apóstol que morir lo siente un gozo, y cuál no será su celo apostólico, que vivir solo lo entiende por causa del anuncio del Evangelio? Una fe al borde de la locura la de Pablo; una fe que cuestiona en qué sentido este creer tan calmoso nuestro, ha perdido la pasión por evangelizar que nos reclama.

Y ¿cómo recuperar ese sueño paulino por gustar ya de la gloria, sin perder el sentido de la realidad o queriendo llegar al cielo sin pasar la tierra? Tenemos que hacer la historia justa de cada día con el empeño de algo que va a durar, por más que el cielo nos atraiga,
y con la paciencia de los ciudadanos del mundo. La historia justa para todos, de eso se trata cada día.

El evangelio de Mateo recupera la santidad de Dios en la forma otra vez de bondad interpelante. Al ser una bondad la suya incondicional, envía a los obreros a su viña a distintas horas de la jornada -según se va dando la vida- y a todos les abona un salario justo. Pero es el mismo salario. Dios en su bondad incondicional y gratuita, a todos hace justicia, y a todos trata con bondad según su particular necesidad. Dios lleva la justicia hasta el terreno del don, a partir de los últimos de la vida. Nos cuesta aceptar este proceder, y los obreros de las primeras horas nos rebelamos. ¿Por qué? Hemos trabajado interesadamente para nosotros, no para Dios; hemos pensado su relación como en un contrato; no somos buenos, somos tratantes de derechos y deberes; tú me das, yo te doy; aquello del amor y el perdón al enemigo, o el dar al necesitado más de lo que te pide o en “derecho” le corresponde, o el reconciliarnos con alguien antes de presentar la ofrenda en el altar…, casi está olvidado. Pienso en el Padrenuestro, y donde decía “perdónanos nuestras deudas”, ahora hay que decir, “nuestras ofensas”… Hemos suavizado nuestro orar; lo hemos desmaterializado. Con buenas razones, pero ahí está. No decaigamos. Dios se pone en nuestro lugar, pasa por su corazón nuestro sufrimiento y debilidad -misericordia- y nos hace dar lo mejor de nosotros mismos. Cuando tocamos esta experiencia de compasión –sin duda, en algún caído del camino que nos pide ayuda- todo cambia y entendemos a Dios de otro modo. Por eso decimos que “los pobres nos evangelizan”; por ellos accedemos con sinceridad inigualable al Evangelio de Jesús. Nunca más te reprocharemos que seas bueno, Señor. Gracias. (Fidel Aizpurúa Donázar).



ESTUDIO BÍBLICO

Iª Lectura: Isaías 55,6-9: A Dios siempre se le puede encontrar

I.1. Esta lectura pertenece al «Deuteroisaías», un profeta anónimo del destierro que interpreta con mucho acierto la acción de Dios en la historia del pueblo y de los hombres. Probablemente el texto de la liturgia de hoy sea uno de los más bellos, asombrosos y conocidos, por aquello de «mis caminos no son vuestros caminos...». Es, en cierta manera, el resumen final de los cc. 40-55 en que se recogen los oráculos y exhortaciones de ese profeta anónimo del destierro que tiene que levantar el ánimo del pueblo.

I.2. Estamos ante una llamada verdaderamente materna para buscar a Dios en nuestra vida, porque Él no es como lo imaginamos; actúa ciertamente con misericordia. Es verdad que no siempre se ha presentado así a Dios en la teología del Antiguo Testamento, sino más bien, negativamente. Pero este texto profético debe poner en evidencia ese tipo de teología. En este caso, el profeta quiere ser escandaloso para sus contemporáneos que piensan que Dios es terrible, alejado y justiciero. Los caminos del Señor, es verdad, no son los de los hombres; ni sus planes son como los nuestros. De ahí que el profeta exhorte a buscar al Señor para salir de la situación de opresión en el destierro. Un nuevo "éxodo" está por llegar, es decir, un nuevo camino de liberación.

I.3. El Deuteroisaías es el que mejor ha formulado este carácter específico del Dios de la Alianza, del que nos hablará Jesús en su evangelio y en la parábola de hoy. Se trata, pues, de poner de manifiesto el proyecto salvífico de Dios por el que nunca se han fascinado verdaderamente los hombres. Es como si desearan, algunos, que Dios siguiera siendo duro e imposible de comprender. Pero el profeta expresa todo lo contrario y todos estamos llamados a buscarlo y a convertirnos a Él, porque está cercano y, sin duda, se deja encontrar. Dios no huye, ni se esconde, ni "pasa" de su pueblo o de cada uno de nosotros. Porque usa la raham, la compasión. Por eso merece la pena buscar al Señor.

IIª Lectura: Filipenses (1,20-27): «Vivir en Cristo», o la victoria sobre la muerte

II.1. La IIª Lectura del día es un pasaje de una gran densidad paulina. Pablo, muy probablemente, está prisionero en Éfeso y se confidencia con su comunidad de Filipos a donde piensa ir. Lo ha pasado muy mal; ha podido estar a las puertas de la muerte, en la cárcel o a causa de una persecución y les habla de lo que significa para él «vivir en Cristo», estar con él, orar con él. Ha sentido su presencia salvífica hasta lo más profundo y no le teme ya a la muerte. Es uno de los puntos álgidos de la "escatología" paulina porque, ante la muerte, todo adquiere una dimensión más personal e inevitable.

II.2. Incluso Pablo ya no espera una «parusía» o venida del fin del mundo, como en otros momentos de sus cartas primeras. Sabe que la muerte está ahí al lado, en cualquier momento. Es como si quisiera afirmar, en realidad lo expresa rotundamente, que no le teme a la muerte porque tiene la confianza de Cristo, su Señor. Ha tenido y tiene la experiencia de lo que es "vivir en Cristo", y la muerte le abre una puerta a la vida que nadie le podrá arrebatar.

II.3. Solamente desearía quedarse en este mundo, entre los suyos, por servir a las comunidades a las que ha predicado el evangelio. Es uno de los pasajes de Pablo que más importancia tienen para la teología de la muerte y la resurrección. Y especialmente de lo que es Cristo Jesús para Pablo y de lo que significa para la vida y la muerte de todos nosotros. Podríamos, incluso, ilustrar esta opción cristológica paulina con unos versos de Miguel de Unamuno, en su "Cristo de Velázquez", que expresan mejor que nada la hondura y profundidad logradas por Pablo en esta expresión del "vivir en Cristo". Porque en Cristo y con Cristo ya no somos víctimas de un destino fatal, al contrario, como expresa maravillosamente Unamuno: "Sin ti Jesús, nacemos solamente para morir; contigo morimos para nacer, y así nos engendraste". Esto es todo un mundo de poesía, pero más aún, un kerygma unamuniano que bien podía ser ciertamente paulino.

Evangelio: Mateo (20,1-16): La salvación misterio “contracultural” del amor

III.1. El evangelio de Mateo nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en el ámbito de la exposición que Jesús hacía para exponer el misterio del Reino de Dios, cómo debía hacerse presente, cómo participaba Dios mismo en este acontecimiento que afecta a la historia y a cada una de las personas que acogen su mensaje. Es una parábola que recuerda, en su resultado final, algunos aspectos a la conocida en Lc 15 como la del hijo pródigo. En realidad, se quiere hablar de la misma persona, de Dios, bien como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, bien como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Los elementos intermedios, las horas, no deben distraernos del momento culminante en el que se quiere poner de manifiesto que, precisamente en el Reino de Dios, lo decisivo, como es la salvación de los hombres, no funciona con los criterios de este mundo. La narración comienza con un gár (pues, en griego), que sin duda pretende enlazar con el dicho de Jesús de Mt 19,30: “muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros”. Es un dicho de gran alcance y la parábola de nuestra narración viene a ilustrar eso que es tan desproporcionado o tan “contracultural” como hoy gusta decir en círculos exegéticos sobre cómo era y como pensaba Jesús de Nazaret.

III.2. Habría que tener en cuenta las palabras de Is 55 «mis caminos no son vuestros caminos...». No sería lógico que contrastáramos la justicia estricta que usa con los llamados a la primera hora y la misericordia o la generosidad que aplica con los últimos, pero es ahí donde está el centro del escándalo, de lo contracultural: así no se pensaba en tiempos de Jesús, ni ahora tampoco. Se piensa que es una parábola que se pronuncia a causa de las críticas de los fariseos, religiosos de toda la vida, que al final reciben lo mismo que los otros. Podría pensarse que un gran agricultor, en tiempos de cosecha, tenía necesidad de jornaleros hasta última hora para dar salida a la uva y paga bien. Pero no es eso lo que cuenta; lo que se impone es que el dueño de la viña también es generoso con los últimos que ha podido contratar. En realidad no parece que la narración exija contratar hasta última hora; es un plus que se permite el dueño de la viña, y ahí es donde se cargan las tintas. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. Por ello, cuando echamos mano de esta parábola para iluminar teológicamente la justicia social y la productividad, no cometemos un error, pero tampoco es lo más acertado en la lectura e interpretación de la misma.

III.3. Para entender mejor la parábola, hay que tener en cuenta que el trabajo “de sol a sol” eran doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Por eso a ellos les dice el dueño de la viña: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Podemos imaginarnos el contexto histórico de esta parábola de Jesús en su actitud de recibir y acoger a los pecadores contra la mentalidad legalista y puritana de los controladores de las leyes de pureza y santidad. Y de la misma manera podemos suponer un contexto eclesial de la comunidad de Mateo, quien quiere explicar a algunos judeo-cristianos, que la llamada de los paganos y su respuesta generosa les ha situado en el mismo plano de la salvación que a ellos. Todo en la parábola es desconcertante y a la vez original. El gran maestro en la interpretación de las parábolas, J. Jeremías, pone de manifiesto el contraste que existe entre ésta de Jesús y una que se nos trasmite en el Talmud de Jerusalén sobre Rabí Bun bar Hiyya, quien murió joven, y el que hizo su elogio fúnebre, lo alabó porque en pocos años había hecho lo que otros en 100 años. Pero no es este el caso de la parábola de los obreros de la viña que son llamados a última hora: de éstos no se dice nada de su eficacia y dedicación.

III.4. La parábola quiere enseñar una única cosa, decisiva: «Así es Dios con respecto a la salvación». Todo lo demás no sobra, sino que viene a servir a esta idea que es verdaderamente escandalosa. Este es el Dios de Jesús; este es el mensaje radical del evangelio del reino de los cielos. En la parábola rabínica que se conoce del Talmud, el obrero es uno sólo, que llega a última hora, ha trabajado tanto como los otros que han estado más tiempo empeñados en su quehacer; en la parábola evangélica, los obreros, en plural, que han llegado a última hora, no tienen mérito alguno, pero se les ha dado lo que sin duda necesitaban para su familia y para sus vidas. Es muy posible que no merecieran ese jornal, desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido "gratuitamente" lo que necesitaban. Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación, así es el Dios de «mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos». Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el Reino de Dios, de la vida, de la salvación, del perdón, de la misericordia, de la solidaridad. He aquí lo contracultural del Dios de Jesús.






domingo, 14 de septiembre de 2014

DOMINGO 24° DEL TIEMPO ORDINARIO



“No te digo que le perdones hasta siete veces,
sino hasta setenta veces siete”

La celebración eucarística de este domingo nos sitúa ante la experiencia, tan cristiana, del perdón. Es la propuesta evangélica ante la realidad frecuente del fracaso de los demás y nuestros propios fracasos. La propuesta de la compasión que acepta la fragilidad de la condición humana y otorga nuevas oportunidades a los demás, y a uno mismo.

Esta reacción religiosa, y profundamente humana, ya era conocida en parte de la tradición veterotestamentaria. Había en ella indicios para la superación de la ley del talión. El modelo de este comportamiento es el propio Dios, compasivo ante la debilidad y el error de sus criaturas. El Eclesiástico, libro al que pertenece la primera lectura, es sólo una muestra entre otras de un Dios compasivo y misericordioso.

El recuerdo del modo de proceder de Dios no es sólo motivo de alabanza y agradecimiento. Inspira un modo de comportamiento práctico: “perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Lectura del libro del Eclesiástico 27, 33-28, 9

Furor y cólera son odiosos; el pecador los posee.
Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas.
Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. 
¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?
No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? 
Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?
Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo;
en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.
Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; 
la alianza del Señor, y perdona el error.
Palabra de Dios
SALMO

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12

R. El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. 
Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. R.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; 
él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. R. 

No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; 
no nos trata como merecen nuestros pecados 
ni nos paga según nuestras culpas. R. 

Como se levanta el cielo sobre la tierra, 
se levanta su bondad sobre sus fieles; 
como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. R.

II LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 14, 7-9

Hermanos:
Ninguno de nosotros vive para si mismo
y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor;
si morimos, morimos para el Señor;
en la vida y en la muerte somos del Señor.
Para esto murió y resucitó Cristo:
para ser Señor de vivos y muertos.
Palabra de Dios

EVANGELIO

Ì Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 18, 21-35

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: 
- «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta:
- «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo."
El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo:
"Págame lo que me debes."
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: 
"Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré."
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdone porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»
Palabra del Señor

MEDITAMOS LA PALABRA

¿Cuántas veces tengo que perdonar?

No es una pregunta teórica, ni el inicio de un debate entre expertos, ni la introducción retórica a un discurso. Se trata, más bien, de una cuestión que arranca de la experiencia universal de las relaciones humanas y su complejidad.

La presencia de los otros en nuestra vida es motivo de grandes satisfacciones, pero también de inevitables roces y heridas. Roces y heridas ante los que reaccionamos. Hay una reacción, aparentemente muy natural, que es la de la venganza. Incluso hemos teorizado sobre ella. Es la llamada ley del talión. Las personas, y los pueblos, reclamamos el derecho de responder a nuestros agresores, dándoles una respuesta contundente, reparadora y disuasoria a su acción. ¿Quiénes de nuestra generación no recuerdan aquella operación que quiso llamarse “justicia infinita”?

Aparentemente muy natural, y muy asentada en nuestra cultura, como en tantas otras, pero ¿es la mejor respuesta a una herida? Jesús plantea otro modo de actuar: presenta la otra mejilla, dale además de la túnica el manto, y camina dos millas con quien te obligue a andar una (Mt 5,38-42). Él reconoció ese modo de actuar en algunos humanos: “bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5, 7) y fue su propio modo de actuar cuando pidió al Padre desde la cruz que perdonara a quienes le maltrataban (Lc 23,34).

Para Jesús, acierta en la vida, quien es capaz de perdonar. No sólo de olvidar, remedando el dicho, no sólo mirar para otra parte o no darse por enterado del daño en cuestión. El perdón es algo más: es aceptar al otro como es, comprenderle en su fragilidad y amarle sin condiciones. Es entender también que la violencia engendra nuevas violencias. Perdonar una y otra vez, no sólo hasta siete veces (número alegórico de multitud) sino hasta setenta veces siete: siempre.

Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo…

Toda herida en nuestras relaciones personales tiene sus costos. La ley del talión obliga a que el agresor pague las consecuencias del daño que ha causado. Algo de esto sobrevive en la práctica del derecho cuando tasa lo que debe satisfacer el culpable.

Jesús va más allá: no busca rebajas en las penas, sino perdón efectivo de la culpa. Quizá la categoría de amnistía refleja muy bien la propuesta del Señor. La amnistía requiere grandeza de ánimo por parte de quien la otorga. Grandeza de ánimo, paciencia con el otro que renuncia a la inmediatez de hacer justicia. Paciencia que dignifica a quien la practica y, a la vez, libera al ofensor.

La amnistía renueva la relación entre las personas y da oportunidades nuevas a quien fracasó y con su fracaso nos hizo sufrir. Es una llamada a la conversión. Como recuerda la conversación de Jesús con la adúltera perdonada: “¿Nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,10-11).

¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?

La conversión que se pide al pecador perdonado no se resuelve sólo en el interior de la propia conciencia, sino en el comportamiento ordinario que se inspira en la compasión recibida. No es una condición para el perdón, sino una consecuencia de la misericordia experimentada.

Movernos en la vida con compasión: la que necesitamos cada uno, pues todos somos pecadores y herimos a los demás, y la que necesitan los otros para rehacer sus vidas. De esto es de lo que en el fondo se trata.

No es una propuesta fácil hoy: el furor, la cólera, la venganza y la indiferencia, ejercidos a veces de manera brutal y otras veces con formas más sinuosas, están excesivamente presentes entre las personas y los pueblos. Restaurar el orden, restablecer el derecho, reivindicar la justicia… son discursos que muchas veces encubren un rencor enquistado. El perdón no es una huida retórica, sino una respuesta compasiva ante los conflictos. Es lo que nos permite entrever un futuro sin víctimas ni verdugos que, de alguna forma, todos somos ambas cosas. Un futuro en el que la justicia nos humanice a todos, porque esté arraigada en la compasión y en el perdón.

Mientras tanto, las palabras de Jesús siguen resonando en nuestras asambleas litúrgicas y en nuestras conciencias: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados. Porque con la medida con que midan se les medirá a ustedes” (Lc 6,36-38).



ESTUDIO BÍBLICO

Primera lectura: (Eclesiástico 27,33. 28,9)

Marco: El contexto es una serie de colecciones de sentencias agrupadas por los temas más variados. Se podría titular esta pequeña colección que abarca el fragmento de hoy “reflexiones sobre la compasión y el rencor”, como dos fuerzas antagónicas en el corazón del hombre.

Reflexiones

1ª) ¡El furor y la cólera no son de la estructura del hombre!

El furor y la cólera son odiosos... En las antiguas culturas la venganza era algo habitual. Cuando en la legislación judía se introduce la regla del ojo por ojo y diente por diente, supone una mitigación muy considerable y relevante en medio de aquellas culturas. Israel irá avanzando pedagógicamente en la mitigación de la venganza, hasta que desaparezca con la predicación de Jesús, como nos muestra el sermón de la montaña: se os dijo, pero yo os digo.

El proceso de humanización de las relaciones sociales, que se manifiesta de modo singular en el Deuteronomio, fue una considerable contribución a la comprensión más objetiva del hombre y de sus relaciones sociales. Un modelo ejemplar en este aspecto es la institución de las ciudades refugio de que nos habla la Escritura. Con esta institución se evitaba la muerte, en muchas ocasiones, de verdaderos inocentes, pero que se veían expuestos a la muerte por la costumbre (hecha ley en aquellas culturas) de la venganza. La cólera y el furor no son propios de la estructura humana, sino que proceden del pecado. Un paso previo a la venganza es esta doble actitud de cólera y furor.

La Escritura nos alecciona que la venganza del hombre atrae la venganza de Dios. Esta es una descripción realista de la situación de los hombres en sus relaciones cotidianas a todos los planos. Esta tendencia a eliminar la venganza y sus consecuencias sigue siendo un mensaje con vigor actualmente. Parece que nuestra cultura está muy lejos de aquellas costumbres primitivas, pero la realidad permanece latente en el corazón de los hombres modernos. Sólo desde la desaparición real de la venganza tanto en el corazón humano como en las relaciones internacionales, será posible construir una sociedad en justicia, paz y respeto sincero por todas las personas

2ª) ¡El perdón concedido es garantía del perdón suplicado!

Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonará los pecados cuando lo pidas... El autor de este libro manifiesta y expone una actitud permanente humanitaria frente a los demás. Ha reflexionado sobre el Dios de Israel y sobre la historia de la salvación y sabe que dos de los atributos más frecuentes del Dios de Israel son la misericordia y la fidelidad. Y sabe también que el Dios misericordioso manifiesta esta actitud en dos direcciones: perdonando el pecado y las flaquezas de los hombres (janún) y acogiendo con tiernísimo afecto al desgraciado en todos los terrenos (rajum). Dios posee entrañas de misericordia y benignidad.

Más allá de las amenazas a su pueblo, para hacerle despertar de su situación religiosa, sabe que la última palabra de Dios es de misericordia y perdón para restablecer a su pueblo. Es el reverso de la medalla: contra la venganza, el perdón y la acogida sin condiciones del otro porque Dios me acoge a mí sin condiciones. También nuestros hombres y mujeres necesitan que se proclame lo que suplicamos a Dios en una plegaria pública de la Iglesia y en la que le manifestamos y reconocemos que manifiesta su poder en el perdón y la misericordia. Y, en consecuencia, pedimos lo mismo para nuestras relaciones humanas. Son las dos manifestaciones de Dios para con los hombres.

Segunda lectura: (Romanos 14,7-9)

Marco: El contexto es la caridad con los “débiles” que han de ser acogidos sin discutir opiniones. Esto revela la ternura y comprensión de Pablo y el sentido práctico que poseía. Las personas son lo importante y para favorecer la tranquilidad de sus conciencias es necesario poner todo empeño y estar dispuestos a renunciar a muchas, mientras no afecten a lo esencial.

Reflexiones

1ª) ¡Todos juntos formamos una comunidad con un solo destino!

Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. San Pablo lleva hasta las últimas consecuencias la realidad del cuerpo de Cristo. Poco antes, Pablo ha dedicado una reflexión a esta realidad para interpretar las distintas funciones en la Iglesia (Rm 12,5; un desarrollo más pormenorizado puede leerse en 1Cor 12). Todos dependemos de todos, en la Iglesia nadie debe vivir aisladamente, el bien de los unos repercute en el bien de los otros. La paz y la armonía en la comunidad, como ocurre en el cuerpo, sólo se alcanza con la generosidad de los que más pueden dar y con la aceptación gozosa de los que se sienten más limitados por la causa que sea.

Esta visión de Pablo, necesaria para sus lectores que eran cristianos provenientes del judaísmo y de la gentilidad, tiene una vigencia universal y perenne. Podríamos traducirlo en una frase diciendo que se trata de mantener vivo siempre el diálogo de las vidas iluminado por el diálogo de las mentes y de los corazones. La realidad de la Iglesia de Roma exigía esta exhortación de Pablo llena de sabiduría, ponderación y realismo.

También hoy sigue teniendo vigencia esta línea de comportamiento. Es necesario recuperar un diálogo sincero entre los discípulos de Jesús y, a la vez, entre estos y el mundo ambiente que los rodea. La comprensión sincera que sabe mantener lo esencial y sabe ceder y aceptar lo circunstancial sigue siendo una exigencia necesaria para el buen entendimiento entre los hombres y mujeres.

2ª) ¡Jesús es el centro y el lugar para el encuentro de todos!

Si vivimos, vivimos para el Señor... La realidad que mueve a Pablo a dirigirles esta exhortación es el asunto de la licitud de comer o no comer la carne sacrificada a los ídolos y que luego se vendía en los mercados. Este mismo problema vuelve a aparecer en las cartas a los Corintios. Algunos miembros de la comunidad entendían que los ídolos no son nada y que, por tanto, las carnes sacrificadas y vendidas eran como las demás que se vendían en el mercado. Pero otros miembros de la comunidad entendían que al ser sacrificadas quedaban contaminadas por los ídolos y por tanto no era lícito comerlas.

Se trata de un problema real y puntual de especial incidencia en la convivencia diaria de los hermanos. Aquí de nuevo Pablo remite a la primera parte para entender su pensamiento. En ella expuso la realidad bautismal (c. 6) mediante la cual el creyente se incorpora realmente a Cristo. Y Éste pasa a ser el Señor de su vida. La participación en el Cristo muerto y resucitado posibilita la incardinación real, personal y verdadera (aunque sacramentalmente todavía) en su cuerpo. Pues bien, Pablo ha desarrollado con especial fuerza y vigor la realidad de la soberanía de Cristo. Esta soberanía nos hace a todos iguales en él.

Ahora traduce estas convicciones doctrinales en unas consecuencias prácticas: en la comunidad no hay señores y esclavos, porque el único Señor y lugar de encuentro para todos es Cristo Jesús, el verdadero y único Señor. Nadie puede pretender el control y menos dominio de la conciencia de nadie. En este momento, en esta exhortación a los romanos, Pablo les recuerda con toda claridad que el único Señor de las personas y de las conciencias es Cristo Jesús. Y en este Cristo Jesús, en su muerte y resurrección, nos ha conseguido la libertad para todos.

Esta libertad ha de ser salvaguardada con especial atención cuando se trata de los débiles y cuando se trata del bien de los débiles en sus conciencias: libertad sincera y conciencia delicada y fraterna; libertad y respeto por el hermano. Muchas gentes se rigen por estos criterios: lo importante es lo que me parece mejor, lo que me conviene más, lo que me procura algún gramo personal de bienestar. Pablo sigue diciendo lo contrario: lo importante es que el otro posea muchos gramos de bienestar, que lo que al otro le conviene y le construye es lo mejor.

Evangelio: (Mateo 18,21-35)

Marco: El contexto sigue siendo el discurso comunitario. La lectura recoge una parábola que invita a perdonar siempre y de corazón.

Reflexiones

1ª) ¡El perdón hay que concederlo siempre y de corazón!

¿Hasta siete veces?... El narrador juega con el valor simbólico de los números*: el siete ya significa un grado de perfección en aquello de que se habla. La respuesta de Jesús intenta, utilizando el múltiplo de siete, indicar que el perdón no admite matemáticas ningunas. Que se trata de otra cosa que ha de ser entendida con otras claves interpretativas. El perdón siempre, en toda circunstancia y sin condiciones, encaja mal en nuestra mentalidad moderna.

Por esta causa y por otras, muchos de nuestros contemporáneos tienen la impresión, y la expresan, de que el Evangelio de Jesús fue útil para aquel tiempo, pero hoy ya no tiene valor en muchos de sus aspectos. Es cierto que el Evangelio necesita siempre de una viva actualización seria, pero no creo que la solución sea cambiar el Evangelio de Jesús por otro Evangelio. Y todavía menos porque el Evangelio de Jesús molesta al modo de entender la vida, las personas y las múltiples y complicadas relaciones humanas. El Evangelio fue y es la expresión de lo que el hombre necesita de verdad para ser solidario, feliz y realizado.

2ª) ¡Desconcertante paradoja!

En el plano narrativo se quiere poner frente a frente dos situaciones desconcertantes e inexplicables. Las cantidades y las reacciones de las personas merecen una atención especial: las del rey, las de los diversos deudores y las de los sirvientes. Todo tiene la función de invitar y urgir al oyente de la parábola* y, ahora al lector del texto, a adoptar una postura frente al relato. Y, a través del relato, frente a la realidad del reino. Los detalles del relato están al servicio del mensaje central. ¿Cómo es posible que el rey perdone toda la ingente deuda del siervo porque se lo pidió y éste no sea capaz de perdonar la ridícula deuda que tiene contraída con él un hermano suyo? Jesús y el narrador quieren colocar al oyente en una situación extrema frente al perdón.

Esperan que reaccione y tome postura. ¡Es necesario parecerse al rey que condona toda la deuda sin pedir compensaciones! O, de otro modo, que el perdón que concede el rey es gratuito y el perdón y condonación del siervo con su compañero ha de ser también total, gratuito y sin condiciones. Pero no todos los personajes del relato se comportan así. No se ha cumplido la condición necesaria. La interpretación en el orden religioso o la traslación del relato a la vida real sólo tiene un mensaje: Dios perdona siempre, a todos (aunque sea ingente la deuda) y gratuitamente.

Los hijos del reino deben hacer otro tanto cuando se trata de sus hermanos. El perdón y la remisión ha de ser total, gratuita y universal. ¿Esta actitud evangélica fundamental encajaría en nuestra mentalidad moderna crematística y pragmática? ¿No estaría condenado el Evangelio del perdón y de la reconciliación al fracaso y al ridículo por irreal y alejado de los grandes intereses de nuestros hombres y mujeres? Quizá. Pero Jesús quiere que se siga proclamando a través de la palabra y del testimonio de los creyentes en medio de este mundo porque lo necesita y, además, de manera urgente y profunda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano. La condición para el perdón es que ha de ser de corazón*. El Padre celestial, en su misericordia, perdona al hombre en su interioridad. En coherencia con la actitud del Padre celestial, el hombre ha de perdonar desde su corazón. Allí donde alcanzó el perdón del Padre (corazón) es desde donde ha de partir el perdón para el hermano.

Tiene por tanto el perdón dos condiciones imprescindibles: que proceda de la intimidad alcanzada por Dios y que se extienda a todas las ofensas y para siempre. Dios no concede el perdón con condiciones y quiere que sus hijos se perdonen mutuamente sin condiciones. Dios cuando perdona olvida. Y lo mismo han de hacer los discípulos de Jesús, su Hijo.






domingo, 7 de septiembre de 2014

DOMINGO 23° DEL TIEMPO ORDINARIO


"Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"

Podríamos decir de este vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario que es el "Domingo del Perdón". De ese perdón que nos regala nuestro Dios como oportunidad para cambiar de aires y de vida, para seguir viviendo y vivir mejor; y del que nos damos los seres humanos entre nosotros simplemente porque antes nos hemos sabido queridos y perdonados por El.

Les animamos a orar, profundizar y, por supuesto, a hablar de esta gracia que es el perdón en el contexto del Amor de Dios a sus creaturas.

DIOS NOS HABLA. CONTEMPLAMOS SU PALABRA

I LECTURA

Lectura de la profecía de Ezequiel 33, 7-9

Así dice el Señor:
«A ti hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel;
cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.
Si yo digo al malvado:
"¡Malvado, eres reo de muerte!",
y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado
para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa,
pero a ti te pediré cuenta de su sangre;
pero si tú pones en guardia al malvado para que cambie de conducta,
si no cambia de conducta,
él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida.»
Palabra de Dios

SALMO

Salmo 94, 1-2. 6-7. 8-9

R. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándole con cantos. R.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. R.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masa en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque hablan visto mis obras.» R.

II LECTURA

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 13, 8-10

Hermanos:
A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás» y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. »
Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.
Palabra de Dios

EVANGELIO

Ì Evangelio de N. S. J. C. según san Mateo 18, 15-20

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has, salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano.
Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. »
Palabra del Señor

MEDITAMOS LA PALABRA

“Te he puesto de atalaya en la casa de Israel”

La de Ezequiel es la primera idea que nos viene a la mente al escuchar las lecturas de hoy, quizás por nuestra “deformación” predicadora. La situación concreta -con el anuncio del castigo y la muerte- se nos hace un poco complicada de entender, pero al fin y al cabo, el profeta nos recuerda que somos la voz necesaria del Padre-Madre Dios entre nuestros congéneres. Somos atalaya, somos voz, o mejor, somos megáfono para extender su amor y su perdón a los seres humanos. Esa es nuestra tarea y vocación que, sabemos de sobra, también es don y responsabilidad.

La frase que vamos a repetir en el salmo nos invita también a escuchar su voz y no endurecer el corazón. Pero las razones para que obremos de esta forma no son de contenido moral.

Es cierto que el descubrimiento de un Dios, Padre-Madre presente en mi vida, que me ama y me ha escogido, me conduce a un comportamiento concreto, en relación con Él, conmigo mismo y con los demás. Pero no es eso el centro de nuestra fe, ni mucho menos.

Simplemente “porque nos ama” y “porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo”. Ese es el porqué. Es importante que avancemos en la comprensión, pero sobre todo, en la vivencia de nuestra relación con Dios, desde un punto de vista moral, hacia otro centrado en su Amor y su elección, que es, además, convocación; por lo que les invitamos a contemplar esta posibilidad también en sus vidas.

“El que ama a su prójimo tiene cumplido el resto de la ley”

Y es que claro, algo que está enlazado, de forma indisoluble –como la hiedra a la pared, que dice el bolero–, a esa convocación es, entre otras cosas, entender también a los demás como hijos e hijas de Dios y por tanto hermanos, y por supuesto, tratarlos como tales.

El Nazareno nos dejó claro este punto. Todos los mandamientos se resumen en dos: “Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás al prójimo como a ti mismo. No hay precepto mayor que éstos” (Mc. 12, 30-31).

Pablo se lo recuerda a la comunidad de Roma y nos anima a vivir de esta forma. Ya sabemos qué significa y en qué consiste amar al prójimo... No hace falta mucha más explicación. También es eso, el amor, el que guía la vida de los hermanos que asumen la corrección fraterna como un instrumento al servicio del crecimiento de la comunidad. El perdón es otro nombre del Amor, ¿no?

"Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"

Y la conclusión del día: si somos hijos y hermanos podemos y debemos orar unidos y con confianza. Porque "si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".


ESTUDIO BÍBLICO

Iª Lectura: Ezequiel (33,7-9): El profeta centinela de la palabra de Dios

I.1. La primera lectura forma parte de un texto que se enmarca en el recuerdo del asedio de Jerusalén por los babilonios y pos­teriormente, ya Jerusalén destruida, el profeta promete un futuro mejor. No po­día ser de otra manera para una comunidad que analiza su situación y consi­dera su responsabilidad. Pero es el mismo profeta quien se convierte en centinela de esta situación y de esta llamada a la responsabilidad personal, con todas sus consecuencias. Ezequiel es un profeta que goza de esta notoriedad teológica cuando defiende en su obra el sen­tido de que ya no es todo el mundo responsable y todo el mundo culpable, sino que cada uno responde según sus obras y su actitud.

I.2. Un centinela, que guarda la ciudad, es la imagen hermosa de la lectura. Los demás pueden descansar, trabajar, pero cuando escuchen la voz del centinela, todos deben acudir para salvar la ciudad, y si alguien no lo hace está perdido; perdido personalmente. Dios es el guardián de Israel (según el salmo 121), pero necesita a los profetas como centinelas para llamar y alertar. Y el pueblo mismo necesita a los centinelas, a los profetas, para que su vida tenga sentido. La religión también los necesita. Por eso, una religión sin profetas está llamada a enquistarse en el pasado y a morir. Este es el sentido profundo del texto de hoy.

I.3. En el texto se perfila, pues, la misión del profeta, de un profeta verdadero: es el centinela de la fidelidad del pueblo de la alianza. Debe cumplir con firmeza y fe la misión de comunicar la palabra de Dios en su integridad; sea una palabra de esperanza o una palabra de juicio. Y el profeta, como cada uno de nosotros, es responsable de no haber anunciado a todos la palabra de Dios, de haber callado. Por eso es tan difícil que un verdadero profeta guarde silencio. Efectivamente se pone el acento en la respon­sabilidad de los que escuchan la palabra del profeta.

IIª Lectura: Romanos (13,8-10): La felicidad de todos se resuelve en el amor

II.1. Seguimos con la parte exhortativa de la carta a los Romanos, es decir, no es un texto doctrinal, sino parenético. Pero no se trata de cualquier norma práctica, sino de lo que puede considerarse como la “quintae­sencia” de toda la moral, de todo compromiso, de todos los mandamientos, de la ley y de los preceptos. El deber más importante que tiene todo cristiano es amar a Dios y al prójimo; en esto consiste la ley y los profetas; en esto se resuelven todos los mandamientos. Y esto se toma de uno de los decálogos del AT, concretamente de Dt 15,17-21. Y todos estos mandamientos se resumen en uno (reductio in unum), citando Lv 19,18b: amarás a tu prójimo, como te amas a ti mismo. Es muy posible que aquí se esté pensando en lo complicado de todos los preceptos de la ley mosaica, unos 613; por tanto, mejor tirar por la calle del medio: todo se reduce a amar a los otros, tal como nosotros queremos ser amados.

II.2. Pero también es muy importante tener en cuenta que el prójimo, en el ámbito de la Nueva Alianza, no son los que tienen la misma re­ligión o piensan como nosotros, sino todos los hombres. El amor es la única virtud que integra a los enemigos. Dios no los tiene, porque ama a todos los hombres. Esta es la norma de vida que Pablo propone para todo cristiano y que debía ser la de todos los hombres. En esta síntesis breve, Pablo nos presenta toda la praxis de los que han aprendido a ser cristianos en razón de aceptar la gracia salvadora de Dios.

Evangelio. Mateo (18,15-20): la comunidad como experiencia de perdón y oración

III.1. El evangelio de hoy forma parte de uno de los discursos más significativos del primer evangelio. Mateo se caracteriza por una narra­ción de la actuación de Jesús que viene alentada por una serie de discursos. En este caso, nos encontramos con el llamado «discurso eclesiológico» porque se contemplan en él las normas de comportamiento básicas de una comunidad cris­tiana: perdón, comprensión, solidaridad. Hoy aparece lo que se ha llamado la corrección fraterna, el tema del per­dón de los pecados en el seno de la comunidad, y el valor de la oración común.

III.2. La corrección fraterna es muy importante, porque todos somos pecadores, y tenemos un cierto derecho a nuestra intimidad. Pero se trata de pecados graves que afec­tan a la comunión, y para ello se debe seguir una praxis de admonición, con ne­cesidad de testigos, para que nadie sea expulsado de la comunidad sin una ver­dadera pedagogía de caridad y de comprensión. El poder de «atar y desatar», que en Mt 16 (hace dos domingos) se confería a Pedro, completa lo que allí se dijo: es en la comunidad donde tiene todo sentido el perdón de los pecados. Eso exige dar oportunidades, para que no sea el puritanismo lo específico de una comunidad, como muchas lo han pretendido a lo largo de la historia de la Iglesia. ¡No! No es el puritanismo lo esencial, aunque nuestro texto se resiente de ello, sino ofrecer a los que se han equivocado e incluso ofendido a la comunidad, la oportunidad nueva de integrarse solidaria y fraternalmente en ella. Si leemos el texto en clave disciplinar y jurídica, entonces habremos rebajado mucho el valor evangélico de la comunidad.

III.3. De la misma manera, la oración común enriquece sobremanera nuestra oración personal. Eso no excluye la necesidad de que tengamos experiencias de perdón y de oración personales, pero hay más sentido cuando todo ello se integra en la comunidad. La religión enriquece la dimensión social de la persona humana. Sin duda que estos aspectos tienen otros matices e interpretaciones, pero la dimen­sión comunitaria es la más rica en consecuencias.